La Tristeza en Mí Capítulo 13 El hombre de la biblioteca.
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Capítulo 13 El hombre de la biblioteca.

Había pasado un mes.

Treinta y un días desde la última vez que vi a Andrew doblar una esquina. Era demasiado tiempo para continuar esperando que cualquier ruido anunciara su regreso y demasiado poco para comprender una vida en la que no volviera.

El tiempo seguía avanzando sin pedirme permiso.

Los calendarios cambiaban, las tiendas renovaban sus escaparates y las personas aprendían a pronunciar el nombre de Andrew con una tristeza menos urgente.

Yo continuaba despertando antes del amanecer, convencida durante unos segundos de que todo había sido una pesadilla.

Después miraba la almohada intacta.

Andrew no vivía conmigo, pero su lugar había adquirido una forma precisa desde que desapareció.

Estaba en el lado de la cama donde dormía cuando se quedaba, en la camisa que aún colgaba dentro del armario y en el cargador que había olvidado sobre la mesa de noche.

No había movido nada. Conservar aquellos objetos no conseguiría traerlo de regreso, pero guardarlos me permitía fingir que todavía los necesitaría.

Aquella mañana había vuelto a soñar con él. Andrew esperaba frente a la puerta, empapado por la lluvia y sonriendo como si solo hubiera llegado tarde. Yo intentaba alcanzarlo, pero el pasillo se alargaba cada vez que daba un paso. Desperté antes de tocarlo.

Permanecí sentada en la cama hasta que escuché voces en la planta baja. Reconocí la de Adelaide y otra más grave que desapareció poco después, seguida por el sonido de la puerta principal. Cuando llegué a la cocina, Robert ya se había marchado.

Adelaide estaba de pie junto a la encimera, con el teléfono entre las manos. El té esperaba servido, pero ninguna de las dos tazas parecía recién preparada. Al verme, levantó la mirada.

—Los detectives llamaron.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. El corazón aceleró y mis dedos se cerraron alrededor del respaldo de una silla.

—¿Lo encontraron?

Adelaide negó lentamente.

La esperanza desapareció con tanta rapidez que me dejó sin fuerzas.

—Entonces no encontraron nada.

—No exactamente. Quieren hablar contigo, pero pensé que debía explicártelo antes.

Me senté. Adelaide ocupó la silla contigua y dejó el teléfono sobre la mesa, como si todavía pudiera transmitir algo de la conversación.

—Una empleada de la lavandería reconoció a Andrew después de ver su fotografía en las noticias. La policía solicitó las grabaciones del establecimiento y de los comercios cercanos.

La lavandería.

Recordé la bolsa de ropa que Andrew había mencionado semanas antes y que yo había olvidado por completo. Un encargo cotidiano. Algo que podía haberlo llevado a una calle distinta sin que existiera una razón para contármelo.

—¿Estuvo allí esa tarde?

—Sí.

Adelaide tomó mi mano antes de continuar.

—Las cámaras permitieron reconstruir una parte del recorrido. Después de separarse de ti, entró en una joyería. El dueño confirmó que había recogido un encargo pagado con anticipación. Salió solo y caminó hasta la lavandería.

La sorpresa.

Andrew se había negado a decirme adónde iba porque llevaba algo preparado para mí. No pregunté qué había recogido. En ese momento no pude pensar en el objeto, solo en el hecho de que había entrado en aquella tienda vivo, tranquilo y convencido de que regresaría antes de la cena.

—¿Qué muestran las cámaras de la lavandería?

—Lo ven entrar y recoger una bolsa. La empleada dijo que parecía estar bien. Hablaron de la boda.

Tuve que apartar la mirada.

Adelaide apretó mis dedos.

—La última grabación lo muestra saliendo unos minutos después. Dobla por una calle lateral y desaparece del ángulo de la cámara.

—¿Y la siguiente cámara?

—No había una que cubriera esa parte.

—Tiene que haber algo. Una tienda, un automóvil, alguien que estuviera pasando.

—Están revisando todo otra vez. Grabaciones de tránsito, cámaras privadas, posibles testigos. También volvieron a solicitar imágenes de vehículos que circularon por las calles cercanas.

—Pero no tienen nada después de la lavandería.

Adelaide no respondió.

El silencio confirmó lo que ninguna quería decir: por primera vez sabíamos con certeza hasta dónde había llegado Andrew, pero la información terminaba exactamente allí. La investigación ya no se extendía sobre toda la ciudad. Se detenía en una calle lateral, fuera del alcance de una cámara.

El punto muerto tenía una dirección.

El teléfono sonó pocos minutos después. El detective a cargo repitió los datos con un tono cuidadoso y me hizo preguntas sobre la ropa que Andrew había llevado a limpiar, la joyería y cualquier persona que pudiera conocer sus planes. Respondí lo mismo una y otra vez.

No sabía.

Andrew no me había contado nada.

El detective explicó que la revisión correspondiente al primer mes mantendría abiertas las diligencias, que volverían a evaluar el riesgo y que continuarían siguiendo cualquier información aportada por el público.

No prometió que encontrarían una nueva imagen.

Tampoco fingió que aquella ruta incompleta fuera una solución.

—Ahora sabemos que el señor Hawk llegó hasta esa calle —dijo—. Necesitamos descubrir qué ocurrió después.

Cuando terminó la llamada, permanecí mirando el teléfono.

—Debí preguntarle —murmuré.

—¿A quién?

—A Andrew. Debí insistir en saber adónde iba.

—No tenías ninguna razón para hacerlo.

—Si lo hubiera acompañado, él no habría estado solo.

—Entonces quizá también estarías desaparecida.

Levanté la vista. El miedo en el rostro de Adelaide hizo que la respuesta muriera antes de salir. No había pensado en esa posibilidad. Ella sí. Tal vez durante cada una de las noches del último mes.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—Tú tampoco deberías estar pasando por esto.

Adelaide me sostuvo la mirada. Su dolor no necesitaba explicaciones. Andrew era mi futuro, pero había sido su hijo desde antes de que yo aprendiera a pronunciar su nombre con amor.

—Ninguna de las dos debería —dijo—. Y, aun así, aquí estamos.

Durante el resto de la mañana intenté permanecer en casa. Abrí un libro sin avanzar una página, preparé café y lo dejé enfriarse, revisé el teléfono hasta que la pantalla comenzó a parecer una extensión de mi mano. La dirección de la lavandería seguía dentro de mi cabeza.

Poco antes del mediodía me puse el abrigo.

—¿Adónde vas? —preguntó Adelaide.

—Necesito ver el lugar.

Quiso acompañarme. Se lo agradecí, pero le pedí que me dejara ir sola. No buscaba una respuesta que pudiera encontrar entre dos edificios; necesitaba que la calle dejara de existir únicamente en mi imaginación.

La joyería estaba a pocas calles del centro.

Me detuve al otro lado de la acera y observé el escaparate.

Había cadenas de plata, anillos y pequeños colgantes dispuestos sobre terciopelo oscuro.

Intenté imaginar a Andrew entrando allí con la misma expresión que utilizaba cuando ocultaba una sorpresa.

El detective había dicho que recogió un encargo. Nada más.

No crucé la calle.

Continué hasta la lavandería. La campanilla de la puerta sonó cuando una mujer salió con varias prendas protegidas por plástico.

Por un instante pensé en entrar y preguntarle a cada persona si recordaba algo que no hubiera contado.

Me detuve antes de hacerlo. La policía ya había hablado con ellos.

Mi dolor no convertiría un recuerdo incompleto en una respuesta.

Rodeé el edificio hasta encontrar la calle lateral.

Era estrecha, con muros de ladrillo a ambos lados y varios contenedores junto a una salida de servicio. Desde la esquina podía verse la cámara de la lavandería orientada hacia la puerta principal. Su ángulo terminaba antes de alcanzar el fondo de la calle.

Andrew había entrado allí cargando una bolsa. Después dejó de existir para todas las cámaras de Salisbury.

Di algunos pasos, intentando calcular cuánto habría tardado en recorrerla. Menos de un minuto. Quizá treinta segundos. Una distancia insignificante había separado la última imagen de Andrew de una noche de llamadas, tres días de búsqueda desesperada y un mes sin respuestas.

El aire comenzó a faltarme.

Retrocedí hasta la calle principal. Necesitaba sentarme, respirar y estar en un lugar donde nadie supiera qué acababa de imaginar. La biblioteca apareció al final de la cuadra como una posibilidad conocida.

Andrew solía decir que algún día construirían una estatua mía frente a la entrada por todas las horas que pasaba allí. El recuerdo dolió, pero no lo suficiente para hacerme continuar caminando.

Entré.

El aroma a papel, madera y polvo me recibió antes que el silencio. Durante años, la biblioteca había sido el lugar al que acudía cuando necesitaba ordenar mis pensamientos. Aquella vez no quería ordenarlos. Solo necesitaba que dejaran de perseguirme durante unos minutos.

Recorrí los estantes sin buscar un título específico. Tomé una novela, leí la contraportada y traté de concentrarme en las palabras.

—Yo no elegiría esa.

La voz me sobresaltó. Giré con el libro todavía entre las manos y reconocí al hombre del mercado.

Él retrocedió de inmediato.

—Lo siento. No quería asustarte.

—Nos encontramos con demasiada frecuencia para alguien que no quiere asustarme.

La frase salió con más suspicacia de la que pretendía. El desconocido no pareció ofendido.

—Es una observación justa.

Miré el libro.

—¿Por qué no debería elegirlo?

—Porque las primeras doscientas páginas prometen una historia distinta y las últimas cincuenta castigan al lector por haber confiado.

—Eso suena personal.

—Lo leí dos veces. La segunda fue culpa mía.

Una risa pequeña escapó antes de que pudiera detenerla. Fue breve, pero real. El sonido me produjo una culpa inmediata, como si acabara de hacer algo a espaldas de Andrew.

El hombre tomó otro libro del estante y me lo ofreció sin acercarse demasiado.

—Este es mejor.

—¿Alguien desaparece?

La pregunta silenció la ligereza del momento. Estuve a punto de disculparme, pero él revisó la portada como si necesitara comprobarlo.

—Nadie desaparece —respondió—. Y el final no intenta destruirte.

Acepté el libro.

—Parece un criterio razonable.