La Tristeza en Mí Capítulo 16 La puerta entreabierta.
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Capítulo 16 La puerta entreabierta.

Andrew

Maxwell llevaba varios días sin bajar al sótano.

No podía medirlos con exactitud. Allí abajo, el tiempo se contaba en bandejas, pasos y periodos de silencio, no en mañanas o noches.

Aun así, reconocía su ausencia. Durante las primeras semanas aparecía con frecuencia, algunas veces para interrogarme y otras solo para comprobar que continuaba allí.

Después de nuestra última conversación, dejó de hacerlo.

Aquello no me tranquilizaba.

Maxwell había visto a Caroline. Lo entendí por la forma en que habló de ella y por su incapacidad para negarlo. Si ya no necesitaba vigilarme, era porque su atención estaba concentrada en otra parte.

En ella.

Me apoyé contra la pared y cambié de posición con cuidado.

El hombro todavía dolía desde el golpe y las costillas protestaban cada vez que respiraba demasiado hondo.

Había perdido peso. Lo notaba en la forma de mis manos, en los nudillos más marcados y en la holgura de la ropa.

Las heridas alrededor de las muñecas comenzaban a cerrar hasta que un movimiento brusco volvía a abrirlas.

Mi cuerpo se debilitaba, pero mi mente estaba más despierta que al principio. Había dejado de gastar fuerzas tirando de unas cadenas que no cederían. Ahora observaba. Escuchaba. Intentaba aprender la rutina de la casa y las diferencias entre los hombres que me mantenían allí.

Maxwell necesitaba controlarlo todo.

Richard necesitaba convencerse de que todavía podía escapar.

La puerta se abrió y levanté la cabeza.

Era Richard.

Entró arrastrando los pies, con el cabello desordenado, la ropa arrugada y sombras profundas bajo los ojos. Dejó una bandeja cerca de mí: pan, agua y una sopa demasiado clara para ocultar el fondo del cuenco.

—Come.

No respondí. Richard tampoco insistió. Se quedó mirando la pared, con una mano dentro del bolsillo de la chaqueta y la otra cerrándose y abriéndose junto al cuerpo.

—¿Qué ocurre arriba? —pregunté.

Normalmente ignoraba cualquier intento de conversación. Aquella vez soltó una risa seca.

—Todo ocurre arriba.

—Eso no significa nada.

—Significa que tú tienes la parte fácil.

Miré las cadenas.

—Claro.

Richard siguió mi mirada y apartó la suya. Durante un instante pareció avergonzado, pero la emoción desapareció detrás de una mueca de irritación.

—No sabes lo que está pasando.

—Entonces cuéntamelo.

Se pasó una mano por el rostro.

—Come antes de que se enfríe.

Salió sin añadir nada, aunque ya me había dado una respuesta. Richard tenía miedo. No el nerviosismo de quien teme que un plan fracase, sino el miedo sostenido de alguien que comenzaba a comprender que había entregado su vida a una decisión ajena.

Los días siguientes confirmaron esa impresión.

Entraba más veces de las necesarias, revisaba la cerradura y observaba las paredes como si esperara que la policía apareciera detrás de una de ellas.

Algunas visitas duraban menos de un minuto.

En otras permanecía cerca de la puerta, murmurando insultos dirigidos a Maxwell o a sí mismo.

Cada vez parecía dormir menos.

Cada vez bebía más.

No lo presioné. Si Richard sospechaba que intentaba utilizar su miedo, volvería a esconderse detrás de la obediencia. Me limité a observar y a memorizar aquello que lo alteraba: una llamada que no esperaba, el sonido de un automóvil en el exterior, cualquier mención de la investigación.

El error llegó después de otra noche de lluvia.

Richard entró con tanta prisa que apenas me miró. Dejó la comida, revisó una notificación en el teléfono y maldijo en voz baja. Cuando salió, empujó la puerta con el hombro, pero la madera se había hinchado por la humedad. El pestillo no encajó. La puerta rebotó y quedó abierta unos centímetros.

Mi corazón aceleró.

Esperé. Podía ser una trampa, aunque no entendía qué conseguirían con ella. Conté lentamente mientras escuchaba los pasos de Richard alejándose por el pasillo.

Nada ocurrió.

Estiré las piernas y avancé por el suelo hasta que la cadena quedó completamente tensa. No alcanzaba el umbral, pero la abertura permitía que las voces del piso superior descendieran con más claridad.

Richard comenzó a gritar antes de que yo distinguiera las palabras.

—Volvieron a la lavandería. Están hablando otra vez con todos los comercios de la calle.

La respuesta de Maxwell llegó más baja.

—Era previsible.

—También están pidiendo grabaciones privadas y preguntando por vehículos que circularon esa tarde.

—No tienen una imagen del vehículo.

—Todavía.

El silencio que siguió duró apenas unos segundos.

—La ruta termina en la calle lateral —dijo Maxwell—. No hay una cámara que muestre qué ocurrió después, ningún testigo que recuerde una matrícula y nada que relacione ese lugar con esta casa.

—Solo necesitan que alguien recuerde algo.

—Entonces deja de comportarte como un hombre que espera ser detenido.

Escuché un golpe sobre una mesa.

—¡Dijiste una semana! —espetó Richard—. Una semana y lo dejaríamos en algún lugar donde pudieran encontrarlo. Ha pasado más de un mes y ahora hablas de seis meses como si pudiéramos mantenerlo aquí hasta que te canses.

La cifra me dejó inmóvil.

Seis meses.

Hasta entonces había sabido que Maxwell quería tiempo para acercarse a Caroline. No había imaginado cuánto estaba dispuesto a robarle.

—Una semana no cambió nada —respondió Maxwell.

—Porque ella lo ama.

La pausa fue distinta esta vez. Más peligrosa.

—Baja la voz.

—¿Ya hablaste con ella otra vez?

Maxwell no contestó. No lo necesitaba.

Richard soltó una maldición.

—Esto dejó de ser un trabajo cuando decidiste entrar en su vida.

—No vuelvas a hablar de ella.

—Tú eres quien habla de Caroline cada vez que regresas. Lo que leyó. Lo que dijo. Si sonrió. Mientras tanto, él sigue encadenado debajo de nosotros y la policía continúa buscando.

Sentí que las uñas se me clavaban en las palmas.

Maxwell le hablaba de Caroline. De sus conversaciones. De cada momento que conseguía compartir con ella. No le bastaba con acercarse; necesitaba convertirlo en una victoria que alguien más pudiera reconocer.

—Andrew está vivo —dijo Maxwell.

—Eso no convierte lo que hacemos en algo menos grave.

—Significa que el plan sigue bajo control.

Richard se rió sin humor.

—Mírate. Ni siquiera sabes escuchar lo que estás diciendo.

Los pasos se desplazaron por el piso superior. Después una puerta se cerró con fuerza y el silencio volvió a ocupar la casa.

Permanecí junto a la abertura, intentando ordenar lo que acababa de oír.

La investigación había reconstruido mi recorrido.

Caroline sabía que había llegado hasta la lavandería, pero no qué había ocurrido después.

Maxwell contaba con ese punto muerto. Richard, en cambio, parecía esperar que se quebrara con cada nueva pregunta de la policía.

Y seis meses no eran una amenaza improvisada.

Eran el tiempo que Maxwell creía necesitar para borrarme de la vida de Caroline sin ensuciarse las manos con mi muerte.

Los pasos regresaron. Me arrastré hacia la pared y adopté la posición en la que Richard me había dejado. Cuando entró, observó la puerta entreabierta y palideció.

Sus ojos fueron primero hacia mí y después hacia la cadena completamente extendida sobre el suelo.

—¿Qué escuchaste?

Su voz tembló.

—Lo suficiente.

Richard cerró la puerta y comprobó dos veces la cerradura.

—No sabes nada.

—Sé que debía ser una semana.

Se volvió de inmediato.

—Cállate.

—Y sé que Maxwell quiere seis meses porque Caroline todavía me espera.

Richard cruzó el sótano en dos pasos y me sujetó por la camisa. El miedo en su rostro era mayor que la rabia.

—Si vuelves a repetirlo, te juro que...

—¿Qué? —lo interrumpí—. ¿Vas a matarme y resolverle el problema?

Aflojó los dedos.

Los dos sabíamos que no lo haría. Richard podía alimentar, vigilar y encerrar a un hombre si conseguía llamar a cada acción parte de un trabajo. Matarme habría destruido la última mentira que todavía le permitía mirarse al espejo.

Me soltó y retrocedió.

—No intentes jugar conmigo.

—No necesito hacerlo. Maxwell ya lo está haciendo.

Su expresión se cerró. Salió y esta vez escuché la llave girar dos veces.

Aquella noche regresó borracho.

El olor a whisky entró antes que él. Llevaba una botella a medio vaciar y tuvo que apoyarse en la pared mientras cerraba la puerta. Se dejó caer sobre la silla y bebió sin mirarme.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre él y yo? —preguntó.

Esperé.

—Yo sé que hice algo imperdonable. Maxwell todavía cree que puede explicarlo.

La risa que siguió no contenía humor.

—¿Por qué aceptaste? —pregunté.

Richard movió la botella entre las manos.

—Al principio era un trabajo. Conducir. Vigilar. Mantener la boca cerrada durante siete días. Nadie iba a morir y tú aparecerías en algún camino sin saber dónde habías estado ni cómo encontrarnos.

—¿Y después?

—Después dejó de importarle el acuerdo.

—Porque una semana no era suficiente para Caroline.

Richard levantó los ojos.

No debía mostrar cuánto necesitaba aquella conversación. Mantuve la voz baja y las manos quietas sobre las piernas.

—¿Cuánto tiempo lleva observándola?

—Meses.

—¿Desde Londres?

La pregunta produjo una reacción inmediata. Richard apretó la botella.

—No sé cuándo empezó.

Mentía, o al menos ocultaba una parte. No insistí.

—Maxwell cree que mientras sigas vivo no ha cruzado la línea —continuó—. Puede encerrarte, acercarse a ella y esperar que Caroline termine agradeciéndole por ayudarla a soportar algo que él mismo provocó. Pero no es un asesino. Eso se repite.

—Todavía.

Richard cerró los ojos.

—No digas eso.

—¿Por qué? ¿Porque temes que él cambie de opinión o porque temes ser tú quien tenga que hacerlo?

La botella golpeó el suelo al levantarse. No se rompió, pero el sonido resonó en el sótano.

—No sabes nada de mí.

—Sé que revisas la cerradura cuatro veces y que te asustas cada vez que suena el teléfono. Sé que no puedes dormir y que necesitas emborracharte para permanecer aquí. No estás haciendo esto porque seas leal a Maxwell. Estás aquí porque le tienes miedo.

Richard me miró con una mezcla de rabia y desesperación.

—Debería haberme ido cuando todavía podía.

—Todavía puedes.

Negó lentamente.

—Ya es tarde.

—Entonces ayúdame.

Durante un instante dejó de parecer uno de mis captores. Solo vi a un hombre agotado que deseaba que otra persona eligiera por él.

—Si abres esa puerta, puedo detener esto. Nadie tiene que morir.

Richard miró la cerradura. Sus dedos se movieron alrededor de la llave, pero no llegó a tocarla.

—No soy tan valiente.

—No te estoy pidiendo valentía. Te estoy pidiendo que tengas más miedo de aquello en lo que vas a convertirte si sigues obedeciéndolo.

El golpe funcionó. Lo vi en su rostro.

No abrió la puerta.

Recogió la botella y salió sin decir nada.

La cerradura volvió a girar, pero esta vez el sonido no tuvo el mismo significado. Richard podía seguir cumpliendo las órdenes de Maxwell; lo que ya no podía hacer era fingir que no comprendía sus consecuencias.

Me apoyé contra la pared y cerré los ojos.

No tenía un teléfono, una llave ni una forma inmediata de romper las cadenas. La policía seguía lejos y Maxwell contaba con el tiempo como si también le perteneciera.

Pero había encontrado el punto débil de su plan.

Richard no se quedaba por lealtad.

Se quedaba por miedo.

Y el miedo podía cambiar de dirección.

La puerta de madera se había cerrado. La otra seguía entreabierta.

Por primera vez, no esperé a que Richard cometiera otro error.

Empecé a pensar cómo provocarlo.