Capítulo 11 Tres días de ausencia.
Tres días.
Dicho así, parecía una cifra pequeña. Setenta y dos horas podían caber en una frase, anotarse en un informe, dividirse en mañanas y noches. Para mí habían dejado de ser tiempo. Eran llamadas que no llegaban, puertas que no se abrían y respuestas que nadie sabía darme.
Desde la noche en que Andrew desapareció, las horas ya no avanzaban: se acumulaban.
Dormía a intervalos breves y despertaba sobresaltada ante cualquier ruido, convencida durante unos segundos de que había escuchado sus pasos en el pasillo o la llave girando en la cerradura.
Después la casa recuperaba su silencio y yo comprendía, otra vez, que seguía sin saber dónde estaba.
El día en que debíamos casarnos había llegado y se había marchado sin nosotros.
Adelaide y Robert se encargaron de las llamadas que yo no fui capaz de responder.
Alguien avisó en Saint Thomas. Alguien habló con los invitados y con la recepción.
Los lirios de Mia no llegaron al altar. Yo apenas recordaba haber asentido cuando me preguntaron qué hacer con el vestido.
Todo aquello ocurrió a mi alrededor como si perteneciera a otra mujer, una que había estado a punto de casarse y había desaparecido al mismo tiempo que Andrew.
Abrí los ojos antes del amanecer. La habitación estaba oscura y la lluvia rozaba los cristales con una constancia tenue. Giré la cabeza hacia el otro lado de la cama.
La almohada que Andrew utilizaba cuando dormía en mi casa seguía intacta.
Él no vivía conmigo, pero había dejado allí pequeñas señales de su presencia: una camisa en el armario, un libro sobre la mesa de noche, el cargador que siempre olvidaba llevarse.
Hasta entonces, aquellos objetos me habían parecido la promesa de una vida que estaba a punto de comenzar.
Esa mañana solo demostraban que no había regresado.
Pasé los dedos por la funda sin arrugarla. Imaginé el peso de su cabeza, la manera en que buscaba mi mano todavía medio dormido y la voz grave con la que se quejaba cuando yo abría las cortinas demasiado temprano. La memoria fue tan precisa que durante un instante esperé sentirlo a mi lado.
No ocurrió.
Me incorporé y las lágrimas llegaron antes de que pudiera contenerlas.
Ya no sabía por qué lloraba cada vez. A veces era el miedo.
Otras, el agotamiento. Bastaba una taza, una fotografía o una chaqueta olvidada para que todo lo que intentaba mantener bajo control se derrumbara.
Aquella mañana fue una almohada sin marcas y una pregunta que no había dejado de repetirse desde la primera noche.
¿Dónde estás, Andrew?
Cuando bajé a la cocina, Adelaide ya estaba sentada frente a una taza de té. No parecía haber bebido. La bolsita continuaba dentro del agua oscura y fría, y sus manos rodeaban la porcelana como si necesitara sujetar algo.
Al verme, intentó sonreír.
—Buenos días, cariño.
—Buenos días.
Mi voz sonó ajena. Adelaide se levantó de inmediato.
—¿Dormiste algo?
Negué con la cabeza. Ella bajó la mirada durante un segundo, quizá para esconder que tampoco lo había hecho. Tenía los ojos inflamados y el cabello recogido sin el cuidado habitual. Desde que se había quedado conmigo, la había visto mirar la puerta tantas veces como yo.
Sentí una punzada de culpa. Mi dolor ocupaba demasiado espacio y, aun así, no era solo mío. Yo esperaba al hombre con quien iba a construir una vida; Adelaide esperaba al hijo al que había visto construirla desde el principio.
—Siéntate —dijo.
Colocó frente a mí una taza de café, dos tostadas y un plato con fruta. Reconocí algunas de las fresas que Andrew y yo habíamos comprado en el mercado. Adelaide debió de encontrar la bolsa todavía sobre la encimera y salvar lo que no se había echado a perder.
Aparté la vista.
—No tengo hambre.
—Lo sé.
—No puedo comer eso.
Su mirada siguió la mía hasta las fresas. No preguntó por qué.
—Entonces come una tostada.
—Adelaide…
—Un trozo, Caroline. No te estoy pidiendo más.
Su voz fue firme, pero le temblaron los dedos al empujar el plato hacia mí. Tomé una tostada y conseguí dar un mordisco que creció dentro de mi boca hasta volverse imposible de tragar.
—¿Y si está herido? —pregunté.
Adelaide tomó mi mano.
—No lo sabemos.
—¿Y si está esperando que alguien lo encuentre? ¿Y si necesita ayuda y nosotros estamos aquí…?
—La policía lo está buscando. Robert también. Sus amigos también.
—No es suficiente.
La frase salió con una dureza que ella no merecía. Intenté disculparme, pero la voz se me quebró.
—No sé qué hacer.
Adelaide se levantó y me rodeó con los brazos. Apoyé la frente contra su hombro y lloré sin intentar contenerme. Ella también lloraba; lo supe por la respiración irregular junto a mi oído y por la fuerza con que me sostuvo.
—Van a encontrarlo —susurró.
No sabía si aún lo creía o si necesitaba decirlo para no desmoronarse conmigo. Asentí de todos modos. La esperanza ya no se parecía a una certeza. Era algo mucho más frágil: la única posibilidad que podíamos soportar.
Los detectives regresaron a media mañana.
Traían la misma carpeta, nuevas hojas y un cansancio distinto en el rostro.
Esta vez no se limitaron a repetir preguntas.
Extendieron sobre la mesa un plano del centro de Salisbury y me pidieron que señalara, otra vez, el lugar exacto donde Andrew y yo nos habíamos separado.
Apoyé el dedo sobre la esquina.
—Fue aquí. Cerca de las cinco.
—¿Hacia qué dirección caminó?
Marqué la calle. Había respondido aquello antes, pero el detective anotó la información como si cada repetición pudiera descubrir una diferencia capaz de llevarlos hasta él.
Me explicaron que seguían revisando cámaras del centro y de las vías cercanas, que habían vuelto a consultar hospitales y que aguardaban información sobre la actividad de su teléfono.
No se habían registrado movimientos posteriores en sus cuentas.
La evaluación de riesgo continuaba abierta y, al cumplirse tres días, el caso pasaría también a la Unidad de Personas Desaparecidas del Reino Unido.
Cada procedimiento sonaba importante hasta que terminaba de ser explicado. Después solo quedaba la misma respuesta.
Nada.
Uno de ellos preguntó si Andrew había mencionado algún comercio, un encargo o una persona relacionada con la sorpresa que había ido a buscar. Pensé en su sonrisa al negarse a decírmelo, en el beso de despedida y en la caja que yo todavía sostenía cuando él dobló la esquina.
—No. Si hubiera insistido…
—No tenía motivos para hacerlo —me interrumpió el detective—. Que él no le dijera adónde iba no convierte esto en responsabilidad suya.
Miré el plano. La línea que había trazado con el dedo terminaba unas calles más adelante, como si Andrew hubiera dejado de existir en el borde del papel.
—¿Van a pedir ayuda al público?
—Estamos preparando una nueva difusión de su fotografía y revisando qué información podemos hacer pública sin perjudicar la investigación. Si recuerda cualquier detalle, aunque le parezca insignificante, llámenos.
Me entregó otra tarjeta. Ya tenía el número guardado, escrito en la tarjeta de Mia y memorizado después de tantas llamadas, pero la acepté.
Antes de irse, el detective observó la taza intacta frente a mí.
—Intente no quedarse sola.
No me pidió que despejara la mente ni fingió que una caminata podía hacerme olvidar. Se limitó a mirar a Adelaide, y ella entendió.
Una hora después me puso el abrigo en las manos.
—No quiero salir —dije.
—Lo sé.
—¿Y si llaman?
—Llevas el teléfono. Yo me quedaré aquí y Robert está con los agentes. Solo ve hasta la plaza y vuelve. Media hora.
—Adelaide…
—Necesito saber que puedes respirar fuera de esta cocina, aunque sea durante media hora.
No tenía fuerzas para discutir. Salí con el paraguas, el teléfono en el bolsillo del abrigo y la sensación de estar abandonando mi puesto frente a la puerta.
Salisbury seguía funcionando. Ese fue el primer agravio. La lluvia había vaciado parte de las calles, pero los automóviles avanzaban, las tiendas abrían y algunas personas caminaban deprisa para evitar los charcos. Nadie parecía comprender que el mundo debía haberse detenido tres días antes.
Pasé frente a la cafetería donde Andrew y yo habíamos hablado de mi café demasiado dulce. La mesa junto al cristal estaba ocupada por otra pareja. Seguí caminando antes de imaginar lo que estaban diciéndose.
La librería fue peor. Vi en el escaparate una novela que Andrew habría tomado solo para leer la contraportada con una voz dramática y conseguí dar dos pasos antes de tener que detenerme.
Cuando llegué a la floristería de Mia, no miré hacia dentro. Aun así, el blanco de los lirios apareció en mi memoria.
«Son tranquilos. No necesitan llamar la atención para ser hermosos».
Había creído que volvería a escuchar esas palabras frente al altar. En cambio, el día de nuestra boda había pasado y los lirios nunca llegaron a Saint Thomas.
Reanudé la marcha con la vista fija en el pavimento. Fue entonces cuando sentí que alguien me observaba.
No era una mirada concreta. Era una presión entre los hombros, la certeza incómoda de que mis movimientos pertenecían también a otra persona.
La había sentido en Londres, durante aquella tarde en el parque, y entonces me había convencido de que se trataba de cansancio.
Ahora me detuve bajo el paraguas y giré.
Vi rostros parcialmente ocultos, abrigos oscuros y personas inclinadas contra la lluvia. Un hombre cerraba la puerta de un automóvil. Una mujer acomodaba a un niño bajo un toldo. Nadie sostenía mi mirada.
Continué caminando, aunque el corazón había acelerado. Me repetí que llevaba tres noches sin dormir, que cualquier ruido me hacía esperar a Andrew y que el miedo podía convertir una coincidencia en una amenaza. La explicación era razonable.
Mi cuerpo no pareció creerla.
Terminé en el mercado sin haber decidido ir allí. Los puestos resistían bajo cubiertas húmedas y la gente elegía frutas y verduras como si hacerlo fuera suficiente para mantener la vida en orden. Me acerqué a uno de ellos y vi las bandejas de fresas.