La Tristeza en Mí Capítulo 21 Sombras de una investigación. #3
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Capítulo 21 Sombras de una investigación. #3

—Si realmente estuviera olvidándome, no necesitarías venir a decírmelo.

Se detuvo.

—Y si de verdad te estuviera eligiendo, no tendrías miedo de Whitmore.

Maxwell giró lentamente. Durante unos segundos, el silencio nos mantuvo unidos.

Vi el miedo debajo de su rabia. No temblaba ni apartaba la mirada, pero sabía que podía perderlo todo.

Aquello convirtió mi esperanza en algo más sólido.

Whitmore no estaba dando vueltas alrededor de una investigación estancada: había encontrado algo, quizá poco, pero suficiente para que Maxwell dejara de dormir.

—No importa quién haga preguntas —dijo—. Nadie llegará hasta aquí.

—Eso también intentas decírtelo a ti mismo.

Subió el primer peldaño.

—Disfruta tu esperanza.

—Lo haré.

—Así dolerá más cuando desaparezca.

La puerta se cerró y la llave giró.

Esperé. Escuché sus pasos alejarse, el crujido de la puerta de la cocina y, después, nada. Conté lentamente hasta trescientos. Luego hasta seiscientos.

El silencio se mantuvo.

Levanté la tabla y saqué el teléfono. La pantalla agrietada reflejó la bombilla. Podía encenderlo, pero Maxwell todavía no había salido. Si el aparato emitía un sonido o tardaba más de lo esperado, perdería la única oportunidad que tenía.

Lo envolví otra vez y lo oculté en el hueco.

Aquella tarde Maxwell iría a ver a Caroline. Richard tal vez no regresaría. La casa podía quedar sola durante horas.

Mi corazón latía con fuerza.

No por miedo.

Por posibilidad.

Por primera vez en nueve meses, mi futuro no dependía únicamente de Maxwell.

Tenía un teléfono.

Había un detective.

Y el hombre que me retenía estaba empezando a perder el control.

Caroline

El parque estaba más silencioso de lo habitual. Quizá era por la hora o por las nubes bajas que cubrían Salisbury con una luz gris y apagaban los colores. Los árboles comenzaban a perder las hojas y el sendero estaba cubierto por una capa húmeda de tonos marrones y dorados.

Había llegado antes porque necesitaba moverme.

Desde que desperté, sentía una inquietud difícil de explicar. No era tristeza ni miedo, sino algo suspendido entre ambos, como si una parte de mí continuara atrapada en el sueño de la noche anterior.

Salí de casa sin desayunar. Adelaide intentó convencerme de que tomara al menos una taza de té, pero prometí comprar algo después y no lo hice. Caminé durante casi veinte minutos antes de llegar al parque, con las manos guardadas en los bolsillos para protegerlas del frío.

Todavía podía ver a Andrew.

No estaba herido ni perdido. Tampoco me pedía ayuda desde un lugar al que yo no conseguía llegar.

En el sueño se encontraba de pie sobre una extensión de césped iluminada por una claridad suave.

Parecía más joven o, quizá, simplemente descansado.

Vestía la camisa blanca de nuestra cena de compromiso, la que Adelaide dijo que necesitaba planchar y él insistió en usar arrugada.

Yo lo había regañado. Andrew me tomó de la cintura y aseguró que nadie miraría su camisa mientras estuviera a su lado.

En el sueño solo sonreía.

Intentaba acercarme, pero cada paso aumentaba la distancia. Entonces levantaba una mano, no para pedir ayuda, sino para detenerme, y decía algo que yo no lograba recordar al despertar.

Las palabras se habían perdido.

La sensación no.

Era una despedida.

Desperté llorando, pero no con la desesperación de otras noches. Sentí una tristeza lenta, profunda y casi tranquila. Eso me asustó más que cualquier pesadilla porque, durante unos segundos, había sentido paz al verlo.

Y la paz se parecía demasiado a la aceptación.

Me detuve junto al estanque. Una pareja de patos atravesó el agua inmóvil, dejando dos líneas que desaparecieron poco después.

El teléfono vibró dentro de mi bolsillo.

Estoy llegando.

Sentí alivio.

No culpa.

El alivio llegó primero, y eso también me inquietó.

Durante la mañana pensé varias veces en cancelar. Podía inventar un dolor de cabeza, cansancio o una visita familiar. Sin embargo, cuando Maxwell me preguntó si quería caminar, mi primera reacción había sido aceptar.

No esperaba repetir la cercanía de la cena ni quería definir lo que sucedía entre nosotros.

Solo necesitaba verlo.

La honestidad de aquel pensamiento me obligó a cerrar los ojos.

Meses atrás, la idea de necesitar a alguien que no fuera Andrew habría resultado imposible.

Ahora la presencia de Maxwell se había convertido en una especie de estructura.

Sabía cuándo llamaría, cómo respondería y qué tono usaría cuando yo estuviera a punto de romperme. No intentaba solucionar el dolor.

Permanecía.

A veces eso era suficiente.

Escuché pasos detrás de mí. No tuve que girarme para reconocerlos. Había aprendido su ritmo constante y seguro, como si cada uno supiera exactamente dónde terminar.

—Llegaste temprano —dijo Maxwell.

Me volví. Llevaba un abrigo oscuro y una bufanda gris. Las sombras bajo sus ojos revelaban que tampoco había descansado.

—Tú también.

Miró alrededor.

—Pensé que te encontraría en la entrada.

—Necesitaba caminar.

—¿Llevas mucho tiempo aquí?

—Un poco.

Maxwell me observó, intentando decidir si debía preguntar.

—No dormí bien —admití antes de que lo hiciera.

Su expresión se suavizó.

—¿Otra pesadilla?

—No exactamente.

Empezamos a caminar. Maxwell no insistió y agradecí el silencio. Una mujer empujaba un cochecito, dos niños corrían detrás de una pelota y un hombre mayor lanzaba migas a las aves. La normalidad de la escena me produjo una punzada.

Durante meses sentí que el mundo debía detenerse. No comprendía cómo las personas podían trabajar, comprar pan o reír mientras Andrew continuaba desaparecido. Ya no esperaba que el mundo se detuviera.

Eso era peor.

Significaba que había comenzado a acostumbrarme.

Maxwell caminaba a mi lado sin tocarme. La distancia entre ambos era suficiente para sentir su presencia, pero no tan pequeña como para que pareciéramos una pareja. Me pregunté si él también pensaba en eso.

Desde la cena había evitado analizar la sonrisa con la que llegué a mi habitación, el mensaje y aquel corazón blanco que envié sin pensarlo. Todo parecía más íntimo bajo la luz del día. No me arrepentía, pero la noche había permitido una cercanía que la mañana volvía difícil de nombrar.

—¿Te arrepientes? —preguntó Maxwell.

Lo miré.

—¿De qué?

—De la cena.

La precisión de la pregunta me sorprendió.

—No.

Asintió. No sonrió de inmediato; dejó que la respuesta se asentara.

—¿Tú? —pregunté.

—No.

—Lo dices muy rápido.

—Porque no tengo que pensarlo.

Bajé la mirada. Una hoja se había pegado a la punta de mi zapato y la aparté al caminar.

—Fue una buena noche. Pero no sé qué significa.

—No tiene que significar nada todavía.

La respuesta me alivió. También me decepcionó de una forma que preferí no examinar.

—Gracias por no exigirme una respuesta.

Maxwell me miró.

—Nunca te exigiría nada.

Las palabras resultaron tranquilizadoras, pero despertaron una incomodidad pequeña.

Nadie podía prometer algo así. Todos esperábamos algo de los demás, incluso sin querer.

Andrew había esperado que compartiéramos un futuro, Adelaide necesitaba que sobreviviera y la policía pedía paciencia.

Yo misma me exigía fidelidad a una ausencia.

Maxwell también debía esperar algo.

Solo que aún no lo decía.

—¿Quieres sentarte? —preguntó.

Escogimos un banco cerca del estanque. La madera estaba fría y Maxwell dejó suficiente espacio entre nosotros. Apoyé las manos sobre las rodillas y observé el agua durante un rato.

Había aceptado verlo porque necesitaba hablar, pero ahora las palabras se negaban a salir.

—Soñé con Andrew —dije finalmente.

Maxwell se tensó. Fue apenas un cambio en su postura.

—¿Qué ocurrió?

Respiré profundamente.

—Estábamos en un lugar abierto. No era Salisbury ni Londres. Era como ningún sitio. Él estaba frente a mí y se veía bien. No estaba herido ni asustado.

La voz comenzó a quebrarse.

—Parecía tranquilo.

Una lágrima cayó sobre mi mano.

—Y eso debería haberme hecho feliz.

—Pero no fue así.

Negué.

—Me dio miedo.

—¿Por qué?

Miré el estanque.

—Porque parecía estar despidiéndose. No recuerdo lo que dijo, pero sabía que era eso. Intenté acercarme y no me dejó.

La respiración se volvió inestable.

—Solo sonreía.

Maxwell inclinó un poco el cuerpo hacia mí.

—Fue un sueño. No significa que haya ocurrido algo.

—Lo sé.

La impaciencia apareció en mi voz, no contra él, sino contra mí misma.

—Sé que no es una señal y que mi mente intenta procesar todo esto. Pero cuando desperté sentí paz.

La confesión me avergonzó.

—Durante unos segundos pensé que estaba bien. Después me odié.

—No deberías.

—Sentí alivio. ¿Qué clase de persona siente alivio después de soñar que el hombre que ama se despide?

Maxwell respondió con suavidad:

—Una persona agotada.

Las lágrimas continuaron cayendo.

—No quiero dejarlo ir.

—No tienes que hacerlo.

—Pero una parte de mí está cansada de esperar.

La frase dolió al salir. Era la primera vez que la pronunciaba en voz alta.

—Estoy cansada de despertarme y no saber. De mirar el teléfono y pensar que cada llamada puede ser alguien diciendo que lo encontraron. Estoy cansada de imaginar dónde está, si tiene frío, si está herido...

El pecho empezó a dolerme.

—Si llamó mi nombre y yo no estaba.

Maxwell levantó una mano, pero se detuvo antes de tocarme.

—Mírame.

Negué.

—No quiero que me veas así.

—Ya te he visto así.

—Lo sé.

Eso era lo peor. Maxwell había presenciado partes de mí que deseaba ocultar incluso de Adelaide y, aun así, seguía allí.

—No sé cómo continuar.

—No tienes que saberlo hoy.

—Todos dicen eso.

—Porque es verdad.

—No ayuda.

Bajó la mano.

—Entonces dime qué necesitas.

Cerré los ojos. La respuesta apareció antes de que pudiera contenerla.

—No estar sola.

Cuando levanté el rostro, Maxwell estaba tan cerca que podía ver la pequeña marca junto a su ceja y la línea de preocupación entre sus ojos. No parecía incómodo ni impaciente. Solo atento.

Esperando.