La Tristeza en Mí Capítulo 12 La tristeza en él.
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Capítulo 12 La tristeza en él.

No recuerdo el momento exacto en que observar a Caroline dejó de ser una costumbre y se convirtió en una necesidad.

A veces pienso que ocurrió en Londres, la primera vez que la vi caminar junto a Andrew sin prestar atención a nada más.

Otras, que comenzó mucho antes, con un gesto tan pequeño que mi memoria no fue capaz de conservarlo.

Las obsesiones rara vez anuncian su llegada.

Se instalan en los hábitos, se disfrazan de curiosidad y crecen mientras uno continúa llamándolas de otro modo.

Yo las llamé interés.

Después, preocupación.

Durante mucho tiempo me bastó con decirme que necesitaba comprenderla.

Me llamo Maxwell, y durante meses observé a Caroline Saint.

Sabía cuál era su cafetería favorita y qué mesa elegía cuando quería leer sin interrupciones.

Sabía que caminaba cuando estaba preocupada, que se mordía el interior de la mejilla mientras intentaba tomar una decisión y que dejaba siempre un pequeño sorbo de café en el fondo de la taza.

Sabía que prefería los días lluviosos, que los lirios blancos conseguían detenerla frente a cualquier escaparate y que odiaba sentir que todas las miradas de una habitación se dirigían hacia ella.

Eran detalles insignificantes. Cosas que las personas revelan sin darse cuenta cuando creen que nadie las observa.

Yo sí lo hacía.

Al principio mantuve la distancia. No quería asustarla ni alterar la naturalidad que me había atraído hacia ella.

Caroline era diferente cuando creía estar sola: más lenta, más reflexiva, menos dispuesta a esconder el cansancio detrás de una sonrisa.

Me convencí de que aquella versión era la verdadera y de que conocerla no podía ser algo malo si nunca interfería en su vida.

La primera mentira fue esa: que no estaba interfiriendo.

Después estaba Andrew.

Siempre Andrew.

No necesitaba seguirlo para saber el espacio que ocupaba.

Bastaba con mirar a Caroline cuando él entraba en una habitación.

Su cuerpo parecía reconocerlo antes que sus ojos; los hombros se relajaban y la expresión se le volvía más abierta, como si Andrew poseyera una llave que nadie más había recibido.

Durante meses intenté aceptar aquello. Me repetí que podía observarla sin desear otra cosa, que la necesidad de verla disminuiría y que, con suficiente tiempo, su vida dejaría de importarme tanto.

Pero cada día encontraba un detalle nuevo.

Cada conversación escuchada desde lejos, cada risa y cada gesto de confianza hacían más difícil volver a la vida que había tenido antes de conocerla.

Andrew no era cruel con ella. A veces habría sido más sencillo si lo fuera.

No necesitaba rescatarla de golpes, humillaciones o traiciones visibles.

Él la amaba de esa manera fácil que tienen quienes nunca han tenido que preguntarse si merecen un lugar en el mundo.

La hacía reír. Conocía sus silencios. Había crecido a su lado.

Y Caroline lo había elegido.

Aquella era la parte que no conseguía soportar.

La vieja casa permanecía en silencio. El viento atravesaba alguna grieta del piso superior y hacía vibrar los cristales cubiertos de polvo.

Desde allí no se escuchaba el tránsito ni las voces de los vecinos; solo el crujido de la madera y, de vez en cuando, un golpe amortiguado que llegaba desde el sótano.

Andrew seguía vivo.

Me encontraba junto a la ventana cuando la puerta principal se abrió. Los pasos de Richard atravesaron el pasillo con demasiada fuerza y subieron la escalera sin detenerse. No necesitaba verlo para saber que algo había ocurrido.

Entró sin llamar. Tenía el cabello húmedo por la lluvia, los ojos enrojecidos y la mandíbula tan tensa que parecía dolerle.

—Dime que sabes lo que estás haciendo.

No me aparté de la ventana.

—Buenas noches, Richard.

—No estoy para tus juegos.

Cerró la puerta detrás de él y dejó el teléfono sobre una mesa. En la pantalla aparecía una fotografía de Andrew acompañada por un titular. La misma imagen circulaba desde aquella tarde en medios locales y redes sociales.

—La policía amplió la búsqueda —dijo—. Están solicitando grabaciones de todo el centro, hablando otra vez con comerciantes y preguntando por cualquier lugar al que pudiera haber entrado después de separarse de Caroline.

Miré la pantalla sin acercarme.

—Eso era previsible.

—¿Previsible?

Richard soltó una risa breve, sin humor.

—Desaparece dos días antes de su boda, no usa sus cuentas y su teléfono deja de emitir esa misma noche. La fotografía está en todas partes. Si alguien lo recuerda, va a llamar.

—Recordar que entró en una tienda no les dirá dónde está ahora.

—Les dará una ruta. Y una ruta puede llevarlos hasta la calle correcta.

Su miedo no era irracional. Eso lo volvía más molesto.

—No vieron el vehículo —dije.

—No puedes saberlo.

—Si lo hubieran visto, ya estarían buscando una matrícula.

—Quizá lo están haciendo.

Richard comenzó a caminar por la habitación. Siempre necesitaba moverse cuando perdía el control, como si el cuerpo pudiera encontrar una salida que su mente no veía.

—Esto debía durar una semana —murmuró.

—El plan cambió.

Se detuvo.

—No. Tú lo cambiaste. Primero dijiste siete días. Ahora hablas de mantenerlo aquí seis meses, como si alimentar a un hombre encadenado y ocultarlo de toda la ciudad fuera algo que pudiéramos convertir en rutina.

—Necesito tiempo.

—¿Para qué?

No respondí.

Richard me observó y algo en su expresión se endureció.

—Para ella.

La manera en que pronunció esas dos palabras me irritó.

—No sabes de qué estás hablando.

—Te vi hoy.

Permanecí inmóvil.

—¿Dónde?

—En el mercado.

El rostro de Caroline regresó con una claridad inmediata. El cabello húmedo junto a las mejillas. El cansancio bajo los ojos. La forma en que había intentado sonreír cuando le devolví la cartera, aunque el gesto se deshizo antes de alcanzarlos.

—No debiste seguirme —dije.

—No habría tenido que hacerlo si confiaras en alguien más que en ti mismo.

Richard se acercó.

—La viste una vez. Eso ya era demasiado. Pero no te bastó con observarla. Le sacaste la cartera del bolso y después corriste detrás de ella fingiendo que la habías encontrado.

—Necesitaba una razón para hablarle.

—Precisamente.

Su voz estalló dentro de la habitación.

—¡La policía está buscando a Andrew y tú decides colocarte frente a su prometida para que recuerde tu cara!

—No me relaciona con él.

—Todavía.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

Richard respiró hondo, pero no consiguió calmarse.

—¿Qué esperabas conseguir?

Pensé en la manera en que Caroline había aferrado el bolso después de guardar la cartera. Había miedo en su mirada, pero no reconocimiento. También había dolor. Uno que parecía haber vaciado todo lo demás.

—Quería saber cómo estaba.

—Sabías perfectamente cómo estaba. Llevas meses siguiéndola.

—No es lo mismo verla de lejos.

Richard me miró como si esa respuesta confirmara algo que llevaba demasiado tiempo temiendo.

—No, Maxwell. Ese es el problema. Para ti nunca es suficiente.

Aparté la vista.

—Vete.

—Esto dejó de ser un trabajo en cuanto decidiste que podías entrar en su vida.

—He dicho que te vayas.

—Crees que lo hiciste por amor.

La rabia apareció antes de que pudiera contenerla.

—No vuelvas a hablar de lo que siento por ella.

Richard no retrocedió.

—Entonces llámalo por su nombre.

—No la conoces.

—Tú tampoco. Conoces sus horarios, sus compras y la forma en que toma café. Eso no significa que ella te haya permitido conocerla.

Sus palabras produjeron una presión desagradable bajo mis costillas. No porque fueran ciertas, sino porque durante un instante sonaron como si pudieran serlo.

—Sal de la habitación.

Richard sostuvo mi mirada unos segundos. El miedo seguía allí, pero ahora estaba mezclado con algo más cercano al desprecio.

—Termina esto antes de que nos destruya a todos.

—No va a destruirnos.

—Ya lo está haciendo.

Se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, volvió la cabeza.

—Y cuando la policía reconstruya el recorrido de Andrew, espero que recuerdes que fuiste tú quien decidió acercarse a la única persona fuera de esta casa que podía reconocer tu voz.

La puerta se cerró detrás de él.

El silencio regresó lentamente. Escuché sus pasos bajar la escalera, atravesar el pasillo y desaparecer tras un golpe de la puerta principal. Después solo quedó el viento.

Y Caroline.

Siempre Caroline.

Volví a la ventana. Más allá del cristal se extendían los árboles desnudos y la hierba alta que rodeaba la casa. No había luces cercanas. Nadie tenía una razón para llegar hasta allí. Habíamos elegido el lugar precisamente por eso.

Richard veía peligro en todas partes porque nunca había aprendido a convivir con la incertidumbre. Yo prefería reducirla a hechos.

La policía tenía una fotografía, una hora aproximada y una dirección.

Andrew había desaparecido a plena luz de la tarde, pero el centro de Salisbury estaba lleno de calles laterales, cámaras mal ubicadas y personas demasiado ocupadas para recordar el rostro de un desconocido.

Podían reconstruir parte de su recorrido.

No podían saber qué había ocurrido después.

Tampoco podían relacionarme con Caroline.

Ella no conocía mi nombre.

Todavía.

Cerré los ojos y volví a verla en el mercado. Parecía más pequeña bajo el paraguas, no por su cuerpo, sino por la forma en que el dolor la obligaba a protegerse del mundo. Durante meses había imaginado cómo sería estar frente a ella. En ninguna de esas ocasiones la había visto tan rota.

Una parte de mí quiso acercarse otra vez. Decirle que no estaba sola. Que comprendía lo que significaba esperar algo que parecía alejarse cada día. Habría sido fácil ofrecerle consuelo.

Demasiado pronto, pensé.

Caroline todavía habría rechazado cualquier mano que no fuera la de Andrew. Su ausencia no había abierto un espacio; solo había dejado una herida. Si intentaba ocuparla de inmediato, ella me reconocería como una intrusión.

Debía esperar.

Aquella palabra siempre se me había dado bien.

Abajo, una cadena golpeó el suelo. El sonido atravesó la casa y se extinguió unos segundos después. Imaginé a Andrew en la oscuridad, contando las horas, convencido de que la policía terminaría encontrándolo. Probablemente pensaba en Caroline de la misma manera en que ella pensaba en él.

Ese vínculo era el verdadero problema.

Una semana podía asustarlo. Podía herirlo, debilitarlo y enseñarle que no controlaba su propia vida. Pero una semana no modificaría lo que Caroline sentía. Andrew volvería, ella correría hacia él y el miedo terminaría uniéndolos con más fuerza.

No podía permitir que aquello ocurriera.

Durante meses me había repetido que no deseaba hacerle daño a nadie. Todavía lo creía. Andrew tenía agua, comida y la posibilidad de seguir respirando. No necesitaba morir. Solo necesitaba permanecer lejos el tiempo suficiente para que Caroline aprendiera a vivir sin él.

Seis meses.

Richard había pronunciado la cifra como si fuera una condena. Para mí era una medida. El tiempo necesario para que las llamadas disminuyeran, para que la búsqueda dejara de ocupar cada hora y para que el recuerdo de Andrew comenzara a convivir con otras cosas.

Con otras personas.

No obligaría a Caroline a acercarse. No tendría que hacerlo. Podía aparecer en los lugares que ella ya amaba, escuchar cuando nadie más supiera qué decir y ofrecerle una calma que no exigiera nada a cambio. Si algún día me miraba de otra manera, sería porque ella lo había decidido.

Aquella era la diferencia que Richard se negaba a comprender.

Yo no quería arrebatarle su elección.

Solo necesitaba crear un mundo en el que Andrew dejara de ser la única posibilidad.

Apoyé una mano sobre el cristal frío. En el reflejo vi mi rostro sereno, casi irreconocible dentro de la habitación oscura.

Desde el sótano llegó otro ruido. Más débil que el anterior.

Andrew seguía esperando que alguien abriera la puerta.

Yo también esperaba.

La diferencia era que, por primera vez, sabía exactamente cuánto tiempo estaba dispuesto a hacerlo.