Capítulo trece #2
La forma oscura fue tomando cuerpo a medida que me acercaba, confirmándome que no me había equivocado.
La adrenalina me golpeó con una fuerza casi dolorosa.
Eché a correr hacia él sin pensar en nada más, con las piernas torpes, resbalando sobre la nieve, con el frío clavándoseme en la piel como agujas.
Rodeé el capó casi a ciegas y me lancé hacia la puerta del conductor.
Estaba abierta. Durante un segundo, no me lo creí. Sentí una oleada de alivio tan intensa que estuve a punto de derrumbarme.
—Vamos… vamos… —murmuré para darme ánimos.
Me metí dentro de un salto, temblando, golpeándome con el marco de la puerta, arrastrando nieve al interior.
Mis manos fueron directas al volante, buscando una referencia, algo sólido a lo que agarrarme, pero, en cuanto levanté la vista, me di cuenta de que no veía nada.
A través del parabrisas solo distinguía manchas, bultos, sombras que no tenían forma…
No podía conducir así. El pensamiento me atravesó, claro e inevitable, pero lo rechacé al instante. Me daba igual. Iba a intentarlo, iba a salir de allí como fuera. Busqué las llaves, el contacto, cualquier cosa que me permitiera arrancar, cuando un grito desgarrado rompió el aire.
—¡VUELVE AQUÍ!
Levanté la cabeza. Una figura salió de la casa, descompuesta y descontrolada. Luke venía hacia mí corriendo. Sentí cómo el pánico me estallaba en el pecho. Me lancé hacia la puerta para cerrarla de golpe, pero no llegué a tiempo. Una mano apareció desde fuera y la agarró con fuerza.
—¡No! —grité, tirando de ella.
Él tiraba en sentido contrario, más fuerte. Forcejeamos durante unos segundos, con la puerta atrapada entre los dos, vibrando bajo la tensión.
—¡Te voy a matar! —rugió, fuera de sí.
No podía cerrarla, no podía quitármelo de encima. Él era mucho más fuerte y yo me encontraba tan cansada, tan al límite… Pensé que era el final, que ya no podía hacer nada más, que iba a atraparme de nu evo… Y entonces lo recordé. La guantera. Kowalski. El spray para osos…
Me lancé hacia el asiento del copiloto y abrí la guantera con manos torpes, revolviendo a ciegas hasta encontrarlo. Mis dedos se cerraron sobre el bote y, sin pensar, me giré hacia él, que tiraba de mis piernas para arrastrarme fuera del coche. Disparé y el chorro le alcanzó de lleno en la cara.
El efecto fue inmediato. Luke gritó, un grito animal, desgarrado, lleno de rabia y dolor. Me soltó al instante y se llevó las manos a los ojos, retrocediendo a trompicones, completamente desorientado.
—¡AHHH! —bramó, cayendo de rodillas en la nieve—. ¡JODER! ¡JODER!
Se frotaba la cara, desesperado, respirando a golpes, tosiendo, incapaz de abrir los ojos.
Aproveché para volver a palpar la guantera a tientas hasta encontrar un juego de esposas.
Las cogí y salí del coche de un salto, ignorando el frío y el dolor.
Me agaché a su lado, manteniendo la distancia justa para que no pudiera alcanzarme.
Seguía en el suelo, cegado, desorientado, gruñendo entre dientes, incapaz de reaccionar con precisión. Le agarré el brazo. Forcejeó, incapaz de coordinar sus movimientos. Aproveché esos segundos de ventaja, ese margen mínimo que tenía, y le llevé el brazo a la espalda, obligándole a girarse.
—¡Quieto! —grité, sin saber siquiera si me oía.
Encajé la primera muñequera. Aquel clic seco fue el sonido más bonito que había oído en mi vida. Él se revolvió e intentó soltarse, pero ya era tarde. Le inmovilicé el otro brazo. Otro clic y las esposas quedaron cerradas, firmes, definitivas…
Toda la tensión que había sostenido hasta ese momento se vino abajo de golpe.
Noté cómo las fuerzas me abandonaban sin previo aviso y, sin poder evitarlo, me dejé caer hacia atrás, sentándome bruscamente sobre la nieve.
El frío atravesó mi escasa ropa al instante, pero apenas lo sentí.
Todo mi cuerpo empezó a temblar, primero de forma leve y luego de manera incontrolable, sacudido por sollozos que no pude contener.
Me llevé las manos a la cara. No conseguía dejar de llorar.
Era como si todo el miedo, toda la presión, todo lo que había estado reteniendo durante horas encontrara por fin una vía de escape.
Respiraba a trompicones, incapaz de regular el aire, con el pecho encogido y la cabeza dándome vueltas.
No podía creérmelo, no podía asimilarlo…
Lo había conseguido. De alguna manera, contra todo pronóstico, lo había conseguido.
Me quedé así, sin saber cuánto tiempo pasaba, hasta que poco a poco fui recuperando el control. El temblor no desapareció, pero dejó de dominarme. Inspiré hondo varias veces, obligándome a volver al presente, a no perderme en ese colapso que amenazaba con arrastrarme.
Tenía que moverme y pedir ayuda. Me levanté con torpeza y volví hacia el coche, guiándome más por mi memoria que por lo que veía.
Abrí la puerta del copiloto y palpé el asiento hasta encontrar mi bolso.
Estaba allí. Lo agarré con un suspiro tembloroso, y mientras lo abría, una idea empezó a encajar en mi cabeza, lenta, casi automática.
Luke no había usado la grúa. ¿Por qué? Era de día, estaba en su gasolinera, su lugar de trabajo.
Le habría parecido demasiado visible, demasiado arriesgado.
Seguramente, me había metido en mi propio coche de forma apresurada y me había llevado hasta su casa conduciendo él mismo, pensando que después ya tendría tiempo de deshacerse de todo, de borrar las pruebas, de seguir con su rutina como si nada.
Aquella decisión acababa de salvarme la vida. Si mi coche no hubiera estado allí, si no hubiera podido usar el spray , era muy probable que hubiera acabado muerta. El pensamiento me revolvió el estómago, pero lo aparté. No era el momento.
Metí la mano en el bolso y empecé a buscar a tientas, chocando con objetos que no distinguía, desesperándome un poco más con cada segundo que pasaba, hasta que por fin mis dedos encontraron el móvil.
Lo saqué y lo encendí. Me pareció que tardaba una eternidad, pero, justo cuando la pantalla se iluminó, el teléfono empezó a vibrar en mi mano.
Era una llamada entrante. Fruncí el ceño, intentando enfocar, pero era inútil. Solo veía luz y formas borrosas.
Me dio igual. Tenía que ser alguien de la oficina. Seguro que me estaban buscando. Deslicé el dedo y contesté.
—¿Sí ?
—Buenas tardes, ¿hablo con Cassandra Grey? Le llamamos de la óptica para informarle de que ya tenemos preparadas sus lentillas.
Durante un segundo, me quedé en silencio. Y luego… empecé a reírme, una risa nerviosa, descontrolada, casi histérica, que salió de lo más profundo sin que pudiera evitarlo.
—Perfecto… —dije entre risas—. Pasaré cuanto antes… aunque habría sido fantástico tenerlas hace un rato.
Colgué sin poder dejar de reírme, negando con la cabeza, incapaz de creer la ironía. Respiré hondo y el aire frío me llenó los pulmones.
Levanté la vista. Todo era blanco: el cielo, el suelo, el mundo entero estaba cubierto por esa nevada que lo había borrado todo.
Durante un instante, tuve la extraña sensación de estar dentro de una de esas bolas de nieve que se agitan y luego dejan caer los copos lentamente en un silencio casi mágico.
Y, por primera vez, sentí paz, una calma profunda, inesperada…
Y, mezclada con ella, una sensación de triunfo tan intensa que casi dolía.
Lo había hecho. Había sobrevivido. El grito me salió solo, rasgando el aire helado, liberando todo lo que llevaba dentro.
Después, aún con el pulso acelerado, volví a mirar el móvil.
Con mucho cuidado, tanteando la pantalla porque seguía sin ver bien, marqué el número de emergencias y me llevé el teléfono al oído, esperando…