Capítulo 1 Promesas de Otoño #2
—Porque era verdad la semana pasada.
—También lo dijiste hace dos semanas.
—Porque también era verdad hace dos semanas.
—Empiezo a creer que no conoces más cumplidos.
Andrew pareció considerar la acusación con seriedad.
—Podría improvisar.
—No lo hagas.
—Maravillosa.
—Andrew.
—Perfecta.
—Andrew Hawk.
Él sonrió.
—Me encanta cuando usas mi nombre completo. Suena como si estuvieras a punto de regañarme.
—Porque estoy a punto de hacerlo.
Negué con la cabeza, pero no pude ocultar la sonrisa. Andrew dio un paso hacia mí y su expresión cambió. La diversión seguía presente en sus ojos, aunque su voz se volvió más suave.
—Hablo en serio, Caroline. Te ves preciosa.
Sostuve su mirada. Todavía me sorprendía la facilidad con la que Andrew conseguía hacerme sentir especial.
No era solo por las palabras, sino por la manera en que las decía, como si creyera en cada una de ellas.
Como si, después de todos aquellos años, todavía pudiera descubrir algo nuevo al mirarme.
—Gracias —murmuró—. Aunque sigo siendo la misma de siempre.
Andrew negó lentamente.
—No, nunca eres exactamente la misma.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que sí.
—Explícamelo.
Andrew fingió pensarlo, aunque la respuesta apareció demasiado rápido como para no haber estado ya en su mente.
—Cada día encuentro algo nuevo que amar.
Abrí la boca, pero no conseguí responder de inmediato. Era injusto que, después de tantos años de conocerlo, todavía tuviera la capacidad de dejarme sin palabras.
—Eres ridículamente romántico.
—Y tú amas eso.
—Tal vez muchísimo.
La sonrisa de Andrew se volvió triunfal.
Antes de que pudiera contestar, se inclinó y me besó.
Fue un beso breve, suave y conocido. No llevaba la urgencia de los primeros encuentros ni el nerviosismo de los momentos que todavía debían ser descubiertos.
Era el tipo de beso que nacía de la confianza, de la costumbre compartida y de un amor que había tenido tiempo suficiente para convertirse en parte de nuestras vidas.
Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.
—¿Sabes qué es lo peor? Que sigues poniéndome nerviosa.
Andrew soltó una risa.
—Después de dos años de relación y trece de conocernos.
Me aparté lo suficiente para mirarlo.
—¿De verdad llevas la cuenta?
—Trece años, dos meses y aproximadamente una semana.
—Eso es un poco aterrador.
—Lo dices como si no conservaras todavía la nota que te pasé durante nuestra primera semana en la escuela.
—Porque era divertida.
—Porque estabas enamorada de mí.
—Tenía quince años.
—Yo también. Y fui lo bastante inteligente para darme cuenta.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—Eras insoportable.
—Y aun así terminaste comprometida conmigo.
—Fue un error de cálculo.
—Demasiado tarde para arrepentirte.
Andrew abrió la puerta del pasajero y le hizo una pequeña reverencia.
—Además, no puedes escapar antes de que mi madre te adopte oficialmente.
—Creo que ya lo hizo hace años.
—Entonces estás atrapada.
Mientras me acomodaba en el asiento, Andrew me advirtió que Adelaide llevaba toda la tarde esperándonos.
La cena era a las siete y faltaban diez minutos, pero para su madre aquello ya significaba que íbamos atrasados.
Reí mientras él cerraba la puerta y rodeaba el automóvil.
Lo seguí con la mirada a través del parabrisas y sentí una vez más aquella certeza tranquila que siempre aparecía cuando estábamos juntos.
En un mundo lleno de cambios, Andrew había sido la única constante de mi vida.
El trayecto hasta la casa de los Hawk duraba poco más de quince minutos. Andrew encendió la radio apenas puso el automóvil en movimiento y una melodía acústica llenó el interior con suavidad. Reconocí la canción antes de que comenzara la primera estrofa.
—¿Otra vez esta canción?
—¿Qué tiene de malo?
—La escuchas todos los días.
—Eso es una exageración.
—La escuchaste ayer. Y anteayer.
—Sigue sin demostrar que la escuche todos los días.
Lo miré con una sonrisa.
—Estás obsesionado.
—Habla la mujer que ha leído Orgullo y prejuicio nueve veces.
—Cada vez descubro algo distinto.
—Exactamente lo que yo digo de esta canción.
—No es lo mismo.
—Claro que sí.
Negué con la cabeza y volví la atención hacia la ventana.
Las calles de Salisbury parecían especialmente tranquilas a aquella hora.
Los árboles comenzaban a mostrar las primeras señales del cambio de estación y, entre el verde del verano, aparecían hojas amarillas y tonos rojizos.
Siempre había sentido una afinidad especial por el otoño.
Me gustaban las mañanas frescas, el sonido de las hojas secas bajo los zapatos y aquella sensación de calma que parecía instalarse en el mundo cuando el verano llegaba a su fin.
Quizá por eso nunca dudé al elegir la fecha de la boda.
Había algo simbólico en comenzar una nueva etapa justo cuando la naturaleza también parecía prepararse para otra.
Sentí la mano de Andrew buscar la mía sobre el espacio que separaba ambos asientos.
No necesité mirarlo para saber que estaba sonriendo.
Aquel gesto era tan habitual que apenas tuve que pensarlo antes de entrelazar los dedos con los suyos.
Al principio había creído que era una costumbre propia de los primeros meses de relación y que desaparecería con el tiempo, pero dos años después seguía haciéndolo exactamente igual.
Como si necesitara comprobar que yo continuaba allí.
—¿En qué piensas? —preguntó Andrew.
—En que eras un mentiroso. Ese asiento del primer día no era tuyo.
Una sonrisa apareció de inmediato en su rostro.
—Estaba libre.
—Porque habías movido tus cosas y enviado a otro estudiante a la sala equivocada.
Andrew intentó mantener una expresión inocente antes de rendirse.
—Quizá fui un poco creativo.
—Te castigaron por eso.
—Pero conseguí sentarme junto a ti.
—Durante una sola clase.
—Fue suficiente.
Reí al recordar lo perdida que me había sentido aquel día y la mano de Andrew alzada desde el fondo del aula, señalándome el único asiento vacío. En ese momento creí que simplemente estaba siendo amable. Meses después descubriría que llevaba varios días planeando aquella oportunidad.
—Tardaste un año entero en admitir que te gustaba —dijo.
—Estaba construyendo tensión narrativa.
—No puedes usar mis libros para justificar tu cobardía.
—Era miedo a que me dijeras que no.
—Pero a mí también me gustabas.
—Porque ya estabas enamorada de mí.
—Porque me diste pena.
Andrew se llevó una mano al pecho con exagerado dramatismo.
—Eso duele.
—Debería haber sabido que eras dramático desde la primera vez que cocinaste para mí.
Él dejó escapar un largo suspiro.
—Sabía que terminaríamos hablando del incendio.
—No fue un incendio. Fue un intento de incendio.
Andrew había insistido en preparar personalmente la cena porque, según él, cualquiera podía reservar una mesa en un restaurante, pero cocinar requería verdadero esfuerzo.
El resultado había sido una olla de pasta carbonizada, una salsa imposible de identificar y una alarma que nos obligó a evacuar parte de la residencia estudiantil.
Los bomberos aparecieron pocos minutos después.
—La pasta no estaba tan mal —protestó.
—Estaba negra.
—Era una receta experimental.
—La receta no incluía carbón.
—Y aun así volviste a dejarme cocinar para ti.
Mi sonrisa se suavizó.
—Porque ya estaba enamorada de ti.
Andrew no respondió de inmediato. Me miró apenas un segundo antes de volver la vista al camino, pero fue suficiente para que notara cómo la diversión daba paso a algo más profundo.
A él nunca le había costado expresar lo que sentía.
Yo, en cambio, siempre había necesitado un poco más de tiempo.
No porque sintiera menos, sino porque algunas emociones me parecían demasiado grandes para convertirlas en palabras.
Andrew conocía esa parte de mí. Por eso entendía que, cuando finalmente hablaba, cada confesión significaba mucho más de lo que parecía.
—¿Estás nerviosa? —preguntó después de un momento.
—¿Por la cena?
—Por la boda.
Volví la mirada hacia el paisaje. No tenía dudas, pero sí esa inquietud inevitable que aparecía al comprender que algo importante estaba a punto de cambiar para siempre.
—Un poco. Por la ceremonia, por los invitados, por olvidar algo importante… por tropezar cuando camine hacia el altar.
—Si tropiezas, correré a atraparte.
—Eso podría empeorar bastante las cosas.
—Confía en mí.
—Ese es precisamente el problema. También me preocupa que Adelaide añada otros cincuenta invitados sin avisarnos. Y que llueva.
—Es Salisbury. Va a llover.
—No ayudas.
—Conseguiré un paraguas enorme.
—¿Y si hay viento?
—Lo sostendré con fuerza.
—¿Y si se rompe?
Andrew guardó silencio apenas un segundo.
—Entonces nos mojaremos juntos.
Giré la cabeza para mirarlo. La respuesta había salido con tanta naturalidad que él ni siquiera parecía consciente de haber dicho algo importante.
Simplemente daba por hecho que, si las cosas salían mal, ambos las enfrentaríamos juntos.
Andrew nunca prometía que todo sería perfecto ni que no existirían problemas.
Solo parecía convencido de que, cuando llegaran, ninguno tendría que enfrentarlos solo.
—Eso ha sido bastante bueno —admitió.
—Tengo mis momentos.
—Muy pocos.
—Pero memorables.
El automóvil abandonó la avenida principal y giró hacia la calle donde vivían los Hawk. Antes incluso de que Andrew estacionara, distinguí una silueta moviéndose detrás de una de las ventanas.
—Tu madre nos está vigilando.
—Te dije que llegábamos tarde.
—Faltan cinco minutos para las siete.
—Eso no existe en el horario de Adelaide.
El automóvil apenas se detuvo cuando la puerta principal se abrió.
—¡Por fin!
La voz de Adelaide Hawk cruzó el jardín antes de que Andrew apagara el motor. Me llevé una mano a los labios para contener la risa.
—Ahí está —murmuró él.