Capítulo catorce
Capítulo catorce
El resto de la tarde pasó como en una especie de niebla espesa, densa, en la que nada terminaba de asentarse del todo en mi cabeza.
Me vi rodeada de policías, de preguntas que se repetían una y otra vez, de voces que me pedían detalles, tiempos, secuencias…
Yo respondía casi de forma automática, reconstruyendo lo sucedido mientras aún tenía el cuerpo temblando y la mente tratando de comprenderlo todo.
Se llevaron a Luke esposado, custodiado como el animal peligroso que era, y a Erin la subieron a una ambulancia sin que pudiera despedirme.
La imagen de su cuerpo, de sus heridas, de su mirada perdida, seguía clavada en algún punto de mi mente del que no conseguía sacarla.
Al menos estaba viva. Eso era lo único que importaba.
En medio de todo aquel caos, alguien me devolvió mis cosas.
Los chicos de criminalística habían recuperado mi ropa y, milagrosamente, también mis gafas.
Por alguna razón que no terminé de comprender, quizá porque aquel día ya estaba siendo demasiado largo para todos, decidieron no retenerlas como prueba.
Cuando me las puse de nuevo, sentí algo parecido a volver a la realidad.
Las formas recuperaron su contorno, el mundo dejó de ser un conjunto de manchas difusas y, por primera vez en horas, tuve la sensación de volver a tener cierto control.
No sabría decir en qué momento exacto me encontré dentro de mi coche, con las manos en el volante y el motor en marcha. No lo pensé demasiado ni hice ningún plan. Tan solo arranqué y supe adónde iba.
A medida que avanzaba por la carretera, con la noche dominando el paisaje, empecé a darme cuenta de que quizá ya era demasiado tarde. Lo más probable era que estuviera dormido y que no fuera el mejor momento para aparecer sin avisar… Pero no reduje la velocidad.
Cuando tomé el último desvío y su casa apareció a lo lejos, vi la luz en las ventanas antes incluso de detener el coche. No estaba dormido. Aparqué frente a la casa, con el pulso acelerado, y en el mismo instante en que apagué el motor, la puerta se abrió y Ray apareció en el umbral.
Se quedó allí, inmóvil, con la luz de la casa recortando su silueta.
No dio un paso al frente, como si una parte de él quisiera salir corriendo hacia mí y otra le recordara que no podía cruzar esa línea invisible.
No hizo falta que saliera. En cuanto abrí la puerta del coche, eché a andar hacia él casi sin pensar, acelerando el paso hasta convertirlo en una especie de carrera torpe, como si todo lo que había contenido durante horas necesitara llegar hasta ese punto concreto para poder soltarse.
Crucé el umbral y, en cuanto estuve dentro, él me rodeó con los brazos. Fuerte, demasiado fuerte, como si necesitara comprobar que era real, que estaba entera, que no iba a desaparecer si aflojaba un poco.
—Lo he visto todo en la tele. ¿En qué estabas pensando? —murmuró contra mi pelo, con la voz tensa—. ¿Se puede saber qué demonios has hecho, Cassandra? ¿Cómo se te ocurre ir tú sola?
No me aparté. No podía.
—Estás loca —añadió, apretándome un poco más—. Completamente loca…
Había reproche en sus palabras, pero también miedo, mucho más miedo que enfado. Al final se separó lo justo para mirarme, recorriéndome con los ojos como si estuviera buscando heridas que aún no había visto.
—Ven —dijo, más bajo.
Me cogió la mano con cuidado, casi con delicadeza, y me guio hacia el interior de la casa.
El calor de la chimenea me envolvió en cuanto entramos en la sala, contrastando con el frío que todavía llevaba pegado al cuerpo.
Me hizo sentarme en el sofá, frente al fuego y se quedó un segundo de pie, mirándome, como si no supiera muy bien por dónde empezar.
Luego se sentó a mi lado, sin dejar de observarme.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
Asentí despacio, notando de pronto el cansancio acumulado cayéndome encima.
—Sí… Ha sido… duro. —Tragué saliva, bajando un instante la mirada hacia las llamas—. Pensé que iba a morir.
El silencio que siguió fue breve, pero denso. Volví a mirarle.
—Pero estoy bien. Lo hemos conseguido. —Respiré hondo, dejando que esas palabras tomaran forma—. Está todo resuelto. Hemos detenido a ese monstruo… y Erin está viva. Lo hemos hecho, Ray.
Durante unos segundos, no dijo nada. Solo me miró. Luego, en voz más baja, casi controlada a la fuerza, pidió:
—Cuéntamelo.
—¿El qué? —pregunté girando la cabeza hacia él.
—Todo —respondió—. Cómo llegaste hasta él, cómo supiste que era ese tipo, qué pasó allí…
Asentí despacio y volví la vista al fuego un instante, como si necesitara ordenar las ideas antes de empezar.
—Fue una suma de cosas —empecé—. Nada claro al principio, solo pequeñas piezas que no terminaban de encajar…
Le conté lo de la rueda, lo de la gasolinera, lo de la cámara rota… Cómo todo parecía demasiado conveniente, cómo algo no terminaba de cuadrar y, aun así, no tenía pruebas suficientes. Cómo decidí ir allí sola, convencida de que necesitaba verlo con mis propios ojos.
Mientras hablaba, notaba su mirada, fija e intensa…
Demasiado intensa. Al principio lo ignoré, centrada en el relato, en reconstruir ca da paso, en explicarle cómo había llegado hasta ese punto sin darme cuenta de que estaba caminando hacia una trampa, pero llegó un momento en que se hizo imposible.
Le sentía demasiado presente, demasiado cercano.
Me detuve a mitad de frase y me giré hacia él.
—¿Te pasa algo?
Ray parpadeó, como si volviera de algún sitio muy lejano. Durante un segundo, se quedó en silencio y luego dejó escapar una pequeña risa, negando con la cabeza.
—Lo siento —murmuró mientras se pasaba una mano por la cara, todavía sonriendo, aunque había algo tenso en ese gesto—. Debe de ser que soy un insensible de mierda…
—¿Por qué dices eso? —Fruncí el ceño.
Me miró directamente. La intensidad en sus ojos no había desaparecido. Al contrario.
—Porque te estoy escuchando —dijo despacio—.
Te estoy oyendo contar todo lo que has pasado, todo lo que te ha hecho ese tipo…
Sé que estarás destrozada, que seguramente estás en shock después de algo así…
—Hizo una breve pausa y negó otra vez, casi incrédulo consigo mismo—.
Y, aun así, no puedo dejar de pensar en otra cosa que en besarte.
El silencio que siguió fue inmediato, denso, suspendido entre los dos. Nos quedamos mirándonos. No sé cuánto tiempo pasó. Un segundo, dos… quizá más, pero fue suficiente para que todo lo que llevaba dentro terminara de romperse.
No pensé. No lo analicé. Tan solo me incliné hacia él y le besé.
O fue él quien me besó a mí. El contacto fue inmediato, intenso, sin suavidad ni dudas, como si ese beso llevara demasiado tiempo esperando.
Me aferré a su camisa con ambas manos, tirando de él, acercándolo más, como si necesitara sentirlo por completo para convencerme de que todo aquello era real.
Sentí cómo algo dentro de mí se desataba. Todo lo que había contenido, el miedo, la tensión, la angustia, la certeza de que iba a morir, se transformó en otra cosa, en una necesidad urgente de sentirme viva que me recorrió el cuerpo de arriba abajo.
Sus manos encontraron mi cintura y el roce me hizo estremecer.
Deslizó los dedos por debajo de mi camisa, subiendo poco a poco, y, cuando su piel entró en contacto con la mía, sentí un latigazo de calor que me atravesó el vientre y me dejó sin aire.
Era como fuego, como si cada punto en el que me tocaba despertara de golpe.
El beso se volvió más intenso, más profundo.
Mi respiración se desordenó y noté cómo mi cuerpo respondía sin reservas, acercándome más a él, buscando más contacto, más calor, más de todo…
Me tumbó sobre el sofá sin romper el beso, sin separarse, y su cuerpo quedó sobre el mío.
Sentí su peso, su calor, la presión firme contra mí y, lejos de asustarme, me aferré a ello, a su cercanía, al calor de sus manos, a la forma en que me tocaba…
Su mano subió despacio por mi vientre, bajo la tela, recorriendo mi piel con una lentitud que contrastaba con la urgencia de todo lo demás, hasta detenerse en el borde del sujetador.
Seguí besándole como si no pudiera parar, como si cada segundo sin su boca fuera una pérdida de tiempo imperdonable.
Noté cómo mi cuerpo respondía por completo, cómo todo en mí se volvía más sensible, más vivo, más necesitado…
Le rodeé con las piernas, atrayéndolo más hacia mí, y en ese momento sentí la presión de su cuerpo contra el mío de una forma distinta, más evidente, más intensa…
Aquello me provocó una sacudida inmediata, un calor que me recorrió entera y que me hizo jadear contra sus labios. Quería más, mucho más.
Sus manos siguieron explorando bajo la tela, subiendo, deteniéndose, apretando lo justo para hacerme estremecer.
Cuando sus dedos encontraron mi pecho, sentí un latigazo de placer que me arrancó un suspiro y mi cuerpo reaccionó sin que pudiera evitarlo, arqueándose hacia él, buscando ese contacto.
Era demasiado intenso, pero no quería que parara nunca.
—Ray… —susurré contra su boca cuando se separó un instante.
No se alejó del todo. Bajó por mi mandíbula, por mi cuello, dejando besos que me hicieron cerrar los ojos y perderme por completo en las sensaciones.
Noté su respiración sobre la piel, el calor de su boca, el roce de su cuerpo contra el mío, cada movimiento cargado de una intención que ya no dejaba lugar a dudas.
Mi respiración se volvió irregular, desordenada, y me aferré a él con más fuerza, sintiendo cómo todo se concentraba en ese punto, en ese momento, en esa necesidad que crecía sin control.
Y entonces… se detuvo. Se quedó sobre mí, muy cerca, con la mano aún sobre mi pecho, mirándome.
—Pídemelo —dijo en voz baja.
Parpadeé, todavía atrapada en esa nube de sensaciones, intentando entender.
—¿Qué estás buscando? ¿Un consentimiento explícito? —murmuré, con una pequeña risa que todavía llevaba el temblor de todo lo que estaba sintiendo.
—No… —respondió negando con la cabeza—. Pero quiero que me lo pidas.
Le sostuve la mirada. El corazón me latía con fuerza, pero no era por miedo.
—Hazme el amor —dije al fin.
Su sonrisa cambió y se hizo más oscura, más intensa… Dejó escapar una pequeña risa.
—No sé si voy a poder hacerte el amor… —murmuró, inclinándose de nuevo hacia mí—. Porque lo que quiero es follarte como una bestia.
En ese instante supe que estaba completamente perdida en él.
No apartó la mirada de mí cuando se separó lo justo para bajar las manos hacia mi cintura.
Sentí cómo sus dedos encontraban el botón de mis vaqueros, cómo lo desabrochaba con una torpeza impaciente que me hizo sonreír contra su boca mientras seguíamos besándonos. Todo era urgente, demasiado urgente…
Le ayudé como pude, moviéndome, elevando la cadera para facilitarle el gesto, notando cómo el aire frío rozaba mi piel cuando la tela desapareció. Sus manos no se detuvieron ni un segundo, volviendo a mí, recorriéndome, como si necesitara memorizar cada centímetro.
Yo tampoco podía quedarme quieta. Mis manos subieron por su espalda, por sus hombros, tirando de su ropa con la misma impaciencia, queriendo sentirlo sin barreras, sin nada que nos separara.
Cuando volvió a colocarse sobre mí, el contacto fue directo, total, y el calor que desprendía su cuerpo me envolvió por completo.
Sus labios descendieron de nuevo por mi cuello y sentí cómo me perdía otra vez, cómo mi mente se vaciaba y solo quedaban las sensaciones: cada roce, cada presión, cada respiración compartida…
—Perdóname… —murmuró contra mi piel, con la voz grave, contenida—. Me gustaría ir más despacio… entretenerme… pero… —Se detuvo un segundo, apoyando la frente contra mi cuello—. Siento que voy a estallar si no te tengo ya.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No dudé.
Le rodeé con las piernas, acercándolo más, buscando ese momento con la misma necesidad que él.
Cuando lo sentí entrar en mí, el aire se me escapó en un suspiro que no pude contener.
Todo en mí reaccionó al instante, tensándose, adaptándose, como si mi cuerpo supiera exactamente qué hacer, como si hubiera estado esperándole desde hacía demasiado tiempo.
Me aferré a él con fuerza: a su espalda, a sus hombros.
El ritmo llegó solo, natural, inevitable, y con él una oleada de sensaciones que me hizo perder el control.
Ya no había pensamientos, ni miedo, ni recuerdos de lo que había pasado horas antes.
Solo él, solo nosotros, ese calor que me devoraba, esa urgencia que me enloquecía, la forma en la que cada movimiento me llevaba un poco más lejos, un poco más arriba, hasta que ya no pude soportarlo más.
Mi cuerpo se tensó por completo y dejé escapar su nombre entrecortado, sintiendo cómo todo explotaba dentro de mí en una oleada que me dejó sin aire.
Él me siguió poco después, con un sonido grave, enterrando el rostro en mi cuello mientras su cuerpo se tensaba contra el mío. Luego llegó el silencio, pero no un silencio vacío sino lleno de nuestros jadeos y nuestras respiraciones entrecortadas.
Nos quedamos abrazados, sin separarnos, con el fuego crepitando frente a nosotros y el calor de la chimenea mezclándose con el de nuestros cuerpos. Notaba su respiración aún agitada contra mi piel y, poco a poco, la mía empezó a acompasarse con la suya. Levantó la cabeza, me miró y sonrió.
—Creo que deberíamos ir a la cama.
Solté una pequeña risa, todavía sin recuperar del todo el aliento.
—Sí… —murmuré—. Sí, será mejor… después de un día así creo que necesito descansar .
Negó despacio, con una media sonrisa que me hizo estremecerme otra vez.
—No, no, no… de descansar nada. —Se inclinó un poco más hacia mí, sin dejar espacio entre los dos—. Dame cinco minutos… y volvemos al ataque. —Sus ojos brillaron con esa misma intensidad de antes—. Ahora que te he probado, necesito más de ti.
Y, contra todo pronóstico, sentí que yo también.