Capítulo 1 Promesas de Otoño #4
Cuando finalmente comenzamos a despedirnos, Adelaide llenó un recipiente con comida para que nos lo lleváramos, nos abrazó dos veces y le exigió a Andrew que llamara al llegar a su casa.
Después de dejarme, apenas tendría que conducir unos minutos más, pero su madre no aceptaba aquella distancia como una razón para preocuparse menos.
Robert nos acompañó hasta la entrada y nos pidió que condujéramos con cuidado.
El aire nocturno era fresco y llevaba consigo las primeras señales del otoño. Bajé los escalones del porche, pero me detuve antes de llegar al automóvil.
—¿Qué ocurre? —preguntó Andrew.
—Nada.
Levanté la vista hacia el cielo. Las estrellas apenas se distinguían entre algunas nubes, pero la noche era clara y tranquila.
Desde el jardín llegaba el olor de las flores y, a través de la ventana del comedor, Adelaide y Robert todavía podían verse recogiendo los últimos platos mientras discutían por alguna razón que no alcanzaba a escuchar.
Andrew regresó hasta mí.
—Bonita noche.
—Sí.
Apoyé la cabeza sobre su hombro. Él pasó un brazo alrededor de mi cintura y me acercó hacia sí de manera automática. No tuve que pedirlo. Con Andrew casi nunca tenía que pedir cercanía. Él parecía saber cuándo necesitaba un abrazo, una palabra o simplemente su presencia.
Pensé en la boda. En la iglesia cubierta de lirios. En el vestido que esperaba guardado dentro de una funda. En las Highlands, los libros que llevaría en la maleta y la posibilidad de despertar cada mañana junto a Andrew sin tener que despedirme al final del día.
El futuro parecía cercano.
Tan cercano que casi podía tocarlo.
—¿Estás feliz? —preguntó Andrew.
Levanté la cabeza para mirarlo.
—Mucho. ¿Y tú?
Andrew bajó la vista hacia mí. Su expresión perdió el tono juguetón que había mantenido durante casi toda la noche. Me observó con una atención tan profunda que sentí que intentaba guardar cada detalle de mi rostro.
—Más de lo que puedo explicar.
Sonreí.
—Dentro de un año vamos a reírnos de todo este estrés.
—Dentro de un año mi madre seguirá preguntando si elegimos bien las servilletas.
—Probablemente. Y yo seguiré defendiendo que el marfil es distinto del blanco.
Andrew negó con la cabeza, aunque la sonrisa regresó a sus labios.
—Entonces supongo que nada cambiará.
—Muchas cosas cambiarán.
—¿Te asusta?
Pensé en la pregunta. Casarme significaba nuevas costumbres y decisiones compartidas. También significaba dejar atrás una parte de la vida que conocía. Sin embargo, cuando imaginaba aquellos cambios junto a Andrew, el miedo parecía perder fuerza.
—No cuando estoy contigo.
Él me acercó un poco más.
—¿Lo prometes?
Apoyé una mano sobre su pecho.
—Lo prometo.
Andrew tomó mis dedos y depositó un beso suave sobre mis nudillos.
—Entonces yo también voy a prometerte algo. Pasaré el resto de mi vida intentando hacerte feliz.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
No fueron dichas con dramatismo ni acompañadas por un gran gesto.
Andrew las pronunció con la misma calma con la que hablaba de los planes para el día siguiente.
Como si amarme fuera una decisión sencilla.
Como si quedarse a mi lado no necesitara ser cuestionado.
—No tienes que hacerme feliz todo el tiempo —respondí—. Nadie puede hacer eso. Habrá días malos y probablemente discutiremos. No necesito una vida perfecta.
—¿Qué necesitas?
Sostuve su mirada.
—Que sigamos eligiéndonos incluso cuando las cosas no sean fáciles.
Los dedos de Andrew rodearon los míos con más fuerza.
—Eso sí puedo prometerlo.
Me incliné para besarlo. No había urgencia entre nosotros ni algo que necesitáramos demostrarnos. Era un beso lleno de años, de confianza y de todas las palabras que habíamos aprendido a decirnos sin hablar.
La puerta principal se abrió detrás de nosotros.
—¡No olviden llamar! —gritó Adelaide desde el porche.
Andrew soltó una risa contra mi frente.
—El momento terminó.
—Tu madre tiene un talento especial.
Caminamos hasta el automóvil tomados de la mano. Andrew abrió la puerta del pasajero y esperó a que subiera antes de rodear el vehículo. Los primeros acordes de la misma canción llenaron otra vez el interior.
Giré lentamente hacia él.
—No puede ser.
—La radio la eligió.
—Tú conectaste el teléfono.
—Una coincidencia.
Negué con la cabeza, pero no le pedí que cambiara la canción. Andrew buscó mi mano sobre el espacio entre los asientos y entrelacé los dedos con los suyos. El automóvil se alejó de la casa mientras Adelaide y Robert permanecían en el porche, despidiéndose hasta que doblamos la esquina.
Miré las luces de Salisbury avanzar al otro lado de la ventana y pensé en las promesas que nos habíamos hecho, en la boda y en todos los años que todavía creía tener por delante.
No podía imaginar una vida en la que Andrew no estuviera.
Él había sido mi amigo, mi refugio y la persona que había permanecido a mi lado durante más tiempo que nadie.
Era mi certeza.
Mi futuro.
Mi hogar.
Apreté suavemente su mano. Andrew respondió al gesto sin apartar la vista del camino.
Y mientras Andrew me llevaba de regreso a casa bajo un cielo oscuro, con el otoño cada vez más cerca y la música acompañándonos en el interior del automóvil, me permití creer que algunas promesas podían durar para siempre.