La Tristeza en Mí Capítulo 22 ¿Se puede amar dos veces? #2
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Capítulo 22 ¿Se puede amar dos veces? #2

Comencé a notar la forma en que frotaba el pulgar contra el índice cuando estaba incómodo, cómo evitaba hablar de su familia y la breve tensión que aparecía cada vez que alguien mencionaba la palabra hogar. Maxwell no era solamente un hombre paciente. Era un hombre que había aprendido a esconderse.

Quise saber de qué.

La curiosidad no era inocente. Era una forma de cercanía que ya no podía justificar diciendo que necesitaba apoyo.

La tarde se convirtió lentamente en noche. Las luces del parque se encendieron y caminamos de regreso a mi casa más despacio de lo necesario. Yo era consciente de ello. También sabía que Maxwell no tenía prisa.

En la entrada, saqué las llaves del bolso, pero no abrí la puerta.

—¿Estarás bien esta noche? —preguntó.

—Creo que sí.

—Puedes llamarme.

—Lo sé.

Debía entrar. La despedida era sencilla: buenas noches, gracias por el paseo, nos vemos. Había pronunciado esas frases muchas veces, pero ninguna apareció.

—Maxwell.

—¿Sí?

Levanté la mirada. La luz de la entrada iluminaba la mitad de su rostro; la otra permanecía en sombra.

Volví a pensar en la tristeza de sus ojos y en sus palabras.

Diferente no significa menor.

Sentía miedo. Un miedo profundo y desordenado. Debajo, sin embargo, existía un impulso que llevaba semanas intentando ignorar.

Maxwell no se movió.

Esperó.

Siempre esperaba.

Di un paso hacia él. El corazón latía con tanta fuerza que creí que podía escucharlo.

—¿Caroline?

No respondí. Si hablaba, me detendría. Si pensaba en Andrew, también.

Actué antes de comprenderlo por completo.

Apoyé una mano sobre el abrigo de Maxwell y llevé los labios hasta los suyos.

El beso fue breve e inseguro. Apenas un roce sin urgencia ni pasión. Una decisión torpe que había nacido antes de que yo pudiera nombrarla.

Maxwell permaneció inmóvil, como si temiera que cualquier movimiento pudiera romper el instante. Sentí la calidez de sus labios, la respiración contenida y el corazón golpeando bajo mi mano.

Durante un segundo no hubo culpa.

Solo paz.

Una paz frágil, dulce y terrible.

Después apareció Andrew.

No como un recuerdo claro, sino como una presencia. El anillo alrededor de mi cuello pesó de repente.

Me aparté con la respiración quebrada. En el rostro de Maxwell había asombro, deseo y una felicidad tan intensa que me produjo miedo.

—Yo...

No pude continuar. Llevé una mano a los labios.

Lo había besado.

No fue un accidente, no ocurrió durante una crisis y no había buscado consuelo. Lo había elegido durante aquel instante.

Las lágrimas aparecieron de inmediato.

—Caroline...

Maxwell extendió una mano y retrocedí.

—No me toques.

Su expresión cambió.

—Está bien.

—Lo siento. No debería haberlo hecho.

—No hiciste nada malo.

—No digas eso. Andrew sigue desaparecido. Podría estar vivo, esperando que lo encuentre, y yo...

El llanto me cerró la garganta.

—No lo traicionaste —dijo Maxwell.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque sigues amándolo.

—Eso lo hace peor. Te besé mientras sigo amándolo.

Maxwell dio un paso pequeño, pero se detuvo antes de invadir el espacio que yo había pedido.

—Una cosa no borra la otra.

La frase que antes parecía esperanzadora se sintió como una condena.

—No sé quién soy.

—Eres alguien que lleva nueve meses intentando sobrevivir.

—No quiero utilizar el dolor como excusa.

—No lo haces.

—No sabes lo que estoy haciendo.

Esta vez guardó silencio.

La felicidad había desaparecido de su rostro. Solo quedaba preocupación, o algo que se parecía lo suficiente para que yo confiara en ella.

—Necesito entrar. No me escribas esta noche.

Recibió la petición sin protestar.

—No lo haré.

Tomé la manilla y, antes de abrir, lo miré una última vez.

—Lo siento.

Maxwell negó lentamente.

—Yo no.

Entré en la casa y cerré la puerta. Permanecí apoyada contra ella, conteniendo el llanto con una mano sobre la boca.

Maxwell

No me moví hasta escuchar que Caroline se alejaba de la puerta.

Conduje hacia la casa sintiendo que el cuerpo entero me ardía.

Caroline me había besado.

La frase se repetía con cada curva. No había sido una fantasía, una interpretación ni un gesto nacido de una crisis. Ella cruzó la distancia, apoyó una mano sobre mi pecho y cerró los ojos antes de tocar mis labios.

Sonreí en la oscuridad.

No pude evitarlo.

Durante meses imaginé aquel momento tantas veces que la realidad debería haber parecido menos intensa. Ocurrió lo contrario. Era más profundo y mucho más adictivo de lo que había previsto.

Caroline retrocedió después. Lloró y pronunció el nombre de Andrew, pero eso no importaba tanto como debería. La culpa era inevitable. Podía esperar a que disminuyera.

Lo importante era que había sentido algo lo bastante fuerte para actuar.

Toqué mis labios con los dedos. Todavía podía sentir su vacilación y el cambio de su respiración antes de apartarse.

Quise convertir aquel beso en una certeza.

Caroline me amaba.

O llegaría a amarme.

Transformé la diferencia en un detalle sin importancia. Era más fácil pensar que había ganado, que Andrew permanecía encerrado y que Caroline me había elegido. La fantasía comenzaba a adquirir una forma que podía tocar.

Cuando llegué, Richard no estaba. Entré sin encender todas las luces y me dirigí al sótano.

No porque necesitara ver a Andrew.

Porque quería que él me viera.

Abrí la puerta. La luz del pasillo iluminó los escalones y Andrew levantó la cabeza desde la pared. Intenté controlar la expresión mientras descendía, pero su mirada recorrió mi rostro, mi postura y la forma en que respiraba. Después se detuvo en mi boca.

Algo cambió en sus ojos.

No fue sorpresa.

Fue comprensión.

—Ella te besó —dijo.

La euforia se detuvo dentro de mí.

—No sabes de qué hablas.

Andrew apoyó la cabeza contra la pared.

—No tuviste que hacer nada. Vino de ella.

La precisión de la afirmación la volvió más peligrosa. No pude ocultar por completo la satisfacción y Andrew la vio. Cerró los ojos durante un instante. Cuando volvió a abrirlos había dolor, pero no la rabia que yo esperaba.

Había imaginado aquella escena muchas veces. Andrew gritando, insultándome o tirando de la cadena. En cambio, permanecía quieto.

—¿Cómo lo supiste?

—Por tu cara. Sé cómo miras cuando crees que ganaste.

Me acerqué.

—Tal vez gané.

Andrew me observó con algo parecido a la compasión.

—No.