Capítulo 7 Lirios para una boda.
Los treinta días habían transcurrido entre llamadas, ajustes y tareas que parecían multiplicarse cada vez que conseguíamos completar una. Cuando quise darme cuenta, faltaban solo dos días para la boda.
Las últimas semanas se habían encogido alrededor de los preparativos.
Había recogido el vestido después del ajuste final, cerrado la distribución de las mesas y terminado unos votos que todavía no era capaz de leer en voz alta sin sentir que las palabras me quedaban demasiado cerca del corazón.
Andrew y yo habíamos recibido las alianzas, pero decidimos no volver a mirarlas hasta la ceremonia.
Cada objeto estaba listo y cada persona conocía su horario.
Por primera vez ya no quedaba suficiente tiempo para cambiarlo todo, y aquella imposibilidad me produjo más alivio que miedo.
El otoño ya no era una promesa en las puntas doradas de algunas hojas. Había llegado a Salisbury y cubría las aceras con tonos amarillos y rojizos. Las mañanas eran más frías, el aire olía a tierra húmeda y las personas caminaban con las manos escondidas en los bolsillos.
Había imaginado que, al llegar a ese punto, no sería capaz de pensar en otra cosa. Sin embargo, mientras entraba en la cocina de Andrew aquella mañana, la boda dejó de ser mi preocupación principal.
Él sostenía una sartén con una mano y miraba su contenido con una concentración que no correspondía a nada que pudiera considerarse desayuno.
Me apoyé en el marco de la puerta.
—¿Qué haces?
Andrew dio un pequeño salto.
—Nada.
—Eso nunca es una buena respuesta.
—Estoy preparando huevos.
Me acerqué y observé la sartén. Una parte se había adherido al fondo y el resto adquiría un tono que no parecía saludable.
—¿Seguro?
—Estaban en proceso de convertirse en algo más crujiente.
—Puedes admitir que los quemaste.
—No me gusta rendirme tan rápido.
—Son huevos, Andrew.
—Huevos con carácter.
Solté una carcajada y apagué el fuego. Él dejó la sartén con cierta decepción mientras yo comprobaba si aún quedaba algo que pudiéramos salvar.
—No sé cómo sobreviviste tantos años solo —dije.
—Con perseverancia y comida para llevar.
—Sobre todo lo segundo.
—Estaba esperando que llegaras a mejorar mis habilidades culinarias.
—No voy a pasar nuestro matrimonio rescatando desayunos.
—Entonces tendré que perfeccionar el arte de preparar café.
—Eso sí puedes hacerlo.
—Sabía que tenía una virtud.
Terminamos comiendo tostadas, la opción más segura después del desastre, y compartimos el café en la pequeña mesa de la cocina.
No era el desayuno que Andrew había planeado, pero ninguno parecía lamentarlo.
A dos días de una ceremonia organizada durante meses, resultaba reconfortante que algo pudiera salir mal sin convertirse en una catástrofe.
—¿Qué? —pregunté al notar que me observaba.
—Nada.
—Esa respuesta siempre significa algo.
Andrew sostuvo la taza entre ambas manos.
—Pensaba que dentro de dos días vamos a despertar sabiendo que nos casamos.
Una sonrisa apareció en mis labios.
—Yo probablemente despertaré pensando en todo lo que todavía puede salir mal.
—Y yo te recordaré que, incluso si algo sale mal, seguirás teniendo que casarte conmigo.
—Qué amenaza tan romántica.
—He tenido años para prepararla.
Sus palabras despertaron el nerviosismo que había conseguido mantener a cierta distancia.
No era miedo ni duda. Era la conciencia de que la espera terminaba.
Los votos estaban escritos, el vestido había superado el último ajuste y las alianzas descansaban en sus cajas con una frase escondida en el interior.
Todo estaba listo.
O tan listo como podía estarlo.
Andrew revisó la hora.
—Tenemos que ir a la floristería a las once.
—Lo sé.
—¿Sigues segura de los lirios?
Lo miré con incredulidad.
—Llevas meses escuchándome hablar de ellos.
—Estoy comprobando que no hayas cambiado de opinión a último momento.
—No voy a cambiarla.
—Bien. Creo que me gusta que seas tan segura de algunas cosas.
—¿De algunas?
—De los libros, de las flores y de lo que quieres para nuestra casa. —Hizo una pausa—. De nosotros.
Mi expresión se suavizó. Habíamos tenido dudas sobre la distancia, los horarios y las decisiones que debíamos tomar para permanecer juntos. Nunca sobre lo que sentíamos.
—¿Tú estás seguro? —pregunté, aunque conocía la respuesta.
Andrew dejó la taza sobre la mesa y sostuvo mi mirada.
—De los lirios, después de todos estos meses, completamente. De nosotros, desde hace mucho más.
La respuesta me hizo reír y disipó parte de la tensión.
Salimos poco después y caminamos hacia el centro. La floristería de Mia estaba situada en una esquina tranquila, con un escaparate lleno de ramos y pequeñas macetas. Andrew abrió la puerta para dejarme pasar.
—Después de usted, futura señora Hawk.
—Gracias, señor Hawk.
El apellido todavía producía una pequeña emoción al escucharlo, pero ya no se sentía ajeno. Era una palabra que pronto se sumaría a mi nombre sin borrar todo lo demás.
La campanilla anunció nuestra llegada y el aroma de las flores frescas nos envolvió de inmediato. Lirios, rosas, lavanda y eucalipto convivían en una mezcla suave que parecía pertenecer únicamente a aquella tienda.
Mia apareció desde el fondo cargando un ramo de flores silvestres. Tenía el cabello gris recogido con cuidado y una sonrisa capaz de hacer sentir bienvenido a cualquiera.
—Sabía que vendrían hoy.
Andrew levantó una ceja.
—¿Cómo podía saberlo?
—Porque una novia que lleva meses hablando de sus flores no permite que llegue la boda sin revisarlas una última vez.
Me reí. Andrew adoptó una expresión de sorpresa.
—¿Meses?
—No exageres.
—Hablaste de lirios durante nuestra cena de aniversario.
—Porque eran importantes.
—También durante el desayuno de Navidad.
—Seguían siendo importantes.
Mia nos observó con una sonrisa nostálgica.
—Me recuerdan a mi esposo y a mí cuando organizábamos nuestra boda. Yo podía pasar horas hablando de cada detalle y él no entendía por qué una flor podía importar tanto.
—Me alegra saber que no soy el único —dijo Andrew.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—Pero después me dijo algo que nunca olvidé —continuó Mia—. Si algo era importante para mí, merecía que él intentara comprenderlo.
Miré a Andrew. No siempre compartía mi preocupación por los colores, las flores o la distribución de las mesas, pero jamás ridiculizaba aquello que me importaba. Preguntaba, escuchaba y procuraba recordar. No porque necesitara sentir lo mismo, sino porque sabía que formaba parte de mi felicidad.
Mia nos condujo hacia la parte posterior de la tienda, donde tenía preparados varios recipientes con muestras de los arreglos. Cuando retiró la protección del primero, el blanco de los lirios pareció iluminar el espacio.
La boda dejó de ser por un momento una fecha, una carpeta o una lista de tareas. Se convirtió en algo que podía tocar.
—Son preciosos —murmuré.
Mia me entregó uno. Sostuve el tallo con cuidado y recorrí con la vista los pétalos abiertos. Eran firmes y delicados al mismo tiempo, serenos sin parecer frágiles.
Andrew se colocó a mi lado.
—Ahora entiendo por qué los elegiste.
—¿De verdad?
—No necesitan llamar la atención para ser hermosos.
Lo miré, sorprendida.
—Estabas escuchando.
—Escuché al menos una de todas esas conversaciones.
—Eso ya es un avance.
Sostuve el lirio frente a mí e imaginé el mismo blanco extendiéndose por Saint Thomas.
Vi las puertas abiertas, los bancos ocupados y a Adelaide en la primera fila con un pañuelo que no se molestaría en esconder.
Vi a Robert a su lado y a Andrew esperando frente al altar.
La escena se parecía a la que había imaginado meses atrás al abrir por primera vez la carpeta de la boda, pero ya no pertenecía a un futuro lejano.
En dos días dejaría de ser una imagen construida dentro de mi cabeza.
—¿En qué piensas? —preguntó Andrew.
—En que ahora parece real.
Miró el lirio entre mis manos.
—Siempre fue real.
—No de esta manera.
Andrew comprendió sin que tuviera que explicarlo. Apoyó una mano en mi espalda y permaneció a mi lado mientras yo intentaba acostumbrarme a la cercanía de todo lo que habíamos esperado.
Mia explicó la distribución de los arreglos. Los lirios blancos irían principalmente en la entrada de Saint Thomas y junto al altar. Añadiría algunos rojos en los arreglos más pequeños para crear contraste sin alterar la calma que yo buscaba.
Acercó ambas variedades. El blanco y el rojo parecían intensificarse al estar juntos.
—Los blancos suelen asociarse con la pureza y los nuevos comienzos —explicó—. Los rojos, con el amor y el deseo de permanecer.
Andrew tomó mi mano.
—Promesa y amor —dijo—. Me parece apropiado.
—¿Porque eso somos nosotros?
Sonrió.
—Iba a decirlo yo.
—Fuiste demasiado lento.
Durante los minutos siguientes revisamos los horarios y los lugares de entrega.
Mia llevaría los arreglos a la iglesia la mañana de la ceremonia y otra parte llegaría directamente a la recepción.
Me mostró la lista dos veces y esperó a que confirmara cada cantidad, consciente de que solo así conseguiría que saliera de la tienda sin imaginar errores.
—Todo estará listo —aseguró finalmente.
—Gracias por ayudarnos.
—Gracias a ustedes por permitirme formar parte. —Mia miró a Andrew—. Cuídala mucho.
Él no adoptó la expresión divertida que solía acompañar las advertencias relacionadas conmigo. Se limitó a apretar mis dedos.
—Lo haré.
La respuesta me gustó más que una promesa absoluta. Andrew no podía controlar todo lo que ocurriera ni garantizar que nunca me harían daño. Podía cuidarme respetando mis decisiones, escucharme y permanecer cerca mientras la vida se lo permitiera. Eso era lo que siempre había hecho.
Antes de marcharnos, Mia me entregó una pequeña caja con muestras florales y guardó la tarjeta con los detalles finales dentro de un sobre.
Andrew intentó meterlo en el bolsillo de la chaqueta.
—Dámelo —dije.
—¿Por qué?
—Porque en dos días preguntarás dónde está.
—Tengo una memoria excelente.
Lo miré en silencio.
—Una memoria excelente para las cosas importantes —rectificó.
—Esta tarjeta es importante.
—Por eso pensaba entregártela voluntariamente.
Tomé el sobre antes de que pudiera defenderse y lo guardé en la caja. Andrew negó con la cabeza, pero no intentó recuperarlo.
Al salir, el aire fresco de Salisbury nos recibió. Caminamos unos minutos sin prisa. Yo continuaba pensando en los arreglos, en los lirios al pie del altar y en la certeza repentina de que faltaban solo dos días.
Pasamos frente a una pequeña cafetería donde habíamos ido después de reencontrarnos al terminar el intercambio. Me detuve junto al escaparate.
—¿Recuerdas? —pregunté.
—El día en que descubrí que tomas el café demasiado dulce.
—Pensé que no lo recordarías.
Andrew abrió los ojos, ofendido.
—Le pusiste cuatro cucharadas de azúcar. Algunas experiencias resultan imposibles de olvidar.
—No estaba demasiado dulce.
—Era un postre líquido.
—Y estaba delicioso.
Andrew negó con la cabeza.
—Nunca entenderé tus decisiones.
—Y aun así vas a casarte conmigo.
—Ese es mi mayor misterio.
Le di un pequeño empujón y continuamos caminando.
La cafetería quedó atrás, pero el recuerdo permaneció conmigo.
La ciudad estaba llena de lugares que conservaban versiones anteriores de nosotros: una mesa junto a una ventana, una calle recorrida después de una despedida, una esquina donde habíamos tomado una decisión que entonces no parecía importante.
En la plaza central encontramos el mercado semanal. Los puestos exhibían frutas, verduras, flores y productos locales. Me detuve frente a unas manzanas y recordé que no teníamos nada preparado para la mañana siguiente.
—Quiero hacer un desayuno especial mañana —dije.
—¿Por algún motivo?
—Será el último que podamos compartir con calma antes de la boda. Después Adelaide va a separarnos para asegurarse de que no nos veamos antes de la ceremonia.
—Mi madre disfruta demasiado de las tradiciones.
—Y tú disfrutas demasiado provocándola.
—También es una tradición.
La mañana siguiente sería la última antes de que los preparativos nos condujeran por caminos separados.
Adelaide quería que pasara la noche previa con ella y las mujeres que me ayudarían a vestirme; Robert se encargaría de mantener a Andrew lejos de Saint Thomas hasta la hora indicada.
Era una organización innecesariamente estricta para dos personas que se conocían desde los quince años, pero ninguno deseaba quitarle a su familia la ilusión de cumplir aquellas costumbres.
Me gustaba pensar que todavía tendríamos ese desayuno. Sin invitados, flores ni cámaras. Solo nosotros dos frente a una mesa, probablemente discutiendo porque Andrew habría vuelto a quemar algo.
Escogí manzanas, fresas y algunas peras. Andrew observó cada elección con creciente preocupación.
—Sabes que, aunque el desayuno salga mal, voy a casarme contigo de todos modos, ¿verdad?
—No va a salir mal.
—Eso dije yo esta mañana sobre los huevos.
—Precisamente por eso cocinaré yo.
Andrew tomó la bolsa antes de que pudiera hacerlo.
—Puedo llevarla.
—Son manzanas —dijo—. Una carga peligrosa.
—Eres dramático.
—Soy un futuro esposo responsable.
Sostuve la caja de muestras contra mi pecho mientras él acomodaba las frutas para que no se golpearan. La escena era tan común que nadie habría tenido una razón para mirarnos dos veces.
Tal vez eso era lo que más amaba de nuestra relación. Los momentos que no necesitaban convertirse en recuerdos para tener valor: caminar por Salisbury, discutir sobre café, elegir fruta y volver a casa con las manos ocupadas.
Abandonamos el mercado cuando el sol comenzaba a descender. Andrew llevaba la bolsa y yo sostenía la caja donde Mia había guardado una muestra de los lirios que decorarían la iglesia.
Emprendimos juntos el camino de regreso.