La triada oscura Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Capítulo dieciséis

El bar estaba casi vacío. Las luces habían subido un poco, la música se había apagado hacía ya un rato y, en una esquina, uno de los camareros pasaba la escoba con un gesto que, sin ninguna duda, significaba “cerramos en cinco minutos, os guste o no” .

Me apoyé en la barra, dando un último trago a mi cerveza y miré alrededor.

Horas antes, aquello había sido un caos de risas, brindis y karaoke desafinado. Ahora solo quedábamos Marcus y yo.

—Creo que nos están echando —murmuré, inclinándome un poco hacia él—. Mira, ya están barriendo.

Marcus siguió mi mirada y soltó una risa perezosa, de esas que llegan con retraso cuando uno lleva demasiadas copas encima.

—Sí, creo que tienes razón. —Se pasó una mano por la cara y luego me miró con una expresión medio desenfocada—. ¿Tú estás en condiciones de conducir?

—Sí. —Asentí sin dudar—. Estoy tomando antibióticos por las heridas, así que he estado a cervezas sin alcohol toda la noche.

—¿En serio? —Alzó las cejas.

—En serio —sonreí—. Y nadie se ha dado cuenta.

Negó con la cabeza, impresionado.

—Eres peligrosa .

—¿Y tú? —pregunté tras soltar una pequeña risa—. ¿Estás en condiciones de volver a casa?

—Vivo a diez minutos andando. —Hizo un gesto vago con la mano—. No hay problema.

No parecía en su mejor momento de coordinación, pero tampoco tan mal como para preocuparse de verdad. Aun así, me quedé observándole un segundo más.

—Vale, pero escríbeme cuando llegues.

—Sí, mamá —respondió, sonriendo.

Salimos del bar y el aire frío de la noche me despejó al instante.

La nieve crujía bajo nuestros pies mientras caminábamos hacia donde había dejado el coche.

El silencio de la calle contrastaba con el ruido que habíamos dejado atrás y, durante unos segundos, caminamos sin decir nada, disfrutando de esa calma.

Cuando llegamos al coche, me detuve junto a la puerta del conductor y me giré hacia él.

—Bueno… —empecé a despedirme.

No me dio tiempo a terminar. Marcus dio un pequeño paso hacia mí, reduciendo la distancia, y, antes de que pudiera procesarlo del todo, inclinó la cabeza con la clara intención de besarme. Di un paso atrás por puro reflejo, levantando una mano entre los dos.

—Marcus… —murmuré—. Creo que te estás equivocando.

Se quedó a medio camino, con el gesto suspendido, mirándome sin entender.

—Oye… —añadí, suavizando el tono—. Eres un tío encantador, de verdad, y me caes genial, pero no quiero nada más. Me gustas mucho como amigo y prefiero que se quede ahí.

Su expresión cambió en un segundo, lo justo para que asomara una mezcla de decepción y frustración que intentó disimular enseguida con una media sonrisa.

—Ya estamos con lo de “solo amigos” … —Negó con la cabeza, dando un paso hacia un lado—. Cass, nos llevamos de puta madre. Nos entendemos, nos gustamos… ¿por qué no podemos intentarlo?

—Lo siento mucho, Marcus —respondí, con más firmeza—. Es que tengo pareja. Estoy empezando con alguien…

Me sostuvo la mirada un instante, como si buscara algo que no encontraba, antes de parpadear, confuso .

—¿Cómo que estás empezando con alguien? —Su tono se tiñó de incredulidad—. Si acabas de llegar a Anchorage… ¿Cuándo te ha dado tiempo a conocer a alguien? Si no has hecho otra cosa que trabajar en el caso. Vamos, no hace falta que te inventes nada.

—No me estoy inventando nada —repliqué, sintiendo un leve pinchazo de incomodidad—. Es verdad.

—¿Ah, sí? —insistió frunciendo el ceño.

—Sí. Estoy con alguien. Estamos conociéndonos… pero sí. —Dudé un segundo antes de seguir—. De hecho, casi podríamos decir que me lo presentaste tú.

—¿Yo? —Aquello terminó de descolocarle.

—Sí —contesté—. ¿Te acuerdas de que me hablaste de un criminólogo que vivía aquí, en Anchorage? El doctor Raymond Conelly… —Su expresión se congeló—. Fui a verle para pedirle ayuda con el caso… y bueno… —Me encogí de hombros—. Nos hemos gustado y nos estamos conociendo…

El silencio que siguió fue breve, pero lo bastante raro como para que me pusiera en alerta. Y entonces Marcus se echó a reír.

—Vaya historia te estás montando… —Negó con la cabeza, todavía sonriendo, como si le pareciera todo una excusa absurda—. De verdad, Cass, no hace falta que inventes cosas tan tontas. Si no te gusto, me lo dices y ya está. Pero esto… Esto es imposible.

—¿Por qué? —pregunté con el ceño fruncido, sintiéndome cada vez más incómoda.

—Porque sí —respondió, como si fuera evidente—. Porque ese tío es muy mayor para ti.

—No es tan mayor —repliqué a la defensiva—. Tendrá… no sé, ¿cuarenta? Sí, es cierto que yo tengo veintiséis, pero tampoco es una diferencia tan grande como para que…

No terminé la frase. Marcus volvió a reírse, esta vez con un matiz distinto, más incrédulo todavía. Se quitó la mochila del hombro y la abrió.

—Mira —dijo sacando un libro—. Justo te había traído esto: mi ejemplar de La triada oscura, para regalártelo. —Lo abrió por la solapa trasera y lo giró hacia mí—. ¿Este es tu criminólogo?

Miré la foto y sentí cómo algo dentro de mí se detenía. No era Ray. Era un hombre mayor, mucho mayor, con el pelo blanco, entradas marcadas, barba, gafas de pasta y un traje de tweed que encajaba demasiado bien con la imagen que yo misma me había construido antes de conocerle.

Ese hombre no podía ser Raymond Conelly, pero ahí estaba, sonriéndome desde la solapa del libro. Me quedé mirando la foto unos segundos más, sin apartar la vista, como si en cualquier momento fuera a cambiar hasta encajar con lo que yo sabía que era verdad. Negué despacio.

—Eso es imposible… —murmuré mientras le devolvía el libro casi sin mirarle, con la cabeza todavía dándome vueltas—. Me tengo que ir.

No esperé a que respondiera. Abrí la puerta del coche, me metí dentro, cerré de golpe y arranqué. Durante los primeros minutos conduje casi en automático, con la vista fija en la carretera y la mente desordenada. No entendía nada…

Apreté un poco más el volante, intentando poner orden en aquel caos de pensamientos. Ray, aquella foto en su libro… Negué con más fuerza. Tenía que haber una explicación.

En aquel momento, recordé algo, una conversación… Ray me había dicho que en el mundo de la criminología no le tomaban en serio, que despertaba envidias, que muchos pensaban que era demasiado joven para el éxito que tenía.

Demasiado joven.

El pensamiento se colocó en su sitio como una pieza que por fin encajaba. Claro, tenía que ser eso. La editorial, o incluso él mismo, habían decidido poner la foto de alguien mayor para darle más credibilidad, para que la gente le tomara en serio, para evitar prejuicios…

Solté el aire, notando cómo la tensión empezaba a aflojarse. Tenía todo el sentido del mundo. No había nada raro, no había ningún misterio. Cuando llegara a su casa y se lo contara, se iba a reír… Nos íbamos a reír los dos del malentendido, de lo absurdo que parecía todo desde fuera.

Una pequeña sonrisa se me escapó mientras seguía conduciendo. La carretera se fue volviendo cada vez más familiar, los giros conocidos, las luces más escasas. Y, poco a poco, la sensación de calma volvió a asentarse en mí… Hasta que llegué.

Reduje la velocidad y aparqué frente a la casa. Y entonces fruncí el ceño. Todas las luces estaban apagadas. Me quedé un segundo dentro del coche, mirando la fachada, como si esperara que en cualquier momento se encendiera alguna luz, que la puerta se abriera, que todo encajara como debía.

Miré el reloj: las diez. No era tan tarde.

Yo le había dicho que me pasaría por su casa y había pensado que él me esperaría, pero quizá había tardado más de la cuenta, quizá estaba agotado.

Pensé, con una sonrisa traviesa en los labios, que la noche anterior no habíamos dormido casi nada, así que era probable que se hubiera quedado dormido.

Apagué el motor y salí del coche, cerrando con un leve golpe. El frío me golpeó al instante, pero apenas le presté atención mientras me acercaba a la puerta. Llamé al timbre y esperé, pero no recibí respuesta. Fruncí el ceño, inclinando ligeramente la cabeza, y volví a llamar.

El silencio seguía siendo absoluto, así que, tras unos segundos, llamé de nuevo.

Apoyé el dedo en el timbre más tiempo, como si eso fuera a cambiar algo, pero no sucedió nada.

Ni un ruido dentro de la casa, ni un movimiento, ni una luz que se encendiera.

Solo el silencio, denso, absoluto, envolviéndolo todo.

Empecé a notar cómo algo se me tensaba por dentro. Tenía que haberle pasado algo malo. Ray tenía agorafobia. No salía de casa, no podía haberse ido a ningún sitio. Tenía que estar ahí dentro. Di un paso atrás, mirando la fachada como si fuera a darme alguna respuesta.

—Ray… —murmuré, más para mí que para otra cosa.

El nerviosismo empezó a invadirme, cada vez más intenso, como una corriente que me recorría el cuerpo.

Decidí rodear la casa y fui bordeando la fachada, mirando ventanas, buscando cualquier señal, cualquier punto débil por el que pudiera entrar.

Probé una ventana, luego otra, pero todas estaban cerradas.

Volví a la puerta principal con el pulso acelerado.

No tenía sentido esperar. Miré al suelo y vi una piedra en el camino de entrada.

La cogí sin pensarlo demasiado y, tras dudar apenas un segundo, golpeé una de las ventanas.

El cristal cedió con un sonido seco que rompió el silencio de la noche.

Aparté los restos con cuidado y metí la mano por el hueco para llegar a la manilla de la puerta.

La giré y la puerta se abrió. Dentro estaba completamente a oscuras.

—¿Ray? —llamé al entrar.

No recibí ninguna respuesta. Busqué el interruptor junto a la pared y lo accioné, pero no sucedió nada. Parecía que la luz no funcionaba. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Saqué el móvil y encendí la linterna. El haz de luz cortó la oscuridad en una franja estrecha… y entonces lo vi: pétalos, pétalos de rosa roja esparcidos desde la entrada hacia el interior de la casa.

Parpadeé, desconcertada. Durante un segundo, a pesar de todo, una pequeña sonrisa se me escapó. ¿En serio? La tensión aflojó lo justo para dejar paso a esa idea absurda, casi tierna. Era una sorpresa, algo que él me había preparado, algo romántico.

—Ray… —dije en voz más baja.

No hubo respuesta. Avancé, siguiendo el reguero de pétalos, iluminando el suelo con el móvil.

Cada paso hacía crujir alguno bajo mis botas, rompiendo el silencio con un sonido demasiado nítido.

El rastro me llevó hasta la cocina. Allí me detuve durante unos segundos.

La puerta del sótano estaba abierta y el reguero de pétalos continuaba hacia abajo.

La sonrisa desapareció y el estómago se me encogió. Después de mi experiencia de apenas un día antes, no me apetecía nada volver a meterme en un sótano oscuro. Aquello, además de no ser romántico, era muy poco apropiado.

—Ray… —volví a llamar, esta vez con un tono distinto, más tenso, más alerta.

En aquella ocasión, tampoco recibí respuesta.

Tragué saliva y empecé a bajar. Cada escalón crujía bajo mi peso.

La luz del móvil temblaba en mi mano, dibujando sombras extrañas en las paredes.

El aire era más frío allí abajo, más denso, con un olor a humedad y a encierro que me hizo arrugar la nariz.

El sótano se extendía ante mí como un espacio oscuro, desordenado, lleno de formas indefinidas que la luz apenas lograba perfilar. Cajas, herramientas, estanterías… todo parecía abandonado, como si nada hubiera sido tocado en años.

Los pétalos seguían marcando el camino. Avancé despacio, mirando a todos lados, con la sensación cada vez más intensa de que algo iba mal.

—Ray… contesta, por favor…

Mi voz sonó demasiado alta en aquel silencio, pero no hubo respuesta. El rastro de pétalos me llevó hasta el fondo del sótano, hasta un arcón congelador apoyado contra la pared. Sobre él, descansaba un libro. Me acerqué, con el pulso disparado, y enfoqué la luz.

La triada oscura.

Sentí cómo algo se me encogía por dentro. Lo abrí intentando controlar el temblor de mis manos. En la primera página había una dedicatoria:

“Por fin tienes un perfil de triada oscura que perseguir. Espero no decepcionarte. Con amor, Ray.”

Debajo, había una posdata:

“Te he dejado un regalo en el arcón.”

El aire se me quedó atrapado en los pulmones. No entendía nada. El corazón empezó a latirme con fuerza en el pecho, cada vez más rápido, más fuerte, como si quisiera escapar. Miré el arcón, tragué saliva y lo abrí.

El frío me golpeó de inmediato. Dentro, estaba él, el hombre de la foto, el verdadero Raymond Conelly.

Inmóvil, pálido, congelado… Muerto.