Capítulo 8 La noche en que desapareciste. #2
A las nueve y veinte, mi siguiente llamada fue directamente al buzón. No hubo tonos. La ausencia de aquella espera produjo más miedo que todos los intentos anteriores.
—El teléfono está apagado —dije.
La frase hizo que la casa pareciera todavía más silenciosa.
Robert volvió a llamar. Había consultado con el hospital de Salisbury y no tenían registrado a nadie con el nombre o la descripción de Andrew. La noticia debería haberme tranquilizado, pero solo eliminó una explicación sin ofrecer otra.
También había recorrido en automóvil las calles cercanas al centro y pasado por los lugares que Andrew frecuentaba. No encontró nada. Dijo que continuaría buscando y que mantendría el teléfono libre. La calma forzada de su voz fue peor que si hubiera confesado estar asustado.
Comencé a caminar entre la cocina y la ventana. Cada automóvil que pasaba me hacía detenerme. Cada puerta que se cerraba en alguna casa cercana parecía el comienzo de su regreso.
Adelaide se sentó a la mesa y miró la taza que todavía esperaba a Andrew.
—Esto no es normal —dijo.
Ya no pude negarlo.
Andrew podía perder la noción del tiempo. Podía olvidar dónde había dejado las llaves o entrar en una tienda por cinco minutos y salir una hora después. Pero no ignoraría llamadas repetidas dos días antes de nuestra boda. No me dejaría esperando sin escribir una sola palabra.
Algo frío me atravesó el pecho.
—Algo ocurrió.
La voz apenas me pertenecía.
Adelaide se levantó y tomó mis manos.
—Vamos a encontrarlo.
Quise creerle. Me aferré a sus dedos y repetí en silencio que Andrew estaba bien, que alguien había encontrado su teléfono, que en cualquier momento escucharía la llave girar en la puerta.
Pero él había salido caminando. No llevaba su automóvil. No había dicho adónde iba. Ninguna persona con la que solía hablar sabía algo.
Y su teléfono acababa de apagarse.
—Voy a llamar a la policía —dijo Adelaide.
Miré el reloj. Eran las nueve y cuarenta y siete.
—¿No dirán que es demasiado pronto?
—No voy a esperar para descubrirlo.
Adelaide marcó el 101 y activó el altavoz. El sonido de cada número pareció demasiado fuerte dentro de la cocina. Una parte de mí todavía esperaba que Andrew llamara antes de que alguien respondiera y nos permitiera convertir todo aquello en una anécdota absurda.
La voz de una operadora rompió el silencio.
—Policía. ¿En qué puedo ayudarla?
Adelaide tragó saliva.
—Quiero denunciar la desaparición de mi hijo.
La palabra quedó suspendida en la habitación.
Desaparición.
Hasta ese momento Andrew estaba retrasado, incomunicado o perdido en algún recado que ninguna conocía. La palabra lo convirtió en alguien cuyo paradero debía investigar la policía.
La operadora pidió que explicáramos cuándo lo habíamos visto por última vez y por qué considerábamos inusual su ausencia. Adelaide comenzó, pero su voz se quebró al mencionar la boda. Tuve que acercarme al teléfono.
—Se llama Andrew James Hawk —dije—. Tiene veintinueve años. Lo vi por última vez alrededor de las cinco, en el centro de Salisbury. Se fue caminando y dijo que vendría a mi casa antes de la cena.
—¿Ha logrado comunicarse con él desde entonces?
—Me envió un mensaje pocos minutos después. No respondió nada más. Al principio el teléfono sonaba; ahora las llamadas van directamente al buzón.
—¿Han contactado con amigos y familiares?
—Sí. Nadie sabe dónde está. También consultamos en el hospital.
La operadora preguntó si Andrew tenía alguna condición médica, si había expresado deseos de hacerse daño o si existían conflictos que pudieran llevarlo a marcharse voluntariamente.
—No —respondí—. Se casa en dos días. Estaba feliz. No se iría sin decirme nada.
La última frase salió más fuerte de lo que pretendía.
No se iría.
Necesitaba que aquella mujer lo entendiera. Andrew no era una colección de datos ni un adulto que podía decidir alejarse durante unas horas. Era un hombre que había comprado frutas conmigo, hablado del desayuno de la mañana siguiente y prometido regresar antes de la cena.
La operadora mantuvo la voz tranquila. No discutió conmigo ni sugirió que debíamos esperar. Continuó recopilando información: descripción física, ropa, fotografía reciente, lugares frecuentes y el número del teléfono.
También preguntó qué objetos había llevado y si faltaba algo de su casa.
Su automóvil permanecía estacionado, su equipaje del viaje estaba guardado y no había retirado ropa ni documentos.
Andrew había salido con el teléfono, la billetera, las llaves y la ropa que llevaba puesta.
Todo lo necesario para hacer un recado. Nada que sugiriera una ausencia planeada.
—¿Sabe adónde se dirigía? —preguntó.
La pregunta abrió un vacío que no había querido mirar.
—No. Dijo que era una sorpresa.
Había confiado en que me lo explicaría al regresar. Horas después, la respuesta juguetona de Andrew se había convertido en el primer espacio que la policía debía intentar llenar.
—Cabello castaño oscuro, ojos azules —dije—. Mide aproximadamente un metro ochenta y tres. Llevaba una chaqueta oscura y una camiseta gris.
Mientras hablaba, esos datos comenzaron a separarse de Andrew. Altura, ropa, color de ojos. Características que podían escribirse en un formulario y entregarse a alguien que jamás había escuchado su risa.
La operadora explicó que registrarían la denuncia y evaluarían el nivel de riesgo. Un agente se pondría en contacto con nosotras para ampliar la información y decidir los primeros pasos. Debíamos evitar alterar sus pertenencias y comunicar de inmediato cualquier llamada o regreso.
—¿Van a buscarlo? —preguntó Adelaide.
—La denuncia será evaluada de inmediato. Si creen que está en peligro, llamen al 999. Mientras tanto, mantengan el teléfono disponible.
La llamada terminó con un número de referencia que anoté en el reverso de la tarjeta de la floristería. Los detalles de los lirios quedaron cubiertos por cifras escritas con una mano que no conseguía mantener firme.
Durante varios segundos ninguna habló.
El reloj de la cocina marcaba las diez y doce.
La taza de Andrew seguía sobre la mesa.
La toqué. Estaba completamente fría.
El miedo ya no se parecía a una idea. Se había instalado en mi cuerpo: en la presión bajo las costillas, en la rigidez de los hombros y en el temblor que aparecía cada vez que intentaba sostener el teléfono con una sola mano.
Aun así, una parte de mí continuaba haciendo planes.
Cuando Andrew volviera, tendría que calentar la cena.
Tendría que guardar la fruta. Tendría que decirle que la policía estaba buscándolo y soportar su culpa por habernos preocupado.
No conseguía pensar en una posibilidad que no incluyera su regreso.
Mi teléfono vibró de repente y las dos nos sobresaltamos. Lo tomé con tanta rapidez que casi cayó al suelo.
No era Andrew.
Era un mensaje de una amiga preguntando a qué hora debía llegar a Saint Thomas el día de la boda.
Miré la pregunta sin comprenderla. La iglesia, el vestido y los lirios pertenecían a una vida que apenas unas horas antes parecía inevitable. Ahora no podía pensar más allá de la puerta cerrada.
No respondí.
Me senté en el suelo del pasillo con el teléfono entre las manos. Desde allí podía ver la entrada y una parte de la calle a través del cristal. Adelaide se acomodó a mi lado sin pedirme que me levantara.
—Lo van a encontrar —dijo.
Asentí, aunque no conseguí pronunciar las palabras.
Esperamos la llamada del agente. Esperamos escuchar pasos. Esperamos que una llave entrara en la cerradura y que Andrew apareciera con una explicación imposible de perdonar durante al menos cinco minutos.
Nada ocurrió.
A las once, las frutas que había comprado para nuestro último desayuno seguían sobre la encimera.
El lirio blanco permanecía dentro de la caja.
Y yo continuaba mirando la puerta.