La Tristeza en Mí Capítulo 19 En tus brazos. #3
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Capítulo 19 En tus brazos. #3

No te vayas.

Todavía sentía el peso de su cabeza contra mi pecho y la fuerza con que sus manos se aferraron al abrigo. Había imaginado muchas veces cómo sería tenerla así. En mis fantasías se acercaba con confianza y pronunciaba mi nombre sin miedo.

La realidad había sido diferente.

Llegó destrozada.

Debería haberme dolido únicamente verla de aquella manera. Una parte de mí sufría con sus lágrimas y habría hecho cualquier cosa para que dejara de llorar.

Otra parte no quería que dejara de necesitarme.

Esa era la verdad.

No deseaba simplemente que Caroline fuera feliz. Quería ser la causa. Si volvía a sentirse segura, quería que fuera dentro de mis brazos. Si conseguía reconstruir una vida, quería estar en el centro de ella.

No era suficiente que sanara.

Tenía que sanar conmigo.

Me llevé una mano al lugar donde había descansado su rostro. Cuando intentó apartarse, sentí el impulso de retenerla. No lo hice. Dejarla ir convertía mis brazos en un lugar al que podía regresar; obligarla a quedarse habría destruido todo lo que llevaba meses construyendo.

Ella creía que el abrazo había sido un error.

Yo sabía que había sido una puerta.

No una declaración ni una elección. Caroline había buscado refugio. Pero, cuando se rompió, no acudió a su madre, a Adelaide ni a los recuerdos de Andrew.

Acudió a mí.

La satisfacción que sentí debería haberme avergonzado. En cambio, se extendió lentamente por mi pecho.

Una necesidad podía convertirse en costumbre. Una costumbre, en dependencia. Y la dependencia podía parecerse demasiado al amor cuando alguien llevaba suficiente tiempo sintiéndose solo.

La voz de Andrew regresó desde el sótano.

Si alguna vez te ama, no será a ti. Será al hombre que finges ser.

Abrí los ojos.

Caroline podía repetir que amaba a Andrew, apretar el anillo contra su pecho y caminar deprisa para alejarse de mí. Nada borraba que me había buscado cuando ya no pudo sostenerse sola.

Sin embargo, Andrew seguía presente. Invisible. Interfiriendo incluso después de nueve meses.

No podía permitirme confundir el abrazo con una victoria completa.

Caroline había elegido no caer sola.

Todavía no me había elegido a mí.

Caroline

Cuando llegué a casa, no encendí las luces. Cerré la puerta y permanecí con una mano sobre la cerradura, escuchando el silencio.

Andrew nunca había vivido allí, pero la casa conservaba sus visitas. El lugar donde dejaba la chaqueta, la taza que prefería y el lado de la cama que ocupaba cuando se quedaba. Nada había cambiado desde que salí aquella mañana.

Yo sí.

Dejé el bolso sobre una silla y me senté en el sofá. Mis manos descansaron sobre las rodillas. Las observé como si pudieran explicarme por qué se habían aferrado al abrigo de Maxwell con tanta desesperación.

Yo lo había abrazado. No fue él quien acortó la distancia ni quien me sorprendió con el contacto. Mi cuerpo se movió por voluntad propia antes de que mi conciencia pudiera detenerlo.

—No fue una elección —susurré.

La frase no alivió nada.

Necesitaba consuelo. Maxwell estaba allí. Cualquier persona en su lugar habría servido.

Cerré los ojos y la mentira volvió a romperse.

No habría llorado de aquella manera frente a mi madre porque verla sufrir por mí habría aumentado la culpa.

Tampoco frente a Adelaide; su dolor era demasiado parecido al mío y, al mismo tiempo, completamente distinto.

Mis amigos me habrían abrazado, pero yo habría seguido midiendo cada palabra para no preocuparlos.

Con Maxwell no sentí la necesidad de protegerlo.

Solo caí.

Y él me sostuvo.

El recuerdo de su corazón acelerado bajo mi mejilla y la firmeza de su brazo alrededor de la espalda regresó con demasiada claridad. Durante unos segundos, el ruido dentro de mi cabeza se había detenido. No existieron policías, habitaciones vacías ni imágenes de Andrew sufriendo.

Solo una voz.

Estoy aquí.

Me levanté del sofá y subí al dormitorio. La fotografía de Andrew seguía sobre la mesa de noche. Sonreía frente al mar, ajeno a todas las explicaciones que yo le debía únicamente dentro de mi cabeza.

Tomé el marco.

—Lo siento.

La disculpa se había convertido en una costumbre. Lo sentía por levantarme, reír, pasar una tarde sin llorar y no buscarlo durante cada segundo. Ahora también lo sentía por haber abrazado a otro hombre.

—No quería reemplazarte.

La palabra me hizo estremecer. Una persona no podía ocupar el lugar de otra. El amor tampoco era una habitación con espacio para un solo nombre.

Maxwell no ocupaba el lugar de Andrew.

Lo que sentía por Andrew había sido construido durante más de catorce años. Habíamos crecido juntos y conocido versiones del otro que ya no existían. Él recordaba a la adolescente insegura, a la joven que temía fracasar y a la mujer que comenzó a confiar en el futuro porque lo imaginaba a su lado.

Maxwell solo conocía la versión rota.

Quizá por eso resultaba más sencillo estar con él. No esperaba que regresara a ser quien había sido. Me aceptaba en medio de las ruinas y no me pedía que saliera de ellas.

Dejé la fotografía en su sitio y saqué el anillo de debajo del suéter. Durante meses había creído que llevarlo bastaba para conservar una parte de mi antigua vida. Pero la joya no podía detener el tiempo, impedir que mi cuerpo buscara calor ni obligar a mi corazón a permanecer inmóvil.

Yo no había dejado de amar a Andrew.

Y, al mismo tiempo, me había sentido segura en los brazos de otro hombre.

Las dos verdades coexistían dentro de mí, aunque parecieran imposibles.

El teléfono vibró en el bolso. Mi corazón reaccionó antes de que comprobara la pantalla.

Maxwell.

Era mi madre.

La decepción fue pequeña, inmediata y vergonzosa. Respondí que estaba cansada, pero bien, y cerré la conversación. El nombre de Maxwell aparecía más abajo. Ningún mensaje nuevo.

Debería haber sentido alivio. Necesitaba distancia para comprender lo ocurrido. En cambio, lo imaginé dentro de su automóvil, preguntándose si me encontraba bien o arrepintiéndose de haberme sostenido.

Abrí nuestra conversación.

Perdón por lo de hoy.

Borré las palabras. Ya me había disculpado.

Gracias por quedarte.

También las eliminé. Un mensaje era distinto del abrazo. El abrazo había sido impulsivo; escribirle sería una elección.

Dejé el teléfono sobre la mesa de noche y me acosté. La oscuridad hizo que el lado vacío de la cama pareciera más grande.

Andrew apareció primero cuando cerré los ojos: su sonrisa, la mano buscando la mía y su voz prometiendo que nuestra vida apenas comenzaba.

Después regresaron los brazos de Maxwell.

Abrí los ojos.

—Tú deberías estar aquí —le dije a Andrew.

Él debería haber sido quien escuchara mis miedos y me recordara que no tenía que resolver mi vida en una tarde. Pero Andrew era la causa de aquel dolor, aunque no tuviera la culpa. No podía consolarme por su propia ausencia.

Maxwell sí podía.

La verdad era injusta y peligrosamente reconfortante.

El teléfono vibró sobre la mesa de noche.

Esta vez era él.

Espero que estés bien. No tienes que responder.

El alivio llegó antes que la culpa.

Maxwell siempre me dejaba una salida. Tal vez sabía que, al no cerrar la puerta, conseguía que yo quisiera quedarme. El pensamiento me inquietó, pero no lo suficiente para impedir que respondiera.

Estoy en casa.

La contestación llegó poco después.

Me alegra saberlo.

No añadió nada. Cumplía con la distancia que yo misma había marcado.

Debería haber dejado el teléfono.

En cambio, escribí:

Siento haberte puesto en esa situación.

No me pusiste en ninguna situación. Solo necesitabas apoyo.

Me mordí el interior de la mejilla.

No suelo hacer cosas así.

Esta vez tardó más.

Lo sé.

No preguntó qué había significado el abrazo ni intentó utilizarlo para acercarse. Precisamente por eso sentí la necesidad de continuar.

Escribí una frase y la observé antes de enviarla.

Gracias por sostenerme.

Aquello sí era una elección. No confesaba amor ni prometía nada; solo reconocía que Maxwell me había sostenido cuando ya no podía permanecer en pie.

La respuesta tardó lo suficiente para que pensara que no llegaría.

Siempre que lo necesites.

Cerré los ojos y apreté el teléfono contra el pecho, junto al lugar donde descansaba el anillo de Andrew.

No estaba llorando únicamente por el abrazo. Lloraba porque ya sabía dónde desearía refugiarme la próxima vez que el dolor se volviera insoportable.

No había elegido a Maxwell.

Había elegido no caer sola.

Me aferré a aquella diferencia sin saber cuánto tiempo podría mantenerla intacta.