La Tristeza en Mí Capítulo 2 Tú y yo, por siempre
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Capítulo 2 Tú y yo, por siempre

Siempre me había gustado caminar por Salisbury.

Había algo reconfortante en sus calles antiguas, en los edificios de piedra clara y en las pequeñas tiendas familiares que parecían resistirse al paso del tiempo.

A diferencia de Londres, donde todo se movía demasiado rápido, Salisbury tenía una calma propia. Una sensación de hogar.

Aquella mañana, unos días después de la cena con los padres de Andrew, el cielo estaba despejado y una suave brisa de finales de verano movía las hojas de los árboles que bordeaban la avenida principal.

Andrew caminaba a mi lado con esa tranquilidad que siempre me había parecido envidiable.

Nuestras manos estaban entrelazadas, no como un gesto consciente, sino por una costumbre tan natural como respirar o volver a casa.

Habíamos salido con un propósito: visitar algunas joyerías y comenzar a buscar las alianzas.

En mi bolso llevaba una lista con tres direcciones, anotaciones sobre materiales y un presupuesto que había revisado tantas veces que ya podía repetirlo de memoria.

Andrew, en cambio, no había llevado nada.

Confiaba en que reconoceríamos los anillos indicados cuando los viéramos.

Aquella diferencia habría podido irritarme en cualquier otra persona, pero con él había terminado por convertirse en una forma de equilibrio.

Yo necesitaba anticiparme a cada posibilidad.

Andrew sabía recordarme que algunas decisiones también podían sentirse.

A veces me preguntaba cómo había tenido tanta suerte.

Andrew no era perfecto. Ninguna persona lo era.

Olvidaba dónde dejaba las llaves, abandonaba libros abiertos sobre cualquier superficie y podía pasar horas tarareando la misma canción sin darse cuenta.

Pero nunca intentaba cambiarme ni me pedía que fuera diferente.

Conocía mis silencios, mis miedos y aquellas pequeñas manías que yo prefería ocultar.

A su lado no tenía que esforzarme para ser suficiente.

—¿En qué piensas? —preguntó de pronto.

Giré la cabeza. Sus ojos azules brillaban bajo la luz del sol.

—En que eres terriblemente curioso.

—Eso significa que estabas pensando en mí.

—Eso no significa nada.

—Claro que sí.

—Andrew…

—Caroline…

Imitó mi tono con tanta exageración que no pude evitar reír.

—Eres imposible.

—Y aun así vas a casarte conmigo.

—Todavía puedo escapar.

Andrew soltó una carcajada.

—Después de todo el dinero que hemos gastado en la boda, no te lo permitiré.

—Ah, ¿ahora es por el dinero?

—No. —Se inclinó apenas hacia mí—. Es porque llevo años esperando esto.

Mi sonrisa se desvaneció lentamente, no por tristeza, sino por la intensidad de aquellas palabras.

Nos conocíamos desde los quince años. Yo había llegado al programa de intercambio nerviosa, callada y convencida de que no encajaría en ninguna parte.

Andrew había aparecido con una sonrisa enorme y una colección interminable de excusas para acompañarme.

Una tarde, durante aquellas primeras semanas, incluso consiguió dos entradas para una exposición de arte porque, según él, nadie debía conocer una ciudad nueva a solas.

—¿Te arrepientes? —pregunté.

Andrew frunció el ceño.

—¿De qué?

—De haber participado en el intercambio.

Me observó como si acabara de preguntarle si el cielo era verde.

—Fue la mejor decisión de mi vida.

—Porque me conociste.

—Porque te conocí.

Su respuesta fue inmediata, sin dudas, como si no existiera otra posibilidad. Sentí un calor agradable en el pecho porque yo habría respondido exactamente lo mismo.

Conocerlo había cambiado el curso de mi vida de una manera que ninguno de los dos podía comprender a los quince años.

En aquel entonces solo era el muchacho que aparecía cada vez que yo necesitaba orientación y que convertía mis silencios incómodos en conversaciones sencillas.

Después llegaron las despedidas, las llamadas a horarios imposibles y los viajes demasiado breves.

Hubo años en los que nuestra amistad tuvo que sostenerse a través de una pantalla y promesas de volver a vernos pronto.

No había sido fácil. Tal vez por eso me emocionaba tanto que ahora pudiéramos caminar sin prisa por la misma ciudad y discutir sobre alianzas como si ese futuro hubiese estado siempre garantizado.

Seguimos caminando entre las tiendas mientras el movimiento tranquilo de Salisbury nos rodeaba.

Una pareja de ancianos paseaba a un perro pequeño, dos niños corrían detrás de una pelota y un músico callejero tocaba el violín cerca de una esquina.

No ocurría nada extraordinario, pero no lo necesitábamos.

—Entonces, futura señora Hawk —dijo Andrew.

—Todavía me cuesta escuchar eso.

—Acostúmbrate.

—Veremos.

Él apretó suavemente mi mano.

—¿Nerviosa?

La pregunta me tomó por sorpresa. Pensé unos segundos antes de responder.

—No por casarme contigo. Por todo lo demás. Quiero que la boda salga bien.

—Saldrá bien.

—¿Y si algo sale mal?

—Entonces será un desastre elegante.

Reí, pero Andrew continuó con una seriedad que contrastaba con sus palabras.

—Podría llover, podrían perderse las flores o podríamos olvidar las alianzas. Y aun así terminaríamos casados. Eso es lo único importante.

Lo miré. La iglesia, la comida, las fotografías y los invitados habían ocupado tantas de nuestras conversaciones durante los últimos meses que, por momentos, olvidaba la sencillez de lo que buscábamos. Todo aquello era parte de la celebración, pero no era la promesa. La promesa éramos nosotros.

—Te amo —murmuré.

Andrew giró la cabeza hacia mí, sorprendido.

—¿Así porque sí?

—Sí.

—Qué raro. Normalmente soy yo quien se pone sentimental.

Le di un golpe suave en el brazo.

—No arruines el momento.

—Jamás.

Se inclinó y besó mi frente. Fue un gesto sencillo, cariñoso y familiar. Aun así, sentí el mismo nerviosismo de los primeros meses.

—Sigues poniéndote roja —dijo, satisfecho.

—Cállate.

—Nunca.

La primera joyería estaba situada en una esquina del centro de Salisbury. El escaparate brillaba bajo la luz del mediodía y exhibía collares, pendientes y anillos que parecían demasiado perfectos para pertenecer al mundo real. Andrew sostuvo la puerta para dejarme pasar.

—Después de usted, futura esposa.

—Qué caballero.

—Estoy intentando impresionarte.

—Llegas unos trece años tarde.

—Eso significa que alguna vez lo conseguí.

Entramos sonriendo. Una campanilla sonó sobre nuestras cabezas y una mujer de unos cincuenta años nos recibió con una expresión amable.

—Bienvenidos. ¿Puedo ayudarlos?

Andrew me miró antes de responder. Aquello era muy propio de él. Podía tomar decisiones importantes en el trabajo sin pestañear, pero cuando algo nos involucraba a ambos siempre quería escuchar primero mi opinión.

—Buscamos alianzas de matrimonio —dije.

Los ojos de la mujer se iluminaron.

—Entonces, felicidades. ¿Cuándo es la boda?

—A finales de otoño.

—Una época preciosa para casarse.

Nos condujo hacia una vitrina donde había docenas de anillos. Oro amarillo, oro blanco, platino. Algunos brillaban con piedras diminutas; otros eran completamente lisos. Durante meses había imaginado aquel momento y, sin embargo, ahora me sentía extrañamente nerviosa.

Las luces de la vitrina se reflejaban en el cristal y hacían que cada pieza pareciera más importante de lo que era.

Me incliné para observarlas mejor, consciente de la presión de la mano de Andrew alrededor de la mía.

Habíamos tomado decisiones mucho mayores: continuar una relación a distancia, mudarnos, comprometernos, elegir una iglesia y comenzar a buscar una casa.

Ninguna de ellas me había parecido tan desconcertante como escoger aquel objeto diminuto que llevaría todos los días.

La mano de Andrew encontró la mía.

—¿Todo bien? —preguntó en voz baja.

Asentí.

—Parece que estás eligiendo el destino del mundo.

—Tal vez lo estoy haciendo.

—Son solo anillos.

Negué con la cabeza.

—No son solo anillos.

Su expresión perdió la diversión. Entendía lo que quería decir. No se trataba únicamente de una compra ni de una joya que usaríamos por costumbre. Aquellos círculos pequeños representarían una promesa que todavía no habíamos pronunciado, pero que llevaba años creciendo entre nosotros.

La mujer comenzó a mostrarnos distintos modelos. Andrew observaba cada uno con atención, aunque ninguno terminaba de convencernos. Algunos eran demasiado llamativos; otros, tan elaborados que parecían diseñados para llamar la atención antes que para acompañar una vida.

—¿Qué buscan exactamente? —preguntó la vendedora.

Miré a Andrew y luego volví a los anillos.

—Algo sencillo.

La mujer sacó una nueva bandeja. Esta vez los diseños eran más discretos, elegantes y clásicos. Sentí que algo dentro de mí se relajaba.

—Estos son bonitos —dije.

Andrew tomó uno de los anillos y lo hizo girar entre sus dedos.

—Me gustan.

—¿Por qué?

Me miró con aquella sonrisa que siempre parecía reservada solo para mí.

—Porque se parecen a nosotros.

—¿Cómo puede un anillo parecerse a nosotros?

—Es sencillo. No intenta impresionar a nadie y, aun así, es hermoso.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—Eso fue muy cursi.

—Lo sé.

—Muchísimo.

—También lo sé.

La vendedora sonrió discretamente y fingió concentrarse en ordenar la bandeja. Probablemente estaba acostumbrada a ver parejas enamoradas, pero en aquel momento tuve la absurda sensación de que éramos los únicos dos seres humanos dentro de la tienda.

Andrew dejó el anillo sobre el terciopelo.

—¿Recuerdas cuando nos conocimos? Yo estaba convencido de que me odiabas.

Solté una carcajada.

—No te odiaba.

—Ni siquiera me mirabas.

—Porque estaba aterrada.

—Yo pensé que eras arrogante.

Abrí la boca, indignada.

—¡Yo jamás he sido arrogante!

—Ahora lo sé.

—Eres horrible.

—Y aun así vas a casarte conmigo.

Volví a reír. Aquella frase se estaba convirtiendo peligrosamente en una de sus favoritas.