Capítulo 21 Sombras de una investigación. #4
El impulso de acercarme no nació de una decisión completa. Fue más instintivo, como extender una mano cuando se pierde el equilibrio. Me moví hacia él y apoyé la cabeza sobre su hombro.
Su cuerpo quedó rígido durante un segundo. Después se relajó.
Cerré los ojos. La tela de su abrigo estaba fría, pero debajo podía sentir el calor. Maxwell no me rodeó de inmediato. Esperó, quizá para permitirme retroceder.
No lo hice.
Entonces apoyó un brazo alrededor de mis hombros. El gesto fue cuidadoso, sin presión ni exigencias. Algo dentro de mí cedió. No el dolor, sino el esfuerzo de sostenerlo.
Por primera vez era yo quien buscaba el contacto.
—Lo siento —susurré.
—No tienes que disculparte.
—Siempre termino llorando contigo.
—No siempre. También reíste conmigo.
Recordé la cena, el chocolate y la historia del pescado carbonizado.
—Fue una buena noche.
—Sí.
—Andrew habría odiado ese restaurante.
Maxwell permaneció inmóvil.
—¿Por qué?
—Demasiado elegante. Decía que los lugares con porciones pequeñas eran una estafa.
Maxwell soltó una risa breve. El sonido vibró bajo mi mejilla.
—Tenía razón.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque te habría agradado.
Dejó de reír. Abrí los ojos, aunque no me aparté.
—Lo siento. No sé por qué dije eso.
—Porque lo pensaste.
—Es extraño.
—Sí.
No había enojo en su voz, solo una tensión suave. Por un instante imaginé a Andrew y Maxwell hablando: Andrew haciendo algún comentario sarcástico, Maxwell respondiendo con esa calma que podía resultar irritante y yo entre ambos.
La imagen produjo un dolor inmediato.
No podían coexistir de aquella manera. Andrew pertenecía a una vida y Maxwell estaba entrando en otra, pero yo todavía no sabía dónde terminaba una ni cuándo había comenzado la siguiente.
—A veces imagino que Andrew regresará y todo volverá a ser como antes —dije—. Sé que no sería así. Nueve meses no desaparecen.
—No.
—Él habría cambiado.
—Probablemente.
—Yo también. Y eso me hace sentir culpable.
Levanté un poco la cabeza, aunque continué apoyada contra él.
—¿Y si regresa y no me reconoce?
La pregunta reveló un miedo que no había admitido.
No temía solamente que Andrew estuviera muerto.
También temía que regresara, porque su regreso no borraría los meses ni devolvería la boda.
No reconstruiría de inmediato la intimidad.
Tendríamos que conocernos otra vez. Él cargaría heridas que yo no comprendería y yo tendría una vida en la que Maxwell ocupaba demasiado espacio.
—Te reconocería —dijo.
—No puedes saberlo.
—No. Pero alguien que te ama no necesita que permanezcas congelada para reconocerte.
La frase tocó algo profundo.
—Tú haces que todo parezca más sencillo.
—No lo es. Solo intento ayudarte.
—Lo sé.
O creía saberlo.
Maxwell nunca había intentado ocupar el lugar de Andrew de forma abierta. No me pidió que dejara de buscarlo ni habló mal de él. Escuchó cada recuerdo, incluso los repetidos. Eso era lo que volvía tan segura su presencia.
No tenía que elegir cuando estaba a su lado.
Podía amar a Andrew.
Podía necesitar a Maxwell.
Las dos cosas parecían coexistir mientras nadie las nombrara.
Permanecimos en el banco mientras el parque continuaba moviéndose alrededor. Las personas pasaban, los pájaros descendían sobre el césped y el viento levantaba hojas que volvían a caer unos metros después.
Dejé de llorar, pero no me aparté. La respiración de Maxwell se había convertido en un ritmo constante bajo mi mejilla. El cansancio de la noche comenzó a pesarme.
—Deberíamos regresar —murmuré.
—Cuando quieras.
—En un minuto.
Acomodé la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos.
Solo descansaría un momento.
Maxwell
Al principio creí que Caroline solo intentaba recuperar el aliento. Su respiración conservaba el ritmo irregular del llanto y, de vez en cuando, una exhalación más profunda estremecía sus hombros.
Permanecí inmóvil.
El peso de su cabeza aumentó poco a poco sobre mí. Sus dedos, antes tensos alrededor del abrigo, se relajaron sobre el regazo.
Caroline se había quedado dormida.
De verdad.
El parque seguía vivo: niños corriendo, ramas movidas por el viento y un perro ladrando a lo lejos. Nada parecía alcanzar el pequeño espacio que compartíamos en aquel banco.
Nunca la había visto así. Sin lágrimas, sin culpa y sin sostener una conversación para evitar quedarse sola con sus pensamientos. Durante unos minutos, el cansancio de los últimos nueve meses desapareció de su rostro.
Y había elegido descansar junto a mí.
Sentí una calidez inesperada en el pecho. Durante meses aprendí cada una de sus expresiones: la tristeza silenciosa cuando hablaba de Andrew, la sonrisa tímida cuando conseguía distraerla y la forma en que desviaba la mirada cuando se sentía culpable por reír. Aquella era nueva.
Confianza.
No amor.
Todavía no.
Pero la confianza siempre había sido el primer paso.
Recordé el café que aceptó tomar conmigo, nuestra primera conversación en la biblioteca y la tarde en que comenzó a hablar de Andrew sin bajar la voz. Cada avance había parecido insignificante cuando ocurrió. Ahora todos conducían hasta aquel instante.
Un mechón de cabello cubría parte de su rostro. Levanté la mano para apartarlo y me detuve antes de tocarla. Aquel gesto habría sido para mí, no para Caroline. No quería robarle un momento que me había entregado sin darse cuenta.
Dejé la mano sobre mi pierna.
No pude dejar de mirarla.
Durante unos segundos imaginé otra vida.
Una en la que Caroline despertaba a mi lado, preparaba café mientras discutíamos por cosas insignificantes y caminaba por Salisbury sin mirar constantemente hacia atrás.
Una vida sin aniversarios rotos, investigaciones ni fotografías de personas desaparecidas.
La escena fue tan clara que casi pude creerla posible.
Hasta que Andrew volvió a aparecer.
No físicamente, sino como una presencia inevitable. Incluso dentro de mi fantasía encontraba un lugar: una fotografía, un recuerdo, el anillo oculto bajo la ropa o una promesa que nunca llegó a cumplirse.
Comprendí algo que llevaba semanas negándome a aceptar.
Ya no me bastaba con que Caroline me necesitara.
Necesitaba que dejara de necesitar a Andrew.
La diferencia era enorme y profundamente peligrosa.
Había creído que podía convivir con ambos lugares: el hombre al que Caroline amaba y el hombre en quien encontraba refugio.
Mientras dormía sobre mi hombro, descubrí que ya no quería compartir nada, ni siquiera el espacio que Andrew ocupaba en su corazón.
Me había repetido que todo lo hacía para protegerla, sostenerla cuando nadie más podía y evitar que terminara sola.
Pero si solo quería protegerla, ¿por qué me molestaba que continuara amando a Andrew?
¿Por qué imaginarlo de regreso me cerraba el estómago?
¿Por qué había sentido alivio cuando Caroline confesó que en su sueño él se despedía?
No encontré respuestas que pudiera soportar.
Solo una certeza.
No perdería el lugar que había conseguido junto a ella.
El viento sopló con más fuerza y Caroline buscó inconscientemente más apoyo sobre mi hombro. Esperé dos minutos antes de inclinar la cabeza.
—Caroline.
Sus pestañas temblaron. Abrió los ojos y miró el parque antes de comprender dónde estaba. Se incorporó de golpe.
—Lo siento... Creo que me quedé dormida.
—Solo unos minutos.
Llevó una mano al rostro, avergonzada.
—Prometí descansar un minuto.
—Cumpliste tu promesa.
La sonrisa que conseguí arrancarle fue breve, pero sincera. Me puse de pie y le tendí la mano.
—¿Volvemos?
Aceptó mi ayuda sin pensarlo. Sus dedos permanecieron entre los míos apenas un segundo antes de soltarse.
Era poco.
Pero ya no era el mismo hombre que había llegado al parque unas horas antes.
Mientras Caroline dormía confiando en mí, comprendí el verdadero tamaño de mi obsesión.
Y, por primera vez, se parecía menos al amor que decía sentir y mucho más a la necesidad de poseer aquello que temía perder.