La Tristeza en Mí Capítulo 3 Con los ojos cerrados. #2
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Capítulo 3 Con los ojos cerrados. #2

—La última vez también dijiste que todo estaba bajo control y terminamos pintando la pared del comedor.

Levantó un dedo.

—Fue una experiencia artística.

—El pincel salió volando porque le diste demasiada fuerza.

—Era pasión creativa.

No pude evitar reír. Incluso cuando sus planes salían mal, encontraba una forma de defenderlos como si el desastre hubiera formado parte de la intención original.

Extendió la venda hacia mí, pero no intentó colocarla.

—Quiero mostrarte algo —dijo—. Solo si te sientes cómoda.

Por un instante desapareció su tono bromista. Era una pregunta real, no un desafío ni una prueba de confianza. Si me negaba, guardaría la tela y buscaría otra manera de conservar la sorpresa.

La venda me produjo una vacilación que no quise ocultar.

No me asustaba Andrew, pero sí la idea de renunciar incluso por unos minutos a la posibilidad de anticipar lo que venía.

Necesitaba saber dónde pisaba, cuánto faltaba y qué ocurriría después.

Él conocía esa parte de mí. Por eso no se acercó hasta que escuchó mi respuesta ni intentó convertir mi duda en una broma.

Observé la impaciencia que intentaba ocultar y la emoción contenida en su sonrisa.

—¿Cuánto tendré que caminar?

—Unos minutos. No voy a soltarte y puedes quitarte la venda cuando quieras.

—¿Hay escaleras?

—Un escalón pequeño y un sendero bastante plano.

—Has pensado en todo.

—He intentado pensar en todo.

La diferencia me hizo sonreír.

—Está bien.

—¿Segura?

Asentí.

—Segura.

Andrew se acercó despacio. Sus dedos rozaron mi cabello mientras colocaba la seda sobre mis ojos y la ajustaba sin apretarla.

La luz desapareció, seguida por los colores y las formas.

Sentí la oscuridad durante un instante y respiré con calma.

No estaba indefensa. Había aceptado estar allí y podía detenerlo en cualquier momento.

Su mano encontró la mía de inmediato.

—¿Ves algo?

Solté una risa.

—Andrew, tengo los ojos tapados.

—Solo quería comprobar que hice bien el nudo.

—Eres ridículo.

—Eso ya lo sabías. ¿Preparada?

Respiré profundamente y apreté sus dedos.

—Sí.

—Entonces vamos.

Di el primer paso. Sin la vista, cada sonido parecía más intenso: el roce de las hojas moviéndose con el viento, nuestros zapatos sobre el sendero, el canto lejano de algunos pájaros y mi propia respiración.

Pero, por encima de todo, podía sentir la mano de Andrew sosteniendo la mía. Firme, cálida y presente.

—Despacio —dijo.

—Estoy caminando despacio.

—Estás intentando adivinar hacia dónde vamos.

—Porque no sé dónde estoy.

—Precisamente por eso deberías dejar de adelantarte.

—Qué conveniente. Ahora tú sabes todo y yo no sé nada.

Escuché su risa.

—Solo durante unos minutos. Voy a avisarte de cada obstáculo.

Cumplió su palabra. Me indicó cuándo el terreno cambiaba, dónde había una rama cerca del camino y en qué momento debía girar. No me arrastraba ni decidía la velocidad por mí; adaptaba sus pasos a los míos y esperaba cada vez que necesitaba reconocer el suelo antes de avanzar.

La situación me recordó nuestro primer día en la escuela.

Entonces también había caminado por un lugar desconocido siguiendo las indicaciones de Andrew, aunque llevaba los ojos abiertos.

Él avanzaba unos pasos, se detenía para comprobar que continuara detrás y señalaba cada pasillo como si temiera que pudiera desaparecer en cuanto dejara de mirarme.

Trece años más tarde seguía guiándome con la misma paciencia.

La diferencia era que ahora conocía el sonido de sus pasos y podía reconocer la presión de su mano incluso sin verlo.

—¿Falta mucho? —pregunté.

Hubo un silencio demasiado largo.

—Estás calculando una respuesta.

—Estoy buscando la mejor manera de evitar que arruines la sorpresa.

—Eres insoportable.

—Y aun así aceptaste la venda.

—Todavía puedo quitármela.

—Puedes hacerlo cuando quieras.

La respuesta llegó sin rastro de preocupación.

Andrew deseaba sorprenderme, pero no necesitaba convertir mi confianza en una obligación.

Era una de las razones por las que podía caminar con él sin ver el camino: no porque creyera que controlaba todo cuanto pudiera ocurrir, sino porque sabía que me escucharía si le pedía detenernos.

Seguimos avanzando. Poco a poco los sonidos de la ciudad desaparecieron por completo. Ya no escuchaba motores ni voces de desconocidos; solo el viento entre los árboles y la voz de Andrew guiándome.

—Un escalón pequeño —advirtió—. Aquí.

Levanté el pie con cuidado y sentí la firmeza de su mano cuando encontré el suelo al otro lado.

—¿Estás seguro de que no me llevas a un lugar terrible?

—Completamente seguro.

—Eso diría alguien que intenta mantener la sorpresa hasta el último segundo.

—También es lo que diría alguien que ha pasado demasiado tiempo organizándola.

Sonreí detrás de la venda.

—¿Cuánto tiempo?

—Esa información es confidencial.

Sus pasos disminuyeron y sentí que se acercaba un poco más.

—Ya casi llegamos.

Su tono había cambiado. Sonaba emocionado, pero también más nervioso.

—¿Tú estás nervioso?

—No.

—Andrew.

Suspiró.

—Un poco.

—¿Por qué?

—Porque quiero que te guste.

La confesión me sorprendió. Algunas veces olvidaba que, detrás de todas sus bromas y de la seguridad con la que parecía moverse por el mundo, Andrew también dudaba.

No preparaba aquellas cosas porque supiera exactamente qué hacer.

Las preparaba porque le importaba mi felicidad y deseaba hacerlo bien.

—Me va a gustar —dije.

—Todavía no lo has visto.

—No importa.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Porque lo hiciste pensando en mí.

Durante unos segundos no dijo nada. Después sentí cómo apretaba mi mano un poco más fuerte.

—A veces no sé cómo tuve tanta suerte —murmuró.

Mi pecho se llenó de una emoción tranquila.

—Supongo que alguna vez lograste impresionarme.

Andrew rio en voz baja.

—Sabía que lo admitirías.

Avanzamos unos pasos más antes de que se detuviera. El silencio alrededor era distinto, más profundo. Podía sentir una brisa suave en el rostro y escuchar las hojas moviéndose sobre nosotros.

Percibí también un aroma tenue, una mezcla de hierba, madera y algo floral que no conseguí identificar.

La curiosidad se convirtió en una presión cálida debajo de las costillas.

Andrew había logrado mantener el secreto durante todo el viaje y, de pronto, comprendí que revelar la sorpresa también significaba poner fin a la espera que tanto había disfrutado.

Durante aquellos minutos no había necesitado saber qué encontraría.

Bastaba con avanzar hacia ello a su lado.

—Ya llegamos.

—¿Dónde estamos?

Andrew no respondió. Sentí cómo soltaba mi mano y la ausencia repentina de sus dedos hizo crecer la anticipación.

—Andrew.

—Estoy aquí —dijo de inmediato—. Solo quiero ver tu reacción.

Sonreí. Incluso sin verlo, podía imaginar su expresión y la forma en que probablemente me observaba, impaciente y preocupado al mismo tiempo.

Entonces sus dedos rozaron la seda.

—¿Lista?

Tomé aire.

—Lista.

El nudo cedió y la tela cayó lentamente entre mis dedos.

Abrí los ojos.

Parpadeé una vez.

Luego otra.