Capítulo quince
Capítulo quince
Desperté despacio, como si mi cuerpo necesitara unos segundos para recordar dónde estaba.
La luz entraba a través de la ventana con una claridad suave, cálida, filtrándose entre las cortinas y dibujando sombras tranquilas en la habitación.
Parpadeé un par de veces, todavía a medio camino entre el sueño y la vigilia.
Lo primero que sentí fue el cansancio, un cansancio distinto, no el de las últimas horas, causado por el miedo y la tensión. Era un cansancio profundo, físico, pero acompañado de una sensación inesperada de bienestar.
Giré la cabeza y le vi. Ray estaba a mi lado, todavía dormido, con el rostro relajado de una forma que nunca le había visto antes. Sus facciones, normalmente tensas, parecían haberse suavizado por completo. Tenía los ojos cerrados y su respiración era lenta, acompasada.
Me quedé mirándole sin prisa, como si no hubiera nada más en el mundo en ese momento.
Había algo casi irreal en aquella imagen, después de todo lo que había pasado el día anterior.
La violencia, el miedo, la certeza de que podía no salir de allí…
Era tan diferente a la calma que sentía en ese momento, a ese silencio, a ese calor…
Sentí cómo algo se acomodaba dentro de mí, una mezcla de emociones que no s abía muy bien cómo nombrar.
No era solo alivio. Era más complejo que eso, más profundo… Quizá se le podría llamar felicidad.
Recorrí su rostro con la mirada, deteniéndome en pequeños detalles en los que nunca me había fijado con tanta atención: la forma de sus pestañas, la línea de su mandíbula, la ligera sombra de barba que empezaba a asomar…
Me sorprendí sonriendo. Y entonces me di cuenta de lo que sentía y eso me asustó un poco, pero no aparté la mirada.
El sonido del móvil me sacó de aquel estado casi suspendido en el que me encontraba. Fruncí el ceño, alargando la mano por la mesilla hasta encontrarlo, y contesté todavía con la voz algo tomada por el sueño.
—¿Sí?
—Buenos días, te llamo de la inmobiliaria. Tengo ya preparados todos los papeles para la firma del alquiler de la vivienda de Eagle River. Quería saber si podrías pasarte esta misma mañana.
—Sí… sí, claro. Puedo ir —respondí tras parpadear un par de veces, terminando de aterrizar.
Colgué y dejé el móvil a un lado. Cuando volví la cabeza, Ray me estaba mirando, sonriendo. No dijo nada al principio, pero aquella sonrisa lo decía todo.
—¿Te vas a marchar? —preguntó, con la voz aún ronca.
No pude evitar devolverle la sonrisa. Me incliné hacia él y le di un beso rápido, suave, antes de incorporarme.
—Sí… —murmuré mientras me apartaba—. Tengo que pasar por la óptica a recoger las lentillas y acaban de llamarme para firmar los papeles de la casa. Mi nueva casa —añadí, con una pequeña mezcla de incredulidad y emoción.
—No hace falta —replicó él sin moverse—. Puedes quedarte aquí, en mi cama, todo el tiempo que quieras.
—Es un ofrecimiento increíble. —Solté una pequeña risa mientras me ponía la ropa—. Y créeme, me encantaría… pero creo que sería buena idea poder dormir alguna noche.
Terminé de vestirme, recogí mis cosas y, cuando me giré para despedirme, me acerqué de nuevo a la cama y le di otro beso. No llegué a separarme. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró y tiró de mí, haciéndome caer de nuevo sobre el colchón con un movimiento rápido.
Solté una carcajada sorprendida. Ray se colocó sobre mí, desnudo, apoyándose con los brazos a ambos lados de mi cuerpo, mirándome con esa expresión que ya empezaba a resultarme peligrosamente familiar.
—¿Estás segura de que quieres irte? —preguntó, con un tono bajo, casi seductor.
—Tengo que irme —repetí mientras negaba con la cabeza—. Pero volveré en cuanto pueda.
Me soltó despacio, como si no le hiciera ninguna gracia, y volvió a tumbarse en la cama, mirándome con gesto dramático.
—Me siento utilizado —murmuró—. Te acuestas conmigo… y luego te marchas.
—Volveré enseguida —le aseguré mientras cogía el bolso.
—Puede que cuando vuelvas ya no esté —añadió él, con tono casi ofendido.
Eso hizo que me riera aún más.
—Esa amenaza tendría más peso si no tuvieras agorafobia.
Ray resopló, incapaz de mantener la seriedad, y acabó riéndose también.
—¡Oye! Eso ha sido muy cruel.
Me lanzó un cojín que esquivé por los pelos. Salí de la habitación todavía sonriendo, con la sensación de que, por fin, todo empezaba a encajar.
Empujé la puerta con el hombro, sujetando la maleta con una mano, y entré en la casa por primera vez como algo más que una visitante: como propietaria.
El silencio me recibió al instante. Era un silencio limpio, acogedor, sin ecos de otras vidas, sin ruidos ajenos… Solo el leve crujido de la madera bajo mis pasos y el sonido de la puerta cerrándose a mi espalda. Dejé la maleta en medio del salón y me quedé quieta unos segundos, mirando alrededor .
La casa estaba prácticamente vacía: las paredes desnudas, los suelos limpios, las habitaciones abiertas como páginas en blanco esperando a ser escritas.
No había nada personal todavía, nada que hablara de mí.
Y, sin embargo, podía imaginarlo. Podía ver una manta sobre el sofá, libros apilados en una esquina, una taza olvidada sobre la mesa, ropa colgada en el respaldo de una silla…
Podía verme moviéndome por allí con naturalidad, cómoda, sin sentirme de paso.
Podía ser un hogar. No lo era aún, porque le faltaba todo: toallas, sábanas, utensilios de cocina, platos, vasos, incluso muebles en algunos espacios.
Era, en esencia, una estructura vacía, un lugar al que todavía tenía que darle forma, pero estaba en el camino y eso era suficiente.
Solté el aire despacio, notando una especie de calma que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
Entonces el móvil vibró en mi bolsillo. El sonido rompió el momento. Lo saqué y miré la pantalla. Era McKenna.
—Dime —respondí tras descolgar.
—Sé que te he dado unos días libres —dijo sin preámbulos—, pero necesito que te pases un momento por la oficina.
Me apoyé contra la pared, cruzando los brazos.
—¿Ha pasado algo?
—Nada grave —contestó—. Solo unos papeles del informe, algunas firmas y un par de preguntas que han quedado en el aire.
—Vale. Estoy en Eagle River, pero puedo estar allí en media hora.
—Perfecto.
Colgué y me quedé un segundo más en silencio, mirando la casa. Mi casa. Luego cogí las llaves y salí.
Cuando terminé de firmar el último documento, dejé el bolígrafo sobre la mesa y solté el aire despacio, como si con ese gesto cerrara por fin todo lo que había ocurrido en los últimos días.
McKenna recogió los papeles, los revisó por encima con rapidez y, sin decir nada, me dio una palmada en la espalda.
—Buen trabajo.
—Gracias. —Levanté la vista hacia ella, todavía con una ligera sensación de irrealidad .
Se apoyó en el borde de la mesa, cruzándose de brazos, y esbozó una media sonrisa.
—¿Te apetece una cerveza?
—¿Ahora?
—Ahora —repitió—. En el bar de enfrente. Creo que nos la hemos ganado.
La idea de volver junto a Ray cruzó mi mente casi al instante, como un reflejo.
Podía imaginar nuestros cuerpos entrelazados frente a la chimenea, pero algo en la forma en que McKenna me estaba mirando me hizo detenerme.
Aquello no era solo una cerveza. Era otra cosa: una especie de invitación, de ritual de aceptación. Asentí.
—Sí, claro.
Salimos juntas de la oficina y cruzamos la calle sin demasiadas palabras. El aire frío me golpeó la cara al salir, pero no me molestó. De alguna manera, todo parecía más ligero. McKenna abrió la puerta del bar. Y en cuanto entramos…
—¡SORPRESA!
El grito me hizo dar un pequeño respingo. Me quedé clavada en el sitio, descolocada. El local estaba lleno y no de desconocidos. Kowalski fue la primera en acercarse, con una sonrisa enorme, dándome un abrazo que casi me levantó del suelo.
—Bien hecho, Boston —me dijo, emocionada.
Kincaid apareció justo detrás, riéndose, dándome una palmada en el hombro. Incluso Delaney estaba allí, apoyado en la barra, con esa misma expresión seria de siempre, aunque levantó su cerveza hacia mí en un gesto que, viniendo de él, casi podía considerarse efusivo.
También estaba Rossie, la mujer de recepción, la misma que el primer día ni siquiera había sido capaz de indicarme dónde estaba el ascensor. Ahora me sonreía, como si me diera por fin la bienvenida.
Había más gente. Compañeros de la oficina a los que solo conocía de vista, los chicos de criminalística y, entre ellos, Marcus, que me guiñó un ojo desde el fondo del local con una sonrisa de orgullo que me llegó directa al pecho.
Los aplausos empezaron casi de inmediato, llenando el bar, y, antes de que pudiera reaccionar, empezaron a rodearme, a darme palmadas, abrazos, a hablar todos a la vez. Alguien me puso una cerveza en la mano. Otro levantó la suya.
—¡Por Cass!
—¡No está mal para ser una cheechako !
—¡Buen trabajo!
—¡Ya eres una de los nuestros!
Me quedé allí, en medio de todo aquello, con la botella fría entre los dedos, sintiendo que, por fin, estaba encontrando mi lugar.