La Tristeza en Mí Capítulo 18 El lago de los culpables.
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Capítulo 18 El lago de los culpables.

Caroline

Habían pasado ocho meses desde la desaparición de Andrew.

Ocho meses en los que las estaciones cambiaron sin llevarme realmente a ninguna parte.

Los árboles perdieron las hojas doradas, atravesaron el invierno y comenzaban a recuperar el verde.

Las tiendas sustituyeron las decoraciones navideñas por flores de primavera.

La gente celebró cumpleaños, bodas, aniversarios y nacimientos.

El mundo siguió adelante.

Yo aprendí a imitarlo.

Me levantaba de la cama, me duchaba y preparaba café. Respondía cuando alguien preguntaba cómo estaba y algunas veces conseguía reír sin que el sonido me resultara completamente ajeno. Pero sobrevivir no era lo mismo que continuar, y continuar no podía significar olvidar.

Eso intentaba repetirme mientras caminaba junto al lago aquella tarde.

El sendero todavía estaba húmedo por la lluvia de la noche anterior.

La tierra desprendía un aroma fresco y las ramas se mecían sobre nuestras cabezas.

Algunas familias descansaban sobre el césped, aprovechando que el cielo se había despejado después de varios días grises.

Una niña corría detrás de los patos cerca de la orilla; un hombre leía el periódico en uno de los bancos, y dos adolescentes compartían audífonos mientras caminaban sin prestar demasiada atención al sendero.

Todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

El lago reflejaba el cielo con una perfección casi dolorosa. Solo el viento formaba pequeñas ondulaciones que deformaban durante unos segundos la imagen de los árboles. Observé aquella calma y sentí algo parecido a la envidia. Quería que dentro de mí también existiera un lugar donde nada doliera.

Maxwell caminaba a mi lado sin intentar llenar el silencio. Había aprendido a agradecerle eso. La mayoría de las personas se ponía nerviosa cuando yo callaba; necesitaban preguntarme si estaba bien, ofrecerme algún consejo o encontrar un tema que me distrajera. Él simplemente se quedaba.

Sus pasos se adaptaban a los míos. Cuando disminuía la velocidad, hacía lo mismo. Si me detenía a observar el agua, esperaba a mi lado sin preguntar qué estaba buscando en ella.

No sabía en qué momento había comenzado a notar aquellos detalles.

Después de perder a Andrew, todos cambiaron su manera de tratarme.

Mi madre elegía las palabras con más cuidado.

Adelaide llamaba casi todos los días, aunque siempre fingía tener una razón concreta.

Robert evitaba hablar de la investigación y se encerraba en silencios que ni siquiera su esposa parecía saber cómo atravesar.

Mis amigos dejaron de invitarme a ciertos lugares porque temían que no estuviera preparada.

Los desconocidos me miraban con una mezcla de curiosidad y compasión que ya podía reconocer a distancia.

Con Maxwell no tenía que decidir qué versión de mi dolor resultaría más soportable para los demás.

O al menos eso creía.

—Podemos sentarnos un momento —dijo.

Señaló un banco de madera cercano a la orilla. Asentí. No estaba cansada físicamente, pero desde la llamada sentía un peso sobre el pecho, como si respirar exigiera un esfuerzo que nadie más podía ver.

Nos sentamos dejando cierta distancia entre los dos. Yo sostenía un vaso de café que ya comenzaba a enfriarse. Maxwell miró hacia el lago y esperó.

Sabía por qué le había pedido que me acompañara. Solo que todavía no encontraba la forma de empezar.

La llamada de la policía había llegado tres días antes. El detective utilizó palabras cuidadosas: líneas agotadas, falta de nuevos antecedentes, revisión periódica y disponibilidad para actuar si aparecía cualquier información. También dejó claro que el caso continuaría abierto.

No dijo que hubieran dejado de buscar a Andrew.

Me explicó que ya no existía una pista que justificara mantener un equipo trabajando cada día en su desaparición.

Para mí, el significado fue el mismo.

La ruta reconstruida meses atrás seguía terminando detrás de la lavandería.

Ninguna cámara mostraba qué había ocurrido después, ningún testigo recordaba un vehículo y las nuevas revisiones no habían conseguido extender el recorrido ni un metro.

Andrew no era un expediente cerrado, pero se había convertido en uno que esperaría dentro de una oficina hasta la siguiente revisión o hasta que un dato nuevo obligara a abrirlo sobre un escritorio.

Yo agradecí la llamada. Incluso dije que comprendía.

Después colgué y pasé casi una hora sentada en el suelo de la cocina, mirando una mancha en la pared.

—Ya no van a buscarlo todos los días —dije al fin.

Mi voz pareció demasiado alta en medio de la tranquilidad del lago.

Maxwell giró hacia mí. Ya se lo había contado por teléfono, pero no me interrumpió.

—Dicen que el caso sigue abierto, que revisarán cualquier dato nuevo y que volverán a evaluar todo periódicamente. —Mis dedos presionaron la tapa del vaso—. Pero eso es lo que se dice cuando ya no queda ningún lugar donde buscar, ¿verdad?

Tardó unos segundos en responder.

—Probablemente intentan no prometerte algo que no saben si podrán cumplir.

Solté una risa breve y amarga.

—Un poco tarde para eso.

Bajé la mirada. Había una pequeña grieta en la tapa de plástico y la recorrí con el pulgar una y otra vez.

—Durante meses revisaron cámaras, llamadas, cuentas bancarias, movimientos extraños.

Volvieron a la lavandería y a los negocios cercanos.

Preguntaron por automóviles, matrículas y personas que hubieran pasado por esa calle.

—Tragué saliva—. Ahora esperan que acepte que todo termina en el mismo punto.

—No creo que esperen que lo aceptes.

—Entonces, ¿qué esperan que haga?

Maxwell no respondió. La rabia que sentía no estaba dirigida únicamente a la policía. Era más fácil enfadarme con ellos que admitir que quizá no existía una diligencia pendiente capaz de traer a Andrew de regreso.

—A veces pienso que debería buscar por mi cuenta —continué—. Contratar a alguien. Volver a hablar con todos. Revisar cada lugar otra vez.

—Ya hiciste todo lo que estaba en tus manos.

—No puede ser suficiente.

—Caroline...

—No puede serlo, porque él sigue sin estar aquí.

Mi voz se quebró. Clavé la mirada en el lago y vi una hoja avanzar sobre la superficie, empujada hacia el centro por una corriente que no alcanzaba a distinguir.

—No sé qué se supone que debo hacer ahora.

Maxwell apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—No tienes que decidirlo hoy.

—Han pasado ocho meses.

—Eso no significa que tengas que estar preparada.

—Todos creen que debería estarlo.

—Yo no.

Giré la cabeza.

Su expresión conservaba aquella seriedad tranquila que nunca parecía exigirme una reacción determinada. Por alguna razón, eso me dolió más que cualquier consejo. No me pedía que mejorara ni repetía que Andrew habría querido verme feliz. Solo me permitía no saber cómo continuar.

Las lágrimas escaparon antes de que pudiera detenerlas.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—Siempre termino llorando.

—Entonces llora.

Lo dijo con tanta naturalidad que lo miré sorprendida. Maxwell volvió la vista hacia el agua.

—No tienes que fingir conmigo.

Algo dentro de mí cedió. No demasiado. Lo suficiente para que el miedo que llevaba tres días conteniendo encontrara una salida.

—Creo que dejaron de buscarlo porque piensan que está muerto.

La última palabra apenas consiguió abandonar mi boca. Todavía se sentía incorrecta, demasiado definitiva.

—Y tengo miedo de que tengan razón —continué—. Pero también me aterra que esté vivo.

Maxwell frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

Bajé la mirada, avergonzada por una respuesta que no debería haber necesitado explicar.

—Porque, si está vivo, ha pasado todo este tiempo en alguna parte. Solo. Quizá herido. Esperando que lo encontremos.

El plástico crujió bajo la presión de mis dedos.

—¿Qué clase de persona sale a caminar, toma café y vuelve a una casa segura mientras el hombre que ama podría estar sufriendo?

—Una persona que también está sufriendo.

—No es lo mismo.

—No dije que lo fuera.

Las lágrimas caían libremente.

—Yo tengo comida, una cama y personas que me acompañan. Él podría estar...

No pude terminar. La imagen apareció con una claridad insoportable: Andrew en algún lugar oscuro, esperando que cada día fuera el último. Convencido, quizá, de que yo había dejado de buscar.

Cerré los ojos.

—No sé dónde está. No sé si tiene frío o si está herido. No sé si alguien... —La voz se perdió antes de pronunciar posibilidades que durante meses habían aprendido a visitarme sin permiso—. No puedo seguir viviendo así, pero tampoco sé vivir de otra manera.

El silencio se extendió entre nosotros. A lo lejos, la niña continuaba persiguiendo a los patos mientras su madre reía. Un grupo de corredores pasó por el sendero. El sol seguía reflejándose sobre el agua.

El mundo era hermoso.

Y yo odiaba que pudiera serlo sin Andrew.

—Algunas veces soy feliz durante unos segundos —admití—. Me río de algo que dice mi madre o consigo terminar un libro. Después recuerdo que Andrew continúa desaparecido y siento que le robé ese momento.

—Reír no significa que lo hayas abandonado.

—Lo sé. Una parte de mí lo sabe. Otra piensa que cada vez que dejo de sufrir lo estoy dejando atrás.

—No lo estás dejando atrás.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque sigues amándolo.

La afirmación me atravesó. No había duda, molestia ni incomodidad en su voz. Solo una certeza serena.

Me llevé una mano al anillo que descansaba bajo la ropa.

—Tengo miedo de que los recuerdos cambien —dije—. Hace unos días te conté que algunas veces no consigo escuchar su voz con la misma claridad. También hay momentos en los que intento recordar cómo se sentía abrazarlo y mi cuerpo ya no responde como antes.

Sonreí entre lágrimas.

—Andrew tenía una cicatriz pequeña cerca de la mandíbula. Decía que le daba un aspecto peligroso, pero no podía matar una araña. Las atrapaba bajo un vaso y las sacaba por la ventana porque aseguraba que no tenían la culpa de asustarme.