La triada oscura Capítulo trece
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Capítulo trece

Capítulo trece

Me quedé completamente inmóvil, con el corazón latiéndome con tanta fuerza que parecía que iba a reventar. Cerré los ojos un instante y agudicé el oído, tratando de seguir cada sonido que llegaba desde arriba.

Escuché los pasos subiendo la escalera, rápidos y desordenados.

Erin se movía con torpeza, como si el pánico la empujara más deprisa de lo que su cuerpo podía soportar.

Sus pies golpeaban los escalones sin ritmo, atropellados…

Durante un segundo, sentí una punzada de esperanza absurda, irracional…

Entonces tropezó. El golpe resonó con claridad, seguido de un jadeo ahogado que me encogió el estómago.

—¡Párate! —rugió Luke—. ¡Te he dicho que pares!

Los pasos se reanudaron de inmediato, más bruscos, más cercanos. Enseguida llegaron los sonidos del forcejeo: un cuerpo chocando contra la pared, un golpe, el intento desesperado de zafarse…

—¡Suéltame! —gritó Erin, con la voz rota por el terror—. ¡Déjame!

—¡Quieta! —escupió él.

Y entonces lo oí: un chasquido eléctrico, seco, inconfundible, que cortó el aire como un latigazo. El sonido de una Taser .

El grito de Erin se quebró en mitad de su garganta. Hubo un golpe sordo y el sonido de un cuerpo desplomándose. Después, ya no se escuchó nada, pero no era un silencio limpio, sino uno pesado, denso, como si el propio tiempo se hubiera detenido.

Sentí cómo se me helaba la sangre. No necesitaba ver nada para saber lo que había pasado. La había alcanzado e iba a volver en cualquier momento para seguir jugando con nosotras, para dar rienda suelta a su locura. El pánico me inundó con tanta fuerza que incluso olvidé respirar.

Mi mirada descendió casi sin querer, buscando algo, cualquier cosa a la que aferrarme…

Y entonces la vi: allí, en el suelo, a escasos centímetros de mí, estaba su navaja.

Se le había caído al salir o la había dejado al marcharse, pero no importaba.

Lo único que importaba era que estaba ahí, a mi alcance.

El pensamiento me golpeó con una claridad brutal: era ahora o nunca. Si no conseguía soltarme en ese mismo momento, él iba a volver, iba a bajar arrastrando a Erin y todo continuaría exactamente donde lo había dejado.

La idea se me clavó en el estómago. No, no iba a morir allí, no así.

Apreté los dientes y empecé a forcejear con las cuerdas, tirando de las muñecas hacia fuera con toda la fuerza que me quedaba.

El primer tirón fue inútil. La cuerda se tensó, se clavó aún más en la piel y me arrancó un jadeo ahogado.

Dolía muchísimo, pero no era nada comparado con lo que vendría si no lo conseguía.

Volví a intentarlo, cambiando el ángulo, girando las muñecas, buscando un punto débil que no estaba segura de que existiera. La cuerda raspaba contra la piel, húmeda por el sudor. Sentía cómo me quemaba, cómo se me abría la piel en algunos puntos, pero no podía parar.

Tiré otra vez. Y otra. Y otra más. Cada intento era más desesperado que el anterior, más torpe, más brutal. No había técnica, solo urgencia y miedo.

Respiraba a golpes, demasiado rápido, notando cómo la ansiedad empezaba a cerrarme el pecho, cómo la cabeza me daba vueltas.

Durante un segundo, el pánico amenazó con paralizarme otra vez.

Obligué a mi mente a centrarse, a sentir y analizar.

Y entonces lo noté: un pequeño juego, un leve desplazamiento…

Las cuerdas no es taban igual de tensas que antes.

Erin había conseguido aflojarlas. La idea me atravesó como una chispa de esperanza.

—Vamos… —murmuré entre dientes, sin voz.

Aproveché ese mínimo margen, ese pequeño espacio que antes no estaba, y giré las muñecas con más cuidado, buscando la forma de estrecharlas, de forzarlas a pasar por donde no cabían.

El dolor se intensificó. La cuerda se clavó en la carne, rozando zonas ya irritadas.

Sentí cómo la piel cedía en algunos puntos y un escozor agudo, casi eléctrico, me recorrió los brazos, pero no me detuve. Tiré, giré, empujé…

La cuerda cedió un poco más, un milímetro, solo uno, lo suficiente para darme esperanza.

El pulso se me disparó. Volví a intentarlo, esta vez con más precisión, aprovechando ese pequeño avance.

Forcé las manos, ignorando el dolor, ignorando el temblor, obligando a los músculos a seguir respondiendo.

Otro milímetro… La cuerda cedió un poco más.

—Vamos… vamos…

El sonido de pasos arriba me llegó amortiguado. Aún eran lejanos, pero estaban acercándose. El tiempo se estaba acabando. Lo intenté de nuevo, un último esfuerzo, un tirón desesperado… Y entonces, la cuerda cedió de golpe y mis manos se liberaron.

Durante un segundo no me moví, como si no terminara de creerlo, como si mi cuerpo no supiera todavía qué hacer con esa libertad repentina, pero el ruido de arriba me devolvió a la realidad.

Ya volvía. Me lancé hacia la navaja, la cogí con manos torpes y me la llevé a la espalda, escondiéndola entre los dedos mientras volvía a colocar las muñecas en la posición en la que habían estado antes.

Respiré hondo, intentando controlar el ritmo y recuperar algo de control.

Y entonces lo oí: los pasos resonaron en la escalera, cada vez más cercanos, acompañados de un arrastre irregular que me erizó la piel.

Me quedé inmóvil, con las manos colocadas a la espalda, fingiendo que seguían atadas, respirando despacio, obligándome a no mover ni un músculo.

La puerta se abrió. Seguía sin ver con claridad, solo manchas, formas borrosas que se movían en la penumbra, pero fue suficiente.

Una silueta grande ocupó el espacio, arrastrando tras de sí sin ningún cuidado un cuerpo más pequeño y desmadejado.

La dejó caer. El golpe contra el suelo fue seco, brutal, un sonido que me atravesó por dentro.

—Maldita zorra… —escupió él, jadeando—. Siempre igual… siempre provocando…

Le dio una patada. El cuerpo de Erin se desplazó un poco más sobre el cemento húmedo, sin reaccionar. Seguía inconsciente.

Tragué saliva, sintiendo cómo la rabia y el miedo se mezclaban en algo más denso, más peligroso.

Luke se agachó de espaldas a mí. Lo vi inclinarse sobre ella, sus movimientos más controlados ahora, más metódicos.

Sus manos empezaron a moverse cerca de la pared, buscando las cuerdas, recolocándolas, preparándose para atarla de nuevo.

Y, de pronto, lo supe: era el momento. El corazón me latía con tanta fuerza que temí que pudiera oírlo. Me incorporé despacio, muy despacio, apoyando primero una rodilla, luego la otra, cuidando cada movimiento, cada roce contra el suelo.

No hizo ningún gesto ni se giró. Seguía centrado en Erin. Me levanté. El cuerpo me temblaba, pero avancé un paso, luego otro. La navaja seguía escondida en mi mano, pegada a la espalda. Cada centímetro que me acercaba hacía que el aire pesara más, que el silencio se volviera más denso.

Podía olerlo, podía oír su respiración. Estaba tan cerca… Alcé el brazo y, sin pensarlo más, sin darme tiempo a dudar, sin dejar que el miedo volviera a paralizarme, clavé la navaja con todas mis fuerzas en su espalda.

El impacto lo atravesó. Soltó un grito agudo y rabioso y se llevó la mano hacia la espalda, retorciéndose, intentando alcanzar la navaja.

—¡Maldita zorra! —rugió—. ¡Te voy a matar!

En el mismo instante en que la hoja entró, supe que no era suficiente, que aquello no iba a detenerlo. Aquello no era un final. Era solo una interrupción y no iba a durar mucho.

No me quedé a comprobarlo. Me giré y eché a correr. Las piernas me respondieron a trompicones, torpes, descoordinadas… Apenas veía nada: solo sombras, formas borrosas que se mezclaban en la oscuridad del sótano. Cada uno de mis pasos era un salto a ciegas .

Tropecé en el primer escalón y caí de rodillas. El golpe me sacudió el cuerpo, pero no me detuve. Me incorporé como pude y seguí subiendo, agarrándome a la pared, arrastrándome más que corriendo.

—¡Vuelve aquí! —bramó detrás de mí.

Estaba cerca, demasiado. Subí otro escalón y otro y otro…

El corazón me iba a estallar. Entonces algo me agarró del tobillo con fuerza.

Un tirón seco me arrastró hacia atrás. Caí de frente contra los escalones, golpeándome el pecho, la barbilla, el cuerpo entero…

El aire se me escapó de los pulmones en un jadeo ahogado.

—¡Te tengo! —escupió él.

Me giré como pude, a ciegas, sin pensar, moviéndome por puro instinto, y lancé una patada. Sentí el impacto de mi pie contra algo blando. Él soltó un gruñido y su agarre se aflojó.

Aproveché para soltarme y me incorporé de un tirón, ignorando el dolor, ignorando el mareo, ignorándolo todo… Y volví a correr. Subí los últimos escalones casi sin control, chocando con el marco de la puerta, agarrándome a lo primero que encontré para no caerme.

Entré en la casa, pero solo encontré sombras y oscuridad, muebles que no veía hasta que estaba encima de ellos. Me golpeé la cadera contra una mesa, pero seguí. Tropecé con una silla y la aparté a empujones. No sabía dónde estaba, no sabía hacia dónde ir… Solo sabía que tenía que salir.

Encontré la puerta casi por accidente, palpando, chocando, avanzando a ciegas. Mis manos dieron con el picaporte, lo giré con torpeza y tiré. La puerta se abrió de golpe y el frío me golpeó como un muro.

Salí y me detuve. Todo era blanco. Una nevada brutal lo cubría todo, borrando formas, caminos, referencias… El mundo había desaparecido bajo una capa uniforme que lo convertía todo en algo extraño, irreal. El aire era helado y me quemaba los pulmones al respirar.

Por un segundo, me quedé paralizada. No sabía dónde estaba, no sabía hacia dónde ir, no había nadie a quién pedir ayuda… No había nada, solo blanco… Y frío… Y silencio…

El pánico me envolvió por completo y entonces lo vi. A unos pasos, distinguí una forma oscura: mi coche. El corazón me dio un vuelco. Sin pensarlo, empecé a andar hacia él.