La Tristeza en Mí Capítulo 17 Celos en la oscuridad.
31%

Capítulo 17 Celos en la oscuridad.

Maxwell

Me acomodé en la mesa junto al ventanal de la cafetería, la misma que elegía siempre que nos encontrábamos allí.

Desde ese rincón podía ver casi toda la calle sin que nadie reparara demasiado en mi presencia.

El camarero ya no necesitaba preguntarme qué iba a beber; dejó la taza frente a mí con una inclinación de cabeza y regresó al mostrador.

Para él, yo era un hombre de costumbres.

Para mí, aquel lugar seguía siendo un puesto de observación.

Miré el reloj.

Faltaban cuatro minutos.

Ocho meses habían pasado desde la desaparición de Andrew.

Siete desde aquella tarde de lluvia en la que Caroline aceptó sentarse conmigo por primera vez.

Después llegaron otros encuentros: algunos casuales, otros acordados, todos lo bastante espaciados para que mi presencia no pareciera una invasión.

Había aprendido a esperar a que fuera ella quien aceptara el siguiente café, la siguiente conversación, la siguiente hora lejos de las preguntas de su familia y de la investigación.

También había aprendido que la paciencia podía convertirse en otra forma de violencia.

El plazo de seis meses que me impuse había vencido hacía dos.

Al principio me dije que todavía no era seguro soltar a Andrew.

La policía no había cerrado el caso, aunque el rastro se hubiera detenido en aquella calle lateral detrás de la lavandería.

Después me convencí de que devolverlo sin una explicación destruiría la frágil estabilidad que Caroline comenzaba a recuperar.

La verdad era más simple.

Andrew conocía nuestros rostros. Sabía nuestros nombres. Y Caroline seguía amándolo.

Liberarlo significaba perderla antes de que tuviera siquiera la posibilidad de elegirme. Por eso moví el límite. No tomé una decisión nueva; solo dejé de mirar de frente la que ya había tomado.

Dos minutos.

Una mujer salió del local sujetando la mano de una niña pequeña. Un repartidor dejó varias cajas en la panadería de enfrente. Un anciano cruzó la calle con el paso lento de quien ya no tenía prisa por llegar a ninguna parte.

Un minuto.

Entonces apareció.

Mi respiración se detuvo apenas la vi doblar la esquina.

Llevaba el abrigo color crema que reconocí de inmediato, el mismo que había usado el día en que nos encontramos en la biblioteca.

El viento movía algunos mechones de su cabello y ella los apartó detrás de la oreja con un gesto que ya podía anticipar.

Había aprendido demasiadas cosas sobre Caroline: la forma en que sostenía el bolso con la mano izquierda cuando estaba cansada, cómo bajaba la mirada si sus pensamientos se volvían demasiado pesados y la ligera tensión que aparecía en sus hombros cuando la ansiedad comenzaba a abrirse paso.

Los demás veían a una mujer hermosa que intentaba continuar con su vida. Yo veía todas las pequeñas grietas que todavía no habían cerrado.

Y, durante un instante, me odié por alegrarme de que siguieran allí.

Porque mientras existieran, yo conservaría un lugar por donde entrar.

Caroline se detuvo frente al cristal. Buscó mi rostro y, cuando nuestras miradas se encontraron, me dedicó una sonrisa pequeña.

No era la sonrisa luminosa de las fotografías con Andrew.

Era más cautelosa, construida con esfuerzo, pero consiguió provocar el mismo estremecimiento familiar en mi pecho.

Me puse de pie cuando abrió la puerta.

—Perdón por el retraso —dijo mientras se quitaba el abrigo.

Había llegado exactamente a la hora.

—No llevas ni un minuto tarde.

Dejó escapar una risa apenas audible.

—Supongo que hoy estoy exagerando.

—Hoy... y algunos otros días.

Su sonrisa se amplió un poco.

—Puede ser.

Tomó asiento frente a mí. Al quitarse el abrigo, la cadena que llevaba al cuello quedó visible sobre el suéter. El anillo de compromiso colgaba de ella.

Meses atrás había dejado de usarlo en la mano y lo había pasado a una cadena. Nunca le pregunté por qué. No necesitaba hacerlo para comprender lo esencial: seguía sin estar preparada para guardarlo. Casi siempre lo llevaba oculto bajo la ropa.

Aquella mañana, el anillo descansaba sobre su pecho.

El camarero se acercó y Caroline pidió un café con leche sin mirar la carta. En nuestros primeros encuentros había elegido té; últimamente prefería el café. Otra pequeña diferencia, pensé. Una de tantas que la ausencia de Andrew había impuesto sin pedir permiso.

Esperé a que nos dejaran solos.

Tenía ojeras, no demasiado marcadas, pero suficientes para comprender que no había dormido bien. Sus dedos doblaban una esquina de la servilleta y la uña del pulgar derecho estaba ligeramente mordida. Había vuelto aquel hábito.

—¿Cómo has estado? —pregunté.

Tardó unos segundos en responder.

—Hay días mejores que otros.

No insistí. Con el tiempo había comprendido que Caroline hablaba cuando el silencio dejaba de parecerle una exigencia.

Miró hacia la ventana.

—Hoy es uno de esos días en los que siento que todo vuelve a empezar.

Afuera, la gente compraba pan, conversaba y reía. La vida continuaba con una normalidad que, desde aquella mesa, parecía casi ofensiva.

—¿Ha pasado algo?

Negó demasiado rápido. Después bajó la vista.

—Anoche encontré una caja mientras ordenaba el armario. Había fotografías del viaje que hicimos a Escocia.

Algo se tensó dentro de mí.

Escocia era otra parte de una vida a la que jamás había pertenecido.

—Nos veíamos tan felices... —Sonrió, pero aquella sonrisa le dolió antes de llegar a los ojos—. Andrew siempre hacía caras ridículas cuando alguien sacaba una cámara. Decía que sonreír era aburrido.

Su risa fue breve y nostálgica. Asentí, aunque apenas podía pensar en las fotografías. En ellas, Andrew no estaría encadenado ni tendría el rostro consumido por el encierro. Sería el hombre al que Caroline había elegido; el que todavía podía hacerla reír desde un recuerdo.

—A veces cierro los ojos y todavía puedo escuchar su voz —continuó—. Sé cómo diría mi nombre. Sé cuándo se reiría antes de terminar una frase. Pero tengo miedo de que un día intente recordarlo y no pueda.

Mis dedos se cerraron alrededor de la taza.

Ocho meses, y Andrew seguía sentado entre nosotros. Invisible. Presente.

—Perdón —murmuró—. Siempre termino hablando de él.

Quise decirle que sí. Que cada recuerdo y cada silencio terminaban llevándonos de vuelta a Andrew. Que era yo quien estaba allí, quien escuchaba sin pedirle que mejorara, mientras él no podía ofrecerle nada desde el sótano.

En lugar de hacerlo, relajé los dedos.

—No tienes que disculparte.

Caroline sostuvo mi mirada, como si necesitara comprobar que no había cansancio en mi respuesta.

—Mi madre se preocupa y trata de llevarme hacia cualquier tema que no pueda hacerme llorar. Adelaide necesita recordar conmigo. Y mi psicóloga dice que no tengo que elegir entre hablar de Andrew y aprender a vivir en el presente. Pero a veces siento que todos esperan algo distinto de mí.

—¿Y tú qué esperas?

La pregunta la dejó inmóvil.

Sus dedos buscaron el anillo que llevaba al cuello. Lo sostuvo entre el pulgar y el índice, sin apartar los ojos de la mesa.

—No lo sé —admitió—. No sé si alguna vez dejaré de amarlo.

El murmullo de la cafetería pareció alejarse. Durante meses me había repetido que el tiempo haría su trabajo, que el dolor disminuiría y los recuerdos perderían fuerza. Había esperado que, poco a poco, Caroline terminara mirándome como yo la miraba a ella.

Pero el tiempo no estaba borrando a Andrew.

Solo le enseñaba a Caroline a vivir con su ausencia.

Me obligué a suavizar la expresión, a convertirme otra vez en el hombre paciente que ella esperaba encontrar frente a sí.

—No creo que exista una fecha para dejar de amar a alguien.

Mi voz sonó estable. Caroline asintió despacio.

—Eso mismo pienso yo. Todavía imagino cómo habría sido nuestra boda. A veces paso frente a la iglesia y me pregunto si habría llorado cuando me viera entrar.

Sus ojos se humedecieron.

Yo no quería que imaginara esa boda. Quería ser el hombre que la esperara al final del pasillo. Quería que me eligiera sin miedo, sin deuda y sin volver la cabeza hacia el lugar que Andrew había ocupado.

Pero mi lugar en su vida existía precisamente porque él faltaba.

No podía ignorar aquella contradicción. Tampoco estaba dispuesto a renunciar a ella.

—Lo siento —dijo después de respirar hondo—. Vine para distraerme y terminé arruinando la conversación.

Empujé el servilletero hacia su lado de la mesa.

—No arruinaste nada.

Al tomar una servilleta, sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto casual, apenas un instante, pero el calor quedó bajo mi piel aun después de que retirara la mano.

—Perdón —murmuró, con una sonrisa avergonzada—. Soy un desastre.

Negué.

Para ella no había significado nada. Lo sabía. No confundía aquel roce con una promesa ni con una intimidad que todavía no existía. Aun así, cometí el error de imaginar que, algún día, su mano podría buscar la mía por voluntad propia.

Continuamos hablando hasta que el café se enfrió.

Caroline me contó que había vuelto a leer por las noches, aunque algunas páginas se le perdían entre pensamientos.

Discutimos una adaptación que yo defendía y ella consideraba imperdonable.

Durante unos minutos volvió a reír, sin disculparse de inmediato por haberlo hecho.

Ese pequeño cambio debería haberme bastado.

No fue así.

Cuando el camarero dejó la cuenta, Caroline la tomó antes que yo.

—Esta vez me toca.

—No tienes que hacerlo.

—La última vez dijiste lo mismo.

Su tono no admitía discusión. Solté el borde del papel.

—Entonces no voy a arriesgarme a contradecirte.

—Buena decisión.

Había ligereza en su voz. Una normalidad breve que no le pertenecía al duelo ni a Andrew. La guardé con más cuidado del que merecía.

Al salir, el cielo de Salisbury estaba cubierto por una capa uniforme de nubes grises. El viento arrastraba hojas por la acera y las obligaba a girar antes de empujarlas calle abajo.