Capítulo 20 La cena. #3
Andrew soltó una risa seca.
—Te arreglaste para ella. ¿Cenaron?
Mi silencio respondió.
—¿Caroline te invitó?
No quería concederle aquella información. También necesitaba que supiera que Caroline había dado un paso hacia mí sin que yo se lo pidiera.
—Sí. Quería verme.
La sonrisa desapareció de su rostro. El cambio fue pequeño, pero produjo en mí una satisfacción inmediata.
—Se veía hermosa —añadí—. Nos divertimos.
Andrew cerró los ojos durante un instante.
—¿Esperas destruirme con la noticia de que sigue viviendo?
—No está viviendo sin mí.
—Entonces ¿por qué necesitas bajar para contármelo?
La pregunta me detuvo.
Andrew levantó la cabeza.
—Si estuvieras seguro de que te eligió, no necesitarías verme sufrir. Regresaste de una cena con la mujer que dices amar y viniste directamente al sótano. Algo salió mal.
Su mirada descendió hacia el sobre.
—No fue con Caroline. Si hubiera sido ella, estarías furioso. Ahora estás asustado.
—No tengo miedo.
—Entonces enséñame qué llevas ahí.
Permanecí inmóvil.
La esperanza apareció en los ojos de Andrew antes de que pudiera ocultar mi reacción.
—Alguien sigue buscando —dijo.
Me acerqué.
—Nadie va a encontrarte.
—Eso dijiste al principio. Pero han pasado nueve meses y sigues aquí con pruebas entre las manos.
El sobre crujió bajo mis dedos.
—Es un detective privado. No tiene nada.
Andrew respiró lentamente, como si aquellas dos palabras hubieran abierto una ventana dentro del sótano.
—¿Quién lo contrató?
—No lo sé.
—Caroline.
—No fue ella.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque confía en mí.
Andrew rió. El sonido rebotó contra las paredes.
—¿Confía en ti? La encerraste en una mentira. Mi prisión tiene paredes; la de Caroline tiene tu rostro.
Lo golpeé.
Mi puño impactó contra su mejilla y Andrew cayó hacia un lado. La cadena arrastró sobre el suelo. Después de varios segundos, escupió sangre y volvió a mirarme.
—Eso no cambia lo que eres.
—No tienes derecho a hablar de ella.
—Tampoco tú.
—Ella me necesita —dije—. Me busca cuando tiene miedo, me llama cuando no puede dormir y viene a mí cuando se rompe. Esta vez me invitó porque quería estar conmigo.
El dolor apareció en el temblor leve de su mandíbula.
—Está siguiendo adelante.
—No —respondió Andrew—. Está sobreviviendo a lo que tú le hiciste. Cada vez que se acerca a ti no demuestra que te ame. Demuestra cuánto la heriste.
Algo oscuro se abrió dentro de mí.
—No sabes lo que siente.
—La conozco.
—La conocías. Caroline ya no es la mujer que dejaste hace nueve meses.
Andrew palideció.
—Porque tú la destruiste. No la conoces cuando es feliz. Conoces su miedo, su culpa y sus noches malas. Te enamoraste de la versión que necesitaba ser salvada porque sabías exactamente cómo crearla.
Me puse de pie.
—Te equivocas.
Andrew miró el sobre.
—Entonces dile la verdad y permite que decida.
La idea era imposible. Caroline solo vería el secuestro, el engaño y los meses de cautiverio. No comprendería las noches que permanecí despierto, la paciencia ni todo lo que había hecho después por ella.
—La verdad no cambiaría lo que existe entre nosotros.
—Entonces dísela.
No respondí.
Andrew ya conocía la respuesta.
—Ella nunca te elegiría sabiendo quién eres.
—Ya me está eligiendo.
—Está eligiendo al hombre que finges ser.
La advertencia de Andrew regresó con la misma precisión. Giré hacia la escalera.
—¿Qué sabe el detective? —preguntó Andrew.
—Nada.
—Mientes. No tiene pruebas, pero encontró algo. Por eso Richard está asustado.
Miré hacia la puerta.
—No escuchaste a Richard.
—No hacía falta. Camina distinto cuando tiene miedo.
Incluso encerrado, Andrew observaba, escuchaba y esperaba.
—Nadie viene por ti.
—Tú tampoco crees eso.
Abrí la puerta.
—Maxwell.
Me detuve en el primer peldaño.
—Caroline va a descubrirlo. Puede tardar días, meses o años, pero lo sabrá. Y cuando ocurra, no recordará tus cenas ni tus palabras. Solo recordará que cada vez que lloró en tus brazos, tú sabías dónde estaba yo.
Cerré la puerta y giré la llave.
La frase subió las escaleras conmigo.
Cada vez que lloró en tus brazos, tú sabías dónde estaba yo.
En la cocina abrí la conversación con Caroline. Su último mensaje seguía allí.
No me arrepiento.
Lo observé hasta que las palabras desplazaron la voz de Andrew.
Entonces el teléfono vibró.
Llegué a mi habitación y todavía estoy sonriendo. Gracias por esta noche.
Cerré los ojos. Ella pensaba en mí. Todavía sonreía por algo que habíamos compartido.
Yo también sigo sonriendo. Gracias por invitarme.
Su respuesta fue sencilla.
Buenas noches, Maxwell.
No necesitaba más.
Dejé el teléfono junto al sobre y saqué la fotografía de Whitmore. En el reverso escribí tres instrucciones:
Descubrir quién lo contrató.
Seguirlo.
Detenerlo.
No especifiqué cómo.
Todavía no era necesario.
La cena me había mostrado la vida que deseaba. Whitmore acababa de mostrarme lo fácil que sería perderla.
No iba a huir ni a renunciar a Caroline. Tampoco permitiría que la verdad destruyera lo que llevaba meses construyendo.
Antes había estado dispuesto a destruir la vida de Andrew para llegar hasta ella.
Ahora estaba dispuesto a destruir a cualquiera que intentara arrebatármela.