Capítulo 20 La cena. #2
Adelaide formaba parte de mi vida y de todo lo que había compartido con Andrew. Que aceptara a Maxwell no convertía la cena en algo definitivo, pero hacía que su presencia se sintiera menos equivocada.
—Entonces me alegra —dijo.
Pedimos la comida. Maxwell eligió vino y yo acepté una sola copa. No necesitaba beber para permanecer allí; quería demostrarme que podía tomar una decisión pequeña sin convertirla en una señal de algo mayor.
La conversación comenzó con temas seguros: el restaurante, el clima y un libro que ambos habíamos leído. Después Maxwell contó una historia sobre una entrevista de trabajo desastrosa y la manera en que imitó al entrevistador me arrancó una carcajada.
Me llevé una mano a la boca.
Maxwell se quedó mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás mirando.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Porque me gusta verte reír.
La culpa apareció, pero fue más leve que otras veces.
—Hace mucho que no lo hacía así.
—Eso no significa que no puedas volver a hacerlo.
—Lo sé.
Esta vez era cierto.
Durante la comida hablamos de cosas insignificantes y descubrí cuánto las había extrañado: películas, restaurantes y anécdotas que no conducían a una pregunta sobre la investigación. Maxwell no mencionó a Andrew. Yo tampoco.
Al principio fui consciente de su ausencia en la conversación. Después dejé de vigilarla.
El tiempo avanzó sin que lo contara.
En algún momento, Maxwell confesó que una vez había intentado cocinar pescado para unos amigos y lo dejó tanto tiempo en el horno que tuvieron que pedir comida.
—¿Cómo consigues arruinar un pescado? —pregunté.
—Con talento.
—Eso no es una respuesta.
—Lo convertí en algo que ya no pertenecía al reino animal.
Reí.
—Tus amigos debieron quedar encantados.
—Nunca volvieron a dejarme entrar en una cocina.
—Sensatos.
—¿Tú cocinas?
—Lo suficiente para sobrevivir. Andrew cocinaba mejor.
El nombre apareció de forma natural. No como una herida, al menos no al principio. Maxwell tampoco cambió de expresión.
—¿Qué preparaba?
La pregunta me sorprendió.
—Casi todo. Le gustaba experimentar. Algunas veces salía bien.
—¿Y las otras?
—Pedíamos comida.
Maxwell rió. El sonido no se burló del recuerdo; se integró en él.
Por unos segundos, Andrew estuvo presente sin destruir la noche.
—Gracias —dije.
—¿Por qué?
—Por no incomodarte cuando hablo de él.
La mirada de Maxwell permaneció sobre mí.
—Nunca tienes que esconderlo conmigo.
La vela tembló entre los dos.
—A veces pienso que debería hacerlo.
—¿Por mí?
—Por cualquiera.
—No. Andrew forma parte de ti.
El dolor se instaló con suavidad en mi pecho. No como una caída. Como una presencia.
—Sí.
Maxwell pareció a punto de decir algo más, pero guardó silencio. Aquella contención hizo que confiara todavía más en él.
Compartimos un postre de chocolate porque ninguno tenía hambre suficiente para pedir uno entero. Andrew habría elegido lo mismo. La coincidencia no arruinó el momento; solo me recordó que nunca existiría un lugar completamente libre de él.
Quizá no debía existir.
Al salir, Maxwell me ayudó con el abrigo. Sus dedos rozaron mis hombros y mi cuerpo notó el contacto.
No me aparté.
—¿Lo pasaste bien? —preguntó mientras caminábamos hacia el automóvil.
—Sí. Mucho.
Respondí antes de que apareciera la culpa.
La vulnerabilidad que cruzó su expresión me mostró cuánto le importaba mi respuesta.
—Yo también.
El trayecto de regreso fue más silencioso, pero no incómodo. Me sentía cansada de una forma agradable, como después de un día largo que había valido la pena.
Cuando llegamos, Maxwell estacionó frente a mi casa. Las luces del salón seguían encendidas; Adelaide debía de estar esperando.
Ninguno se movió de inmediato.
—Gracias por venir —dije.
—Tú me invitaste.
—Lo sé.
—Entonces gracias a ti.
Miré hacia la casa.
—Me alegra haberlo hecho.
Maxwell giró hacia mí.
—Yo también.
El silencio se volvió más denso. Aún no podía llamarlo romántico, pero estaba lleno de algo que ninguno quiso empujar más lejos.
Maxwell mantuvo las manos sobre el volante.
—Buenas noches, Caroline.
La distancia me alivió.
También me decepcionó.
Abrí la puerta. Antes de bajar, lo miré.
—Maxwell.
—¿Sí?
—Lo de hoy... no me arrepiento.
Su expresión cambió apenas. Fue suficiente para que comprendiera cuánto significaban aquellas palabras.
—Yo tampoco.
Caminé hacia la casa sin mirar atrás.
Esta vez no estaba huyendo.
Solo regresaba.
Maxwell
Esperé hasta que Caroline entró y una luz se encendió detrás de las cortinas.
No quería marcharme. Había pasado la noche frente a ella, escuchando su risa y observando cómo olvidaba durante algunos momentos que debía sentirse culpable.
No me arrepiento.
La frase se repetía dentro de mí.
La cena no había nacido de una pesadilla ni del dolor. Caroline me invitó porque quería verme. Eligió el vestido, aceptó que pasara por ella y, durante unas horas, permitió que pareciéramos una pareja.
Sabía que todavía no lo éramos.
Pero ahora podía imaginarlo con una claridad peligrosa.
Más cenas. Más noches. Caroline a mi lado dentro de una vida construida sobre momentos como aquel.
Empecé a conducir. A medida que las luces de la ciudad desaparecían, la satisfacción comenzó a mezclarse con miedo. Cuanto más se acercaba Caroline, más cosas podían arrebatármela: una palabra incorrecta, una sospecha, Andrew o la verdad.
La casa apareció al final del camino. Una luz seguía encendida en la planta baja y la puerta principal estaba abierta unos centímetros.
Estacioné y entré sin quitarme el abrigo.
—¿Richard?
Un ruido llegó desde la cocina.
Richard estaba de pie junto a la mesa, pálido y con el cabello desordenado. Una mano descansaba sobre un sobre marrón.
—Tenemos un problema.
—¿Andrew?
—No.
Arrojó el sobre encima de la mesa.
—Mira.
Dentro había varias fotografías tomadas a distancia.
Un hombre de unos cincuenta años salía de un edificio, hablaba con una mujer frente a una cafetería y observaba la antigua casa de Andrew desde la acera contraria.
Junto a las imágenes había una lista escrita por Richard: fechas, lugares visitados y nombres de personas con quienes el desconocido había hablado.
—¿Quién es?
—James Whitmore. Detective privado.
El frío del exterior pareció instalarse dentro de mi cuerpo.
—¿Quién lo contrató?
—No lo sé.
—Entonces averígualo.
Richard golpeó la mesa con la palma.
—Llevo dos días siguiéndolo. Antes de llegar a Salisbury estuvo haciendo llamadas y solicitando antecedentes desde Londres.
Las primeras consultas que pude rastrear comenzaron hace casi tres meses.
Durante las últimas tres semanas empezó a hablar personalmente con antiguos compañeros de Andrew, comercios cercanos y uno de los policías que trabajó en el caso.
Tres meses.
Alguien lo había contratado poco después de la revisión de los seis meses y había conseguido mantenerlo en secreto todo aquel tiempo.
Revisé las fotografías.
—¿Ha venido a esta casa?
—No. Tampoco sé si está siguiendo a Caroline.
Levanté la cabeza.
—Averígualo.
—Eso intento decirte. No sabemos cuánto sabe. —Richard señaló su lista—. Visitó la lavandería y la calle lateral. Volvió a entrevistar a personas con las que la policía ya había hablado y encontró a otras que no aparecen en el expediente.
—Si tuviera pruebas, las habría entregado.
—Quizá está reuniéndolas.
Tomé una de las hojas. Richard había anotado una frase debajo del nombre de un guardia nocturno.
Recuerda un vehículo oscuro con una luz trasera rota.
La noche del secuestro regresó de golpe. Richard había golpeado un contenedor al salir del callejón y una de las luces se rompió. Meses después desarmamos el vehículo y abandonamos las piezas en lugares distintos.
No debía quedar nada.
Pero alguien había recordado un detalle.
—¿Desde cuándo sabe eso? —pregunté.
—No lo sé. Tal vez el testigo no se lo dijo a la policía porque entonces no le pareció importante. Whitmore está reconstruyendo la noche desde el principio.
—Mientras yo jugaba a tener citas, ¿verdad?
Richard no apartó la mirada.
—Mientras tú te convencías de que todo estaba bajo control.
—Necesito saber quién lo contrató.
—Puede ser la familia. Adelaide, Robert... incluso Caroline.
El vestido azul apareció en mi mente. Su risa. Las palabras antes de que cerrara la puerta del automóvil.
—No fue ella.
—No puedes saberlo.
—Confía en mí.
—Puede confiar en ti y seguir buscando a Andrew. —Richard se pasó una mano por el rostro—. Ese es el problema que te niegas a entender.
Tenía razón.
Caroline podía acercarse a mí y continuar amando a Andrew. Podía disfrutar una cena y buscarlo al día siguiente. Nada de lo ocurrido aquella noche garantizaba que hubiera abandonado la esperanza.
La comprensión no redujo mi necesidad de proteger lo que estaba comenzando entre nosotros.
La volvió más urgente.
—Tenemos a un hombre encerrado desde hace nueve meses —continuó Richard—. Esto no es un plan. Es una bomba.
—Andrew está controlado.
—Andrew está vivo. Mientras siga así, puede hablar.
—No vas a tocarlo.
—Entonces ¿qué propones?
Miré el rostro de Whitmore. No pensé en escapar ni en dejar a Caroline antes de que fuera demasiado tarde. Pensé en la cena y en la vida que, durante unas horas, había parecido posible.
—Voy a averiguar cuánto sabe.
—¿Y después?
—Después impediré que siga acercándose.
Richard palideció.
Desde el sótano llegó un golpe sordo.
Andrew.
Richard giró hacia la puerta. Yo mantuve los ojos sobre las fotografías. No había bajado durante los últimos dos días. No quería que Andrew contaminara la ilusión antes de la cena.
Ahora necesitaba verlo.
Tomé el sobre y abrí la puerta del sótano.
El aire húmedo me recibió al descender. Andrew estaba sentado contra la pared, con una pierna extendida y la cadena unida al tobillo. Había adelgazado y la barba irregular endurecía un rostro demasiado pálido, pero sus ojos continuaban atentos.
Observó el sobre bajo mi brazo. Después reparó en la camisa y los zapatos.
Una sonrisa débil apareció en sus labios.
—Has tenido una buena noche.
Cerré la puerta.
—No es asunto tuyo.
—Entonces sí. Fuiste a verla.
—Cállate.