Capítulo 19 En tus brazos. #2
—No puedes destruirte para demostrar que lo amas.
—¿Entonces qué debería hacer?
—Seguir viviendo.
Solté una risa amarga.
—Es fácil decirlo.
—No dije que fuera fácil.
—Todos quieren que siga viviendo hasta que hacerlo empieza a cambiarme.
Maxwell frunció ligeramente el ceño.
—¿Cambiarte cómo?
Sabía hacia dónde se dirigía aquella conversación y no podía permitirlo.
—No quiero hablar de esto.
—Está bien.
Su aceptación inmediata debería haberme aliviado. En cambio, hizo que el silencio se volviera insoportable. Quería que preguntara, que me obligara a pronunciar aquello que no podía admitir sola. También deseaba que nunca descubriera que él era parte del problema.
Pasaron varios segundos.
—Pregúntalo —dije.
Maxwell volvió la cabeza.
—No tienes que hacerlo.
—Pregúntalo.
Sus dedos se cerraron alrededor del asa de la taza.
—¿Te sientes culpable por mí?
El mundo pareció detenerse.
No preguntó si me importaba ni si me sentía acompañada. Me obligaba a reconocer que su presencia comenzaba a ocupar un espacio donde antes solo existía la ausencia de Andrew.
Intenté responder. Sí. No. No lo sé.
Ninguna opción consiguió atravesar mi garganta.
Si decía que sí, admitía que había algo entre nosotros por lo que debía sentir culpa. Si decía que no, convertía ese algo en algo permitido.
No estaba preparada para ninguna de las dos posibilidades.
—No puedo.
—Está bien.
—No, no lo está. Nada está bien. No sé qué siento, quién soy ni cuánto tiempo tengo que esperar antes de que todos decidan que esperé suficiente.
—No importa lo que crean los demás.
—A mí sí. Porque quizá tienen razón. Quizá Andrew no va a volver.
Las palabras comenzaron a salir sin que pudiera detenerlas.
—Y si no vuelve, no voy a casarme con él. No voy a despertar a su lado ni a tener los hijos de los que hablábamos. Nunca voy a escucharlo quejarse porque dejo libros por toda la casa.
Una risa ahogada se convirtió en sollozo.
—No voy a envejecer con él.
Las personas de las mesas cercanas dejaron de importar. La cafetería desapareció detrás del peso acumulado en mi pecho.
—Perdí una vida completa. Y no solo lo perdí a él. —Me llevé una mano al corazón—. Me perdí a mí.
No extrañaba únicamente a Andrew. Extrañaba a Caroline cuando Andrew existía: la mujer que confiaba en el futuro, podía hacer planes sin imaginar una tragedia y no examinaba cada instante de felicidad en busca de la culpa escondida detrás.
—Ya no reconozco a la persona que era —continué—. Tampoco sé si quiero ser la persona en la que me estoy convirtiendo.
—¿En quién te estás convirtiendo?
Lo miré a través de las lágrimas.
En alguien que esperaba sus mensajes. En alguien que se sentía segura a su lado. En alguien que comenzaba a necesitarlo.
—¿Ves? Ni siquiera puedo decirlo.
Maxwell movió la silla hacia atrás.
Pensé que se levantaría para marcharse, que había llegado al límite de lo que podía soportar. El miedo apareció de inmediato.
—No te vayas.
No reconocí mi propia voz.
Maxwell se detuvo.
—No iba a irme.
Rodeó la mesa y quedó de pie junto a mí. No me tocó. Esperó.
La única persona frente a la que no había tenido que fingir que mejoraba seguía allí, capaz de mirar mi dolor sin apartar la vista.
Algo dentro de mí terminó de romperse.
Me puse de pie. La silla rozó el suelo con un sonido brusco. Di un paso hacia él y después otro.
Antes de comprender lo que hacía, me refugié en sus brazos.
No pensé ni decidí. Mi cuerpo se movió antes de que la culpa pudiera detenerlo. Hundí el rostro contra el pecho de Maxwell y lo rodeé con los brazos como si toda la fuerza que había utilizado para mantenerme en pie hubiera desaparecido de golpe.
Durante un segundo, él no reaccionó.
Sentí que se tensaba bajo mis manos. Después sus brazos me envolvieron despacio, con cuidado. Uno se cerró alrededor de mi espalda y el otro quedó entre mis hombros, sin apretarme demasiado.
Entonces perdí el control.
El primer sollozo salió ahogado contra su abrigo. Después llegó otro, hasta que no pude respirar sin que el pecho se sacudiera.
Lloré por la noche en que Andrew no volvió, por el vestido guardado dentro de una funda y por las flores que nunca sostuve frente al altar. Por las llamadas que no recibí, las mañanas en que desperté creyendo que estaba a mi lado y la crueldad de recordarlo de golpe.
Lloré por las respuestas que la policía no había encontrado. Por el miedo de que Andrew estuviera muerto y por el miedo todavía peor de que continuara vivo.
Mis dedos se aferraron al abrigo de Maxwell. No quería necesitarlo de aquella manera, pero sentía que, si lo soltaba, terminaría desmoronándome frente a todos.
Solo escuchaba mi respiración desordenada y el ritmo acelerado de su corazón bajo mi mejilla. Su mano subió por mi espalda y se detuvo cerca de mi nuca. No me acarició. Permaneció allí, firme.
—Estoy aquí —murmuró.
Cerré los ojos.
Durante unos segundos le entregué el peso que ya no podía cargar. No tuve que explicar, disculparme ni prometer que al día siguiente estaría mejor.
Podía caer.
Maxwell me sostenía.
La sensación de seguridad fue lo que me devolvió a la realidad.
Abrí los ojos. De pronto fui consciente de cada punto en el que nuestros cuerpos se tocaban: mi mejilla contra su pecho, sus dedos cerca de mi nuca, su brazo alrededor de mi espalda y mis manos sujetando el abrigo.
¿Qué estaba haciendo?
Empujé ligeramente contra él. Maxwell me soltó en el mismo instante, sin intentar retenerme.
Di dos pasos hacia atrás. El aire frío ocupó el espacio entre nosotros.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—Sí tengo. No sé por qué hice eso.
Mentía. Lo había abrazado porque necesitaba que alguien me sostuviera y porque él estaba allí. Eso debía ser todo.
—Estabas sufriendo —dijo.
—Eso no significa que pueda...
No sabía cómo terminar. Que no podía tocarlo, buscar consuelo en él o permitir que su presencia se sintiera bien.
—No hiciste nada malo.
Lo miré por fin. No había triunfo, sorpresa ni incomodidad en su expresión. Solo preocupación. Habría sido más sencillo si hubiera interpretado mal el momento o intentado acercarse otra vez. Me habría dado una razón para enfadarme.
En cambio, me ofreció espacio.
—No debería haberte abrazado.
Una sombra cruzó su rostro.
—¿Porque no querías hacerlo?
No podía responder. Negarlo sería una mentira; admitirlo convertiría el gesto en algo que todavía no comprendía.
—No lo sé.
Maxwell asintió.
—Entonces no tienes que decidirlo ahora.
Otra vez me ofrecía tiempo, como si supiera que terminaría trabajando a su favor. El pensamiento apareció sin una razón clara y me produjo un escalofrío.
Tomé el bolso del respaldo de la silla.
—Necesito irme.
—Puedo llevarte.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido. Maxwell no insistió.
—Caroline.
Me detuve.
—Mírame.
Levanté el rostro.
—No voy a pedirte una explicación ni una respuesta —dijo—. Lo que ocurrió no cambia lo que eres para mí.
El corazón me dio un golpe seco.
—¿Y qué soy para ti?
Por primera vez desde que lo conocía, Maxwell pareció no tener preparada una respuesta.
—Alguien que me importa.
No dijo *amiga*. Tampoco dijo nada más.
—No sé si puedo ser eso para alguien ahora.
—Ya lo eres.
—No entiendes. Todo lo que siento parece incorrecto.
—¿Incluso necesitar consuelo?
—Si viene de ti, sí.
Su mandíbula se tensó.
—¿Por qué yo?
Porque esperaba verlo. Porque confiaba en él. Porque durante unos segundos había querido permanecer dentro de sus brazos.
Me llevé una mano al anillo.
—Porque no eres Andrew.
La frase quedó entre nosotros como algo cruel. No había querido herirlo, pero tampoco podía retirarla.
—Lo sé —respondió—. Y nunca he intentado serlo.
Bajé la mirada.
—Lo siento.
—No te disculpes por amarlo.
Una lágrima cayó por mi mejilla.
—Entonces ¿por qué esto se siente como si lo estuviera traicionando?
Maxwell dio un paso, pero se detuvo antes de acercarse demasiado.
—Porque todavía intentas demostrar tu amor a través del dolor.
—No sabes nada de mi amor por Andrew.
—Sé que te castigas por estar viva.
—No es un castigo.
—Entonces ¿qué es?
No encontré una respuesta.
Maxwell bajó la voz.
—Lo que sentiste no borra nada de lo que viviste con él. No sé qué significó para ti, pero sé que necesitabas que alguien te sostuviera. Eso no debería darte miedo.
Quise creerle. Quise reducir el abrazo a un momento de debilidad y a una respuesta humana frente al dolor.
Pero, si no había significado nada, ¿por qué todavía sentía el calor de sus manos sobre mi espalda?
—Necesito irme —repetí.
Maxwell me acompañó hasta la puerta. El viento golpeó mi rostro al salir.
—¿Estás segura de que no quieres que te lleve?
—Sí. No estoy lejos.
Lo miré por última vez. Permanecía bajo el toldo, con algunas arrugas en el abrigo donde yo lo había sujetado.
—Buenas noches.
—Escríbeme cuando llegues.
La frase era demasiado familiar.
—No prometo hacerlo.
—Está bien.
Comencé a caminar sin mirar atrás. La certeza de que Maxwell continuaba observándome ya no me parecía extraña.
Eso me preocupó más que cualquier otra cosa.
No estaba enamorada de él. No lo había abrazado por deseo ni buscaba algo romántico. Me había quebrado y Maxwell se encontraba cerca.
Cualquier persona habría servido.
La mentira se deshizo antes de que pudiera creerla.
No habría abrazado a cualquiera. Lo hice con Maxwell porque confiaba en él, porque sabía que no se apartaría al verme caer.
Andrew habría sido quien me sostuviera.
Pero Andrew no estaba.
Maxwell sí.
No estaba eligiendo entre dos hombres. Intentaba sobrevivir entre una ausencia y una presencia.
Y, por primera vez, la presencia comenzaba a sentirse más real que la esperanza.
Maxwell
Permanecí bajo el toldo hasta que Caroline desapareció al doblar la esquina. Caminaba cada vez más rápido y no volvió la cabeza.
Podía imaginar el caos dentro de ella: la culpa, el miedo y las preguntas que intentarían convertir aquel abrazo en un error.
Crucé la calle y me senté detrás del volante, pero no encendí el motor. Cerré los ojos.
Caroline había avanzado hacia mí.
Había rodeado mi cuerpo con los brazos y pronunciado las palabras que llevaba meses deseando escuchar.