Capítulo 10 El sótano.
La frase del desconocido permaneció conmigo después de que la puerta se cerrara.
No necesitamos nada de ti.
La repetí en silencio, buscando un significado que no me obligara a imaginar algo peor que un secuestro por dinero.
No lo encontré. Si no querían un rescate, mi familia no podía negociar.
Si no necesitaban información ni esperaban obtener algo de mí, entonces mi presencia en aquel sótano respondía a una razón que todavía no conseguía ver.
Tiré de las cadenas hasta que el metal me abrió la piel de las muñecas. El dolor me devolvió un poco de claridad. Tenía que dejar de gastar fuerzas sin pensar. Debía entender dónde estaba, recordar todo lo que había ocurrido y encontrar cualquier detalle que pudiera ayudarme a salir.
Obligué a mi respiración a disminuir. Cuando el temblor de las manos cedió, revisé cuanto aún llevaba conmigo.
El teléfono, la billetera y las llaves habían desaparecido.
También faltaba la caja negra del bolsillo interior de la chaqueta.
Alguien me había registrado mientras estaba inconsciente y se había llevado el regalo de Caroline.
El pequeño medallón circular que me regaló mi madre cuando cumplí dieciocho años seguía alrededor de mi cuello.
Sentir su peso contra el pecho debería haberme tranquilizado.
En cambio, hizo más evidente la ausencia de la luna creciente.
Los hombres no podían saber para quién era, pensé.
Solo habrían visto una joya dentro de una caja.
Un objeto que podían vender o guardar sin comprender las palabras grabadas en el reverso.
Quise creerlo.
Pensar que alguno de ellos podía leer aquella inscripción y relacionarla con Caroline produjo una clase distinta de miedo.
La última vez que la había visto estaba sonriendo en medio de la calle, con la caja de lirios entre los brazos.
Probablemente ya había preparado la cena.
Tal vez había lavado las frutas para el desayuno y dejado las listas de la boda sobre la mesa.
Miraría la hora, intentaría llamarme y buscaría una explicación antes de permitirse sentir miedo.
Deseé que todavía estuviera molesta.
Conocía su manera de preocuparse. Primero ordenaría los hechos, repasaría mis palabras e intentaría convencerse de que existía una respuesta sencilla.
Después comenzaría a culparse por no haber insistido en acompañarme.
Caroline podía convertir cualquier acontecimiento en una responsabilidad propia si pasaba suficiente tiempo analizándolo.
Yo debería estar allí para detenerla antes de que llegara a esa conclusión.
Pero estaba encadenado en un sótano cuya ubicación desconocía.
Faltaban dos días para la boda.
Dos días.
La certeza terminó de quebrar la calma que intentaba construir. Volví a tirar de las cadenas, esta vez con una desesperación que borró cualquier estrategia. El metal respondió con un golpe seco. Nada cedió.
—¡Ayuda! —grité—. ¡¿Hay alguien ahí?!
Mi voz se extendió por la habitación y regresó convertida en eco.
—¡Déjenme salir!
Nadie respondió.
No supe cuánto tiempo pasó. Sin ventanas, relojes ni cambios de luz, los minutos no tenían una forma reconocible.
Mi garganta comenzó a secarse y el dolor de la cabeza se volvió más constante.
Cada vez que cerraba los ojos aparecía Caroline hablando de flores, discutiendo sobre libros o intentando convencerme de que el desayuno de la mañana siguiente no era exagerado.
Me aferré a esas imágenes porque eran lo único dentro de aquella habitación que todavía me pertenecía.
Cuando la puerta volvió a abrirse, levanté la cabeza tan rápido que el sótano pareció inclinarse.
Una luz tenue entró desde el pasillo y reveló al hombre que había permanecido junto a la puerta durante la primera visita.
De cerca parecía más joven de lo que había supuesto.
Tenía los hombros anchos, pero evitaba mirarme y sostenía una bandeja con una rigidez que no correspondía a alguien que se sintiera cómodo allí.
La dejó en el suelo, fuera del alcance inmediato de mis pies. Había agua, pan y un cuenco de sopa.
—¿Quién eres? —pregunté.
No respondió.
—¿Dónde estoy?
El hombre empujó la bandeja un poco más cerca y se incorporó.
—Ya sé que no quieren dinero —continué—. Entonces dime qué quieren.
Su mandíbula se tensó, pero mantuvo la vista en el suelo.
—¿Por qué estoy aquí?
El silencio comenzaba a parecer una instrucción. No sabía si le habían prohibido hablar o si simplemente no deseaba ofrecerme algo que pudiera utilizar después. Cuando se volvió hacia la puerta, la desesperación pudo más que el orgullo.
—Espera. Por favor.
Se detuvo.
—Tengo una prometida. Nos casamos en dos días y no sabe dónde estoy. Debe estar aterrada.
El hombre no giró, pero sus hombros perdieron parte de la rigidez. Había escuchado. Durante un instante creí que respondería, aunque fuera para decirme que Caroline estaba bien.
—Ella no tiene nada que ver con esto —añadí—. Si buscan castigarme por algo, déjenla fuera.
La reacción fue mínima: una respiración más profunda, los dedos cerrándose junto al cuerpo. Después abrió la puerta.
—No depende de mí —murmuró.
Salió antes de que pudiera hacer otra pregunta.
Las palabras resultaron casi tan inquietantes como el silencio. Confirmaban que no estaba solo con el hombre de la sonrisa y su acompañante. Existía una decisión, una jerarquía y alguien cuya voluntad el joven no se atrevía a contradecir.
Bebí el agua porque necesitaba mantenerme consciente.
Estaba tibia y tenía un leve sabor metálico, pero alivió el ardor de la garganta.
Comí parte del pan y dejé la sopa. No tenía hambre; cada intento de tragar parecía luchar contra el miedo instalado en el estómago.
Aun así, necesitaba fuerzas si aparecía una oportunidad.
Intenté reconstruir el secuestro. El hombre conocía mi nombre.
El vehículo había llegado en el momento exacto.
Me habían golpeado, registrado y trasladado sin improvisar.
Yo no era político, millonario ni alguien cuya desaparición pudiera ofrecerles una ventaja evidente.
Tenía un trabajo, una familia y una boda dentro de dos días.
Nada de eso justificaba una operación semejante.
La boda.
Caroline.
Pensé otra vez en la caja desaparecida y algo frío me recorrió la espalda.
Con el tiempo comencé a distinguir sonidos al otro lado de las paredes: puertas, pasos y voces demasiado lejanas para comprender las palabras.
No sabía si me encontraba debajo de una casa, un edificio abandonado o algún lugar apartado de la ciudad.
Los ruidos demostraban que no estaba solo, aunque aquella certeza tampoco resultaba tranquilizadora.
Estaba apoyado contra la pared cuando escuché la discusión.
—Esto ya fue demasiado lejos.
Reconocí la voz del hombre que había llevado la comida. Llegaba amortiguada, pero su nerviosismo seguía siendo evidente.
—No.
La segunda voz era más tranquila. No necesitaba elevarse para imponer una decisión.
—Tenemos que terminar con esto.
—No.
—¿Qué demonios estás esperando?
La respuesta se perdió detrás de la pared. Solo alcancé a distinguir fragmentos.
—…todavía no…
—…no entiendes…
—…ella…
El corazón comenzó a golpear con más fuerza.
Ella.
¿Hablaban de Caroline?
Intenté acercarme a la pared, pero la cadena me detuvo. Contuve la respiración para escuchar.
—Esto no va a terminar bien —dijo el joven.
—Ya terminó.
La respuesta llegó con una calma tan absoluta que sentí un escalofrío. No discutía una posibilidad. Hablaba como alguien que consideraba tomada la única decisión importante.
Los pasos se alejaron y las voces desaparecieron. Me quedé solo con una certeza que ya no podía rechazar: mi secuestro no había comenzado aquella tarde. Alguien lo había planeado con suficiente anticipación para conocer mi nombre, mis movimientos y el momento en que me separaría de Caroline.
La puerta se abrió otra vez mucho más tarde. Esta vez entró el hombre de la sonrisa.
Lo reconocí incluso antes de que la luz alcanzara su rostro. Descendió los últimos escalones sin prisa y acercó una silla que yo no había visto en la oscuridad. La colocó frente a mí y se sentó como si hubiera ido a mantener una conversación normal.
No llevaba un arma visible. Tampoco parecía necesitarla. Las cadenas y la puerta cerrada hablaban por él.
Durante varios segundos se limitó a observarme. No había odio en sus ojos ni la excitación nerviosa de alguien que disfrutara un acto impulsivo. Había atención. Una mirada minuciosa que parecía comparar cuanto veía con una idea construida mucho antes de conocerme.
—¿Quién eres? —pregunté.
No respondió.
—¿Por qué estoy aquí?
Su expresión apenas cambió.
—¿La amas?
La pregunta me tomó desprevenido.
—¿A quién?
Una sombra de impaciencia cruzó su rostro.
—A Caroline.
Sentí que el aire abandonaba la habitación. No fue solo escuchar su nombre, sino la naturalidad con la que lo pronunció. Como si tuviera derecho a hacerlo. Como si la conociera.
—¿Cómo sabes quién es?
El hombre guardó silencio.
—¿Dónde está Caroline? ¿Qué le hicieron?
—¿La amas? —repitió.
Aquella vez su voz contenía algo que no había mostrado antes. Ya no parecía una pregunta formulada por simple curiosidad. Necesitaba la respuesta, aunque yo no entendiera por qué.
—Sí.
Sus ojos permanecieron fijos en los míos.
—¿Más que a ti mismo?
—Más que a mi propia vida.
Durante un instante perdió el control de su expresión. La sonrisa desapareció y algo parecido al dolor tensó sus facciones. No era compasión por mí. Parecía la confirmación de una sospecha que hubiera preferido considerar falsa.
El cambio duró apenas un segundo. Después volvió a encerrarse detrás de la misma calma.
—Lo imaginaba —dijo.
—¿Qué quieres de nosotros?
—No vine a hablar de ustedes.
La precisión de la respuesta me heló.
—Entonces dime qué quieres de ella.
No respondió.
Tiré de las cadenas y el metal volvió a cortar mis muñecas.
—¿Qué le hiciste?
—A ella no la he tocado.
El alivio llegó, pero no consiguió completarse. Había elegido las palabras con demasiado cuidado.
—Déjala en paz.
El desconocido inclinó ligeramente la cabeza.
—No entiendes.
—Entonces explícamelo. ¿Qué quieres de Caroline?
Su mirada se desplazó hacia el medallón que descansaba sobre mi pecho y luego regresó a mis ojos. Por primera vez comprendí que no estaba intentando decidir qué hacer conmigo. Me estudiaba para entender qué lugar ocupaba yo en la vida de ella.
—Lo mismo que tú —respondió.
El terror me atravesó con una claridad brutal.
No era dinero, venganza ni un negocio que hubiera salido mal. Aquel hombre no me observaba como a una víctima elegida por su valor. Me observaba como a un obstáculo.
Se puso de pie.
—No te acerques a ella —dije.
No se detuvo.
—¡No tienes derecho a entrar en su vida!
Llegó hasta la puerta y apoyó una mano sobre el picaporte. Solo entonces giró el rostro.
—Eso ya no es posible.
La puerta se cerró antes de que pudiera alcanzarlo con otra pregunta. El sonido descendió por las paredes y dejó detrás un silencio diferente. Ya no estaba lleno de incertidumbre, sino de una verdad que no sabía cómo soportar.
No me habían llevado por lo que yo poseía.
Me habían apartado por el lugar que ocupaba junto a Caroline.
Apoyé las manos contra el suelo y tiré una vez más de las cadenas, aunque sabía que no cederían.
Caroline estaba en Salisbury, esperando noticias y creyendo que el peligro terminaba en mi desaparición.
No sabía que alguien la observaba, conocía su nombre y hablaba de acercarse a su vida como si ya hubiera tomado una decisión.
Yo sí lo sabía.
Y no tenía forma de advertirle.