La Tristeza en Mí Capítulo 18 El lago de los culpables. #2
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Capítulo 18 El lago de los culpables. #2

Durante unos segundos pude verlo fingiendo que era un rescatista profesional, con una araña bajo el vaso y un trozo de cartón entre las manos. La imagen desapareció demasiado pronto.

—¿Y si un día solo recuerdo que lo perdí?

Maxwell tomó aire antes de responder.

—No creo que puedas olvidar a alguien que formó parte de ti durante tanto tiempo.

—La memoria cambia.

—El amor deja recuerdos en otros lugares. En tus costumbres, en las decisiones que tomas y en la forma en que miras el mundo. Aunque algún detalle se vuelva borroso, lo que viviste con él seguirá formando parte de quien eres.

Lo observé. Había algo dolorosamente hermoso en aquellas palabras. Quizá por eso mismo me produjeron miedo: me consolaban, y provenían de él.

Durante los últimos meses, Maxwell había comenzado a ocupar espacios que antes permanecían vacíos.

Los cafés, las caminatas y las conversaciones en las noches en que no podía dormir.

Todavía recordaba la madrugada en que lo llamé después de despertar convencida de haber escuchado la llave de Andrew en la puerta.

Maxwell respondió al segundo tono y se quedó al otro lado de la línea hasta que amaneció.

No era la primera vez que me sostenía.

Hasta entonces, nunca lo había hecho con sus manos.

—A veces siento que seguir adelante significa abandonarlo —confesé.

—Seguir adelante no significa irte sin él.

—¿Entonces qué significa?

Maxwell contempló la superficie del lago.

—Aprender a cargar con su ausencia sin dejar que te destruya.

Era lo que todos intentaban decirme, pero nadie lo había dicho así. Sin pedirme que lo superara. Sin insinuar que debía cerrar una etapa. Solo aprender a llevarlo como una cicatriz: algo que permanecería conmigo incluso cuando dejara de sangrar.

—¿Y si no quiero que deje de doler?

Volvió la cabeza hacia mí.

—¿Por qué no querrías?

Me avergoncé antes de responder.

—Porque algunas veces el dolor es lo único que me queda de él. Sentirme mejor parece una forma de aceptar que no va a volver.

La verdad quedó suspendida entre nosotros. Mientras esperara, Andrew continuaba existiendo en algún lugar. Mientras sufriera, seguía buscándolo. Mientras mi vida permaneciera detenida, todavía era su prometida.

Pero, si comenzaba a vivir otra vez, no sabía en qué me convertía.

—No tienes que dejar de amarlo para sobrevivir —dijo Maxwell.

—No sé si puedo hacer ambas cosas.

—No tienes que saberlo todavía.

Todavía.

Como si existiera un futuro al que yo también pudiera llegar.

Maxwell retiró una mano del bolsillo y la apoyó sobre el banco, cerca de la mía. Dejó un espacio pequeño entre nuestros dedos; suficiente para que yo pudiera apartarme y para que el gesto continuara siendo una pregunta.

Lo miré. Él no intentó tranquilizarme con una sonrisa ni acortar la distancia. Esperó.

Fui yo quien dejó de aferrarse al vaso.

Mis dedos quedaron sobre la madera, a pocos centímetros de los suyos. Maxwell avanzó apenas y cubrió mi mano con una delicadeza que me sorprendió.

El contacto despertó una memoria física antes que emocional. Andrew buscando mis dedos sobre el asiento del automóvil. Andrew entrelazando su mano con la mía mientras caminábamos. Andrew besando mis nudillos bajo las estrellas.

Sentí una punzada de dolor y pensé en apartarme.

No lo hice.

Me quedé con la mano quieta bajo la de Maxwell y, durante unos segundos, en medio de toda aquella culpa, sentí alivio. Mis hombros comenzaron a relajarse, la respiración dejó de doler tanto y el temblor de mis dedos disminuyó bajo los suyos.

Eso fue lo que me asustó.

No la cercanía. No el contacto.

El alivio.

La facilidad con la que una parte de mí aceptó su presencia.

Maxwell no apretó mi mano ni entrelazó nuestros dedos. La sostuvo con la delicadeza suficiente para que pudiera retirarla cuando quisiera. Tal vez por eso no fui capaz de hacerlo: la decisión seguía siendo mía.

Y yo estaba eligiendo quedarme.

—No tienes que sentir culpa por necesitar a alguien —dijo.

Levanté la vista.

—No es tan simple.

—No dije que lo fuera.

—Andrew era la persona a la que acudía para todo. Cuando tenía miedo, cuando estaba triste, cuando ocurría algo bueno... siempre era él. —Mi voz se volvió más baja—. Y ahora, algunas veces, cuando pasa algo, pienso en llamarte.

Los dedos de Maxwell se tensaron apenas sobre los míos.

—Puedes llamarme.

—Lo sé.

Ese era precisamente el problema. Sabía que contestaría porque lo había comprobado demasiadas veces.

—No quiero acostumbrarme —susurré.

—¿A qué?

No fui capaz de mirarlo.

—A que estés.

El silencio cambió entre nosotros. Cuando Maxwell respondió, su voz era más grave.

—No tienes que preocuparte por eso.

Parte consuelo. Parte advertencia.

—Todo el mundo se va.

—Yo no soy todo el mundo.

Levanté los ojos. Me sostenía la mirada con una intensidad que no le había visto antes. No fue una confesión, pero algo en ella alteró el espacio que compartíamos. Retiré la mano con cuidado.

El frío ocupó de inmediato el lugar que había dejado su contacto.

Lo noté.

Y odié haberlo notado.

—Deberíamos volver.

Maxwell no preguntó qué había cambiado. Se puso de pie y mantuvo una distancia prudente mientras emprendíamos el regreso. Esta vez caminé un poco más rápido.

Quería recuperar el calor de su mano y deseaba no haberlo sentido nunca. Quería pensar únicamente en Andrew, pero las palabras de Maxwell se mezclaban con mis recuerdos.

No tienes que dejar de amarlo para sobrevivir.

Mi amor por Andrew seguía allí. Lo sentía en el anillo que llevaba al cuello porque no soportaba usarlo en el dedo ni guardarlo dentro de una caja. No había disminuido.

Entonces, ¿cómo podía la presencia de Maxwell ocupar algún espacio sin desplazarlo?

Tal vez confundía gratitud con afecto, dependencia con cercanía y soledad con algo que todavía no tenía derecho a nombrar. Maxwell había llegado cuando yo estaba rota y se había quedado. Cualquier persona podía haberse vuelto importante en aquellas circunstancias.

Importante no significaba amado.

Me aferré a esa diferencia mientras caminábamos.

Al llegar a la salida del parque, Maxwell se detuvo. Su automóvil estaba estacionado al otro lado de la calle.

—Puedo llevarte a casa.

—No hace falta. Vine caminando.

Miró las nubes que comenzaban a oscurecerse.

—Va a llover.

—No está lejos.

Aceptó mi negativa, aunque permaneció frente a mí.

—Escríbeme cuando llegues.

—Lo haré.

Una gota cayó sobre mi mejilla.

—Gracias por hoy —dije—. No sé qué habría hecho estos últimos meses sin ti.

La expresión de Maxwell cambió apenas. Algo se encendió detrás de sus ojos antes de que recuperara la serenidad.

—No tendrás que averiguarlo.

La lluvia comenzó a dibujar puntos oscuros sobre su abrigo.

—Deberías irte —dije.

—Tú también.

Sonreí sin querer.

—Siempre tienes que decir la última palabra, ¿verdad?

—Solo cuando tengo razón.

Una risa breve escapó de mí. Maxwell sonrió al escucharla, pero no hizo ningún comentario. Precisamente por eso, el momento se volvió demasiado íntimo.

La culpa llegó antes de que mi risa terminara.

—Adiós, Maxwell.

—Adiós, Caroline.

Me alejé bajo la lluvia sin mirar atrás. Sabía que continuaba observándome. No supe si aquello me tranquilizaba o me inquietaba.

Probablemente ambas cosas.

Cuando llegué a casa, tenía el cabello húmedo y los hombros del abrigo empapados. Cerré la puerta y apoyé la espalda contra la madera.

Andrew nunca había vivido conmigo, pero sus ausencias anteriores no se parecían a aquella.

Antes sabía que volvería a encontrar su voz en la cocina, sus zapatos junto a la entrada o su cuerpo ocupando el lado de la cama donde dormía cuando se quedaba.

Ahora cada habitación parecía conservar la espera de algo que podía no regresar.

Me quité el abrigo y el teléfono vibró dentro del bolso. El sonido aceleró mi corazón con la misma promesa imposible de siempre: la policía, un hospital, alguien que lo hubiera visto.

Era un mensaje de Maxwell.

Avísame cuando estés en casa.

Había olvidado hacerlo.

Ya llegué. Gracias por acompañarme. Y por escucharme.

La respuesta apareció casi de inmediato.

Siempre. Intenta descansar.

Siempre.

La palabra parecía inofensiva, pero se había convertido en una promesa silenciosa que Maxwell llevaba meses construyendo con actos pequeños: mensajes para saber si había comido, fotografías de libros que podían gustarme y llamadas en las noches en que el sueño me devolvía a Andrew.

No había coqueteo en nuestras conversaciones. Ninguna declaración que pudiera señalar y rechazar. Solo una presencia constante que comenzaba a adquirir demasiado peso.

Subí al dormitorio. La fotografía de Andrew continuaba sobre la mesa de noche. Estábamos frente al mar; él me abrazaba desde atrás y yo reía mientras el viento me cubría parte del rostro con el cabello.

Tomé el marco entre las manos.

—No te estoy olvidando.

No sabía si me disculpaba por haber reído, por no haber apartado la mano o por la decepción que sentía cuando pasaban varios días sin saber de Maxwell.

Dejé la fotografía en su sitio y abrí el armario. La camisa que Andrew había olvidado meses atrás continuaba colgada en el mismo lugar. Pasé los dedos sobre la tela azul y recordé cómo solía arremangarla hasta los codos.

La acerqué a mi rostro.

Durante las primeras semanas había conservado su aroma. Ahora olía únicamente a tela guardada.

El pecho se me hundió.

—No quiero que seas solo fotografías y cosas que dejaste en mi casa.

Devolví la camisa a su lugar con cuidado.

Cerca de ella estaba el cargador que Andrew olvidaba llevarse y, sobre la mesa de noche, el libro que todavía conservaba el punto donde había dejado de leer.

Eran pocas pertenencias, pero yo las protegía como si al moverlas pudiera destruir la posibilidad de que regresara a buscarlas.

Me senté en el borde de la cama y apreté el anillo sobre el pecho.

—Todavía te amo.

Era verdad. Lo amaba con todo lo que quedaba de mí.

Entonces, ¿por qué ese amor no impedía que otra persona comenzara a importarme?

El teléfono volvió a vibrar.