La Tristeza en Mí
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Capítulo 1 Promesas de Otoño
Siempre había pensado que la felicidad debía sentirse como algo extraordinario. Algo enorme, imposible de ignorar. Un acontecimiento capaz de sacudir el mundo entero y dividir la vida en dos: todo lo que había ocurrido antes y todo lo que vendría después.
Sin embargo, mientras observaba mi reflejo en el espejo del pasillo aquella tarde de finales de verano, comprendí que tal vez había estado equivocada durante años.
La felicidad rara vez hacía ruido. No siempre llegaba acompañada de grandes noticias, celebraciones multitudinarias o momentos dignos de una novela.
A veces era tan sencilla como un vestido azul cuidadosamente planchado, una cena familiar y la certeza de que, al abrir la puerta, la persona que amabas estaría esperándote al otro lado.
Me acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja y examiné mi reflejo con la misma atención que solía dedicar a los personajes de los libros que tanto disfrutaba leer.
El vestido me quedaba bien. No era demasiado elegante ni pretendía llamar la atención; era sencillo, discreto y cómodo, exactamente como me gustaban las cosas.
Deslicé las manos por la tela para borrar una arruga que apenas existía y sonreí.
Dentro de tres meses sería una mujer casada.
La idea todavía me resultaba extraña. No porque tuviera dudas.
Jamás había dudado de Andrew ni de la vida que deseaba construir junto a él.
Después de tantos años, seguía siendo la única persona capaz de hacerme sentir que el futuro no era algo que debía temer.
Lo extraño era haber pasado tanto tiempo imaginando aquel momento y que ahora, cuando por fin estaba tan cerca, una parte de mí aún no consiguiera creer que fuera real.
Dentro de tres meses caminaría por el pasillo central de la iglesia de Saint Thomas, pronunciaría los votos que llevaba años guardando en el corazón y me convertiría en Caroline Hawk.
La última idea hizo que mi sonrisa creciera.
Todavía no me acostumbraba al apellido. Algunas veces lo había escrito por simple curiosidad en las páginas finales de una libreta, como habría hecho cualquier adolescente enamorada, aunque luego me apresuraba a tacharlo por temor a que alguien lo encontrara.
Andrew se habría burlado de mí durante semanas si llegaba a descubrirlo.
No de una manera cruel, sino con esa expresión satisfecha que adoptaba cada vez que conseguía demostrar que yo era mucho más romántica de lo que estaba dispuesta a admitir.
Aparté la mirada del espejo y observé la carpeta que descansaba sobre la cómoda.
Era más gruesa de lo que recordaba. En su interior convivían muestras de tela, fotografías, presupuestos, listas de invitados, recortes de revistas y pequeñas anotaciones escritas durante los últimos meses.
Para cualquier otra persona habría parecido un montón de papeles desordenados, pero para mí representaba algo más que la planificación de una boda.
Allí estaba reunida, página tras página, una parte de la vida que estaba construyendo junto a Andrew.
Sabía que no tenía sentido volver a abrirla. Había revisado su contenido tantas veces que podía recordar dónde estaba pegada cada fotografía y en qué sección había guardado las muestras del encaje. Aun así, terminé haciéndolo.
Recorrí las primeras páginas con cuidado.
Allí estaban las imágenes de la iglesia, algunos bocetos del vestido y varias muestras de la tela elegida para las mangas.
Más adelante aparecían las opciones para la decoración y los arreglos florales.
Mis dedos se detuvieron sobre una fotografía de lirios blancos.
Habíamos visto decenas de flores desde que comenzamos a organizar la boda: rosas, peonías, hortensias, tulipanes.
Todas tenían algo especial, pero yo siempre terminaba regresando a los lirios.
Había en ellos una serenidad que no necesitaba imponerse para ser recordada.
Eran elegantes sin resultar ostentosos, delicados sin parecer frágiles.
Tal vez por eso me recordaban tanto a la relación que compartía con Andrew.
Nuestro amor tampoco dependía de grandes demostraciones para sentirse verdadero.
Vivía en los pequeños gestos: una taza de té preparada antes de que la pidiera, una mano buscándome bajo la mesa, una conversación capaz de prolongarse durante horas o un silencio que jamás resultaba incómodo.
Tomé la fotografía y cerré los ojos durante un instante, permitiendo que mi imaginación completara la escena.
La iglesia de Saint Thomas cubierta de lirios blancos.
La música llenando el lugar mientras las puertas se abrían.
Adelaide sentada en la primera fila, intentando contener unas lágrimas que probablemente comenzarían mucho antes de la ceremonia.
Robert a su lado, fingiendo una calma que nunca lograba mantener cuando algo le importaba de verdad.
Y, al final del pasillo, Andrew, esperándome frente al altar con aquella sonrisa tranquila que siempre conseguía hacerme creer que todo saldría bien.
La imagen fue tan clara que sentí una presión cálida en el pecho.
Durante un segundo tuve la extraña sensación de no estar imaginando el futuro, sino recordando un momento que todavía no había ocurrido.
Dejé escapar una risa baja y volví a mirar la fotografía.
Era curioso que, incluso después de tantos años, pensar en Andrew aún pudiera hacerme sentir como la adolescente que había sido cuando lo conocí.
Tenía quince años y acababa de llegar al programa de intercambio estudiantil.
Estaba lejos de casa, rodeada de personas desconocidas y convencida de que todos podían notar lo perdida que me sentía.
Andrew apareció durante mi primer día de clases.
Era alto, desgarbado y demasiado amable.
Tan amable que, al principio, sospeché que debía de estar ocultando algo.
Se ofreció a cargar unos libros que yo podía llevar perfectamente sola, insistió en acompañarme hasta el aula y más tarde me guio hasta la biblioteca.
Al terminar las clases apareció de nuevo para caminar conmigo hasta la parada del autobús.
Durante las semanas siguientes siempre parecía dirigirse al mismo lugar que yo.
Si iba a la biblioteca, él necesitaba buscar un libro.
Si me quedaba estudiando después de clases, Andrew recordaba de pronto que tenía una tarea pendiente.
Solo mucho tiempo después descubrí que ninguno de aquellos encuentros había sido una coincidencia.
Para entonces ya era demasiado tarde. Andrew se había convertido primero en mi compañero más cercano, luego en mi mejor amigo y, sin que pudiera precisar cuándo había ocurrido, en una de las personas más importantes de mi vida.
Nuestra amistad sobrevivió a los años, a la distancia y a todos los cambios que parecían empeñados en llevarnos por caminos distintos.
Habíamos crecido juntos incluso cuando no podíamos estar en el mismo lugar.
Andrew era la primera persona a la que llamaba cuando algo salía bien y la única con quien podía hablar cuando todo parecía derrumbarse.
Tardamos años en admitir que lo que existía entre nosotros era algo más que amistad.
Dos años después de aquella confesión estábamos comprometidos, pero la relación no había reemplazado la amistad que nos unía desde el principio. La había hecho más profunda.
El sonido de un motor deteniéndose frente a la casa interrumpió mis pensamientos. Mi corazón reaccionó antes que yo. Siempre lo hacía.
Dejé la fotografía dentro de la carpeta y caminé hasta la ventana.
Aparté ligeramente la cortina y miré hacia la calle.
Andrew estaba junto al automóvil, esperando.
La luz dorada del atardecer caía sobre Salisbury y dibujaba reflejos suaves en su camisa azul oscuro.
Tenía las mangas dobladas hasta los antebrazos y revisaba algo en el teléfono mientras permanecía apoyado contra la puerta del conductor.
Había llegado unos minutos antes de la hora acordada, como hacía casi siempre.
Decía que prefería esperar afuera para no apresurarme.
Lo observé unos segundos más de los necesarios, aunque no había nadie allí para señalármelo.
Había visto aquella escena cientos de veces: Andrew llegando por mí, esperando con paciencia y sonriendo apenas me veía aparecer.
Sin embargo, seguía sintiendo la misma tranquilidad cada vez que lo encontraba al otro lado de la ventana.
Como si verlo confirmara que todo estaba bien.
Él levantó la cabeza, quizá porque sintió que alguien lo observaba. Sus ojos encontraron los míos detrás del cristal y una sonrisa apareció lentamente en su rostro. Después de tantos años, seguía teniendo exactamente el mismo efecto sobre mí.
Le devolví la sonrisa antes de alejarme de la ventana.
Cerré la carpeta de la boda y la dejé nuevamente sobre la cómoda.
Durante un momento contemplé los objetos que me rodeaban: el libro abierto sobre la mesa, la taza de té olvidada junto a la ventana y las cortinas moviéndose con la brisa.
Todo era completamente normal. Tal vez por eso me sentía tan feliz.
Tomé el bolso del perchero, apagué las luces y salí de la casa. El aire olía a hierba recién cortada y conservaba el calor suave de los últimos días de verano. Andrew guardó el teléfono en el bolsillo y se apartó del automóvil cuando me vio acercarme.
—Vaya —dijo, adoptando una expresión de sorpresa—. Creo que me equivoqué de casa.
Arqueé una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí. Mi prometida vive aquí, pero tú pareces una modelo que escapó de alguna revista.
Solté una carcajada y negué con la cabeza.
—Eres terrible.
—Y tú te ves hermosa. Muy hermosa.
Andrew me recorrió con la mirada sin prisas, aunque no hubo nada incómodo en aquel gesto. Me observaba de una manera que siempre conseguía hacerme sentir vista, no examinada.
—Dijiste lo mismo la semana pasada.