Capítulo 18 El lago de los culpables. #3
No tienes que responder. Solo quería recordarte que lo que sientes no te convierte en una mala persona.
El aire pareció detenerse dentro de mis pulmones.
Maxwell no podía saber lo que ocurría en aquel dormitorio. Seguramente se refería a la culpa que había confesado junto al lago: reír, caminar o continuar viviendo mientras Andrew seguía desaparecido.
Aun así, sus palabras encontraron exactamente la parte de mí que intentaba ocultar.
Escribí una respuesta.
No estoy segura de saber qué siento.
No la envié.
Eliminé cada palabra y dejé el teléfono boca abajo. No podía buscar consuelo en la misma persona que provocaba aquella culpa.
Permanecí en silencio, escuchando la lluvia contra las ventanas. Quise convencerme de que Maxwell era únicamente mi amigo, mi apoyo, alguien que había estado allí cuando los demás comenzaron a sentirse impotentes frente a mi tristeza.
Pero la pregunta continuó creciendo.
¿En qué momento había empezado a esperar verlo?
Quizá ocurrió lentamente. Un café, una conversación, un mensaje y una caminata. Momentos que por separado no significaban nada, pero que juntos construyeron algo que yo no había autorizado. Maxwell se había convertido en alguien cuya ausencia notaba.
No estaba enamorada de él. Ni siquiera sabía si algún día sería capaz de amar de nuevo. Lo que sentía no tenía todavía la forma de un deseo que pudiera reconocer como romántico ni de una promesa. Era la conciencia incómoda de que su presencia ya no me resultaba indiferente.
Y eso bastaba para asustarme.
Miré la fotografía de Andrew.
Durante meses había pensado que la soledad era una prueba de amor. No mover sus cosas, conservar libre el lado de la cama donde él dormía y rechazar cualquier momento de alivio eran formas de decirle, estuviera donde estuviera, que yo continuaba esperando.
Pero Andrew nunca habría querido que convirtiera el dolor en un castigo.
Lo sabía porque lo conocía. No necesitaba que nadie hablara por él. Si nuestras posiciones se hubieran invertido, habría querido que me buscara y que no se rindiera. También habría deseado que siguiera respirando cuando ya no pudiera hacer nada más.
Respirar.
Eso era lo que yo había hecho durante ocho meses. Comer cuando alguien me lo recordaba, dormir cuando el agotamiento vencía al miedo y salir cuando las paredes se estrechaban demasiado.
¿En qué momento sobrevivir dejaba de ser suficiente?
Bajé la vista hacia el teléfono. Podía preguntarle a Maxwell si había llegado bien. Era una pregunta normal entre dos amigos. Sin embargo, sabía que no quería escribirle solo por preocupación. Quería comprobar que seguía al otro lado.
Lo tomé.
Gracias por lo que dijiste hoy.
Borré el mensaje. Parecía demasiado cercano.
Escribí otro.
¿Llegaste bien?
También estuve a punto de eliminarlo, pero lo envié antes de cambiar de opinión.
La respuesta llegó poco después.
Sí. Hace un rato.
Luego apareció un segundo mensaje.
Me alegra que me buscaras hoy.
Lo había elegido para compartir uno de los días más difíciles desde que Andrew desapareció. Podría haber llamado a mi madre, a Adelaide o a cualquiera de mis amigos.
Había buscado a Maxwell.
Mis dedos se movieron antes de que pudiera esconder esa verdad detrás de una frase más segura.
Necesitaba hablar contigo.
El silencio posterior pareció interminable.
Cuando necesites hacerlo, voy a estar.
Cerré los ojos. No era una declaración romántica. No debería haber provocado nada que no fuera gratitud. Aun así, permití que las palabras aliviaran durante unos segundos el peso de la casa.
Cuando abrí los ojos, la fotografía de Andrew seguía frente a mí.
—No lo estoy eligiendo —susurré—. Solo no quiero estar sola.
Era la verdad, aunque no sabía si era toda la verdad.
No quería reemplazar a Andrew ni entregar a otro hombre el futuro que habíamos imaginado. Solo quería poder sentarme junto a alguien sin sentir que el mundo terminaba. Quería tener a quién llamar cuando apareciera el miedo. Quería descansar.
Lo que me aterraba era que la necesidad construyera un vínculo antes de que yo comprendiera su forma. Que un día Maxwell dejara de ser únicamente el hombre que me había ayudado a atravesar la oscuridad y se convirtiera en alguien a quien también temiera perder.
Dejé el teléfono junto a la fotografía y me acosté sin apagar la lámpara. Miré el lado vacío de la cama e intenté imaginar a Andrew allí: su respiración, el peso de su cuerpo sobre el colchón, el calor que desprendía.
El recuerdo no desapareció.
Pero la imagen de Maxwell junto al lago apareció en otro espacio. No ocupó el lugar de Andrew. No podía. Permaneció al margen, todavía distante, aunque lo bastante cerca para que yo ya no pudiera fingir que no existía.
El teléfono vibró una última vez.
Buenas noches, Caroline.
Respondí:
Buenas noches, Maxwell.
Después llevé una mano hasta el anillo.
—Voy a encontrarte —le prometí a Andrew.
Era la misma frase que repetía cada noche.
Sin embargo, cuando cerré los ojos, una parte de mí esperó volver a ver a Maxwell al día siguiente.
No estaba dejando de amar a Andrew. Tampoco estaba preparada para despedirme ni para aceptar que quizá nunca regresaría. Junto al lago no había comenzado otro amor. Solo había reconocido una necesidad y permitido que una mano permaneciera sobre la mía.
Un gesto pequeño había abierto una grieta en el muro que construí alrededor del dolor.
A través de ella todavía no entraba el amor.
Solo un poco de luz.
Y yo no sabía qué me aterraba más: que aquella luz desapareciera o que, por primera vez en ocho meses, deseara acercarme a ella.