La Tristeza en Mí Capítulo 21 Sombras de una investigación. #2
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Capítulo 21 Sombras de una investigación. #2

—No voy a quedarme aquí esperando. Tengo dinero. Puedo marcharme esta noche.

—Whitmore puede llegar hasta ti.

—Ni siquiera sabe quién soy.

—Todavía.

Richard tomó su chaqueta del respaldo de una silla.

—Nadie sabe que estoy aquí.

—Yo sí.

Se detuvo. La amenaza no había sido explícita. No hacía falta.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó—. ¿Encerrarme también?

—Voy a pedirte que pienses. Si desapareces ahora y Whitmore encuentra tu nombre después, parecerás un hombre huyendo.

—Porque eso sería.

—Necesito que sigas investigándolo.

Richard soltó una carcajada seca.

—Acabas de decir que el dueño del taller podría reconocerme.

—Entonces mantén la distancia.

—Quieres que me arriesgue mientras tú paseas con Caroline.

—Quiero que soluciones el problema que ayudaste a crear.

—Tú lo creaste.

—Tú condujiste.

—Porque dijiste que sería una noche. Que solo necesitabas tiempo para hablar con ella.

No respondí.

—Cambiaste las reglas cada vez que la realidad no se pareció a tu fantasía —continuó.

La frase penetró más de lo que quise mostrar.

—Voy a detener a Whitmore —dije.

—¿Cómo?

—Primero descubriré qué sabe.

—¿Y si sabe demasiado?

Mi silencio respondió.

Richard negó lentamente y abrió la puerta.

—Buscaré más información sobre él.

—No hagas nada sin hablar conmigo.

—Ese ha sido mi error desde el principio.

Salió. Sus pasos se perdieron por el pasillo y quedé solo frente a las fotografías.

Bajo la claridad del amanecer parecían menos amenazantes: papel, tinta, imágenes tomadas a distancia.

Pero una investigación no necesitaba avanzar demasiado para destruir una vida. Le bastaba con encontrar una grieta.

Y Richard estaba empezando a convertirse en una.

Guardé los documentos dentro del sobre. Cuando tomé el teléfono, no había mensajes nuevos de Caroline. La decepción fue inmediata y ridícula. Probablemente dormía. Abrí la conversación de todos modos.

No me arrepiento.

Durante un momento conseguí olvidar a Whitmore, a Richard y al hombre encerrado bajo mis pies. Solo existió Caroline: la forma en que había apoyado los brazos sobre la mesa, su risa y la mirada que me dirigió antes de bajar del automóvil.

Necesitaba verla.

No por miedo ni porque quisiera comprobar que seguía cerca.

Eso me dije.

¿Te apetece caminar esta tarde?

La respuesta tardó cinco minutos.

Sí. Creo que me haría bien salir.

La tensión de mi pecho cedió. Whitmore podía avanzar, Richard podía amenazar con marcharse y Andrew podía esperar en el sótano, pero Caroline seguía eligiendo pasar tiempo conmigo.

Puedo recogerte a las cuatro.

Mejor nos encontramos en el parque. Necesito caminar un poco antes.

Leí el mensaje con atención. No era un rechazo, solo una distancia pequeña. Podía aceptarla.

Nos vemos allí.

Desde el piso inferior llegó un golpe débil, seguido por el arrastre de la cadena. Guardé el sobre en un cajón y tomé la llave.

Andrew había escuchado la discusión.

Necesitaba asegurarme de que todo siguiera bajo control.

Andrew

Había escuchado casi toda la discusión.

Las voces llegaban distorsionadas a través del techo. Algunas palabras se perdían entre las tuberías y la madera; otras descendían con claridad.

Moverlo.

Whitmore.

Caroline.

Detective.

Maxwell ya me había revelado que alguien investigaba, pero ahora ese hombre tenía un nombre.

James Whitmore.

La esperanza podía ser peligrosa. Lo aprendí durante los primeros meses, cuando cada ruido de automóvil me hacía creer que alguien había llegado y cada paso desconocido parecía el comienzo de un rescate.

Durante una fracción de segundo imaginaba un uniforme, una voz distinta o la luz del exterior.

Después aparecía Maxwell o Richard, y la esperanza se convertía en otra forma de dolor.

Con el tiempo dejé de construir futuros a partir de conversaciones incompletas.

Sin embargo, Whitmore hacía suficientes preguntas para que Richard quisiera trasladarme y para que Maxwell pasara la noche sin dormir.

No era uno de los policías que revisaban periódicamente una investigación sin líneas activas.

Era alguien nuevo. Alguien que todavía creía que podía encontrar algo.

Permanecí sentado contra la pared, con los ojos cerrados.

Richard quería moverme.

Maxwell se negaba.

Eso podía significar que aún temían transportarme o que aquella casa representaba algo más para Maxwell.

Mi captor ya no tomaba decisiones únicamente por lógica.

Necesitaba bajar después de estar con Caroline y contarme cada avance como si quisiera demostrar una victoria.

No lo hacía solo para herirme. También intentaba convencerse.

Al principio entraba al sótano con una seguridad calculada. Hablaba poco, no reaccionaba a mis provocaciones y cada movimiento parecía formar parte de un plan. Ahora bajaba demasiado rápido, respiraba con fuerza y hablaba de Caroline aunque fingiera no querer hacerlo.

Era un hombre intentando sostener una imagen que empezaba a quebrarse.

Whitmore había golpeado directamente esa grieta.

Moví la pierna con cuidado. La piel bajo el grillete estaba irritada y el tobillo dolía, pero había aprendido a cambiar de posición sin hacer demasiado ruido. No quería que Maxwell supiera hasta dónde alcanzaba la cadena.

Metí los dedos bajo el borde de la manta.

La tabla estaba a menos de medio metro. Parecía igual a las demás: vieja, húmeda y cubierta de suciedad. Sin embargo, podía levantarla lo suficiente para acceder al hueco estrecho que había descubierto entre dos soportes.

El teléfono seguía allí.

Estaba envuelto en un trozo de tela, apagado y oculto sobre la tierra. Era antiguo y la pantalla se encontraba agrietada. No sabía si conservaría batería, si encontraría señal dentro del sótano ni cuánto tardaría en encenderse. Aun así, era una posibilidad.

La primera que había tenido en nueve meses.

Richard lo dejó caer dos semanas atrás. Entró con una bandeja, insultando a Maxwell en voz baja, y el aparato resbaló desde el bolsillo de su chaqueta cuando se inclinó. Cayó cerca de la pared. Richard no lo notó.

Yo tampoco reaccioné. Continué mirando el suelo, fingiendo agotamiento, hasta que se marchó.

Esperé casi una hora antes de estirar el brazo.

La cadena apenas llegaba; tuve que alargarme hasta que el hombro pareció separarse del cuerpo.

Mis dedos rozaron el teléfono y conseguí arrastrarlo, pero escuché pasos antes de revisarlo.

Lo oculté bajo la manta y, esa misma noche, encontré la tabla suelta.

Desde entonces esperaba.

No podía encenderlo mientras alguno permaneciera cerca. Necesitaba horas, no minutos. La discusión podía proporcionármelas si Richard se marchaba y Maxwell salía a ver a Caroline.

El nombre de ella continuaba siendo una herida, no porque creyera que me había olvidado, sino porque sabía que estaba sufriendo.

Maxwell se aseguraba de recordármelo. Me hablaba de sus lágrimas, de sus crisis y de las veces que lo buscaba.

Yo intentaba no imaginarla, pero siempre lo hacía: Caroline despertando durante la noche, mirando la puerta y sentándose sola en una casa donde el futuro se había detenido.

Y Maxwell apareciendo en cada espacio que yo había dejado vacío.

No podía culparla. Ella no conocía la verdad. El hombre que se acercaba a consolarla era el mismo que mantenía abierta la herida.

Apoyé la cabeza contra la pared. La rabia y el teléfono me ayudaban a mantenerme despierto.

Escuché pasos rápidos detrás de la puerta.

Retiré la mano de la manta y la dejé sobre la pierna. La llave giró.

Maxwell descendió con la misma ropa del día anterior. Las sombras bajo sus ojos y la tensión de su mandíbula confirmaron que no había dormido. Miró la bandeja vacía, después la cadena y, por último, recorrió el suelo con los ojos.

Controlé la respiración.

El teléfono estaba oculto.

La tabla parecía intacta.

—Escuchaste —dijo.

No era una pregunta.

—Es difícil no hacerlo cuando Richard grita.

—No sabes de qué hablábamos.

—De trasladarme. Él quiere hacerlo y tú no.

—No va a ocurrir.

Sonreí apenas.

—Richard parecía bastante convencido.

—Richard está asustado.

—Tú también.

Maxwell avanzó.

—No.

—No dormiste y tienes prisa por marcharte. Vas a verla.

El pequeño endurecimiento alrededor de sus ojos me indicó que había acertado.

—No vine a hablar de Caroline.

—Siempre vienes a hablar de ella.

Se detuvo a pocos pasos.

—Necesito saber si has intentado hacer algo.

Miré la cadena.

—¿Como qué?

—Gritar.

—No hay nadie cerca.

—Eso no responde.

—Entonces sí. Grito cada vez que puedo. Es bueno para la garganta.

—No juegues conmigo.

—No estoy en condiciones de jugar.

Su mirada regresó al suelo y tuve que obligarme a mantener el cuerpo relajado.

—Richard quiere terminar con esto —dijo—. Si lo provocas o intentas algo estúpido, puedo dejar de protegerte.

—¿Protegerme?

—Sabes de qué es capaz cuando tiene miedo.

Lo sabía. Richard era más impredecible y más cobarde. Los hombres asustados podían ser más peligrosos que los crueles.

—Pero tú no quieres matarme —dije.

Maxwell permaneció en silencio.

—Me necesitas vivo.

Su expresión no cambió.

Eso fue una respuesta.

—¿Para qué? ¿Para seguir contándome lo que haces con Caroline?

—No confundas conveniencia con compasión.

—No creo que sea compasión. Creo que necesitas verme aquí para sentir que ganaste.

Maxwell se agachó frente a mí.

—Ya gané.

—Entonces suéltame.

—No.

—Déjame aparecer.

—No.

—Dile a Caroline la verdad y permite que ella decida cuál de los dos ganó.

Me tomó por el cuello de la camisa y me arrastró hacia adelante. Mi espalda se separó de la pared.

—No pronuncies su nombre.

—Caroline.

Su puño se cerró. Esperé el golpe, pero no llegó. Me soltó con brusquedad y el impacto contra la pared hizo que el dolor me recorriera la espalda.

—Ella va a seguir buscándome —dije.

Maxwell se puso de pie.

—Está empezando a despedirse.

La frase encontró el lugar exacto donde podía herirme. Debió notarlo, porque sonrió.

—¿Qué significa eso?

—Está aprendiendo a vivir.

Se dirigió hacia la escalera.

Tiré de la cadena.