Capítulo 2 Tú y yo, por siempre #2
Mientras observábamos los modelos, empecé a pensar en todo lo que habíamos vivido: las cartas, las videollamadas y los viajes interminables para visitarnos cuando la distancia intentaba imponerse. Nada había sido tan sencillo como Andrew conseguía hacerlo parecer, pero siempre había valido la pena.
Él tomó otro anillo, más fino y discreto, y lo sostuvo frente a mí.
—¿Y este?
Era hermoso. Elegante, sin adornos innecesarios, como si no necesitara demostrar nada.
Por primera vez pude imaginarlo en mi mano durante años.
Durante décadas. Pensé en desayunos compartidos, mudanzas, discusiones absurdas, vacaciones y navidades.
Tal vez hijos. Tal vez nietos. Una existencia completa construida junto a Andrew.
También pensé en cosas menos hermosas. Días de cansancio.
Preocupaciones que todavía no conocíamos.
Momentos en los que amar no se sentiría tan sencillo como caminar tomados de la mano bajo el sol.
La alianza seguiría allí durante todo eso, no como la garantía de una vida perfecta, sino como el recuerdo de una decisión.
Elegirnos una vez y continuar haciéndolo cuando la emoción de la boda hubiera quedado atrás.
Eso era lo que buscábamos. No una joya, sino una representación de todos los años que todavía creíamos tener por delante.
—Caroline.
Levanté la vista. Andrew me observaba con ternura.
—Te fuiste muy lejos.
—Estaba imaginando el futuro.
Su expresión se suavizó todavía más.
—¿Y qué tal se veía?
Sentí un nudo cálido en el pecho.
—Se veía exactamente como tú.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. La respuesta había sido sencilla, pero era verdad: cuando pensaba en el futuro, siempre lo veía a él.
Finalmente salimos de la joyería sin comprar las alianzas.
Habíamos encontrado varios modelos que nos gustaban, pero ambos coincidimos en que aquella decisión merecía un poco más de tiempo.
La tarde seguía siendo cálida cuando retomamos el paseo.
Las tiendas comenzaban a llenarse y el aroma de una panadería cercana flotaba en el aire.
Andrew caminaba con una expresión pensativa. Lo conocía lo suficiente para saber que algo rondaba por su cabeza.
—¿Qué estás tramando?
Levantó una ceja.
—¿Por qué supones que estoy tramando algo?
—Porque te conozco.
—Es una acusación muy grave.
—Andrew.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro. Era la expresión que adoptaba justo antes de proponer algo que él ya había decidido que ambos haríamos.
—Estaba pensando en Londres.
—¿Qué ocurre con Londres?
Levantó la muñeca y miró el reloj, una costumbre que siempre repetía cuando estaba organizando algo en su cabeza.
—Creo que deberíamos ir el próximo fin de semana.
—¿Por las alianzas?
—Por las alianzas.
—Podríamos buscarlas aquí.
—Podríamos.
—Entonces, ¿por qué Londres?
Su sonrisa se ensanchó.
—Porque quiero una excusa para pasar un fin de semana entero contigo.
La propuesta era muy propia de Andrew. Siempre encontraba formas de convertir algo cotidiano en un recuerdo. Un paseo, una cena o una compra sencilla podían transformarse, a su lado, en una aventura compartida.
Yo habría comparado horarios, revisado hoteles y esperado al menos una semana antes de proponer el viaje.
Andrew necesitaba poco más que una idea y la posibilidad de verme sonreír.
Su espontaneidad no significaba que le importaran menos las cosas.
Las vivía de otra manera. Mientras yo buscaba seguridad en los planes, él parecía encontrarla en la confianza de que podríamos resolver juntos aquello que no hubiéramos previsto.
—Pasamos tiempo juntos todos los días.
—No es suficiente.
—¿No?
—Definitivamente no.
Negué con la cabeza, divertida, mientras imaginaba las calles llenas de gente, los edificios antiguos, los cafés escondidos entre avenidas concurridas y un hotel pequeño donde pudiéramos descansar de los preparativos.
—Entonces, ¿me estás invitando a un viaje romántico?
—Estoy diseñando un plan secreto para robarte el próximo fin de semana.
—Eso suena preocupante.
—Lo será. Pienso someterte a desayunos en cafeterías bonitas, paseos por Londres y posiblemente una cena romántica.
—Qué horror.
—No tendré piedad.
Ya estaba riendo.
—Deberían encerrarte.
—Soy un peligro, especialmente para ti.
La gente que pasaba probablemente pensaba que estábamos completamente locos. Tal vez tenían razón, porque ambos terminamos riendo como adolescentes, como si el mundo hubiera desaparecido durante unos segundos.
Cuando logramos calmarnos, Andrew volvió a tomar mi mano.
—Entonces, ¿aceptas?
Lo observé con atención: la luz del sol sobre su cabello, la pequeña cicatriz junto a la mandíbula que tenía desde la adolescencia y aquella sonrisa que parecía pertenecerme. Sentí la certeza de estar exactamente donde debía estar.
—Sí. Aunque tengo condiciones.
—Negociemos.
—Quiero elegir al menos una cafetería, visitar un museo y no despertar antes de las ocho de la mañana.
Andrew hizo una mueca.
—Eso último es mucho pedir.
—Andrew.
—Está bien. Porque te amo.
Mi corazón dio un pequeño vuelco. Incluso después de tantos años y de haberlo escuchado cientos de veces, aquellas palabras nunca dejaban de afectarme.
—Yo también te amo.
Su sonrisa se suavizó y, durante un instante, el ruido de la ciudad pareció desvanecerse. Solo existíamos nosotros, imaginando un futuro lleno de planes y viajes que todavía parecían esperarnos.
Seguimos caminando sin rumbo fijo. No teníamos prisa por volver a casa. La tarde avanzaba lentamente y las sombras comenzaban a alargarse sobre los adoquines. Andrew todavía sostenía mi mano y, de vez en cuando, balanceaba nuestros brazos como un niño distraído.
—¿Qué? —preguntó al notar que lo observaba.
—Nada. Estaba pensando en la casa.
Andrew comprendió de inmediato. Durante los últimos meses habíamos visitado varias propiedades. Ninguna era perfecta, pero poco a poco comenzábamos a imaginar qué queríamos construir juntos.
—¿La de Wilton Road?
Asentí.
—Todavía me gusta, aunque la cocina es pequeña.
—Podemos ampliarla algún día.
—Y el jardín necesita trabajo.
—Yo puedo encargarme.
Lo miré con escepticismo.
—La última planta que intentaste cuidar sobrevivió menos de una semana.
—Fue una muerte honorable.
—Olvidaste regarla.
—Detalles técnicos.
Volví a reír. Siempre terminábamos así, bromeando incluso cuando hablábamos de cosas importantes.
—Me gusta imaginarla terminada —confesé.
—¿Cómo la ves?
Miré hacia adelante, intentando construirla dentro de mi cabeza.
—Con una biblioteca. Una grande, antes de que protestes.
—No iba a protestar. Era predecible.
—Y una ventana para leer cuando llueva. Una cocina donde podamos desayunar juntos y un sofá enorme.
—Para que ocupes todo el espacio mientras lees.
—Exacto.
—Muy considerado de tu parte.
La casa que describía todavía no nos pertenecía. Quizá nunca compraríamos esa propiedad o terminaríamos escogiendo otra completamente diferente. Pero podía imaginar a Andrew quemando el desayuno en aquella cocina, fingiendo que sabía cuidar el jardín y buscando mi mano mientras leíamos en el sofá.
No me importaban demasiado las paredes ni la dirección.
Lo que deseaba era la permanencia escondida dentro de esos planes: dejar nuestros libros en los mismos estantes, discutir sobre qué fotografías colgar y conocer el sonido de sus pasos en cada habitación.
Una vida no se construía únicamente con bodas, viajes o decisiones extraordinarias.
También se construía con mañanas repetidas, tareas compartidas y la confianza de que al terminar el día habría alguien esperándote.
Sentí una calidez suave extendiéndose por el pecho.
Porque ya no estábamos hablando de una casa.
Estábamos hablando de una vida.