La Tristeza en Mí Capítulo 24 La llamada. #2
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Capítulo 24 La llamada. #2

Subió sin volver a mirarme. La puerta se cerró y la llave giró en la cerradura.

Me quedé solo en la oscuridad.

Esta vez el silencio no significaba que nadie supiera que existía.

En algún lugar, una desconocida había oído mi voz.

Por esa noche, tenía que bastar.

Caroline

No conseguía concentrarme.

Había intentado leer, encendí el televisor y preparé una taza de té que terminó enfriándose sobre la mesa. Todo me conducía al teléfono.

No sabía exactamente qué esperaba. Un mensaje, una llamada o cualquier señal que prolongara la tarde un poco más.

Maxwell me había acompañado hasta la puerta. Nos despedimos con una sonrisa, un «descansa» y la promesa tácita de volver a vernos. No hubo otro beso. Agradecí que no intentara buscarlo, pero, cuando lo vi alejarse, sentí que algo quedaba inconcluso.

Me acerqué a la ventana. La lluvia comenzaba a caer otra vez sobre Salisbury y las gotas golpeaban el cristal con suavidad. Normalmente aquel sonido conseguía calmarme. Esa noche no.

Apoyé la frente contra el vidrio frío y respiré despacio. Maxwell podía estar trabajando, leyendo o simplemente descansando. Era un hombre adulto y no tenía obligación de escribirme cada hora.

Entonces, ¿por qué seguía pensando en él?

Porque me importaba.

La respuesta apareció antes de que pudiera rechazarla. No sabía cuánto ni de qué manera, pero su presencia había dejado de ser indiferente. Había comenzado a notar sus silencios de la misma forma en que esperaba sus mensajes.

Tomé el teléfono y abrí nuestra conversación. Los últimos mensajes eran absurdamente normales.

¿Llegaste bien?

Sí. Gracias por hoy.

Descansa.

Tú también.

Sonreí durante un instante. Después la pantalla se oscureció y vi mi reflejo sobre ella.

Escribí una pregunta.

¿Todo bien?

La observé varios segundos y terminé borrándola.

No quería convertir la inquietud en dependencia ni sentir que necesitaba saber dónde estaba Maxwell a cada momento.

Todavía estaba intentando comprender por qué había querido besarlo; no podía empezar a construir certezas sobre algo que apenas sabía nombrar.

Dejé el teléfono en la mesa y volví al sofá.

No alcancé a sentarme cuando vibró.

Mi corazón dio un vuelco. Lo tomé de inmediato, pero no era Maxwell.

Era Adelaide.

—¿Hola?

—Caroline... Perdona que llame a esta hora.

Su voz sonaba más cansada de lo habitual.

—No te preocupes. ¿Ocurrió algo?

Hubo unos segundos de silencio.

—No. Solo ha sido uno de esos días.

No necesité preguntarle a qué se refería.

—Los días en que siento que Andrew está más cerca —continuó.

Cerré los ojos. El anillo descansaba bajo mi blusa y lo busqué con los dedos.

—A mí también me pasa.

Adelaide respiró al otro lado de la línea.

—Esta tarde sonó el teléfono de la casa. Era una llamada equivocada, pero por un instante pensé que podía ser él. Nueve meses, Caroline, y todavía lo pienso cada vez que alguien llama a una hora extraña.

El nudo en mi garganta se cerró.

—Yo todavía miro hacia la puerta cuando escucho un automóvil detenerse afuera.

Permanecimos en silencio. No intentamos decirnos que debíamos ser fuertes. Ninguna de las dos necesitaba aquella mentira.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó después.

Miré el teléfono que sostenía contra la oreja. Podía contarle sobre la lluvia, el paseo y la historia de la lasaña. Podía decirle que había hablado de su hijo con Maxwell y que, por primera vez, el recuerdo terminó en una risa compartida en lugar de hacerlo en lágrimas.

No pude.

—Fue tranquilo —respondí.

La mentira era pequeña, casi inofensiva, pero me dejó una presión desagradable en el pecho.

Adelaide no me habría reprochado que saliera a caminar.

Quizá tampoco que riera. Lo que no sabía explicar era la mano de Maxwell entrelazada con la mía ni el alivio que había sentido al comprobar que él no quería expulsar a Andrew de la conversación.

Todavía no encontraba palabras para contármelo a mí misma.

Después Adelaide recordó la vez que Andrew llamó desde la universidad para preguntarle cómo se hervía un huevo. Le recordé que, años más tarde, seguía quemándolos. Reímos con una tristeza que ya no destruía cada recuerdo. También lloramos un poco.

Cuando terminamos de hablar, miré el reloj. Eran las once y media.

—Intenta descansar —le pedí.

—Tú también, cariño.

La llamada terminó y el silencio volvió a llenar la casa.

Dejé el teléfono sobre la mesa. Seguramente Maxwell ya estaría dormido, me dije. No tenía ninguna razón concreta para pensar que algo iba mal. Mi inquietud nacía del beso, de la caminata y de la mano que había buscado la suya antes de que pudiera detenerme.

La lluvia caía con más fuerza. Apoyé una mano sobre el cristal y cerré los ojos.

—Por favor —susurré.

No sabía si hablaba con Dios, con Andrew o con esa parte de mí que llevaba meses esperando una respuesta.

—Que esté bien.

Abrí los ojos lentamente.

No había pensado en Andrew al pronunciarlo.

Había pensado en Maxwell.

Retrocedí un paso. El descubrimiento no significaba que lo amara. Ni siquiera sabía si estaba preparada para llamar amor a lo que comenzaba a sentir. Andrew continuaba siendo el hombre al que esperaba, la ausencia alrededor de la cual se había detenido mi vida.

Pero Maxwell se había convertido en alguien cuya ausencia podía herirme.

No eran el mismo sentimiento ni ocupaban el mismo lugar. Fingir que lo hacían habría sido una forma de mentirme.

Me sequé una lágrima antes de que alcanzara la barbilla. Durante nueve meses había creído que protegerme consistía en no permitir que nadie volviera a importarme de aquella manera.

Ahora comprendía que ya era demasiado tarde.

Había vuelto a temer perder a alguien.

Y aquello significaba que, en algún lugar debajo del duelo, también estaba empezando a vivir otra vez.