La Tristeza en Mí Capítulo 3 Con los ojos cerrados.
8%

Capítulo 3 Con los ojos cerrados.

Siempre me había gustado viajar con Andrew.

No porque los destinos fueran extraordinarios ni porque organizara itinerarios perfectos.

De hecho, era bastante malo calculando horarios y tenía una facilidad sorprendente para desviarse del camino cuando algo llamaba su atención.

Pero también poseía el extraño talento de convertir cualquier trayecto en un recuerdo.

Con él, los viajes rara vez terminaban pareciéndose al itinerario inicial.

Una parada para cargar combustible podía convertirse en una búsqueda del mejor pastel de un pueblo cuyo nombre apenas recordábamos; un desvío equivocado, en una carretera desde la que descubríamos un paisaje que no figuraba en ninguna guía.

Yo solía protestar al principio. Después anotaba esos lugares para no olvidarlos.

Andrew decía que esa era la prueba de que, en el fondo, disfrutaba cuando sus planes salían mal.

Aquella mañana no fue diferente.

Salimos de Salisbury temprano, cuando el aire todavía conservaba la frescura de las primeras horas del día.

La luz dorada comenzaba a extenderse sobre los campos ingleses mientras Andrew conducía con una mano sobre el volante y la otra descansaba cerca de la mía.

La radio sonaba a bajo volumen y una canción acústica que ninguno de los dos conocía acompañaba el paisaje.

Andrew intentaba cantarla.

Mal. Muy mal.

—Estás inventando la letra —dije después de escucharlo murmurar algo incomprensible.

—No la estoy inventando.

—Acabas de decir «corazón de patata».

—Eso podría ser perfectamente la letra.

—Ninguna canción romántica habla de patatas.

Andrew fingió indignarse.

—Eso demuestra una grave falta de imaginación por parte de los compositores.

Solté una carcajada y apoyé la cabeza contra la ventanilla.

Los campos se sucedían frente a nosotros, interrumpidos por pequeñas granjas, cercas y bosques dispersos.

Me gustaba observar el mundo desde el automóvil.

El movimiento constante me permitía pensar sin sentir que debía llegar a una conclusión.

Aquella mañana tenía demasiadas cosas en la cabeza: la boda, las alianzas que aún no habíamos comprado, la casa de Wilton Road y todas las decisiones pequeñas que parecían multiplicarse mientras la fecha se acercaba.

Sin embargo, ninguna conseguía inquietarme demasiado.

Londres había comenzado como otra tarea dentro de los preparativos y Andrew la había convertido en un fin de semana para nosotros.

Giré la cabeza para observarlo. Llevaba gafas de sol y golpeaba el volante con los dedos al ritmo de una canción cuya letra continuaba inventando. Parecía feliz. Genuinamente feliz. Verlo así siempre terminaba contagiándome.

—¿Qué? —preguntó sin apartar la vista de la carretera.

—Nada.

—Me estás mirando.

—¿Y?

—Eso significa que estás pensando algo.

—Tal vez.

—¿Es algo bueno?

—Sí.

Andrew sonrió.

—Entonces puedes seguir.

—¿Seguir qué?

—Mirándome.

Puse los ojos en blanco.

—Eres imposible.

—Y encantador.

—Eso todavía está en discusión.

—La evidencia demuestra lo contrario.

—¿Qué evidencia?

—Tú.

Era una respuesta absurda y, aun así, consiguió hacerme reír. Con Andrew, las conversaciones importantes convivían con discusiones inútiles y bromas que solo nosotros encontrábamos divertidas. Nunca había que elegir entre unas y otras. Ambas formaban parte de la intimidad que habíamos construido.

Durante unos minutos permanecimos en silencio. No era necesario llenar cada espacio con palabras. Me limité a contemplar las primeras hojas doradas que aparecían entre el verde de los árboles. El otoño se acercaba lentamente. Nuestro otoño. La estación en la que nos casaríamos.

Andrew buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—¿Estás emocionada? —preguntó.

—¿Por Londres o por la boda?

—Por todo.

Pensé en ello.

—Sí. También un poco abrumada, pero de una forma buena.

—¿Existe una forma buena de sentirse abrumada?

—Quiero creer que sí.

—Entonces existe.

La facilidad con la que aceptó mi respuesta me hizo sonreír. Andrew nunca intentaba convencerme de que no debía sentirme nerviosa. Escuchaba, hacía una pregunta y permanecía cerca. Algunas veces bastaba con eso.

El viaje transcurrió entre conversaciones sobre los lugares que queríamos visitar algún día, una discusión innecesariamente larga sobre la mejor cafetería de Salisbury y otro intento de Andrew por adivinar la letra de la canción.

A media mañana, los campos abiertos comenzaron a desaparecer y el tráfico se volvió más denso.

Londres surgió poco a poco frente a nosotros, imponente, ruidosa y llena de movimiento.

Andrew bajó la velocidad.

—Bienvenida a Londres.

—Lo dices como si nunca hubiera estado aquí.

—Nunca habías estado aquí conmigo durante este fin de semana en particular.

—Eso es muy específico.

—Me permite tener razón.

Miré por la ventanilla. Los edificios históricos convivían con fachadas modernas, autobuses, cafés escondidos entre esquinas y personas que caminaban con prisa incluso a aquella hora.

Londres siempre me había parecido fascinante.

Tenía la sensación de que cada calle guardaba historias de quienes habían pasado antes por ella.

—Estás comparándola con Salisbury —dijo Andrew.

Lo miré.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te conozco.

—Londres es hermosa —admití—, pero Salisbury es hogar.

Andrew llevó mi mano hasta sus labios y dejó un beso sobre mis dedos.

—Entonces tendremos que volver.

—Ese era el plan.

—Me tranquiliza saberlo. Conduces fatal en ciudades grandes.

—Tú estás conduciendo.

—Exactamente. Estoy protegiendo a Londres.

Le di un pequeño golpe con la mano que todavía sostenía y él rio sin apartar la vista del tráfico.

Después de dejar el equipaje en el hotel, caminamos por una zona más tranquila de la ciudad.

Andrew había elegido calles alejadas de las avenidas más concurridas, donde los edificios antiguos proyectaban sombras sobre las aceras y el ruido parecía disminuir.

No teníamos un horario estricto. Al menos, yo no conocía ninguno.

La habitación permanecería casi intacta hasta la noche.

Apenas dejamos las maletas, Andrew volvió a comprobar la hora y sugirió que saliéramos.

Yo alcancé a guardar la guía que había llevado y a cambiarme los zapatos antes de que comenzara a caminar de un lado a otro.

No me apuró, pero su impaciencia resultaba evidente en la forma en que miraba el teléfono y luego fingía interés en el paisaje detrás de la ventana.

Para alguien que aseguraba no tener un plan, parecía demasiado preocupado por llegar a tiempo.

—Podríamos entrar allí —dijo, señalando una pequeña cafetería.

—Pensé que teníamos un plan.

—Lo tenemos.

—¿Cuál?

—Improvisar.

Negué con la cabeza.

—Eso no es un plan.

—Claro que sí. Es mi especialidad.

—Tu especialidad es convencerme de hacer cosas que no estaban en mi lista.

—Y funciona.

Odiaba admitirlo, pero funcionaba. Entramos a la cafetería y ocupamos una mesa junto a la ventana.

Yo elegí el lugar, tal como habíamos negociado, aunque Andrew insistió en pedir un pastel que ninguno de los dos conocía porque el nombre le pareció interesante.

Terminamos compartiéndolo mientras observábamos a la gente pasar y discutíamos si debíamos volver a la joyería de Salisbury o buscar las alianzas allí.

—Podríamos hacer ambas cosas —propuso él.

—Eso no ayuda a decidir.

—Ayuda a comer más pastel mientras lo pensamos.

—Empiezo a sospechar que todo el viaje es una excusa para comer.

—Finalmente descubriste mi plan.

Su teléfono vibró sobre la mesa. Andrew miró la pantalla y la giró boca abajo demasiado rápido.

—¿Qué fue eso?

—Nada.

—Esa respuesta nunca significa nada.

—Lo aprendí de ti.

Entrecerré los ojos, pero él bebió su café con una tranquilidad demasiado estudiada. No insistí. La emoción que intentaba esconder era evidente y, aunque mi curiosidad aumentó, no quería estropear aquello que llevaba preparando.

Al salir, caminamos hasta una zona verde donde los árboles comenzaban a mostrar las primeras señales del cambio de estación.

El aire era más fresco y, a medida que avanzábamos, los sonidos del tráfico quedaban atrás.

Era extraño encontrarse en una de las ciudades más grandes del mundo y sentir, en aquel pequeño rincón rodeado de árboles, que el tiempo avanzaba de otra manera.

Andrew consultó el teléfono una vez más y guardó el aparato en el bolsillo.

—¿Te gusta? —preguntó.

Asentí.

—Mucho.

—Sabía que te gustaría.

—¿También sabías eso?

—Te dije que te conozco demasiado bien.

Tenía razón. No porque pudiera leerme la mente, sino porque había pasado años prestando atención.

Sabía que prefería los senderos tranquilos a las calles abarrotadas y que necesitaba detenerme para observar un edificio antiguo, una librería o el cambio de color en las hojas.

Andrew no recordaba todos los detalles de la boda, pero rara vez olvidaba algo que le hubiera contado sobre mí.

Continuamos hasta alejarnos un poco más de la zona concurrida.

El sendero se estrechó y los árboles comenzaron a ocultar los edificios.

Andrew se había vuelto demasiado silencioso.

Lo observé de reojo y reconocí la tensión en su mandíbula, la misma que aparecía cuando intentaba fingir que no estaba nervioso.

—¿Qué estás tramando?

Giró la cabeza hacia mí con una expresión inocente que no le creí ni por un segundo.

—¿Por qué supones que estoy tramando algo?

—Porque te conozco.

—Eso es una acusación bastante seria.

—Andrew.

—Caroline.

Imité su tono y él sonrió.

—Es muy injusto que después de tantos años todavía puedas descubrir mis planes.

—Especialmente después de tantos años.

Andrew soltó una risa, pero se detuvo unos pasos más adelante. Se llevó una mano al bolsillo de la chaqueta y sacó una pequeña pieza de seda oscura, cuidadosamente doblada.

Lo miré confundida.

—¿Es una venda?

—Sí.

—Andrew…

—Antes de que digas que no, quiero aclarar que esta vez no hay pintura involucrada.