Capítulo 15 Refugio bajo la lluvia.
Caroline
La lluvia comenzó mientras todavía estaba en la biblioteca.
Al principio fue una llovizna suave contra los ventanales, un murmullo constante que se mezcló con el paso de las páginas y el movimiento discreto de quienes buscaban refugio entre los estantes.
Yo estaba sentada junto a una de las mesas del fondo, con el libro que Maxwell me había recomendado abierto frente a mí.
Tenía razón sobre el tercer capítulo: era lento.
El problema era que no podía culpar al libro por mi falta de atención.
Había leído el mismo párrafo cuatro veces sin comprenderlo.
Mis ojos recorrían las palabras, pero mi mente regresaba una y otra vez a la calle lateral detrás de la lavandería, al punto exacto donde Andrew había desaparecido del alcance de las cámaras.
Más de un mes.
Durante semanas había vivido pendiente de una llamada, un mensaje o una noticia capaz de confirmar que Andrew seguía vivo.
El teléfono descansaba sobre la mesa, con la pantalla apagada, y aun así lo miraba cada pocos minutos.
Cualquier vibración conseguía detenerme el corazón.
Cualquier silencio lo hacía pesar un poco más.
Cerré el libro cuando el personal comenzó a ordenar las mesas cercanas.
Afuera, la lluvia ya caía con fuerza y borraba los contornos de los edificios al otro lado de la calle.
Podía esperar a que disminuyera, pero tampoco quería volver a casa.
Allí estaban las preguntas que nadie se atrevía a formular, la preocupación de mi familia y los objetos que todavía conservaban un lugar para Andrew.
Guardé el libro en el bolso, me abroché el abrigo y salí.
El aire húmedo me golpeó el rostro. En pocos segundos, el cabello se me pegó a las mejillas y el agua atravesó los hombros de la tela. No abrí el paraguas que llevaba en el bolso. Necesitaba sentir algo que no fuera miedo, aunque solo se tratara del frío entrando por las mangas.
Caminé sin una dirección concreta. El agua golpeaba el pavimento, los techos y los escaparates con una fuerza que obligaba a la ciudad a bajar la voz. Durante unos minutos, no tuve que escuchar mis propios pensamientos con tanta claridad.
—Caroline.
Me detuve y giré hacia la acera contraria.
Maxwell estaba bajo el toldo de una pequeña cafetería, con un paraguas negro cerrado en una mano. La luz del local se extendía a sus espaldas y le daba el aspecto de alguien que simplemente esperaba a que pasara la tormenta.
—Maxwell.
Miró mi cabello empapado y después el bolso donde asomaba el mango del paraguas.
—No sé si preguntar por qué no lo estás usando.
—Probablemente sea mejor que no.
Una sonrisa breve apareció en sus labios.
—Parece que la lluvia decidió declararle la guerra a Salisbury.
Miré el agua acumulándose junto a la acera.
—Creo que está ganando.
La conversación habría podido terminar allí. De hecho, una parte de mí esperaba que lo hiciera. Todavía era un hombre al que había encontrado dos veces en lugares demasiado cercanos, y el último mes me había enseñado que la normalidad no era una garantía de seguridad.
Maxwell no se acercó. Señaló la cafetería con un movimiento discreto.
—¿Quieres refugiarte hasta que disminuya? Hay gente, luz y una mesa junto a la ventana. Prometo no elegir tu libro esta vez.
Miré el interior. Varias personas conversaban cerca del mostrador, una pareja compartía un pastel y una mujer trabajaba frente a un computador. Después observé mis zapatos empapados y la cortina de agua que separaba una calle de la siguiente.
—Solo unos minutos.
—Por supuesto.
Entramos. El calor me envolvió de inmediato, acompañado por el aroma a café recién hecho y ropa mojada. Elegí la mesa junto al cristal. Desde allí podía ver la calle, la puerta y casi todo el local. Maxwell pareció notar mi elección, pero no hizo ningún comentario.
La camarera tomó nuestro pedido. Té para mí y café para él. Mientras esperábamos, dejé el bolso sobre mis piernas y mantuve el abrigo puesto, aunque el agua comenzaba a enfriarse contra mi espalda.
—¿Otra coincidencia? —pregunté.
Maxwell apoyó las manos sobre la mesa, a la vista.
—Te vi salir de la biblioteca cuando empezó a llover. Estaba aquí dentro.
La explicación era posible. No necesariamente cierta, pensé, pero posible.
—Salisbury comienza a parecer muy pequeña.
—Puedo sentarme en otra mesa si prefieres.
Lo dijo sin ofensa ni insistencia. Miré la silla vacía frente a mí y luego negué.
—No es necesario.
La camarera regresó con las tazas. Rodeé la mía con ambas manos, agradeciendo el calor que se filtró hacia mis dedos. Maxwell esperó hasta que ella se alejó antes de hablar.
—¿Cómo estás?
—Bien.
La respuesta salió por costumbre. Él no la contradijo, pero tampoco llenó el silencio que siguió.
Bajé la mirada hacia el té.
—No. En realidad, no lo sé.
Durante las últimas semanas, casi todas las preguntas habían tenido a Andrew como centro.
Cómo avanzaba la investigación. Si la policía había llamado.
Si existían nuevas imágenes, nuevos testigos o alguna razón para conservar la esperanza.
Incluso cuando alguien preguntaba por mí, lo hacía con el temor de que una respuesta sincera pudiera obligarlo a decir algo que no sabía cómo sostener.
Con Adelaide era diferente, pero compartíamos el mismo dolor. Hablar con ella significaba recordar que no solo había desaparecido el hombre con quien pensaba casarme. También faltaba su hijo.
Maxwell no pertenecía a nuestra espera. Quizá por eso no sentí que tuviera que protegerlo de la respuesta.
—Creo que estoy cansada —dije—. Muy cansada.
No intentó decirme que descansara. Tampoco aseguró que todo saldría bien.
—¿De esperar?
—De no saber cómo hacerlo. Todo el mundo necesita que tenga esperanza, que responda el teléfono, que recuerde algún detalle capaz de cambiar la investigación.
La policía encontró el último lugar donde lo vieron, pero ahora esa calle vive dentro de mi cabeza.
Sé dónde terminó el rastro y sigo sin saber adónde se llevaron a Andrew.
La voz comenzó a quebrarse. Apreté la taza entre las manos.
—Quiero creer que va a regresar. Lo intento todos los días. Pero algunas veces...
Me detuve. Pronunciar el miedo significaba permitirle existir fuera de mí.
Maxwell habló con suavidad.
—¿Algunas veces qué?
Tragué saliva.
—Algunas veces pienso que nunca volverá.
El ruido de la cafetería continuó a nuestro alrededor, indiferente a la confesión. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas y aparté la mirada hacia la ventana.
—Me siento horrible por pensarlo.
—Pensarlo no significa que lo desees.
Volví a mirarlo.
Maxwell empujó el servilletero hacia mi lado de la mesa, sin intentar tocarme.
—Tener miedo no significa que hayas perdido la esperanza —añadió—. Solo significa que eres humana.
La frase abrió algo que llevaba demasiado tiempo sosteniendo. Tomé una servilleta y me sequé el rostro, avergonzada por llorar frente a alguien a quien apenas conocía.
—Hay mañanas en las que todavía espero escucharlo —murmuré—.
Despierto y durante unos segundos creo que se quedó a dormir, que está en la cocina preparando demasiado café o que volvió a apagar la alarma.
Después recuerdo que Andrew no vive conmigo, que no estuvo allí esa noche y que tampoco sé dónde despertó.
Respiré con dificultad.
—Tengo que perderlo otra vez cada mañana.
Maxwell permaneció inmóvil. No intentó completar mi dolor con una historia propia ni buscó una frase capaz de resolverlo. Se limitó a escuchar.
—Lo extraño tanto —continué—. Y no sé cuánto tiempo más puedo hacer esto.
—No deberías tener que sostenerlo sola.
Levanté la vista.
—No puedo prometerte una respuesta ni decirte cómo esperar —dijo—. Pero si necesitas hablar de él, puedo escucharte. Y si un día necesitas hablar de cualquier cosa menos de él, también.
Algo en mi pecho cedió apenas. No era confianza. Mucho menos una cercanía que pudiera nombrar. Era el alivio de no recibir otra promesa vacía.
—Gracias.
Fue lo único que pude decir.
Permanecimos en la cafetería más de una hora.
Al principio hablamos de Andrew. Le conté que odiaba llegar tarde y que, aun así, siempre encontraba alguna razón para detenerse a ayudar a otra persona.
Después la conversación regresó a los libros.
Discutimos el tercer capítulo de la novela, descubrimos que ambos abandonábamos historias por razones completamente distintas y terminamos hablando de música, adaptaciones terribles y autores que parecían incapaces de escribir un final feliz.
Eran temas pequeños. Normales. Durante algunos minutos, el dolor dejó de exigirme toda la atención.
Me reí cuando Maxwell defendió una adaptación que yo consideraba imperdonable. La risa apareció sin permiso y desapareció en cuanto fui consciente de ella.
Andrew seguía desaparecido y yo estaba allí, tomando té y hablando de historias inventadas.
La culpa regresó de inmediato.
Maxwell lo notó.
—¿Qué ocurre?
Negué con la cabeza.
—Nada.
—No tienes que decírmelo.
Aquella respuesta, precisamente porque no insistía, hizo que terminara hablando.
—Durante unos minutos no estaba pensando en Andrew.
Mi voz tembló.
—Y siento que no debería poder hacerlo.
Maxwell guardó silencio antes de responder.
—No lo olvidaste. Descansaste de sufrir durante unos minutos. No es lo mismo.
Las palabras me golpearon con la familiaridad de algo que Adelaide había intentado explicarme días atrás. Seguir respirando no significaba abandonar a Andrew. Reír no borraba la búsqueda ni convertía el amor en una promesa menos verdadera.
Quizá no necesitaba castigar cada instante de alivio.
Todavía no estaba segura de creerlo, pero por primera vez conseguí imaginarlo.
Cuando salimos de la cafetería, la lluvia se había convertido otra vez en una llovizna. Maxwell abrió el paraguas.
—Puedo acompañarte.
—No es necesario. Vivo cerca.
Aceptó la negativa sin discutir y me ofreció el paraguas por el mango.
—Entonces llévatelo.
Miré el mío, todavía guardado en el bolso, y sonreí a pesar de mí misma.
—Tengo uno.
—Empiezo a sospechar que lo llevas únicamente como decoración.
—Es posible.
Abrí por fin mi paraguas. Antes de alejarme, sostuve su mirada.
—Gracias por escucharme.
—Cuando quieras hablar.
Asentí y comencé a caminar. Después de algunos pasos miré hacia atrás. Maxwell seguía bajo la luz amarillenta del toldo, sin intentar seguirme.
No llevé aquella hora más lejos de lo que había sido. Andrew ocupaba todavía cada parte del futuro que había imaginado.
Maxwell fue únicamente el hombre con quien había conseguido respirar durante una hora.
El alivio me acompañó hasta casa.
La culpa también.
Maxwell
Esperé hasta que Caroline desapareció al final de la calle.
No la seguí. Había vuelto la cabeza una vez y podía hacerlo de nuevo. Además, no necesitaba saber adónde iba; conocía el camino desde mucho antes de que ella supiera mi nombre.
No había mentido por completo sobre la coincidencia. La vi salir de la biblioteca desde la cafetería. Lo que no le dije fue que llevaba casi una hora sentado junto a la ventana, esperando. La lluvia solo me había ofrecido una razón amable para cruzar la calle.
Caroline no confiaba en mí. Había elegido una mesa desde la que podía vigilar la puerta, conservó el bolso sobre las piernas y rechazó que la acompañara. Vi cada una de aquellas precauciones y no me molestaron. Eran sensatas. Lo importante era que, pese a ellas, había decidido quedarse.
No confundía su gratitud con amor. No era tan ingenuo. Caroline seguía perteneciendo a una vida construida alrededor de Andrew, y una hora de conversación no podía cambiarlo. Tampoco necesitaba que lo hiciera todavía.
La paciencia no consistía en avanzar deprisa. Consistía en conseguir que cada encuentro pareciera elegido por ella.
Mientras hablaba, no tuve que fingir todas mis respuestas. Su miedo no la convertía en una traidora y reír no significaba que hubiera abandonado a Andrew. Eran verdades. Quizá por eso le habían llegado con tanta facilidad.
La mentira era mi lugar al otro lado de la mesa.
Recordé su voz al decir que tenía que perderlo otra vez cada mañana. La frase produjo una incomodidad que no conseguí apartar de inmediato. Andrew seguía vivo. Respiraba bajo el mismo techo donde yo dormía algunas noches. Caroline lloraba su ausencia mientras él esperaba regresar a ella.
No duraría para siempre, me recordé. El plan necesitaba tiempo. Después todo sería distinto y Caroline habría aprendido que podía continuar incluso sin él.
La explicación había resultado más sencilla antes de escucharla llorar.
También recordé la voz de Andrew en el sótano.
Sabes lo que quieres darle para que te necesite.
Se equivocaba. Yo no había obligado a Caroline a entrar en la cafetería ni a contarme lo que sentía. Le ofrecí una mesa, una taza de té y la posibilidad de marcharse. Ella decidió quedarse.
La decisión había sido suya.
Regresé a la casa poco antes de la medianoche. Desde el exterior, el edificio continuaba pareciendo abandonado: ventanas oscuras, pintura húmeda y un jardín que nadie cuidaba. Cerré la puerta detrás de mí y permanecí unos segundos en el recibidor.
No descendí al sótano.
No quería escuchar otra vez la voz de Andrew ni permitir que sus palabras contaminaran el recuerdo de Caroline confiando en mí. Subí al segundo piso y entré en la habitación donde guardaba algunas de mis cosas.
Abrí el cajón inferior del viejo armario y saqué la caja.
Las fotografías estaban ordenadas por fecha.
Había cientos: Caroline leyendo en el parque, caminando por Salisbury, comprando flores, cenando con Adelaide y Robert, abrazando a Andrew frente a Saint Thomas.
Momentos cotidianos que nadie más habría considerado importantes y que yo me había negado a perder.
Durante meses me convencí de que observarla era una forma de comprenderla. Si conocía sus silencios, sus rutas y los lugares donde se sentía segura, podría acercarme sin convertirme en otra persona que exigiera demasiado de ella.
Tomé la fotografía más reciente. La había capturado aquella tarde, cuando Caroline salió de la biblioteca y se detuvo bajo la lluvia antes de cruzar la calle.
En la imagen sostenía el bolso contra el pecho y miraba hacia el cielo, cansada, sola, sin saber que yo la observaba desde el otro lado del cristal.
Mis dedos recorrieron el borde del papel.
—Ya no estás sola —murmuré.
Las palabras no sonaron como esperaba. Debajo de aquella habitación, Andrew continuaba encadenado. Yo acababa de pasar más de una hora diciéndole a Caroline que no tenía que sostener sola su ausencia.
Guardé la fotografía sobre las demás y cerré la caja.
Andrew había dicho que amar significaba permitirle elegir. Caroline había elegido entrar en la cafetería. Había elegido hablar. Yo solo me había asegurado de estar allí cuando necesitara un refugio.
Aquella noche no bajé al sótano.