Capítulo 8 La noche en que desapareciste.
El camino de regreso estaba cubierto por la luz dorada de las últimas horas de la tarde. Yo sostenía la caja con las muestras florales y Andrew llevaba la bolsa de frutas, porque había insistido en protegerme de aquella «carga peligrosa».
—Sigues caminando demasiado lento —dije.
—Estoy cargando provisiones.
—Son manzanas.
—Son provisiones.
Sonreí. Aquella discusión absurda podría haber durado todo el trayecto. Con Andrew nunca necesitaba hablar de algo importante para disfrutar su compañía. Algunas veces bastaba con caminar, chocar nuestros hombros y permitir que una tontería se transformara en una conversación.
Volvió a mirar el reloj.
Era la segunda vez desde que habíamos abandonado el mercado.
—Sigues haciendo eso.
—¿Qué cosa?
—Mirar la hora.
Andrew sonrió.
—Tengo una relación excelente con el tiempo.
—Llegaste tarde a nuestra primera cita.
—Fueron cinco minutos.
—Diez.
—Ocho —propuso—. Es un compromiso.
—No puedes negociar con algo que ya ocurrió.
—Puedo intentarlo.
Continuamos unos pasos más. Al llegar a la esquina donde nuestros caminos se separaban, Andrew se detuvo y me entregó la bolsa.
—Tengo que hacer algo antes de volver.
—¿Ahora?
—No tardaré.
—¿Qué tienes que hacer?
La sonrisa que apareció en su rostro era la misma que utilizaba cuando ocultaba una sorpresa o una idea que todavía no estaba dispuesto a compartir.
—No puedo decírtelo.
—Claro que puedes. Solo que no quieres.
—Eso también.
—Andrew.
—Caroline.
Intenté mantener una expresión seria, pero él rio y terminó desarmándome.
—Volveré antes de la cena —prometió.
—¿A mi casa?
—A tu casa. Podemos comenzar a preparar ese desayuno exageradamente elaborado que planeaste.
—No es exagerado.
—Compraste suficiente fruta para alimentar a todos los invitados.
—No cambies de tema.
Andrew levantó ambas manos.
—Estaré allí antes de la cena.
Lo observé unos segundos. No había algo extraño en él ni una preocupación que intentara esconder. Solo la impaciencia de alguien que deseaba terminar un recado sin revelar su propósito.
—Está bien. Pero no tardes.
—No tardaré.
Se inclinó y me besó. Fue un gesto breve y conocido, uno de los cientos que habíamos compartido sin necesitar una ocasión especial. Cuando se apartó, rozó mi mejilla con el pulgar.
—Te amo.
—Yo también te amo.
Andrew sonrió, se guardó las manos en los bolsillos y comenzó a alejarse. Antes de doblar la esquina giró la cabeza. Levanté una mano y él hizo lo mismo.
—¡No olvides que mañana cocino yo! —grité.
Andrew continuó caminando hacia atrás unos pasos.
—¡Eso espero! ¡Quiero sobrevivir hasta la boda!
Algunas personas se giraron al escucharlo. Sentí que las mejillas se me calentaban y él rio antes de darse la vuelta.
Después desapareció entre las personas que caminaban por la calle.
Esperé unos segundos antes de seguir mi camino.
No existía ninguna razón para hacer otra cosa.
Llegué a casa cerca de las cinco. Dejé las frutas sobre la encimera y la caja de muestras en la mesa, procurando que el lirio no se dañara. La vivienda estaba en silencio, con ese olor familiar a madera, libros y el té que había preparado por la mañana.
Mi teléfono vibró mientras me quitaba el abrigo.
Recuerda que hoy te salvé heroicamente de una bolsa de manzanas.
Sonreí.
Espero que esa hazaña forme parte de tus votos.
Respondí que lo consideraría si regresaba a tiempo para ayudarme con la cena. Andrew no contestó, pero no me pareció extraño. Probablemente ya había llegado al lugar donde debía hacer su misterioso recado.
Durante la hora siguiente ordené algunas cosas de la boda.
Revisé la tarjeta de Mia, guardé el sobre junto a la carpeta y comprobé una vez más la distribución de las mesas.
No era necesario. La lista llevaba días terminada, pero mantener las manos ocupadas conseguía que el tiempo avanzara con más rapidez.
También lavé las fresas y escogí las que utilizaría para el desayuno.
Dejé preparadas dos tazas junto a la cafetera y busqué una receta que Andrew probablemente consideraría demasiado complicada.
Mientras anotaba los ingredientes faltantes, imaginé la expresión que pondría al descubrir todo organizado desde la noche anterior.
Se burlaría de mí, probaría algo antes de tiempo y acabaría ayudándome después de jurar que solo había entrado en la cocina para observar.
Guardé la nota con la lista de compras debajo de la cesta de fruta. La mañana siguiente ya parecía tener una forma.
A las seis preparé té y serví dos tazas sin pensarlo. Solo después de dejarlas sobre la mesa recordé que Andrew todavía no había llegado.
—Tonto —murmuré.
Apoyé una tapa sobre la segunda taza para conservar el calor. Podía aparecer en cualquier momento con una explicación ridícula y una sonrisa que haría imposible continuar molesta.
A las seis y media revisé el teléfono. Mi mensaje seguía sin respuesta. Escribí otro.
¿Cuánto vas a tardar?
Esperé algunos minutos antes de dejar el aparato. Andrew podía distraerse con facilidad. Más de una vez había salido para comprar una sola cosa y regresado mucho después porque se encontró con alguien conocido o perdió la noción del tiempo mirando un escaparate.
A las siete menos cuarto lo llamé.
El tono sonó una vez. Después otra. Apoyé la espalda contra la encimera mientras esperaba.
La llamada terminó en el buzón de voz.
Sonreí con resignación. Probablemente caminaba con el teléfono guardado en algún bolsillo o estaba hablando con alguien. No era la primera vez que no escuchaba una llamada.
Le dejé un mensaje.
—Andrew, la cena no va a prepararse sola y te recuerdo que esta mañana intentaste asesinar unos huevos. Llámame cuando escuches esto.
Pensé que bromear evitaría que mi voz sonara molesta. También creí que él lo escucharía en pocos minutos.
Reproduje mentalmente el mensaje después de colgar y me pregunté si había sonado demasiado impaciente. Estuve a punto de llamar otra vez para dejar uno más amable, pero me detuve. Andrew se reiría cuando escuchara ambos y me acusaría de no saber esperar.
Intenté leer. El libro permaneció abierto sobre mis rodillas durante casi diez minutos, pero no avancé una página. Cada ruido de la calle interrumpía la misma línea. Un automóvil disminuyó la velocidad frente a la casa y me levanté antes de comprobar que continuaba hasta la esquina.
A las siete y cuarto abrí el refrigerador. No tenía hambre, pero comenzaba a preguntarme si debía preparar algo. Andrew había prometido regresar antes de cenar y las promesas importantes no se le olvidaban.
Cerré la puerta sin sacar nada.
Volví a llamar.
El teléfono sonó hasta llegar nuevamente al buzón.
La segunda taza de té permanecía intacta sobre la mesa. Al tocarla descubrí que ya estaba tibia. Retiré la tapa, la llevé al fregadero y me detuve antes de vaciarla.
La dejé donde estaba.
A las siete y cuarenta y dos envié otro mensaje.
¿Está todo bien?
Esta vez sostuve el teléfono después de enviarlo. Observé la pantalla como si pudiera obligarla a iluminarse con su nombre.
Nada.
Me acerqué a la ventana. Las lámparas de la calle comenzaban a encenderse y las sombras se alargaban sobre las fachadas. Cada persona que doblaba la esquina captaba mi atención durante unos segundos. Ninguna caminaba como Andrew.
Me dije que estaba exagerando. Llevaba poco más de tres horas fuera y no sabía cuánto tardaría su recado. Quizá había dicho que volvería antes de la cena sin pensar en una hora concreta.
Pero Andrew sabía que lo estaba esperando.
A las ocho volví a llamarlo. La respuesta fue la misma.
Entonces telefoneé a Adelaide.
—¿Andrew está contigo? —pregunté en cuanto respondió.
—No. Pensé que estaba contigo.
La inquietud apareció antes de que pudiera esconderla.
—Se fue a hacer algo después del mercado. Dijo que vendría antes de cenar, pero no responde.
—Probablemente dejó el teléfono en silencio.
Aquello sonaba exactamente como algo que Andrew haría. Las dos guardamos silencio un instante, aferradas a la explicación.
—Voy para allá —dijo Adelaide.
—No es necesario.
—Caroline.
Su tono no admitía discusión.
—Está bien.
Adelaide llegó poco después de las ocho y media. Traía el abrigo cerrado de manera desigual y el cabello más desordenado de lo habitual. Me abrazó antes de preguntarme cuántas veces había llamado.
—No lo sé. Cuatro, tal vez cinco.
—¿Escribiste a sus amigos?
Negué con la cabeza. Hasta ese momento hacerlo me había parecido una reacción desproporcionada. Adelaide llamó a Robert y le pidió que contactara a las personas más cercanas a Andrew. Yo revisé los mensajes una vez más y busqué alguna pista en nuestra última conversación.
La broma sobre las manzanas seguía siendo el último contacto.
Adelaide propuso que intentáramos cenar. Calentó comida sin preguntarme qué quería y colocó dos platos sobre la mesa, pero ninguna consiguió probar más de unos bocados. Ella ordenaba los cubiertos cada vez que miraba la puerta; yo desbloqueaba el teléfono aunque no hubiera vibrado.
—Va a entrar y se va a encontrar con las dos preparadas para matarlo —dijo.
Quise reír. El sonido que salió se pareció más a una exhalación.
—Tendrá que explicarse muy bien.
—Lo hará.
Durante unos minutos fingimos creer en aquella escena: Andrew llegando tarde, Adelaide regañándolo y yo intentando decidir si abrazarlo antes o después de gritarle. La imagen era tan posible que escucharla en voz alta consiguió contener el miedo.
A las nueve, Robert llamó. Ninguno de los amigos con los que había hablado sabía dónde estaba. Andrew no tenía previsto verlos y no les había mencionado algún recado. Tampoco había regresado a casa de sus padres ni dejado allí una nota.
La preocupación dejó de parecer una reacción exagerada.
Adelaide intentó llamar desde su teléfono. Observé cómo acercaba el aparato al oído y esperé que Andrew respondiera al reconocer el número de su madre.
El buzón de voz llegó después de varios tonos.
Ninguna de las dos dijo nada.
—Quizá tuvo un problema con el teléfono —murmuré.
—Quizá.
Adelaide no sonó convencida.