La Tristeza en Mí Capítulo 20 La cena.
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Capítulo 20 La cena.

Maxwell

El mensaje llegó a las seis y doce de la tarde.

Estaba sentado en una de las habitaciones de la casa, con un libro abierto entre las manos. Llevaba varios minutos recorriendo las mismas páginas sin comprenderlas. La lámpara parpadeaba sobre la mesa y, desde el piso inferior, ascendía el ruido irregular de una tubería antigua.

Había comenzado a odiar aquel lugar.

Al principio representaba aislamiento y control. Nadie observaba quién entraba o salía, y ningún vecino podía escuchar los golpes que algunas veces llegaban desde el sótano. Ahora las paredes solo me recordaban todo lo que debía ocultar para conservar la vida que estaba construyendo con Caroline.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Intenté no tomarlo de inmediato. Richard ya se había burlado demasiadas veces de la rapidez con que respondía cuando el nombre de Caroline aparecía en la pantalla.

Esperé tres segundos.

Después miré.

¿Tienes planes mañana por la noche?

Leí la pregunta dos veces. Podía necesitar hablar, caminar o contarme algo sobre Andrew. No tenía por qué significar nada distinto de nuestros otros encuentros.

Aun así, sentí que el corazón se aceleraba.

Ninguno que no pueda cambiar. ¿Ocurre algo?

Los puntos aparecieron casi de inmediato.

No ocurre nada malo. Pensaba que podríamos cenar juntos.

La habitación pareció quedar inmóvil.

Caroline me estaba invitando. No porque hubiera tenido una pesadilla ni porque necesitara llorar por Andrew. Había pensado en la noche siguiente y había decidido que quería compartirla conmigo.

Me levanté y comencé a caminar.

Escribí *me encantaría* y lo borré. Sonaba demasiado ansioso, demasiado cercano a una respuesta que pudiera convertir la invitación en algo que ella todavía no estaba preparada para nombrar.

Para mí ya era una cita.

Para Caroline necesitaba seguir siendo una cena.

Claro. ¿Tienes algún lugar en mente?

Hay un restaurante nuevo en el centro. Adelaide dice que es bueno. Pensé que podríamos probarlo.

Adelaide sabía que me vería. La madre de Andrew había mencionado el lugar y no parecía haberse opuesto a que Caroline pensara en mí. La satisfacción fue inmediata, aunque me obligué a no concederle un significado que todavía no tenía.

Mañana a las ocho. Paso por ti.

Caroline respondió que podía llegar sola. Insistí una vez, explicando que así no tendría que regresar caminando por la noche, y después dejé la decisión en sus manos.

La respuesta tardó más que las anteriores.

Está bien. A las ocho.

Sonreí.

Entonces llegó otro mensaje.

Y, Maxwell... gracias por no hacer que esto sea extraño.

Comprendí que hablaba del abrazo, de los días de distancia y de todas las preguntas que no había intentado hacerle. Caroline aceptaba volver a verme porque no había utilizado aquel momento para exigir algo.

No tienes que preocuparte por eso conmigo.

Era una verdad incompleta. Todo significaba demasiado. Ella no tenía que saberlo todavía.

La respuesta fue breve.

Lo sé.

Guardé el teléfono y bajé a la cocina. Richard estaba apoyado contra la encimera, comiendo directamente de una lata. Al verme, levantó una ceja.

—Tienes una expresión insoportable.

Abrí el refrigerador, aunque no tenía hambre.

—No sé de qué hablas.

—¿Te escribió?

No respondí.

Richard soltó una risa.

—Entonces sí. ¿Qué quiere ahora? ¿Otro paseo? ¿Hablarte durante tres horas de lo maravilloso que era Andrew?

Cerré el refrigerador.

—Me invitó a cenar.

El silencio fue inmediato.

—¿Ella?

Disfruté su sorpresa.

—Sí.

Richard dejó la lata sobre la mesa.

—Parece que todo ese teatro está funcionando.

Me acerqué.

—No es teatro.

—No, claro. Tú realmente la escuchas, realmente te preocupas y realmente quieres reconstruir la vida que tú mismo destruiste.

—Ten cuidado.

—No estoy hablando de ella. Estoy hablando de ti. —Señaló hacia el suelo—. Andrew sigue ahí abajo mientras tú empiezas a creer tu propia historia.

—Lo sé.

—¿De verdad? Cada vez bajas menos, como si dejar de mirarlo pudiera hacer que desapareciera.

—Está controlado.

—Por ahora.

Lo observé.

—¿Ha ocurrido algo?

Richard apartó la mirada.

—No.

—Entonces no conviertas tus miedos en problemas que no existen.

Me dirigí hacia la salida. Necesitaba volver a la ciudad y encontrar una camisa que no oliera a humedad ni perteneciera al hombre que entraba en aquella casa.

—¿Vas a comprarte ropa para la cena? —preguntó Richard.

No respondí.

Su carcajada me siguió hasta la puerta.

—Dios mío. Realmente vas a hacerlo.

—Ella merece que me esfuerce.

Richard dejó de reír.

—Ella merece saber la verdad.

Regresé lentamente hacia él.

—Nunca vuelvas a decir eso.

—¿Qué pasará cuando se entere?

—No se enterará.

—Todo el mundo descubre algo tarde o temprano.

Me incliné lo suficiente para que comprendiera que no era una discusión.

—Caroline no va a saber nada. Y tú vas a asegurarte de que siga siendo así.

Richard sostuvo mi mirada, pero no respondió.

Antes de que cruzara la puerta, volvió a hablar.

—Disfruta la cena. Quizá sea la única que tengan.

Cerré con fuerza.

No permitiría que Richard contaminara el momento. Caroline había elegido verme y, durante unas horas, podríamos parecer exactamente lo que llevaba meses imaginando.

Una pareja.

Aunque todavía solo existiera en mi mente.

Caroline

Me arrepentí del mensaje tres segundos después de enviarlo.

Durante esos tres segundos sentí alivio. Después llegó el pánico.

Dejé el teléfono sobre la mesa de la cocina y me alejé como si pudiera explotar.

Habían pasado cuatro días desde el abrazo en la cafetería, cuatro días durante los que intenté convencerme de que necesitaba espacio.

Maxwell no había insistido y yo comenzaba a odiar que respetara la distancia que había pedido.

Cada mañana esperaba encontrar un mensaje suyo. Cada noche me acostaba frustrada porque no había aparecido ninguno.

La idea de la cena surgió mientras Adelaide y yo tomábamos té. Ella mencionó un restaurante nuevo y dijo que una amiga había quedado encantada con la comida.

Yo pensé en Maxwell.

No en Andrew ni en mi madre.

En Maxwell.

La culpa fue inmediata, pero la imagen regresó durante toda la tarde: él sentado frente a mí, una conversación que no girara alrededor de la desaparición y una noche fuera de casa.

Algo normal.

No romántico. No una cita.

Solo una cena entre amigos.

Me repetí aquella explicación mientras escribía:

¿Tienes planes mañana por la noche?

El teléfono vibró. No me acerqué hasta que lo hizo por segunda vez. Leí sus respuestas, elegí el restaurante y, después de varios minutos observando la propuesta de que pasara por mí, acepté.

Adelaide encontró el teléfono sobre la mesa y me miró con una sonrisa que intentó disimular.

—No digas nada.

—No he dicho una palabra.

—Pero estás pensando demasiadas.

—Solo pensaba que es bueno verte hacer un plan para mañana.

—Es una cena.

—Lo sé.

No añadió *solo*. Agradecí que no lo hiciera.

La noche siguiente me cambié tres veces. No porque quisiera impresionar a Maxwell, me aseguré, sino porque había olvidado cómo vestirme para una ocasión que no fuera una visita familiar o una caminata. Terminé eligiendo un vestido azul oscuro, sencillo, y dejé el anillo oculto bajo la tela.

Adelaide había pasado la tarde conmigo. Cuando sonó el timbre, me abrazó antes de que alcanzara la puerta.

—Disfruta —susurró—. Solo eso.

Maxwell esperaba al otro lado. Llevaba un abrigo oscuro y una camisa que nunca le había visto. El cabello estaba peinado con más cuidado de lo habitual, aunque no tanto como para parecer rígido.

Durante unos segundos ninguno habló. Su mirada descendió apenas hacia el vestido y regresó a mi rostro sin resultar invasiva.

—Te ves hermosa.

El corazón me dio un vuelco.

La frase entró en mí con demasiada facilidad. Durante un instante sentí un calor limpio, casi agradable. Después apareció la voz de Andrew pronunciando las mismas palabras como si fueran una verdad y no un cumplido.

La culpa llegó detrás.

—Gracias.

Maxwell percibió el cambio y no insistió.

Adelaide apareció a mi lado.

—Y tú estás muy elegante.

—Gracias.

—Cuídala.

La frase salió ligera, pero no lo fue del todo.

Maxwell asintió.

—Lo haré.

Algo dentro de mí se tensó. Sonó demasiado natural, como si cuidarme fuera una responsabilidad que ya hubiera aceptado.

Al cruzar la puerta, el aire frío golpeó mis mejillas. Maxwell abrió la puerta del automóvil y esperó a que subiera.

—No tenías que hacer eso.

—Lo sé. Pero quería.

Durante los primeros minutos hablamos poco. La música sonaba baja y llenaba los silencios sin volverlos incómodos. Yo miraba las luces de la ciudad aparecer y desaparecer sobre el cristal.

—¿Estás nerviosa? —preguntó.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque llevas cinco minutos apretando el bolso.

Miré mis dedos cerrados alrededor de la correa y la solté.

—No estoy nerviosa. Solo estoy...

—¿Intentando convencerte de que esto no es importante?

Giré hacia él.

—No dije eso.

—No hacía falta.

No había burla en su voz.

—No quiero que esta noche sea extraña.

—No lo será.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque tú estás aquí.

La respuesta fue demasiado íntima.

—No deberías decir cosas así.

—¿Por qué?

—Porque pueden malinterpretarse.

Maxwell guardó silencio durante unos segundos.

—¿Y tú las estás malinterpretando?

—No.

—Entonces no hay problema.

Lo observé de perfil. Quise preguntarle qué significaban para él.

No lo hice.

El restaurante estaba más concurrido de lo que esperaba. Nos condujeron hasta una mesa junto a una ventana alta. El lugar era elegante sin resultar excesivo: luces cálidas, madera oscura y un piano sonando al fondo.

Una vela pequeña iluminaba el espacio entre los dos.

Aquello sí parecía una cita.

Tomé la carta para esconder la incomodidad.

—Adelaide dijo que la pasta es buena.

—Entonces confío en Adelaide.

—Eso es arriesgado. Tiene opiniones muy firmes.

—Me di cuenta.

Sonreí.

—Le agradas.

Maxwell levantó la mirada.

—¿Eso es importante para ti?

La pregunta me tomó desprevenida.

—Sí.