La Tristeza en Mí Capítulo 9 Mi hogar siempre serás tú.
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Capítulo 9 Mi hogar siempre serás tú.

Después de hacerla sonrojar frente a media calle con mi comentario sobre sobrevivir hasta la boda, me di la vuelta y continué caminando.

No necesitaba mirar otra vez para conservar la imagen de Caroline en aquella esquina, sosteniendo la caja de los lirios contra el pecho y fingiendo indignación mientras intentaba ocultar la sonrisa.

Faltaban dos días para que se convirtiera en mi esposa.

La idea todavía conseguía parecerme increíble.

No porque dudara de nosotros; nunca lo había hecho.

Me costaba creerlo porque, después de tantos años, tantas despedidas y tantos kilómetros empeñados en interponerse entre los dos, por fin habíamos llegado hasta allí.

A una vida que ya no tendría que organizarse alrededor de llamadas, viajes ni regresos demasiado rápidos. A un futuro compartido.

Saqué el teléfono mientras avanzaba hacia el centro y le escribí antes de doblar la siguiente esquina.

Recuerda que hoy te salvé heroicamente de una bolsa de manzanas.

Guardé el aparato con una sonrisa. Podía imaginarla leyendo el mensaje, negando con la cabeza y preparando una respuesta destinada a recordarme que cargar fruta no contaba como una hazaña. Con Caroline, incluso las discusiones más absurdas terminaban convirtiéndose en algo que yo quería conservar.

La joyería donde había encargado el regalo se encontraba a pocas calles.

Era una tienda pequeña, de escaparates discretos y decoración clásica, el tipo de lugar que Caroline habría elegido antes que cualquiera de los establecimientos más llamativos del centro.

Cuando empujé la puerta, una campanilla anunció mi llegada.

—Señor Hawk —dijo el joyero al levantar la vista—. Llegó justo a tiempo.

Miré el reloj y después a él.

—De vez en cuando consigo ser puntual.

—Supongo que hoy era un buen día para intentarlo.

—Mi prometida estaría de acuerdo.

El hombre sonrió y desapareció en la trastienda.

Mientras esperaba, recorrí las vitrinas sin prestar verdadera atención a las piezas.

Caroline y yo ya habíamos escogido las alianzas.

Dentro de dos días llevaríamos en ellas unas palabras que nadie más tendría que leer para que cumplieran su propósito: Tú y yo, por siempre .

El regalo que había ido a buscar no pretendía competir con aquella promesa.

Solo quería darle otra forma de decir algo que llevaba años sintiendo.

El joyero regresó con una caja negra entre las manos y la colocó sobre el mostrador. Al levantar la tapa, la plata atrapó la luz de la vitrina.

La luna creciente descansaba sobre el terciopelo oscuro.

Era delicada, sencilla y lo bastante discreta para que Caroline pudiera llevarla sin sentir que la joya llamaba la atención antes que ella.

Pasé un dedo por el borde del colgante y luego lo giré para leer la inscripción grabada en la parte posterior.

Mi hogar siempre serás tú.

Durante mucho tiempo había pensado en el hogar como un lugar: una casa, una dirección, cuatro paredes capaces de ofrecer refugio.

Después conocí a Caroline y esa definición dejó de ser suficiente.

Había sentido que regresaba a casa al escuchar su voz después de semanas separados, al encontrar su mano debajo de una mesa o al verla esperándome al otro lado de una calle.

No importaba dónde estuviéramos. Si ella estaba allí, yo tenía un lugar al que pertenecer.

—Quedó hermoso —dijo el joyero.

Asentí sin apartar la vista del colgante.

—Sí.

—¿Cree que le gustará?

—Caroline lloró una vez cuando le regalé un marcador de libros.

La afirmación lo hizo sonreír.

—Entonces me atrevería a decir que sí.

—Probablemente intentará fingir que no está emocionada —añadí—. No le saldrá bien.

Cerré la caja e imaginé sus dedos recorriendo la inscripción, sus ojos llenándose de lágrimas y aquel esfuerzo inútil por convencerme de que podía controlarlas.

Siempre decía que yo era demasiado romántico.

Quizá tenía razón. Pero, después de tantos años junto a ella, seguía sin creer que existieran demasiadas formas de decirle a alguien cuánto lo amas.

Guardé el estuche en el bolsillo interior de mi chaqueta.

El teléfono vibró en ese momento. Caroline había respondido que consideraría incluir mi heroísmo en sus votos si regresaba a tiempo para ayudarla con la cena.

Estuve a punto de contestar, pero la lavandería estaba a pocas calles y todavía debía recoger la ropa.

Decidí hacerlo al salir. No tardaría más que unos minutos.

Me despedí del joyero y regresé a la calle. El aire fresco me golpeó el rostro. Las tiendas continuaban abiertas, los automóviles circulaban con normalidad y las personas avanzaban concentradas en sus propios asuntos. Todo parecía exactamente igual que siempre.

Aun así, antes de llegar a la esquina, sentí que alguien me observaba.

Me detuve y miré alrededor. Una pareja esperaba para cruzar la calle, un repartidor descargaba cajas frente a una tienda y varias personas caminaban sin reparar en mí.

Nadie parecía fuera de lugar. Recordé la inquietud que Caroline había sentido en el parque de Londres y la seriedad con la que me la había contado.

Yo le había dicho que no necesitaba pruebas para reconocer que algo la había incomodado. Ahora mi cuerpo me advertía lo mismo.

Permanecí quieto unos segundos más. No encontré una mirada sostenida ni una figura que intentara ocultarse.

Tal vez la cercanía de la boda me había vuelto más consciente de todo cuanto podía salir mal.

Tal vez solo era cansancio. Reanudé el camino, aunque la tensión no desapareció por completo de mis hombros.

La lavandería estaba casi vacía. La empleada reconoció mi nombre y sacó la bolsa antes de que tuviera que mostrarle el comprobante.

—Aquí tiene —dijo—. ¿Todo listo para la boda?

—Eso espero.

—Dicen que los últimos días son los más caóticos.

Pensé en las listas de Caroline, en los horarios pegados dentro de la carpeta y en mi madre tratando los preparativos como una operación que no podía permitirse el menor error.

—Créame, lo sé perfectamente.

La mujer rió, me entregó la ropa y me deseó suerte. Al salir, el cielo comenzaba a teñirse de naranja. La tarde era hermosa y tranquila, pero ya no conseguí recuperar del todo la ligereza con la que había entrado en la joyería.

Intenté pensar en Caroline. En el desayuno que quería preparar, en los lirios, en el vestido que todavía no me permitía ver y en todas las mañanas que imaginaba despertando junto a ella.

Pensé en la casa que aún no habíamos elegido y en los estantes que terminaría llenando de libros antes de que yo pudiera protestar.

El futuro estaba tan cerca que podía reconocer sus pequeños desórdenes.

La felicidad regresó, pero no alcanzó a borrar la sensación de estar siendo observado.

Por eso reparé enseguida en el hombre que avanzaba hacia mí.

—¿Andrew Hawk?

Me detuve. Era alto, de cabello oscuro, y mantenía una postura demasiado relajada para alguien que se acercaba a un desconocido. No lo reconocí. Su sonrisa parecía amable a primera vista, pero permanecía fija en su rostro, como si hubiera sido elegida antes de encontrarme.

—Sí —respondí—. ¿Nos conocemos?

—Creo que dejó caer esto.

Levantó una billetera de cuero oscuro. La reconocí como ajena antes de que terminara de extenderla.

—No es mía.

—¿Está seguro?

—Completamente.

No intenté acercarme para comprobarlo. Cambié la bolsa de la lavandería de mano y retrocedí medio paso. La sonrisa del hombre no desapareció. Tampoco pareció sorprendido por mi respuesta.

El ruido de un vehículo aproximándose me hizo mirar hacia la calle. Al principio pensé que solo intentaba estacionar, pero se detuvo exactamente a mi lado. La puerta lateral se abrió con un golpe seco.

Todo ocurrió antes de que pudiera comprenderlo.

Alcancé a girarme. Una figura descendía del vehículo y el hombre de la billetera ya no sonreía para tranquilizarme; sonreía porque había conseguido mantenerme en el lugar preciso. Intenté apartarme, pero un golpe brutal alcanzó la parte posterior de mi cabeza.

El dolor estalló detrás de mis ojos. La bolsa con la ropa cayó al suelo y mis piernas cedieron. Quise levantar los brazos, defenderme o aferrarme a cualquier cosa, pero mi cuerpo dejó de responder con la velocidad que necesitaba. Una mano me sujetó antes de que golpeara la acera.

La última imagen que conseguí distinguir fue el rostro del desconocido inclinado sobre mí. Su expresión continuaba serena. No había urgencia ni sorpresa en ella. Tampoco la tensión de alguien que acababa de tomar una decisión impulsiva.

Todo había ocurrido exactamente como esperaba.

La certeza me llenó de terror antes de que llegara la oscuridad.

No supe cuánto tiempo permanecí inconsciente. Cuando comencé a despertar, el mundo regresó por partes: primero el frío húmedo atravesando la ropa; después, un dolor agudo que parecía dividirme la cabeza con cada latido. Intenté moverme y un sonido metálico respondió desde algún lugar cercano.

Abrí los ojos.

La oscuridad apenas me permitió distinguir paredes desnudas y un suelo de cemento. Olía a humedad, moho y encierro. Volví a mover las manos y el metal se tensó alrededor de mis muñecas. Las cadenas chocaron entre sí con un sonido que pareció llenar toda la habitación.

El pánico llegó de golpe.

Intenté incorporarme, pero el dolor de la cabeza me obligó a detenerme. Respiré por la boca mientras esperaba que la náusea cediera. Las muñecas ardían donde el metal presionaba la piel. No sabía dónde estaba, cuánto tiempo había transcurrido ni si alguien podía escucharme.

Entonces pensé en Caroline.

Me estaba esperando. Habría leído mi mensaje, preparado la cena y mirado la hora más veces de las que estaría dispuesta a admitir.

Quizá todavía estaba molesta. Deseé que así fuera.

Que continuara pensando que me había distraído con un recado absurdo y que, en cualquier momento, atravesaría la puerta con una disculpa y una sonrisa.

Tiré de las cadenas otra vez. Apenas cedieron.

—¡Oigan! —grité.

Mi voz rebotó contra las paredes y regresó más débil.

—¡¿Hay alguien ahí?!

Nadie respondió.

—¡¿Quiénes son?! ¡¿Qué quieren?!

El silencio volvió a cerrarse sobre mí.

No podía medir el tiempo en aquella oscuridad. Podían haber pasado minutos o una hora cuando escuché los primeros pasos. Descendían con lentitud por unas escaleras al otro lado de la puerta. No había prisa en ellos. Quienquiera que se acercara sabía que yo no podía ir a ninguna parte.

Mi cuerpo entero se tensó.

La puerta se abrió y una franja de luz atravesó el suelo. Tuve que entrecerrar los ojos. Dos figuras entraron en el sótano. Una era corpulenta y permaneció cerca de la puerta, en silencio. La otra era más delgada.

Reconocí su sonrisa antes de distinguir por completo el rostro.

Era el hombre de la calle.

—¿Quiénes son? —exigí—. ¿Qué quieren? ¿Dinero? Mi familia puede pagar.

El hombre me observó con una calma que resultaba más inquietante que cualquier amenaza. No respondió enseguida. Parecía estudiar mi respiración, las cadenas y el miedo que yo intentaba ocultar.

—No —dijo finalmente—. No queremos dinero.

La respuesta eliminó la única explicación que había conseguido construir. Sentí que el frío del sótano se instalaba debajo de mi piel.

—Entonces, ¿qué quieren?

Odié escuchar el temblor en mi propia voz. El desconocido inclinó apenas la cabeza. Por un instante su expresión perdió todo rastro de cordialidad y dejó ver algo mucho más frío.

—No necesitamos nada de ti.

La frase debió tranquilizarme. Consiguió lo contrario.

La figura corpulenta abrió la puerta. El otro hombre sostuvo mi mirada unos segundos más antes de seguirlo. Ninguno parecía apurado; no tenían que negociar, improvisar una historia ni decidir qué harían conmigo. Ya lo sabían.

La oscuridad regresó cuando la puerta se cerró.

Me quedé inmóvil, escuchando cómo los pasos se alejaban. Aquellas personas conocían mi nombre, habían preparado el vehículo y no querían dinero. No me habían llevado por accidente ni esperaban una salida rápida. Me habían elegido por una razón que todavía no comprendía.

Apoyé la cabeza contra la pared y cerré los ojos. Solo pude pensar en Caroline: en la caja de lirios contra su pecho, en el desayuno que quería preparar y en la vida que unas horas antes parecía esperarnos sin obstáculos.

Mi hogar.

Mi futuro.

Por primera vez desde que la conocí, no sabía si volvería a verla.