Capítulo 11 Tres días de ausencia. #2
Andrew había bromeado con la cantidad que yo compraba. Las últimas seguían en mi cocina, demasiado cargadas de significado para que pudiera tocarlas.
Extendí la mano hacia una bandeja. Otra mano llegó al mismo tiempo y nuestros dedos se rozaron.
Me aparté con rapidez.
—Lo siento —dijo el desconocido—. No te vi.
Era alto, de cabello negro y ojos oscuros. Vestía un abrigo sencillo, sin nada que debiera haber llamado mi atención. Su voz era profunda y serena. También su postura. Todo en él parecía medido para no resultar amenazante.
Sin embargo, me miró como si me hubiera reconocido.
—No pasa nada —respondí.
Retiró la mano y me dejó la bandeja. El gesto fue educado. Normal. Aun así, el escalofrío que había sentido en la calle regresó con más fuerza.
Tomé otra caja sin comprobar su contenido y me alejé. No miré atrás. Me dije que estaba agotada, que aquel hombre no había hecho nada y que no podía comenzar a desconfiar de cada persona que coincidiera conmigo en un lugar público.
La explicación funcionó hasta que escuché su voz a mi espalda.
—Disculpa.
Me detuve. Al girarme, lo encontré a pocos pasos. Sostenía mi cartera en una mano.
—Creo que se te cayó.
Busqué dentro del bolso. El bolsillo lateral estaba abierto y vacío. No recordaba haber tocado el cierre desde que salí de casa.
—Dios mío.
Tomé la cartera y comprobé de manera instintiva que el teléfono seguía en mi abrigo. El desconocido esperó sin impacientarse.
—Gracias. Ni siquiera me había dado cuenta.
—No hay problema.
Intenté sonreír por cortesía, pero sentí que el gesto se deshacía antes de alcanzar mis ojos.
Nuestros dedos se rozaron por segunda vez.
Él sostuvo mi mirada un instante más de lo necesario.
No había insolencia en sus ojos ni la curiosidad abierta con que otras personas me habían observado desde que Andrew desapareció.
Había algo más difícil de reconocer. Familiaridad, quizá.
O la seguridad de quien sabía algo que yo ignoraba.
Guardé la cartera y cerré el bolso.
—Espero que encuentres lo que buscas —dijo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Una sonrisa breve apareció en sus labios. No fue arrogante ni amable. Pareció triste.
—Espero que lo encuentres.
Retrocedió antes de que pudiera preguntarle a qué se refería y se perdió entre los paraguas.
Permanecí inmóvil, con una mano aferrada al bolso. Tal vez me había visto caminar distraída. Tal vez había escuchado a alguien hablar de la desaparición o reconocido mi rostro en alguna publicación. Había explicaciones posibles para sus palabras.
Ninguna explicaba por qué la cartera había terminado en su mano.
Abrí el bolso otra vez. El dinero y las tarjetas seguían allí. Nada parecía faltar. Intenté recordar si había cerrado el bolsillo al salir de casa, pero los últimos tres días se mezclaban en mi memoria y hasta los gestos más simples habían perdido claridad.
Regresé sin comprar nada.
Cuando entré, ya comenzaba a oscurecer. Adelaide apareció en el pasillo antes de que pudiera quitarme el abrigo.
—¿Estás bien?
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido.
—¿Llamaron?
—Todavía no. ¿Te ayudó salir?
Miré la cocina, la carpeta de la boda en un extremo de la mesa y la taza que ella había vuelto a llenar sin beberla.
—Un poco —mentí.
Adelaide asintió como si me creyera. Las dos habíamos aprendido a aceptar algunas mentiras cuando decir la verdad exigía una fuerza que ya no teníamos.
Esa noche permanecí despierta mucho después de que la casa quedara en silencio.
La lluvia continuaba golpeando las ventanas y la almohada de Andrew conservaba la misma superficie lisa.
Pensé en él, en la esquina donde nos habíamos separado y en la ruta que la policía intentaba reconstruir. Después recordé Londres.
La sensación en el parque.
La mirada sobre mí aquella tarde.
La certeza de haberla vuelto a sentir camino al mercado.
Y, por último, los ojos del desconocido.
Podía recordar su rostro. Lo que no conseguía era comprenderlo. Había sido cuidadoso al acercarse, cuidadoso al hablar, incluso cuidadoso al sonreír. Como si hubiera pensado de antemano cuánto debía mostrarme.
Saqué la cartera del bolso y la dejé sobre la cama. Recordé el bolsillo abierto. Recordé la forma en que él la sostenía, sin agitarla para llamar mi atención, como si hubiera sabido que yo terminaría girándome.
Quizá solo estaba asustada. Quizá el dolor necesitaba encontrar una figura concreta a la que culpar porque la ausencia de Andrew no tenía rostro. Me repetí ambas cosas hasta que dejaron de sonar convincentes.
Por primera vez, la pregunta cambió.
No pensé solo: ¿dónde estás?
Pensé: ¿quién te apartó de mí?
La idea siguiente llegó despacio y fue mucho peor. ¿Y si Andrew no era el destino de lo que había ocurrido, sino el camino? ¿Y si alguien lo había tomado no por quien era, sino por lo que significaba para mí?
No tenía pruebas. Solo dos recuerdos de una mirada, una cartera que no recordaba haber perdido y el miedo acumulado durante tres días. Pero, una vez que la posibilidad apareció, la ausencia de Andrew adquirió una forma distinta.
Y comprendí que tal vez no debía preguntarme únicamente dónde estaba él.
Tal vez también debía preguntarme quién llevaba todo ese tiempo observándome.