La geometría de las mareas #8
—Sabía que alguien de Oxford vendría a presentar una ponencia sobre la geometría de los cimientos —su barítono salió de la oscuridad, bajo y desprovisto de su peso académico—.
El rector necesitaba un experto externo que firmara la insignificancia estructural de los niveles inferiores.
Pensaron que una profesora de literatura inglesa que escribe sobre castillos imaginarios no sabría distinguir entre una alcantarilla romana y una bóveda medieval.
Ava sintió que una náusea fría y física florecía detrás de sus costillas. Sus dedos se cerraron en torno a la correa de su bolso. —Usted orquestó el choque. En el pasillo.
—Necesitaba ver sus cuadernos —dijo él. No se disculpó; su voz era tan plana y firme como la piedra que tenían debajo—. Necesitaba saber si la habían comprado a usted primero.
Un fósforo se encendió. La luz amarillenta y sulfurosa iluminó de golpe las líneas afiladas y huecas de su rostro, con sus ojos oscuros fijos en ella con una intensidad cruda y defensiva. La llama se reflejó en la carpeta de hule que tenía entre las rodillas.
Ava se puso de pie, golpeándose la cabeza contra una nervadura baja de piedra caliza con un impacto sordo, un pum que le nubló la vista.
No sintió el golpe. Solo sintió el peso inmenso y sofocante de la cercanía que se había construido entre ellos a lo largo de los últimos cuatro días —las cenas en el Barrio Gótico, el salitre en la playa, la tormenta de medianoche en la habitación del hotel— abriéndose ahora por la mitad como el cristal agrietado del balcón.
—Todo era documentación —dijo, con la voz cayendo en una calma quebradiza y peligrosa.
—La contraescritura es real, Ava —dijo él, y el fósforo se consumió hasta sus dedos manchados de tinta antes de que lo apagara con los dedos, devolviéndolos a la oscuridad.
Y su artículo es lo único que conecta el estudio de la universidad con las cartas reales originales.
Sin su firma en su informe de autorización, no pueden verter la segunda capa de hormigón.
Desde el techo de piedra superior, un golpe amortiguado y rítmico, un pum-pum-pum, comenzó a vibrar; el pulso pesado y mecánico de una perforadora hidráulica abriéndose paso a través de la plataforma de la montaña desde la carretera de la fortaleza, arriba.
Ava se giró hacia el portón de madera podrida, con sus botas resbalando en el esquisto suelto mientras avanzaba a tientas para encontrar el pestillo.
Su pecho subía y bajaba en jadeos cortos y de pánico que sabían a polvo y a cal vieja.
Había huido de Inglaterra para escapar de la decadencia tranquila de su propia vida, solo para descubrir que la habían traído aquí para actuar como sello administrativo de una ejecución corporativa.
—Ava —la mano de él la tomó por el tacón de la bota en la oscuridad, con un agarre absoluto—. Si sale ahora hacia el funicular, la autoridad portuaria tendrá su declaración antes de que el vagón llegue abajo.
Ava dio una patada hacia atrás con el tacón de la bota, y el cuero rígido golpeó el antebrazo de Adrià con un impacto sordo y húmedo, un pum que rompió su agarre.
No escuchó el gruñido de dolor que siguió.
Estampó el hombro contra el portón de madera podrida, y sus uñas se partieron por la mitad mientras arañaba el pestillo de hierro hasta que la estructura cedió.
El resplandor blanco y cegador del sol del mediodía la golpeó como un impacto físico.
Se abrió paso a rastras por la espesura de zarzas, y las espinas le dibujaron líneas largas y rojas en las muñecas mientras alcanzaba el sendero de cabras.
No miró atrás, hacia la abertura oscura.
Corrió hacia la estación del funicular, con su bolso de cuero golpeándole con violencia la cadera como un ala rota.
Al anochecer, el laberinto de El Born se había convertido en un pantano de niebla amarilla y olor grasiento a manteca friéndose.
Ava deambulaba sin mapa, con las botas arrastrándose por las estrechas trincheras de los callejones donde la humedad nunca se evaporaba del todo de la piedra.
La humedad había convertido su combinación de seda en un trapo frío y húmedo que se le pegaba a la columna bajo la gabardina.
Había perdido el reloj. Había perdido su pluma estilográfica. Su teléfono estaba muerto, y su pantalla oscura reflejaba únicamente el cartel de neón parpadeante de un bar de tapas al otro lado del callejón.
Estaba completamente perdida, pero por primera vez en cinco años, la niebla gris y sofocante de su agotamiento interno había sido reemplazada por una rabia aguda y localizada que sabía a hierro y a salitre.
Cada paso que daba sobre las baldosas hexagonales de arcilla se sentía como un acto de desafío contra la prosa pulcra y desapasionada que se había pasado la vida escribiendo.
La habían elegido porque pensaban que era débil: una académica cansada y segura que estamparía su firma en una mentira solo para regresar a la tranquilidad segura de su biblioteca de Oxford.