Capítulo 22 ¿Se puede amar dos veces?
Caroline
Había comenzado a temerles a las mañanas tranquilas.
Durante los primeros meses después de la desaparición de Andrew, despertar había sido una forma de violencia.
Abría los ojos y, durante unos segundos, olvidaba.
Después regresaban la cama vacía, la boda que no ocurrió, las llamadas sin respuesta y la voz de la policía repitiendo que todavía no había noticias.
También el rostro de Adelaide, firme solo porque creía que debía serlo frente a mí.
Cada mañana comenzaba con la misma caída.
Últimamente algo era diferente. El dolor seguía allí y Andrew continuaba desaparecido.
No existían una tumba, una despedida ni una certeza a la que pudiera aferrarme.
Sin embargo, entre una mañana y otra habían empezado a aparecer espacios pequeños: minutos mientras preparaba café, conversaciones en las que lograba concentrarme o una risa que no terminaba inmediatamente en llanto.
Al principio no los noté.
Después comenzaron a preocuparme.
Aquella mañana desperté pensando en Maxwell.
No en Andrew, en el sueño ni en la búsqueda. Pensé en el parque, en el peso de su hombro bajo mi cabeza y en la manera en que me dejó dormir sin moverse. Recordé su voz pronunciando mi nombre cuando decidió despertarme.
Permanecí boca arriba, observando el techo. La luz gris de Salisbury entraba entre las cortinas y dibujaba una línea pálida sobre la pared.
Intenté recordar el rostro de Andrew.
Lo conseguí.
Pero tuve que buscarlo.
La culpa llegó de inmediato. Me incorporé y el anillo que llevaba alrededor del cuello cayó sobre mi pecho. Lo sostuve entre los dedos.
—Lo siento —susurré.
No sabía exactamente por qué me disculpaba. Por haber dormido junto a Maxwell. Por encontrar paz en su cercanía. Por pensar en él antes que en Andrew.
Quizá por todo.
Abrí las cortinas. Había llovido durante la madrugada y la calle continuaba húmeda. Una mujer caminaba por la acera con un paraguas cerrado bajo el brazo; un automóvil pasó despacio, levantando agua junto al borde del camino.
La vida seguía avanzando.
Apoyé la frente contra el cristal. Durante meses creí que avanzar significaba abandonar a Andrew. Ahora empezaba a sospechar algo todavía más doloroso: tal vez no me estaba alejando de él, sino acercándome a alguien más.
La idea me produjo miedo. No porque Maxwell fuera cruel, sino precisamente por lo contrario. Era paciente, atento y nunca parecía cansarse de escuchar los mismos recuerdos. Había aprendido a reconocer mis silencios, a saber cuándo necesitaba compañía y cuándo debía apartarse.
Yo había comenzado a buscarlo antes de admitir que lo hacía. Revisaba el teléfono esperando sus mensajes, guardaba historias para contárselas y pensaba qué diría ante ciertas situaciones. Su presencia se había convertido en parte de mi rutina.
Y las rutinas eran peligrosas.
Se instalaban en la vida sin pedir permiso y después se volvían difíciles de perder.
El teléfono vibró sobre la mesa.
¿Cómo amaneciste?
Una sonrisa apareció antes de que pudiera detenerla. Pequeña. Inmediata. Intenté borrarla, pero ya había ocurrido.
No debería asustarme una sonrisa. Sin embargo, aquella significaba demasiado. Durante años, Andrew había sido la persona capaz de provocarla con una sola frase. Ahora Maxwell comenzaba a ocupar una parte de ese lugar.
Mejor. Creo que necesitaba dormir.
Dudé antes de añadir:
Gracias por ayer.
La respuesta llegó poco después.
No tienes que agradecerme cada vez que te quedas dormida sobre mí.
Sentí calor en el rostro.
No planeo convertirlo en una costumbre.
Qué decepción.
Una risa escapó de mis labios. Esta vez no conseguí detenerla. Me llevé una mano a la boca y noté que el anillo seguía entre mis dedos.
La risa murió lentamente.
Dejé el teléfono boca abajo. Ya no podía fingir que nada estaba cambiando. Cuanto más intentaba ignorarlo, más evidente se volvía.
Cuando Maxwell preguntó si quería caminar aquella tarde, acepté antes de pensarlo demasiado. No necesitaba hablar, me repetí mientras me vestía. Solo quería salir de la casa, respirar y ordenar mi mente.
Podría haberlo hecho sola.
Pero quería verlo a él.
El parque estaba más concurrido que el día anterior. El cielo seguía cubierto, aunque algunas zonas claras comenzaban a abrirse entre las nubes. Encontré a Maxwell junto a uno de los senderos, observando a un grupo de niños que intentaba alcanzar una pelota atrapada entre las ramas de un árbol.
Cuando me vio, sus ojos adquirieron aquella suavidad reservada para mi llegada.
Volví a sentir miedo.
No de él.
De la forma en que verlo me hacía sentir.
—Pensé que llegarías tarde —dijo.
—Llegué dos minutos antes.
—Para ti eso cuenta como temprano.
—No exageres.
Comenzamos a caminar. Agradecí que iniciara la conversación con asuntos sencillos.
Me contó sobre una discusión que había presenciado en una cafetería: dos hombres pasaron casi diez minutos intentando decidir cuál de ellos había pedido un pastel de limón.
Maxwell imitó la expresión indignada de uno y me hizo reír.
La culpa apareció después, pero ya no siempre conseguía destruir el momento. Algunas veces solo lo acompañaba.
Eso también era nuevo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—No pareces convencida.
—Estoy pensando.
—Eso suele ser peligroso.
—Muy gracioso.
—Lo intento.
Las hojas húmedas se pegaban a nuestros zapatos y el parque olía a tierra y madera mojada. Maxwell no insistió. Sabía que esperaría hasta que yo estuviera preparada.
Tal vez por eso me resultaba tan fácil hablar con él. No tenía que luchar contra sus preguntas.
Solo contra mí misma.
—¿Puedo preguntarte algo extraño?
Giró ligeramente hacia mí.
—Puedes preguntarme cualquier cosa.
Miré el sendero. La pregunta llevaba semanas dentro de mí, pero no sabía cómo pronunciarla sin revelar demasiado.
—¿Crees que una persona puede amar dos veces?
Maxwell dejó de caminar. Avancé un paso más antes de detenerme también. Una bicicleta pasó cerca y dos mujeres conversaban junto a un banco, ajenas al silencio que acababa de abrirse entre nosotros.
—¿Has vuelto a sentir algo por alguien? —preguntó.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
—No sé —corregí.
—¿Qué significa eso?
Respiré profundamente.
—No estoy diciendo que... Solo pregunto si crees que es posible.
Maxwell sostuvo mi mirada durante unos segundos.
—Sí.
No hubo duda en su voz.
—¿Así de fácil?
—No dije que fuera fácil.
—Pero respondiste muy rápido.
Desvió los ojos hacia los árboles.
—Porque no creo que el corazón tenga una sola oportunidad. Las personas cambian, pierden cosas y sobreviven. Se convierten en alguien distinto.
—Eso no responde si pueden amar otra vez.
—Creo que sí, pero no de la misma manera.
Algo se movió dentro de mí.
—Entonces el segundo amor siempre es menos.
—No.
—¿Cómo puede no serlo?
—Porque diferente no significa menor.
Reanudamos la caminata.
—El primer amor puede estar lleno de descubrimientos y de la idea de que nada va a terminar —continuó.
—¿Y el segundo?
Maxwell tardó en responder.
—El segundo sabe que todo puede terminar.
Dejé que las palabras se instalaran.
—Eso suena más triste.
—Quizá es más honesto. Amar después de perder algo significa amar sabiendo lo que puede costar.
Su voz había cambiado. Seguía siendo tranquila, pero debajo existía una sombra que no parecía relacionada conmigo.
—¿Tú amaste dos veces?
Su cuerpo se tensó apenas.
—No.
—Hablas como si lo supieras.
—He pensado mucho en ello.
—¿Por qué?
Nos detuvimos junto a una hilera de árboles. El viento movió algunas hojas sobre el sendero.
—Porque hay personas que llegan cuando creías que ya no quedaba nada dentro de ti —dijo—. Entonces descubres que todavía puedes sentir.
La intimidad de la frase me dejó sin respiración. Maxwell miraba un punto lejano y, por primera vez, vi algo que siempre había permanecido detrás de su calma.
Tristeza.
No la que alguien muestra para acompañar el dolor ajeno, sino una más antigua y profunda. Una herida que había aprendido a esconder.
Yo creía conocerlo. Sabía cómo escuchaba, qué lo irritaba y qué clase de silencio ofrecía cuando no encontraba palabras. Sin embargo, casi todo lo que sabía de Maxwell estaba relacionado conmigo. Él siempre sostenía y parecía tener una respuesta.
Nunca me había preguntado quién lo sostenía a él.
—¿Quién te hizo daño?
La sombra de su mirada desapareció parcialmente.
—No estamos hablando de mí.
—Tal vez deberíamos.
—No es necesario.
—Siempre dices eso.
—¿Qué cosa?
—Que no importa. Cada vez que intento preguntarte algo personal, cambias el tema.
Sonrió con suavidad.
—Tú tienes problemas más importantes.
—Eso no significa que los tuyos no existan.
Su expresión cambió, apenas, como si mis palabras hubieran alcanzado un lugar que no esperaba exponer.
—No quiero que sientas que debes cuidarme —dijo.
—¿Por qué no? Tú me cuidas.
—Es diferente.
—No lo es.
Maxwell me observó y sentí una necesidad repentina de acercarme. No para buscar consuelo como la tarde anterior, sino para ofrecérselo.
La diferencia me asustó.
Hasta ese momento había sido el hombre que aparecía cuando yo me rompía. Ahora comenzaba a verlo como alguien que también podía romperse, y aquella posibilidad despertó una ternura que no estaba preparada para sentir.
—No tienes que contarme nada —dije—. Pero tampoco tienes que fingir que no te duele.
Maxwell bajó los ojos.
—Hay cosas que no pueden arreglarse hablando.
—Quizá no.
—Entonces no serviría de nada.
—Serviría para que no estuvieras solo.
Levantó la mirada. La intensidad de sus ojos hizo que mi corazón golpeara con más fuerza.
—No estoy solo.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros. Supe que debía retroceder, cambiar de tema y recordar a Andrew.
En cambio, permanecí allí.
—No —respondí—. Supongo que no.
Maxwell apartó la mirada primero.
Continuamos caminando. La conversación cambió, aunque nunca recuperó por completo la ligereza. Hablamos de libros, de una exposición que abriría la semana siguiente y de un restaurante que Maxwell aseguraba que yo odiaría.
Pero algo se había modificado.