Capítulo 4 Bajo la luz de las lámparas.
Durante unos segundos mi mente tardó en comprender lo que estaba viendo.
Un sendero de pequeñas lámparas se extendía entre los árboles y desaparecía detrás de una curva.
La luz dorada temblaba con la brisa, proyectando sombras suaves sobre la tierra y las hojas.
Más adelante, en un claro parcialmente oculto por las ramas, distinguí una manta extendida sobre el césped, una mesa baja y dos copas que reflejaban los últimos tonos del atardecer.
No era una decoración extravagante. Tampoco parecía creada para impresionar a otras personas. Era íntima, cálida y tan cuidadosamente pensada que tuve la sensación de estar mirando algo que Andrew había construido a partir de todas las cosas que sabía sobre mí.
Me quedé sin palabras.
—Andrew…
Escuché una pequeña risa nerviosa detrás de mí.
—Eso no fue una mala reacción, ¿verdad?
Me giré. Permanecía a pocos pasos, sosteniendo un ramo de flores blancas.
La seguridad con la que había dirigido todo el camino había desaparecido y, en su lugar, había una sonrisa ligeramente insegura.
La sonrisa de alguien que había esperado demasiado por un momento y ahora temía que la realidad no estuviera a la altura de lo imaginado.
Me acerqué despacio. Solo entonces reconocí las flores.
—No son lirios —dije.
Andrew levantó el ramo y asintió con fingida solemnidad.
—Bien. Primera prueba superada.
—¿Había pruebas?
—Muchas. Pero esa era la más sencilla.
No pude evitar reír.
—Son calas.
—Veo que la segunda prueba tampoco era necesaria.
Tomé el ramo cuando me lo ofreció. Las flores eran elegantes y serenas, parecidas a los lirios sin intentar ocupar su lugar.
Pasé el pulgar por uno de los pétalos. La superficie era firme y suave, y el blanco adquiría un tono dorado bajo las lámparas.
Hasta aquella noche las calas nunca habían significado nada especial para mí.
Eran flores que habría admirado en un jardín o en el escaparate de una tienda antes de continuar caminando.
Mientras las sostenía, sentí cómo comenzaban a transformarse en otra cosa.
Andrew había conseguido regalarme no solo un ramo, sino una asociación nueva que probablemente me acompañaría cada vez que volviera a encontrarlas.
—¿Por qué calas? —pregunté.
Andrew miró las flores antes de responder.
—Pensé en los lirios. Son tus favoritos y habría sido imposible equivocarme con ellos.
—Eso suena razonable.
—Precisamente por eso no los elegí. —Rozó uno de los tallos con los dedos—. Los lirios ya forman parte de ti y ahora también de nuestra boda. Quería que esta noche tuviera algo propio. Algo que, cuando volvieras a verlo, te recordara un momento nuevo.
Lo observé en silencio. Andrew no había escogido las calas para demostrar que conocía todos mis gustos ni para acertar con la opción más segura. Había querido crear un recuerdo que todavía no existía.
—Son preciosas —murmuré.
La sonrisa apareció lentamente en su rostro y sus hombros parecieron relajarse.
—¿De verdad?
—Mucho.
Solo entonces comprendí que había estado conteniendo la respiración.
—Estabas realmente preocupado.
Desvió la mirada.
—Tal vez.
—Andrew Hawk. El hombre que sobrevivió a una relación a distancia, a conocer a mi familia y a casi toda la planificación de una boda estaba nervioso por unas flores.
Me miró con expresión ofendida.
—No eran solo flores.
Tenía razón. Con nosotros rara vez se trataba únicamente de las cosas, sino de la historia que terminábamos guardando dentro de ellas.
Dejé el ramo a un lado con cuidado y lo abracé. Sus brazos me rodearon de inmediato. Apoyé el rostro contra su pecho y escuché los latidos rápidos que confirmaban todo lo que había intentado esconder.
—¿Esto significa que aprobé? —preguntó cerca de mi cabello.
—Todavía tengo que evaluar la sorpresa completa.
—Qué exigente.
—Muchísimo.
Andrew suspiró con dramatismo.
—Me esfuerzo tanto y aun así soy juzgado.
Me separé lo suficiente para mirarlo.
—Pobre de ti.
—Puedes compensarme.
—Sabía que habría una trampa.
—Siempre hay una.
Sonreí antes de besarlo. Fue un beso breve, todavía atravesado por la risa, pero cuando me aparté sus manos permanecieron alrededor de mi cintura.
—¿Cuánto tiempo llevas preparando esto? —pregunté.
—Depende de si contamos desde que tuve la idea o desde que comencé a entrar en pánico.
—¿Entraste en pánico?
—Intenté elegir una botella de champaña durante cuarenta minutos. Había demasiadas opciones y todas las páginas de internet parecían escritas por personas que saben exactamente qué hacer en momentos románticos.
—¿Y tú no?
—Improviso. Solo tengo mucha práctica contigo.
Volví la mirada hacia el sendero. Algunas lámparas estaban colocadas al pie de los árboles; otras colgaban de ramas bajas y parecían flotar sobre nuestras cabezas.
Andrew tomó mi mano y comenzamos a caminar.
Las luces no revelaban todo el camino de una vez, sino únicamente los pasos que teníamos por delante.
—No preparé esto para hacer la sorpresa más impresionante del mundo —dijo.
—¿No?
—No. Quería crear un momento que fuera nuestro.
La forma en que pronunció esa última palabra hizo que algo dentro de mí se estremeciera.
Nuestro.
Una palabra pequeña, pero cargada de años, despedidas, reencuentros y decisiones que nos habían llevado hasta allí.
El sendero terminó en un claro. La ciudad continuaba presente a lo lejos, con sus edificios elevándose detrás de los árboles y un rumor apagado de automóviles, pero aquel pequeño espacio parecía separado de todo.
Sobre la manta había una canasta, una botella de champaña y algunas cosas que reconocí de inmediato: mis galletas favoritas, el chocolate que comprábamos en ocasiones especiales y el vino que habíamos probado durante nuestro primer viaje juntos.
Cada detalle pertenecía a una parte diferente de nuestra historia.
También había un sobre.
Estaba apoyado junto a las copas, con mi nombre escrito en la letra inclinada de Andrew. Lo miré, pero él tomó primero la botella de champaña y examinó la etiqueta con una seriedad exagerada.
—Tengo que admitir algo.
—¿Qué cosa?
—No sé si esta era la correcta.
—Es champaña, Andrew.
—Exactamente. Había demasiadas.
—Pensé que tú eras quien decía que todos los vinos sabían igual.
Se llevó una mano al pecho.
—Dije que algunos eran difíciles de distinguir. Me sorprende que después de tantos años sigas tergiversando mis palabras.
—Alguien tiene que mantenerte humilde.
—Mi prometida, mi mayor crítica.
—Y aun así sigues aquí.
Su expresión perdió la exageración.
—Siempre.
La respuesta fue inmediata, como si quedarse conmigo fuera la decisión más sencilla del mundo.
Andrew dejó la botella y tomó el sobre. Una pequeña tensión regresó a su rostro.
—¿Qué es? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
—Algo que escribí.
—¿Una carta?
Asintió.
—Sé que suena un poco antiguo.
—No iba a decir eso.
—Pero probablemente ibas a pensarlo.
Sonreí.
—Tal vez un poco. ¿Por qué una carta?
Andrew recorrió el borde del papel con los dedos antes de entregármelo.
—Porque hay cosas que uno puede decir y después recordar de otra manera. Quería que esto permaneciera como lo escribí hoy.
Sentí un nudo suave en la garganta. Abrí el sobre con cuidado y desplegué las hojas.
No era un papel elegante ni parecía escrito por alguien que pretendiera crear una obra perfecta.
Reconocí de inmediato su letra: algunas palabras estaban más inclinadas que otras y dos líneas habían sido corregidas con tanta fuerza que todavía se distinguía lo escrito debajo.
Comencé a leer.
Caroline:
No sé cómo empezar una carta así. Es bastante irónico, porque llevo años intentando encontrar las palabras correctas para explicar lo que siento por ti y todavía no las encuentro.
La primera vez que te vi pensé muchas cosas. Pensé que eras la persona más seria que había conocido, que probablemente nunca aceptarías hablar conmigo y que ibas a considerarme molesto. En mi defensa, tenía razón en la última parte.
Una risa escapó de mis labios. Levanté la vista y encontré a Andrew observándome.
—Es verdad —se defendió.
Negué con la cabeza y continué.
También pensé que había algo diferente en ti. No sabía qué era. Solo sabía que quería conocerlo. Quería saber por qué preferías pasar los descansos en la biblioteca, por qué siempre llevabas un libro contigo y qué cosas conseguían hacerte reír.
Después descubrí que, cuanto más te conocía, más cosas quería conocer.
Me enamoré de ti poco a poco. No hubo un momento exacto ni una escena perfecta.
Fueron muchos momentos pequeños: el día que te quedaste conmigo cuando estaba enfermo, aunque tenías un examen a la mañana siguiente; la vez que fingiste no estar cansada para que pudiéramos caminar un poco más; cuando me dijiste que creías en mí, incluso cuando yo no estaba seguro de merecerlo.
Mis ojos comenzaron a humedecerse. Andrew recordaba instantes que para mí se habían confundido con los años. Gestos realizados sin pensar y conversaciones que no sabía que él había conservado.
Recordé el día del que hablaba. Andrew había pasado horas asegurando que solo necesitaba dormir, aunque apenas podía mantener los ojos abiertos.
Yo debía estudiar y había llevado los apuntes conmigo, convencida de que podría repasar mientras él descansaba.
No conseguí leer más de dos páginas. Cada pocos minutos comprobaba su temperatura o le preguntaba si necesitaba algo, hasta que terminó acusándome de ser una enfermera insoportable.
Para mí había sido una tarde desordenada antes de un examen.
Para él había quedado guardada como una de las razones por las que comenzó a amarme.
No amo solo los días felices contigo. También amo aquellos en los que estás cansada, dudas o sientes que no eres suficiente. No porque quiera verte así, sino porque incluso entonces sigues siendo tú. Y tú siempre has sido suficiente para mí.