La triada oscura Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

Capítulo diecisiete

No recuerdo bien cómo llegué a casa. Habían pasado horas, horas de luces azules y blancas, de agentes entrando y saliendo, de técnicos de criminalística invadiendo cada rincón de la casa, de cámaras, de fotos, de guantes de látex y bolsas de evidencias…

Horas viendo cómo abrían el arcón, cómo sacaban el cuerpo, cómo se lo llevaban como si fuera una pieza más de un procedimiento…

Y horas de preguntas, las mismas preguntas una y otra vez.

¿Desde cuándo le conocía?

¿Dónde le había visto por primera vez?

¿Sabía algo de su identidad real?

¿Había notado algo extraño?

Yo no tenía respuestas, solo fragmentos, recuerdos que ya no sabía si eran reales o parte de una mentira.

Cuando por fin me dejaron marchar, conducir, aparcar, abrir la puerta… todo ocurrió como en automático, como si mi cuerpo estuviera funcionando por inercia mientras mi cabeza seguía atrapada en aquel sótano.

Cerré detrás de mí. El sonido resonó demasiado seco y vacío. Me quedé un momento quieta en la entrada, sin moverme, sin encender la luz, dejando que la oscuridad llenara el espacio. La casa olía a lugar nuevo, sin historia. No era un hogar. Era solo… un sitio.

Avancé unos pasos y dejé las llaves sobre la encimera. El sonido metálico fue lo único que rompió el silencio. La maleta seguía donde la había dejado por la mañana, como si perteneciera a otra persona. Quizá era así. En aquel momento, me parecía como si aquella mañana hubiera sucedido en otra vida.

Tragué saliva y entonces lo sentí. Primero fue un nudo en el pecho, luego una presión, luego algo que empezó a subir, rápido, descontrolado, como si todo lo que había estado conteniendo durante horas encontrara por fin una grieta por la que salir.

—No… —murmuré, negando con la cabeza.

No podía ser, no tenía sentido, no podía ser real.

Su recuerdo me llegó con la fuerza de un puñetazo en el estómago: Ray, su voz, su forma de mirarme, sus manos, el calor de su cuerpo sobre el mío, la manera en que me había hecho sentir…

Todo aquello se mezcló con otra imagen: el arcón, el frío, el cadáver, la dedicatoria…

“Con amor, Ray”.

—No… —repetí, esta vez más alto, sintiendo como el estómago se me revolvía.

Me llevé una mano a la boca, como si pudiera contener esa avalancha de emociones que ya no tenía freno. Me había engañado desde el principio. Cada palabra, cada gesto, cada mirada… Nada era real, nada. Y, aun así… yo había sentido todo aquello como si lo fuera.

Un sollozo se me escapó sin poder evitarlo.

Y después vino otro y otro y otro más, hasta que ya no pude contener nada.

Me apoyé contra la pared, intentando sostenerme, pero las piernas dejaron de responder.

Me fui deslizando poco a poco, sin resistencia, hasta acabar sentada en el suelo. Y entonces me rompí de verdad.

Las lágrimas empezaron a salir sin control, mezcladas con respiraciones entrecortadas que no conseguía regular. Me llevé las manos a la cara, apretando los ojos con fuerza, como si así pudiera borrar lo que había visto, lo que había entendido.

—Joder… —murmuré entre sollozos—. Joder …

Me había acostado con él. La idea llegó de golpe, brutal y sin filtros.

Me había dejado tocar, me había dejado besar…

No, no solo me había dejado. Yo le había buscado, le había deseado…

Sentí cómo algo se retorcía dentro de mí, una mezcla de asco, vergüenza y rabia que me hizo encogerme sobre mí misma.

Aquello no era lo peor… No era solo que me hubiera engañado.

Yo debería haberlo visto. Era perfiladora, era mi trabajo: analizar conductas, detectar patrones, identificar mentiras, reconocer máscaras…

Había pasado años estudiando a hombres como él, años aprendiendo a ver justo lo que otros no veían.

Y, aun así, no había visto nada. Ni una grieta, ni una duda… Nada.

Una risa rota se me escapó entre los sollozos. Había estado frente a un psicópata y no lo había reconocido… Había caído a sus pies como cualquier víctima.

Y entonces me golpeó otra idea, una mucho peor, una que me revolvió el estómago de verdad: el sótano, el arcón, el cuerpo…

El verdadero Raymond Conelly había estado allí todo el tiempo, mientras yo recorría aquella casa, mientras me sentaba en su sofá, mientras hablábamos, mientras me reía con él, mientras…

Cerré los ojos con fuerza, sintiendo cómo la bilis me subía por la garganta.

Mientras me acostaba con él, había un cadáver a unos metros, bajo mis pies, en la misma casa…

Sentí una arcada y tuve que llevarme la mano a la boca, encogiéndome aún más sobre mí misma. Era repugnante, era enfermizo. Y, de algún modo, me hacía sentir aún más sucia.

—¿Cómo no lo vi…? —susurré.

¿Cómo? ¿Cómo había podido caer así? Volví a verle en mi mente, sonriendo, escuchándome, mirándome como si yo le importara. Un sollozo más fuerte me sacudió el cuerpo.

—Nada era real… —murmuré, negando con la cabeza.

Pero otra voz, más pequeña, más traicionera, se abrió paso entre todo aquello. ¿Y si alguna parte sí lo había sido?

Cerré los ojos con fuerza. No. No podía, no debía dejar que esa esperanza arraigara. Era un monstruo, un depredador que había matado a un hombre y me había utilizado, que me había convertido en parte de su juego .

Y, aun así, aunque supiera que todo había sido mentira, me dolía como si hubiera perdido algo de verdad. Me encogí más sobre mí misma, apoyando la frente en las rodillas, dejando que el llanto saliera sin control, sin intentar contenerlo ya.

Para él todo había sido un juego, una mentira, pero para mí, había sido real… Y no sabía cuánto tiempo me costaría convencer a mi corazón de lo contrario.

La oficina estaba casi vacía. Las luces frías del techo seguían encendidas, pero el murmullo constante de voces y teléfonos sonando y el ir y venir de agentes había cesado por completo.

Solo se escuchaba el zumbido lejano de algún equipo y el sonido de mi propio teclado mientras avanzaba fotograma a fotograma.

Llevaba más de una hora fuera de turno y, como siempre, no había avanzado nada.

En la pantalla se sucedían imágenes del aeropuerto: gente caminando, maletas rodando, controles de seguridad, puertas de embarque…

Cambié a otra grabación, luego a otra. Después a una cámara de tráfico en una carretera secundaria: nieve, faros, un coche, otro… Nada.

Llevaba dos semanas así, revisando cada cámara, cada registro, cada trayecto posible dentro del estado: Anchorage, Fairbanks, Juneau… cualquier lugar desde el que alguien pudiera haber salido de Alaska. Y no había encontrado ni un solo rastro.

Apreté los labios, avanzando otro vídeo con un gesto más brusco de lo necesario.

No tenía su nombre, ni su teléfono… No tenía nada, ningún hilo del que tirar, ningún punto por el que empezar.

Era un fantasma, un hombre que había aparecido en mi vida, que me había engañado durante días, que había jugado conmigo, que había matado a una persona…

y que después había desaparecido, como si nunca hubiera existido.

—Grey. —La voz de McKenna me hizo detenerme. No la había oído acercarse—. Has terminado tu turno hace una hora.

—Estoy comprobando unas cosas —respondí sin apartar la vista de la pantalla.

Se colocó a mi lado. Noté su presencia antes de verla inclinarse para mirar el monitor. Sus ojos recorrieron las imágenes un segundo antes de negar con la cabeza.

—Ya hemos hablado de esto.

—No es suficiente —respondí, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula.

—No es tu caso —replicó ella, firme—. Y no va a serlo nunca.

—Tenemos demasiadas preguntas, McKenna. —Mi voz salió más tensa de lo que pretendía—.

¿Por qué mató al criminólogo? ¿Por qué se hizo pasar por él?

¿Por qué me engañó durante días? ¿Por qué…

? —Tragué saliva, notando cómo algo más profundo asomaba bajo esas preguntas—. No puedo vivir tranquila sin saberlo.

El silencio que siguió fue breve, pero pesado. McKenna me sostuvo la mirada.

—Tienes que dejarlo. —No hubo dureza en su tono, pero sí una firmeza absoluta—. Ese caso lo llevan otros agentes, gente que no está implicada personalmente, gente que puede pensar con claridad.

—Yo puedo pensar con claridad —dije, apretando los dientes.

—No, no puedes —me cortó ella, sin dudar—. Tienes que dejarlo, Grey —añadió, más suave—. Seguir adelante. Hacer tu trabajo… Y olvidar.

Me quedé mirándola un segundo más, sabiendo que no iba a cambiar de opinión, que ya lo tenía decidido y no había margen para la discusión. Solté el aire con fuerza, apartándome del ordenador.

—Sí, jefa.

Apagué la pantalla y recogí mis cosas. Salí, sabiendo que iba a seguir investigando en cuanto ella no mirara… Y que ella también lo sabía.

El aire frío de la noche me golpeó al cruzar la puerta del edificio, pero apenas lo noté. Caminé hasta el coche en silencio, con la cabeza llena de preguntas que seguían sin respuesta.

Llegué a casa casi sin darme cuenta de cómo había conducido hasta allí. Cerré la puerta tras de mí y el silencio volvió a envolverlo todo, ese mismo silencio que llevaba acompañándome las últimas dos semanas. Dejé las llaves sobre la encimera y me quedé un segundo quieta, mirando alrededor.

La casa seguía igual, vacía, a medio hacer: la maleta abierta en una esquina, ropa sin guardar, ninguna decoración, ningún intento real de convertir aquel sitio en un hogar. No había comprado casi nada de lo que necesitaba. Ni toallas nuevas, ni utensilios de cocina, ni nada que la hiciera mía.

No había tenido cabeza para eso. No podía pensar en nada más que en él.