Capítulo 1 Promesas de Otoño #3
Adelaide descendió los escalones con una energía impropia para alguien que llevaba toda la tarde cocinando. Vestía un delantal color crema decorado con pequeñas flores y llevaba el cabello recogido de manera descuidada. Apenas puse un pie en el jardín, llegó hasta mí.
—¡Mírate! Sabía que ese color te quedaría precioso.
—Hola para ti también.
Adelaide me envolvió en un abrazo cálido, de esos que parecían durar un poco más de lo necesario y que conseguían hacerme sentir en casa.
—Te extrañé.
—Nos vimos hace tres días.
—Exactamente. Demasiado tiempo.
Andrew cerró la puerta del automóvil detrás de nosotras.
—Mamá, estás exagerando.
—Nadie te preguntó. Además, llegaron tarde.
—Faltaban dos minutos.
—En esta casa eso cuenta como tarde.
Desde el interior, Robert anunció que ya había abierto el vino. Adelaide pasó un brazo alrededor de mis hombros y me condujo hacia el porche, mientras Andrew caminaba detrás de nosotras, resignado a haber quedado en segundo plano.
—Por cierto —dijo Adelaide—, compré algunas revistas nuevas.
Andrew dejó escapar un gemido.
—Solo son seis —añadió ella.
—¿Seis? —repetí.
—Había ofertas.
—No sabía que las revistas de bodas tuvieran ofertas —dijo Andrew.
—Porque no prestas atención a las cosas importantes.
—Sé que estamos casándonos. Eso me parece bastante importante.
Adelaide me miró con una expresión que decía más que cualquier respuesta.
—¿Ves con lo que tengo que trabajar?
Entramos en la casa entre risas. Conocía cada rincón: las fotografías familiares junto a la escalera, la pequeña mesa donde Adelaide dejaba flores frescas y el reloj antiguo que se adelantaba seis minutos porque Robert insistía en que ayudaba a que nadie llegara tarde.
Había pasado tantas tardes allí que ya no necesitaba preguntar dónde estaban las cosas.
No era la casa en la que había crecido, pero, con el tiempo, había comenzado a sentirme como una parte de ella.
Robert apareció desde el comedor con una copa de vino en la mano. Me recibió con un abrazo breve antes de mirar a su hijo.
—Llegaron tarde.
Andrew lo señaló con una expresión de traición.
—Faltaban dos minutos.
—Llevo más de treinta años casado con tu madre. Aprendí a elegir mis batallas.
La mesa estaba cubierta con el mantel blanco que Adelaide reservaba para las ocasiones especiales. Las velas proyectaban una luz cálida sobre la porcelana y, en el centro, un arreglo de flores acompañaba tantas fuentes de comida que dudé que los cuatro pudiéramos terminar siquiera la mitad.
—Bien —anunció Adelaide cuando todos estuvieron sentados—. Ahora que están aquí y no pueden escapar, podemos hablar de la boda.
Andrew dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Y aquí vamos.
La conversación comenzó con las servilletas. Adelaide sostenía que el blanco puro y el marfil eran distintos; Andrew insistía en que ambos seguían siendo blancos. Intenté mantenerme neutral hasta que Adelaide me pidió que explicara la diferencia.
—No puedo creer que estés participando en esto —dijo Andrew.
—Me pediste que fuera honesta.
—Esperaba que fueras razonable.
—Nunca estuvo de tu lado —intervino Adelaide—. Solo tardó un poco en aceptarlo.
Robert dejó escapar una risa mientras servía vino en mi copa.
—Es mejor que te rindas, hijo.
Andrew tomó mi mano bajo la mesa y entrelazó los dedos con los míos, como si necesitara recordar que, a pesar de aquella traición, seguíamos perteneciendo al mismo equipo.
Después hablamos del vestido. Expliqué que faltaba ajustar el largo y terminar algunos detalles del encaje, pero me negué a mostrar fotografías.
Andrew respaldó la decisión con tanta firmeza que Adelaide intentó enviarlo por otra botella de vino.
Más tarde discutimos la lista de invitados, que había crecido de sesenta personas a más de cien, y vi cómo mi prometido se tocaba la nuca, gesto que siempre aparecía cuando sabía que estaba a punto de perder una discusión.
—Yo solo quiero que estén las personas importantes —dije.
El comentario salió más bajo de lo que esperaba, pero bastó para que Adelaide dejara de insistir.
—Y estarán —respondió con suavidad—. Eso es lo único que realmente importa.
Le dediqué una sonrisa agradecida. Sabía que Adelaide podía entusiasmarse demasiado y que, en ocasiones, su deseo de ayudar terminaba complicando decisiones que Andrew y yo ya habíamos tomado.
Sin embargo, nunca dudaba de sus intenciones.
Quería que la boda fuera perfecta porque nos amaba y deseaba formar parte de cada momento.
—¿Ya decidieron qué harán con la luna de miel? —preguntó Robert.
—Todavía estamos revisando opciones —respondí.
—Eso significa que ella ya eligió y Andrew todavía cree que tiene voz —dijo él.
Adelaide asintió.
—Exactamente. ¿Qué eligió Caroline?
—Las Highlands —contestó Andrew.
—No he decidido nada —protesté.
—Llevas semanas dejando fotografías de Escocia abiertas en el ordenador y marcaste tres cabañas como favoritas.
—Estoy investigando.
—También compraste una guía de senderos.
Intenté defenderme, pero la sonrisa de Andrew dejó claro que había reunido pruebas suficientes.
—Bien. Tal vez me gusta la idea.
—A mí también —dijo él.
Me gustaba imaginar una cabaña rodeada de montañas y lagos, lejos del ruido y de los horarios.
Andrew añadió que tendría que cargar con media biblioteca, porque yo jamás conseguiría elegir un solo libro.
La discusión nos llevó de nuevo a Orgullo y prejuicio y luego a la canción que él escuchaba todos los días.
Robert confesó haberlo oído reproducirla cuatro veces mientras trabajaban en el jardín, y Adelaide declaró que, si Andrew se quejaba por los libros, podría cargar la maleta.
—Yo llevaré tus libros —dijo él, sin dejar de sonreír—. Como siempre.
La frase me recordó la primera vez que se había ofrecido a cargar mis libros durante el programa de intercambio. Había comenzado como una excusa adolescente para acompañarme y, más de una década después, seguía haciendo lo mismo cada vez que viajábamos juntos.
Algunas cosas habían cambiado.
Otras no necesitaban hacerlo.
Cuando Adelaide comenzó a retirar los platos, me levanté para ayudarla.
—Tú quédate sentada. Eres una invitada.
—Ya no me tratas como invitada desde hace años.
Tomé dos platos antes de que pudiera impedírmelo.
—Considéralo práctica para cuando sea oficialmente parte de la familia.
Adelaide se detuvo. La emoción que apareció en su rostro fue tan inmediata que supe que había dicho algo importante sin proponérmelo.
—Para mí ya eres parte de esta familia.
Sentí un nudo suave en la garganta. No recordaba cuándo había dejado de sentirme como la novia de Andrew y había comenzado a sentirme como una hija más dentro de aquella casa. Tal vez no había sido un momento concreto, sino una suma de cenas, conversaciones, abrazos y celebraciones compartidas.
—Gracias —dijo, incapaz de encontrar una respuesta mejor.
Adelaide me abrazó.
—Siempre quise una hija. Y mi hijo tuvo la amabilidad de encontrarme una.
—Estoy aquí —protestó Andrew desde su asiento.
—Y estamos muy agradecidos por tu colaboración.
La cena terminó mucho más tarde de lo que habíamos planeado. Después del postre, Robert encontró una fotografía de Andrew a los ocho años, vestido de árbol para una presentación escolar, y reí hasta que me dolió el estómago.
—No entiendo por qué todavía conservan eso —se quejó él.
—Porque es parte de nuestra historia familiar —respondió Adelaide.
—Yo estaba vestido con una bolsa marrón y hojas pegadas en la cabeza.
—Eras un árbol precioso.
Tomé la fotografía.
—Esto irá en la boda.
—Cancelaré la ceremonia.
—Demasiado tarde para arrepentirte —le recordé.
Andrew entrecerró los ojos al reconocer sus propias palabras.
—Eso fue un golpe bajo.