Capítulo 17 Celos en la oscuridad. #2
Caminamos hasta la esquina donde nuestros caminos se separaban. A Caroline nunca parecían incomodarle los silencios. Con Andrew, imaginé, habían estado llenos de confianza. Conmigo comenzaban a llenarse de una tranquilidad más frágil.
—Gracias por escucharme —dijo, acomodándose el bolso sobre el hombro—. Hablar contigo me hace bien.
La frase produjo en mí una satisfacción que tuve que ocultar.
—Puedes hacerlo siempre que lo necesites.
Caroline sonrió.
—Lo sé. Nos vemos pronto.
—Pronto.
La observé alejarse hasta que desapareció detrás de varios edificios. Solo entonces cerré los dedos, como si todavía pudiera conservar el roce de su mano.
Era ridículo. Un gesto sin importancia no podía compensar lo que había dicho dentro de la cafetería.
No sé si alguna vez dejaré de amarlo.
Durante el trayecto hacia la casa no encendí la radio. La frase se repetía con cada giro del camino. Al principio intenté combatirla. Me dije que las personas cambiaban, que los recuerdos perdían nitidez y que Caroline algún día me miraría como había mirado a Andrew.
Ni yo mismo lo creí.
El tiempo no estaba trabajando a mi favor. La estaba haciendo más fuerte, pero no estaba arrancándole su amor. Y cuanto más fuerte se volviera, menos necesitaría el refugio que yo le ofrecía.
Detuve el automóvil frente a la casa y permanecí unos minutos con las manos apoyadas sobre el volante. El edificio parecía observarme desde la oscuridad. Algunas veces conseguía olvidar lo que escondían aquellas paredes.
Hasta que cruzaba la puerta y el olor a humedad se encargaba de recordármelo.
Entré sin encender las luces. Conocía cada rincón, cada crujido del suelo y cada peldaño que conducía al sótano. Al descender, sentí que me alejaba del hombre que Caroline creía conocer y me acercaba a aquel que solo Andrew había visto por completo.
Lo encontré recostado contra la pared, con la cabeza inclinada hacia un lado. Estaba mucho más delgado que meses atrás. La barba le había crecido de manera irregular y su rostro tenía la palidez de quien llevaba demasiado tiempo privado del sol.
Parecía dormido.
Lo observé y traté de reconciliar aquella figura con el hombre de las fotografías: el amigo, el novio, el futuro esposo. Parecía imposible que fueran la misma persona.
Sin embargo, bastó recordar la voz de Caroline para que cualquier resto de compasión desapareciera.
Todavía imagino cómo habría sido nuestra boda.
Di un paso hacia él. Después otro.
Podía terminarlo allí.
La idea llegó sin estruendo. Solo tenía que inclinarme y ejercer la fuerza suficiente. Nadie encontraría el cuerpo. Andrew jamás podría regresar y, con el tiempo, Caroline terminaría aceptando que ninguna llamada le devolvería el pasado.
Extendí la mano. Mis dedos quedaron suspendidos a pocos centímetros de su cuello.
No avancé.
No fue compasión lo que me detuvo. Matar a Andrew no lo borraría.
Lo convertiría en una certeza dentro de Caroline, en un amor interrumpido que nunca tendría la oportunidad de decepcionarla.
También destruiría la última frontera que todavía utilizaba para explicarme que aquello tenía remedio: mientras siguiera vivo, yo podía fingir que un día cumpliría mi promesa y lo dejaría regresar.
Retiré la mano.
—Vaya...
La voz ronca quebró el silencio.
Andrew tenía los ojos abiertos. El cansancio los hundía, pero no había miedo en ellos.
—Por un momento pensé que por fin ibas a hacerlo.
—Sigues hablando demasiado.
Una risa seca terminó en tos.
—Y tú sigues creyendo que controlas todo.
—Lo controlo.
—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?
Permanecí inmóvil. Andrew me observó con una atención que reconocí de inmediato: buscaba una grieta.
—Pasó algo hoy —dijo—. Siempre vuelves igual. Cuando estás satisfecho, ni siquiera bajas. Cuando algo sale mal, vienes aquí como si necesitaras convencerte de que todavía ganaste.
Odié la precisión de aquellas palabras. Sin darme cuenta, había convertido el sótano en el lugar donde descargaba todo lo que no podía mostrarle a Caroline.
Bajaba cuando ella lloraba por Andrew, cuando una noticia sobre la investigación alteraba a Richard o cuando necesitaba comprobar que mi rival continuaba reducido a aquellas cuatro paredes.
—No sabes nada de mí.
—Sé lo suficiente. —Inclinó apenas la cabeza—. Hoy estuviste con Caroline.
No respondí.
—¿Lloró?
Mi silencio volvió a contestar por mí.
Andrew cerró los ojos durante un instante. Cuando los abrió, respiró hondo antes de preguntar:
—¿Sigue usando el anillo?
La imagen de Caroline sosteniéndolo entre los dedos regresó con una claridad insoportable.
—Lo lleva en una cadena —dije.
La confesión escapó antes de que pudiera detenerla.
Los ojos de Andrew se llenaron de lágrimas. No apartó la mirada.
—Sabía que no lo guardaría.
La certeza en su voz hizo que la rabia me subiera por la garganta.
—No sabes qué hace ahora. No la conoces como es ahora.
Andrew soltó una risa casi imperceptible.
—Nos conocemos desde los quince años. Fuimos amigos mucho antes de enamorarnos. No necesito verla para saber que no abandona una promesa solo porque le duela sostenerla.
—Ahora habla conmigo. Confía en mí.
—Porque no sabe quién eres.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Soy quien está cuando me necesita.
—Eres quien decidió que te necesitara.
Lo empujé contra la pared. Las cadenas tintinearon y Andrew contuvo un quejido. Cuando levantó la vista, había sangre en la comisura de sus labios, pero no retiró lo dicho.
—Confundes observarla con conocerla —continuó—. Sabes qué café pide y cuándo está nerviosa. Has aprendido sus horarios, sus silencios, la forma exacta de acercarte sin asustarla. Pero todo lo que ella sabe de ti fue elegido por ti.
—Cállate.
—Puedes conseguir que confíe en ti. Puedes convertirte en su refugio. Tal vez llegue a quererte. —Cada palabra salió con dificultad, pero ninguna vaciló—. Puede incluso llegar a amarte.
El sótano pareció encogerse alrededor de nosotros.
Andrew sostuvo mi mirada.
—Pero ese amor no será para ti. Será para el hombre que finges ser. Y cuando descubra la verdad, comprenderá que ese hombre nunca existió.
No pude moverme.
Que Caroline jamás llegara a amarme era un miedo que conocía. La posibilidad que Andrew acababa de abrir era peor: que un día me entregara su amor y, aun así, yo no pudiera considerarlo mío.
Porque estaría destinado a una mentira.
Retrocedí un paso. Andrew no volvió a hablar. No hacía falta.
Subí las escaleras y cerré la puerta del sótano. Apoyé ambas manos sobre la madera, intentando recuperar el aire, pero su voz había subido conmigo.
Por primera vez no temí únicamente que Caroline continuara amando a Andrew.
Temí que, incluso si algún día llegaba a amarme, jamás pudiera conocer al hombre al que habría entregado ese amor.