La Tristeza en Mí Capítulo 13 El hombre de la biblioteca. #2
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Capítulo 13 El hombre de la biblioteca. #2

—Últimamente es el primero que utilizo.

No pregunté por qué. Agradecí que él tampoco preguntara por mi expresión.

—Soy Maxwell —dijo.

—Caroline.

—Lo sé.

La tensión regresó a mi cuerpo. Maxwell lo notó y bajó ligeramente la voz.

—Vi tu nombre en las noticias. La fotografía de Andrew y la tuya aparecieron con la solicitud de información. No quería fingir que no los había reconocido.

La explicación era lógica. Durante el último mes, nuestra historia había dejado de pertenecernos. Se encontraba en periódicos, publicaciones compartidas y carteles pegados en escaparates. Desconocidos conocían la fecha de nuestra boda y el lugar donde Andrew había sido visto por última vez.

—Gracias por no preguntar —dije.

—¿Sobre la investigación?

Asentí.

—Imagino que ya hay suficientes personas haciéndolo.

No añadió que lo sentía ni me ofreció una frase sobre mantener la esperanza. Simplemente señaló el libro que yo sostenía.

—El capítulo tres es lento. Después mejora.

—No es una recomendación demasiado convincente.

—Prefiero bajar tus expectativas. Así puedo atribuirme el mérito si termina gustándote.

Volví a sonreír. Esta vez la culpa no llegó de inmediato. Tardó algunos segundos, y ese retraso fue casi peor.

Hablamos de libros. Primero de aquel, después de los autores que ambos habíamos abandonado a mitad de una novela y de las historias que releíamos aun sabiendo cada desenlace.

La conversación fue sencilla. Maxwell no intentó acercarse, no preguntó dónde vivía ni buscó convertir el encuentro en algo distinto.

Cuando miré el reloj, habían pasado poco más de cuarenta minutos.

—Tengo que regresar.

—Claro.

Levanté el libro.

—Si es terrible, sabré dónde encontrarte.

—Aceptar las consecuencias forma parte del oficio.

Nos despedimos junto a los estantes. Maxwell no pidió mi número ni se ofreció a acompañarme. Agradecí ambas cosas.

Al salir, la calle lateral continuaba a pocas cuadras y Andrew seguía desaparecido.

Nada había cambiado. Sin embargo, durante parte de una hora había hablado de historias, finales decepcionantes y personajes inexistentes.

Había respirado sin sentir que cada pensamiento debía conducir de regreso a la última imagen de Andrew.

La culpa me acompañó hasta casa.

No porque hubiera conocido a Maxwell. Todavía era un desconocido amable con una opinión demasiado seria sobre los libros.

Me sentía culpable porque, durante cuarenta minutos, el dolor no había ocupado todo el espacio.

Maxwell

Observé a Caroline alejarse desde una de las ventanas de la biblioteca. Llevaba el libro contra el pecho y caminaba más deprisa que al entrar.

No había llegado allí por casualidad.

La vi salir de su casa y seguir el recorrido que la policía había reconstruido. Se detuvo frente a la joyería, permaneció varios minutos observando el escaparate y después caminó hasta la lavandería. Cuando rodeó el edificio y entró en la calle lateral, tuve que obligarme a conservar la distancia.

No podía encontrar nada. Richard había revisado el lugar después del secuestro y yo conocía el ángulo exacto de cada cámara.

Aun así, verla allí produjo una inquietud que no había previsto.

Caroline se encontraba a pocos metros del punto donde Andrew había dejado de ser visible, mientras él permanecía encerrado en una casa que la policía todavía no sabía buscar.

Después la vi dirigirse hacia la biblioteca.

Sabía que lo haría. Durante meses aquel edificio había sido su refugio, el lugar al que regresaba cuando necesitaba estar rodeada de personas sin tener que hablar con ninguna. Entré por otra puerta y esperé junto a la sección que visitaba con mayor frecuencia.

El libro que recomendé no fue una improvisación. Lo había leído porque Caroline lo tomó prestado dos años antes y escribió una reseña breve en una página pública. No mencioné ese detalle.

Hay verdades que, pronunciadas demasiado pronto, parecen amenazas.

La conversación había funcionado mejor de lo que esperaba. Caroline mantuvo cierta distancia y observó mis movimientos con atención. No confiaba en mí. Era lógico. Lo importante era que tampoco se había marchado.

Rio dos veces.

No necesitaba más.

Me repetí que no había hecho algo malo. No le había preguntado por Andrew ni utilizado su dolor para obligarla a permanecer. Le ofrecí un libro, una conversación y cuarenta minutos en los que nadie le pidió que volviera a explicar la peor noche de su vida.

Ella había elegido quedarse.

Esa era la parte que importaba.

La policía conocía ahora la joyería, la lavandería y la calle lateral. Habían reconstruido todo lo que podía reconstruirse sin una imagen del vehículo ni un testigo capaz de recordarlo. Richard continuaría preocupado, pero la ruta terminaba donde nosotros habíamos previsto que terminara.

Caroline no sabía mi apellido, mi dirección ni la razón por la que había estado en el mercado. Solo sabía que me llamaba Maxwell y que podía recomendarle una historia cuyo final no la lastimaría.

Era suficiente.

No necesitaba que confiara en mí aquella tarde. Mucho menos que sintiera algo que todavía no estaba preparada para sentir. Solo quería que, cuando regresara a la biblioteca, recordara que allí había conseguido respirar durante unos minutos.

Me alejé de la ventana y devolví un libro a su lugar.

No la seguiría hasta casa. No esa vez.

Podía esperar.

Después de todo, la paciencia siempre parece inofensiva cuando nadie conoce aquello que está esperando.