La Tristeza en Mí Capítulo 19 En tus brazos.
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Capítulo 19 En tus brazos.

Caroline

Nueve meses.

Al principio contaba los días. Después las semanas.

Más tarde, los meses. Cada nueva cifra confirmaba que el tiempo continuaba avanzando, aunque una parte de mí permaneciera atrapada dos días antes de nuestra boda, esperando una llamada y mirando la puerta como si pudiera abrirse en cualquier instante.

Nueve meses eran suficientes para que las estaciones cambiaran, la búsqueda diaria se redujera a revisiones periódicas y la gente dejara de preguntar con la misma frecuencia. No bastaban para comprender cómo alguien podía desaparecer sin una despedida, una explicación o un cuerpo al que llorar.

Desde la ventana de la cafetería veía pasar a las personas bajo un cielo cubierto.

Algunas caminaban deprisa, protegiéndose del viento.

Una pareja discutía junto a un semáforo y una mujer empujaba un cochecito mientras hablaba por teléfono.

Pequeñas vidas moviéndose en todas direcciones.

Personas preocupadas por llegar tarde o resolver discusiones que probablemente olvidarían antes de terminar la semana.

Envidiaba sus problemas sencillos. Envidiaba que pudieran enfadarse con alguien sabiendo que después tendrían la oportunidad de pedir perdón.

Yo llevaba nueve meses repitiendo la última conversación que tuve con Andrew, buscando un tono extraño, una pausa o una despedida disfrazada. Nunca encontré nada. Nuestra última conversación había sido demasiado ordinaria.

Quizá eso era lo que más dolía.

No sabía que sería la última. No memoricé cada palabra ni lo abracé un poco más. Lo dejé marcharse convencida de que regresaría.

Maxwell estaba sentado frente a mí, removiendo lentamente el café aunque no le añadía azúcar. Había adquirido aquella costumbre durante nuestras conversaciones: hacía girar la cuchara cuando pensaba demasiado y la porcelana producía un tintineo suave.

Una vuelta.

Dos.

Tres.

Después dejaba la cuchara sobre el plato.

Me había sorprendido aprendiendo sus gestos durante el último mes.

Ya no solo percibía cuándo estaba preocupado.

También reconocía la tensión en el borde de su boca cuando algo le molestaba, el modo en que se tocaba la manga si se sentía incómodo y aquel movimiento de la cuchara cuando preparaba una pregunta.

En ese momento estaba haciendo lo último.

—Puedes preguntarlo —dije.

Maxwell levantó la mirada.

—¿Preguntar qué?

—Lo que llevas varios minutos intentando decidir si deberías decir.

Una sombra de sonrisa apareció en sus labios.

—¿Ahora puedes leerme la mente?

—No sería necesario si dejaras de golpear la taza.

Observó la cuchara como si acabara de descubrirla.

—No sabía que lo hacía.

—Siempre lo haces cuando piensas demasiado.

—Eso significa que me observas.

La frase fue ligera, casi una broma. Aun así, bajé la vista.

—Pasamos bastante tiempo juntos.

—Eso no responde.

—No sabía que hubiera una pregunta.

Maxwell dejó la cuchara.

—No la había.

El silencio que siguió me devolvió hacia la ventana.

Desde aquella tarde junto al lago habíamos comenzado a vernos con más frecuencia. Algunas veces él escribía primero. Otras, lo hacía yo. Las invitaciones siempre eran sencillas: un café, una caminata o una visita a una librería.

Nunca volvimos a hablar de su mano sobre la mía. Maxwell tampoco mencionó el mensaje que le envié aquella noche.

Necesitaba hablar contigo.

Durante días me avergoncé cada vez que recordé aquellas palabras. Él continuó comportándose como siempre: paciente, atento, lo bastante cerca para que no me sintiera sola y nunca tanto como para obligarme a definir su presencia.

Eso debería haber facilitado las cosas.

No fue así.

La ausencia de presión me permitía acercarme sin sentir que estaba tomando una decisión.

Cada encuentro hacía que el siguiente pareciera más natural.

Había comenzado a acostumbrarme a su voz, a la forma en que apartaba una silla antes de que me sentara y a que caminara por el lado más cercano a la calle.

Detalles pequeños.

Inofensivos.

Eso intentaba creer.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

Solté una risa sin humor.

—Depende de lo que consideres bien.

—Más de cuatro horas seguidas.

—Entonces no.

—¿Pesadillas?

Negué. No sabía qué era peor: las noches en las que soñaba con Andrew o aquellas en las que no aparecía.

En las pesadillas siempre estaba vivo. Lo escuchaba detrás de paredes que no podía atravesar o lo veía caminar entre una multitud sin conseguir alcanzarlo.

Despertaba destrozada, pero al menos durante unas horas lo había visto.

Las noches sin sueños eran un vacío completo.

—Simplemente no podía dormir.

—¿Pensabas en el caso?

Desde que la policía dejó de trabajar diariamente en él, todos utilizaban la palabra *caso* con cuidado. No desaparición. No Andrew. Como si un término administrativo pudiera hacer que el dolor pareciera menos personal.

—Pensaba en muchas cosas. —Rodeé la taza con ambas manos—. Anoche recordé que han pasado poco más de catorce años desde el día en que conocí a Andrew.

Maxwell permaneció en silencio.

No era un aniversario que celebráramos con regalos.

Aun así, yo siempre recordaba la fecha. Tenía quince años cuando entré por primera vez en aquel programa de intercambio, nerviosa y convencida de que no encajaría.

Andrew apareció con una sonrisa enorme y una colección interminable de excusas para acompañarme.

Tardamos más de once años en admitir que nuestra amistad se había convertido en algo más. Dos años después de aquella confesión estábamos comprometidos. Cuando desapareció, llevábamos más de trece años conociéndonos y poco más de dos como pareja.

Ahora habían transcurrido poco más de catorce desde el comienzo de todo.

—No sé quién era antes de Andrew —dije—. Y después de perderlo tampoco sé quién puedo ser sin él.

Mis dedos buscaron el anillo bajo el suéter.

Maxwell siguió el movimiento.

—¿Todavía lo llevas siempre?

Lo saqué de debajo de la ropa. El diamante pequeño atrapó la luz gris de la ventana. Andrew había elegido algo sencillo porque sabía que eso era lo que yo prefería.

—No puedo usarlo en el dedo —expliqué—. Pero tampoco puedo guardarlo.

Maxwell observó la joya durante unos segundos. Una tensión breve cruzó su expresión y desapareció antes de que pudiera comprenderla.

—No tienes que hacer ninguna de las dos cosas hasta que estés preparada.

Volví a esconder el anillo.

—Todo el mundo dice eso.

—¿Qué cosa?

—Que no tengo que hacer nada hasta que esté preparada. Nadie sabe cómo se supone que voy a reconocer ese momento.

—Tal vez no existe un momento exacto.

—Entonces podría esperar toda la vida.

Maxwell tomó la taza, pero no bebió.

—¿Eso es lo que quieres?

La pregunta me sorprendió.

—¿Esperar toda la vida?

No había desafío en su voz. Parecía una pregunta sincera y, precisamente por eso, no supe responder.

—Pienso en eso todos los días.

—No me refiero a dejar de buscarlo —dijo—. Me refiero a ti. ¿Todavía sientes que estás esperando a Andrew?

La pregunta me atravesó con una violencia inesperada.

Por supuesto que lo esperaba. Cada vez que alguien llamaba a la puerta, sonaba el teléfono o veía de espaldas a un hombre con una chaqueta parecida a la suya.

Pero ya no era igual que al principio.

Durante los primeros meses estaba convencida de que regresaría. Imaginaba el momento con detalles: sus llaves, mis pasos hacia la puerta, el abrazo en el que ninguno podría respirar. La boda se celebraría después y la vida volvería al lugar donde la habíamos dejado.

Ahora intentaba no imaginar su regreso con demasiada claridad. Una parte de mí preguntaba qué clase de hombre volvería después de nueve meses, cuánto de él habría sobrevivido y si yo sabría reconocer las heridas que no pudiera contarme.

En los días más oscuros, otra parte se preguntaba si todavía existía alguien que pudiera regresar.

—Sí —respondí—. Todavía lo espero. Pero no como antes.

Quise retirar las últimas palabras. Ya era tarde.

—¿Cómo lo esperas ahora?

—No lo sé.

—Inténtalo.

Su voz siguió siendo suave, pero cada pregunta abría una puerta que llevaba meses intentando mantener cerrada.

—Antes estaba segura de que seguía vivo. No tenía pruebas; solo lo sentía.

—¿Y ahora?

Miré el café enfriándose frente a mí.

—Ahora hay días en los que no sé qué sentir. Algunas veces sigo convencida de que está en alguna parte. Otras...

No pude continuar.

—No tienes que decirlo.

—Pero ya lo pensé. Pensarlo es casi lo mismo.

—No lo es.

—Hay días en los que pienso que está muerto.

La frase salió de golpe, sin la protección de los eufemismos que utilizaba la policía. Me llevé una mano a la boca. No había dicho *podría* ni *quizá*. Durante un segundo lo afirmé.

—Lo siento.

—No tienes que pedir perdón.

—No debería haberlo dicho.

—Has vivido nueve meses sin respuestas. Es normal que tu mente recorra todas las posibilidades.

—No quiero que esa sea una posibilidad.

—Lo sé.

—Nadie lo sabe.

Mi respuesta fue más intensa de lo que pretendía. Varias personas giraron la cabeza. Bajé la voz.

—Si acepto que puede estar muerto, siento que estoy dejando de buscarlo.

—Aceptar una posibilidad no es rendirse.

—Para mí sí. Porque, si dejo de esperar, ¿qué me queda?

Maxwell tardó en responder.

—Tu vida.

La palabra me dolió.

Mi vida había sido la casa que Andrew y yo buscábamos, la boda, los hijos de los que hablábamos sin decidir cuántos queríamos, los viajes, los domingos y los años que dábamos por seguros.

—No sé qué hacer con ella —susurré.

—No tienes que saberlo ahora.

—Han pasado nueve meses.

—El dolor no sigue un calendario.

—Pero la gente sí. Mi madre volvió a preocuparse por cosas normales. Adelaide puede hablar de Andrew sin llorar cada vez. Mis amigos ya no preguntan todas las noches si necesito compañía.

—Eso no significa que no les importe.

—Significa que aprendieron a vivir con esto.

—Y tú también estás aprendiendo.

Negué de inmediato.

—No quiero hacerlo mientras Andrew podría estar sufriendo, esperando que lo encuentre y pensando que lo abandoné. ¿Cómo se supone que voy a construir una vida mientras exista esa posibilidad?