La Tristeza en Mí Capítulo 21 Sombras de una investigación.
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Capítulo 21 Sombras de una investigación.

Maxwell

A las cinco de la mañana seguía sentado frente a la mesa de la cocina.

No había dormido.

La lámpara proyectaba un círculo amarillento sobre las fotografías de James Whitmore y las notas que Richard había reunido durante los últimos días.

Más allá de aquel espacio, la cocina desaparecía entre sombras.

La casa permanecía en silencio, pero no era el silencio habitual de los lugares vacíos.

Parecía más atento, como si las paredes esperaran que tomara una decisión.

Había ordenado las fotografías por fecha, después por ubicación y, finalmente, por las personas con las que el detective había hablado. Esperaba encontrar un patrón que demostrara que Whitmore no sabía nada.

No lo encontré.

El expediente oficial había llegado hasta la lavandería y la calle lateral donde las cámaras perdían el rastro de Andrew.

Whitmore había comenzado por ese mismo punto muerto, pero no se limitó a repetir las preguntas de la policía.

Buscó a quienes no aparecían en los informes: un repartidor que trabajaba durante la madrugada, una enfermera que regresaba a casa después de un turno nocturno y el propietario de un pequeño taller mecánico acostumbrado a reparar vehículos sin exigir demasiadas explicaciones.

Gente que la policía no había considerado importante.

Gente que observaba sin sentirse observada.

Tomé una de las notas de Richard.

Un testigo recuerda un vehículo oscuro con una luz trasera rota.

No había matrícula, modelo ni una descripción clara.

Podían existir cientos de automóviles con una luz dañada.

Sin embargo, el detalle bastó para devolverme a aquella noche: el golpe contra el contenedor, Richard insultando, Andrew moviéndose dentro del maletero y mi voz ordenando que no se detuviera.

Todo había ocurrido en menos de cinco segundos.

Cinco segundos que ahora podían estar en manos de un detective.

Dejé la hoja sobre la mesa. El mensaje de Caroline continuaba en mi teléfono.

Llegué a mi habitación y todavía estoy sonriendo.

Lo había leído tantas veces que podía verlo incluso con los ojos cerrados. Era la prueba de que la cena había sido real, de que no había imaginado su cercanía. Caroline había regresado a casa pensando en mí mientras yo revisaba la fotografía del hombre que podía destruirlo todo.

Hasta entonces había intentado mantener separadas mis dos vidas.

Cuando estaba con Caroline, no pensaba en aquella casa.

Cuando regresaba, reducía a Andrew a un problema práctico: comida, agua, cadenas, silencio.

La noche anterior, esa división se había roto.

Andrew apareció en medio de la cena sin estar presente, en un recuerdo y en el anillo oculto bajo el vestido de Caroline.

Después ella descendió conmigo al sótano cuando le conté que se veía hermosa.

Ya no existían dos vidas.

Solo una mentira demasiado grande para continuar dividida.

La puerta de la cocina se abrió. Richard entró con el cabello desordenado y una camisa arrugada. Parecía no haber dormido tampoco. Observó la mesa antes de dirigirse a la cafetera.

—Sigues con eso.

—Necesito saber hasta dónde llegó.

—No lo descubrirás mirando las mismas fotografías durante toda la noche.

—Hay algo que no estamos viendo.

Richard llenó una taza con café frío y se apoyó contra la encimera.

—Sí. Que tenemos que mover a Andrew.

—No.

—No era una sugerencia.

Levanté la mirada.

—Entonces estás confundiendo tu lugar.

Richard soltó una risa breve, sin humor.

—¿Mi lugar? Mi lugar es junto a ti cuando todo esto se derrumbe.

—No se va a derrumbar.

—Un detective privado está reconstruyendo la desaparición desde el principio. Ya encontró algo que la policía pasó por alto.

Señaló la nota sobre la luz trasera.

—Un detalle.

—Los detalles llevan a otros detalles. Ayer Whitmore pasó casi una hora en el taller que reparó el automóvil.

El frío se extendió desde mi estómago.

—No me dijiste que había encontrado el taller.

—Intenté decírtelo antes de que bajaras a presumir tu cena.

—¿Habló con el dueño?

—Sí.

—No preguntó nuestros nombres cuando fuimos.

—No necesitaba hacerlo. Puede recordar una cara.

—No nos vio a ambos.

Richard apretó la taza.

—Me vio a mí.

La respuesta cayó entre nosotros.

—¿Cuánto tiempo hablaste con él?

—Cinco minutos. Le dije que había golpeado una pared.

—¿Te pidió documentos?

—No.

—Entonces no tiene nada.

—Whitmore no necesita identificarme todavía. Le basta con conseguir una descripción y buscar dónde encaja.

Volví a mirar las fotografías. El automóvil ya no existía.

Meses atrás lo habíamos desarmado y distribuido las piezas en lugares distintos.

Una descripción imprecisa tampoco conduciría hasta aquella casa.

Pero cada precaución que recordaba producía una pregunta nueva: quién había visto a Richard, qué cámara podía haber grabado el vehículo antes de entrar al callejón, qué error habíamos cometido sin notarlo.

—Podemos trasladarlo esta noche —dijo Richard—. Hay una propiedad al norte, más aislada.

—No conocemos el lugar.

—Precisamente.

—No sabemos quién vive cerca.

—No vive nadie.

—Eso creíamos de esta casa.

Richard golpeó la mesa con la palma. Las fotografías se desplazaron.

—No podemos esperar a que Whitmore llegue hasta la puerta.

—Baja la voz.

—¿Te preocupa que Andrew nos escuche?

—Me preocupa que estés perdiendo el control.

Me miró con incredulidad.

—Yo estoy perdiendo el control. Tú pasaste la noche mirando una fotografía mientras el hombre que secuestraste sigue bajo nuestros pies.

—Andrew está controlado.

—Por ahora.

Richard se alejó hacia la ventana. Afuera comenzaba a amanecer; la luz gris revelaba el terreno húmedo y los árboles desnudos.

—Moverlo es lo racional. Whitmore está buscando en Salisbury y tenemos que sacarlo de la zona.

—Transportarlo sería más peligroso.

—Podemos sedarlo.

—No.

—Hacerlo de noche.

—No.

Richard se volvió.

—¿Cuál es tu plan, entonces? ¿Seguir llevándole comida mientras Whitmore reconstruye la ruta?

—Averiguaré cuánto sabe y quién lo contrató.

—Eso no resuelve qué hacemos con Andrew.

—No voy a moverlo.

Dejó la taza sobre la encimera con demasiada fuerza. Una línea de café cayó por un costado.

—¿Por qué?

—Aquí puedo vigilarlo.

—Podrías vigilarlo en otro sitio.

—No de la misma manera.

La irritación de su rostro comenzó a transformarse. Primero en confusión. Después en una comprensión que no quería ver.

—No quieres cambiar nada —dijo.

—No sabes de qué hablas.

—Por supuesto que sí. Necesitas que siga ahí abajo.

—Necesito que siga vivo.

—Eso es diferente.

—No.

Richard se inclinó sobre la mesa.

—Si solo quisieras evitar un cadáver, podríamos encerrarlo en cualquier otro sitio. Pero no quieres alejarlo. Está lo bastante lejos para que Caroline no lo encuentre y lo bastante cerca para que tú recuerdes que existe.

—Cállate.

—Necesitas bajar después de cada encuentro y contarle cuánto se acerca ella a ti.

Me puse de pie. La silla rozó el suelo con un sonido áspero.

—Ten cuidado.

—Eso hiciste anoche, ¿verdad? Regresaste de la cena y fuiste directamente a verlo.

No respondí.

Richard se pasó una mano por el rostro.

—No se trata solo de Caroline.

—Todo se trata de Caroline.

—No. También se trata de ganarle a Andrew.

—Andrew ya perdió.

—Entonces ¿por qué sigue vivo?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros. Sentí rabia, no porque Richard estuviera equivocado, sino porque había dicho en voz alta algo que yo evitaba analizar.

Andrew seguía vivo porque matarlo habría cambiado todo.

Un cadáver cerraba una historia; un desaparecido la mantenía abierta.

Mientras Caroline conservara la esperanza, también conservaría el dolor, y ese dolor era lo que la había llevado hasta mí: las pesadillas, las crisis, las tardes en que no podía respirar, los días en que necesitaba que alguien le recordara que todavía existía.

Si Andrew aparecía muerto, su sufrimiento sería inmenso, pero tendría una forma distinta.

Con el tiempo existirían una tumba, una despedida y una certeza.

Podría comenzar a sanar sin esperar una llamada ni mirar la puerta.

Si aparecía vivo, yo lo perdería todo. Pero si continuaba desaparecido, Caroline podía seguir buscándolo durante años.

Y yo podía continuar sosteniéndola.

La idea no se había formado como un plan completo. Era una justificación que cambiaba cada vez que necesitaba mirarme sin reconocer al hombre que me devolvía la mirada. Me había repetido que mantener a Andrew vivo no era crueldad, sino prudencia. Control. La única manera de conservar el equilibrio.

Frente a Richard, la verdad resultaba más difícil de esconder.

Andrew era una herida abierta.

Y una parte de mí necesitaba que siguiera abierta.

—Mientras esté vivo, tenemos opciones —dije.

—¿Opciones para qué?

—Para controlar lo que ocurre.

—No estás controlando nada.

—Caroline me necesita.

La frase salió con una seguridad que no sentía por completo.

Richard parpadeó.

—Ahí está. No quieres que Andrew muera porque temes que ella logre despedirse. Tampoco quieres que regrese porque volvería con él. Lo mantienes en medio: ni vivo para Caroline ni muerto.

—No entiendes.

—Explícamelo.

—Andrew forma parte de lo que ella siente. Su ausencia la mantiene cerca.

La frase sonó diferente fuera de mi cabeza. Más fría. Más calculada. Incluso para mí.

Richard retrocedió un paso.

—La estás utilizando.

—Estoy protegiendo lo que construí.

—Construiste una dependencia.

—Construí confianza.

—A partir de un dolor que tú provocaste.

—Yo no elegí que acudiera a mí.

—Creaste todas las condiciones para que lo hiciera.

Sentí el impulso de golpearlo, pero no lo hice.

—Caroline ya sentía algo por mí.

—Tú querías creer que sí.

—Me invitó a cenar.

—Porque llevas meses fingiendo ser el único hombre que no le exige nada.

—No estoy fingiendo.

Richard me observó durante varios segundos.

—Eso es lo que más miedo me da.

La cocina volvió a quedar en silencio. Cerré el sobre con cuidado.

—Andrew no se mueve.

—Entonces yo sí.

Levanté la cabeza.

—¿Qué dijiste?