La triada oscura Capítulo doce
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Capítulo doce

Capítulo doce

El crujido de los pasos en la escalera me atravesó como una descarga.

—Viene… —susurró Erin, paralizada detrás de mí.

—Erin —dije en voz baja, reaccionando al instante—. Tenemos que volver a nuestros sitios.

—¿Qué? —preguntó temblando.

—Muéveme. Ahora. —Apreté los dientes—. Tiene que creer que sigues atada.

—No… no puedo… —Negó con la cabeza, presa del pánico.

—Sí puedes —insistí, clavando la mirada en ella—. Escúchame. Tenemos que conseguir que crea que nos tiene en su poder. Hay que fingir hasta que tengamos una oportunidad de salir las dos juntas. Erin —añadí, más firme—, confía en mí.

Tardó un par de segundos en asentir. Después, se levantó torpemente y tiró de mí hasta dejarme sentada en mi posición original, antes de regresar a su sitio y recolocar las manos como pudo para simular que seguían atadas.

Su respiración era irregular, demasiado evidente.

El pánico seguía ahí, a punto de delatarla.

—No te muevas —insistí por última vez.

Los pasos llegaron al final de la escalera y la puerta se abrió.

La luz del pasillo recortó su silueta como una sombra negra con bordes amarillos.

Se quedó allí, aspirando el aire, paladeando el miedo que emanábamos.

Después, cerró la puerta a su espalda despacio, sin prisa, como si aquel momento le perteneciera.

—Qué silencio tan sagrado… —murmuró—. Eso está bien. “Porque Dios no es Dios de confusión, sino de paz”. Casi puedo oír a vuestras almas intentando escapar de vuestra piel, pero el cuerpo es una cárcel justa para el pecador.

Se acercó a nosotras. Yo sentía el miedo clavado en el estómago, pero lo forcé a quedarse ahí. No podía permitirme perder el control. No ahora.

—Soy agente del FBI —dije, sosteniéndole la mirada—. Te hemos identificado. Sabemos quién eres.

No parpadeó ni se detuvo hasta quedar a solo un palmo de mí. Se inclinó a mi lado y pude sentir el calor de su respiración en mi oreja y su olor a jabón barato y algo rancio, como a flores muertas en un jarrón.

—Mis compañeros saben que estoy aquí y llegarán en cualquier momento —añadí.

Era mentira, pero tenía que sonar real. Él se acercó a mi oído y soltó una risa que me congeló la sangre en las venas.

—Mentir es ponerle una venda a Dios, agente —murmuró, casi con lástima—.

¿Cree que me importan los hombres de traje y placa?

Son solo polvo que cree que puede juzgar al fuego.

—Negó con la cabeza y volvió a recitar—.

“Porque nada hay encubierto que no haya de descubrirse”. Yo no me escondo. Yo cumplo.

—Luke —le llamé, intentando parecer calmada—. Escúchame. Esto ha terminado. Lo sabes.

Él negó despacio y se levantó para acercarse a Erin. Extendió una mano, no para golpearla, sino para rozar el aire a milímetros de su pelo, como si estuviera bendiciendo un objeto.

—No, esto no ha terminado. Esto es lo que empieza cuando el mundo olvida la ley.

—Comenzó a caminar a nuestro alrededor, como un predicador en un púlpito invisible—.

“Si tu ojo te es ocasión de caer, sácatelo, porque mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno".

—Su voz subió una octava, volviéndose vibrante, casi eufórica—.

Pero vosotras no pecáis solo con los ojos.

Pecáis con la presencia. Sois la herida abierta por la que supura el mundo, una enfermedad que nos contamina… Una enfermedad que hay que extirpar.

Se inclinó sobre Erin, pegando su rostro a su espalda. La chica dejó de respirar. Él se inclinó para seguir susurrando en su oído mientras ella temblaba y sollozaba.

—Vais por ahí provocando. Vuestras ropas… —continuó él. Escuché el sonido de sus dedos frotándose, como si imaginara la textura de una tela—. Tan ajustadas que parece que queréis que el pecado se os pegue a la carne, escotes que son bocas abiertas al infierno, miradas que son anzuelos…

Sentí cómo Erin se encogía. Él siguió susurrándole al oído, pero lo bastante fuerte como para que yo también lo oyera.

—Ni siquiera lo sabéis. Eso es lo peor… Ni siquiera entendéis el daño que causáis.

“La mujer extraña es fosa profunda y la ajena, pozo angosto”.

Erin, querida… ¿sabes lo que significa eso?

—Esperó hasta que ella negó con la cabeza—.

¡No! Claro que no lo sabéis, porque habéis dejado de leer el libro sagrado, porque habéis olvidado la palabra de Dios.

Me di cuenta de que Erin estaba a punto de perder el control. Tenía que hacer algo para llamar la atención de Luke sobre mí.

—¡Luke, mírame! —le grité—. Ya te han descubierto. No puedes salir de esto. Si nos liberas y te entregas, podremos ayudarte.

Se inclinó un poco, mirando el suelo, pensativo.

—“El necio se cree sabio en su propia opinión” —murmuró—. Eso es lo que sois: unos necios que ignoran la ley divina. —Alzó la vista hacia mí—. Creéis que podéis juzgarme, pero yo actúo según su palabra…

—No se trata de juzgar —respondí, manteniendo el tono firme—. Se trata de que elijas cómo quieres acabar esto. Tus opciones son muy simples: puedes salir de aquí esposado… o muerto.

Luke ladeó la cabeza, como si aquella amenaza le resultara irrelevante, y esbozó una sonrisa tranquila y convencida.

—“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno…” —recitó despacio, clavando los ojos en mí— “…porque Tú estarás conmigo”.

¿Miedo? —Negó suavemente y se llevó una mano al p echo—.

El miedo es para los que no entienden. “Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”.

¿De verdad crees que tus amenazas pueden asustarme?

En ese momento lo tuve claro: no podía negociar con él.

No estaba dudando ni actuando ni jugando.

Creía cada palabra, cada cita, cada justificación.

No era un monstruo que se escondía detrás de la fe, era un creyente que había encontrado en la fe el permiso perfecto para sus fantasías.

Y esa certeza absoluta, esa paz terrible en su voz, me hizo sentir más miedo que nunca en mi vida.

—Tengo que darte la bienvenida —dijo con un tono distinto, más bajo, más íntimo.

El sonido de algo metálico me erizó la piel. Fue un clic seco inconfundible: el sonido de una navaja al abrirse. El aire se me quedó atrapado en el pecho.

—Voy a hacerte tu primera marca —añadió, casi en un susurro.

El pánico me golpeó con fuerza. Pensé en resistirme, pero mi cuerpo no obedecía.

Lo sentí acercarse, hasta que estuvo encima de mí.

Cuando se colocó de rodillas frente a mí y me agarró las piernas para obligarme a abrirlas y situarse entre ellas, mi respiración se descontroló.

Y entonces sentí sus manos en la cara interior de mis muslos, apretando mi carne, deslizando sus dedos hacia arriba, con un contacto lento e intencionado, lascivo…

Se me revolvió el estómago. El asco subió de golpe, espeso y ácido.

Noté cómo la bilis me llenaba la boca, cómo el cuerpo reaccionaba antes que la mente.

Y, de repente, ya no estaba allí, no del todo.

El sótano desapareció, al igual que el frío y la humedad.

En su lugar, apareció otro espacio: aquel baño, el mismo peso de un hombre rozándose contra mí, las mismas manos, la misma sensación de no ser capaz de reaccionar, de quedarte paralizada mientras alguien invade tu cuerpo como si no importaras, como si no fueras nada.

Mi respiración se quebró. Intenté apartarme, pero no pude.

Mi cuerpo no respondía. Volvía a sentirme exactamente igual que la otra vez: la misma indefensión, el mismo terror, el mismo asco quemándome por dentro y que no podía expulsar…

Lo peor de todo era que sentía que no iba a ser capaz de hacer nada para detenerlo.

Me quedé rí gida, inmóvil, atrapada dentro de mi propio cuerpo, mientras todo volvía a repetirse.

Luke se inclinó aún más. Sentí el peso de su cuerpo acercándose, el roce de sus rodillas contra el suelo, su presencia invadiendo mi espacio, su erección rozándose contra mi entrepierna.

Su excitación era evidente. Se notaba en la forma en la que se movía, en cómo se pegaba a mí, en ese contacto deliberado que no tenía nada de accidental.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Sentí asco, puro asco.

Detrás de toda esa verborrea religiosa, de sus citas bíblicas, de su supuesta misión divina, lo que había era una fantasía enfermiza, una necesidad retorcida de controlar, de dominar, de someter…

La degradación y el castigo le excitaban.

Todo lo demás era solo una excusa, una máscara.

El miedo me golpeó con más fuerza, mezclándose con una náusea creciente que me subía desde el estómago. Sentía la boca llena de bilis, el cuerpo rígido, invadido por una sensación de suciedad que no podía quitarme de encima. Quise apartarme y reaccionar, pero seguía paralizada, atrapada.

Su respiración me rozó la piel del cuello, caliente, húmeda e irregular.

Aspiró lento, como un animal. El sonido me atravesó y un estremecimiento me recorrió el cuerpo de arriba abajo.

Empezó a deslizarse por mi cuello, oliéndome, pegado a mi piel, recorriéndolo centímetro a centímetro hasta llegar a la base de la oreja.

Su aliento me golpeó, cálido, pegajoso, repulsivo… El asco volvió con más fuerza. Sentí la bilis subir otra vez, quemándome la garganta. Cerré los ojos con fuerza, intentando contenerla, luchando para no vomitar allí mismo.

—¿Lo ves? —susurró contra mi oído mientras volvía a frotar su entrepierna contra mí—. Esto es lo que me haces.

Se apartó apenas unos centímetros, lo suficiente para que su voz cambiara, para que volviera aquel tono de predicador dando un sermón desde el púlpito.

—“La mujer necia es alborotadora… no sabe nada” —recitó—.

Vas por ahí enseñándolo todo… provocando…

tentando… —Negó con la cabeza, como si lamentara lo que estaba ocurriendo antes de escupir sus siguientes palabras—.

Eres una zorra… una guarra… Y luego fingís que no entendéis, que no sabéis por qué pasa esto.

Quise decir algo, defenderme, pero de mi garganta no salió ningún sonido. Solo aire y un ligero temblor en los labios.

—Mira lo que me obligas a hacer —continuó, alzando un poco la voz—. Yo no quiero. Yo intento ser bueno. “Sed santos, porque yo soy santo” …eso es lo que dice. —Se llevó una mano al pecho—. Pero vosotras… no me dejáis.

Un sollozo se me escapó sin querer. No podía evitarlo. Mi cuerpo reaccionaba por su cuenta, ajeno a mi control.

—Me provocas —insistió—. Con tu cuerpo, con tu olor, con todo lo que tú eres.

Negué muy levemente, pero él ni siquiera me veía. Su mundo era otro, uno donde todo encajaba, donde todas sus locuras tenían sentido. Yo solo era parte de ese delirio.

Se apartó apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarme, y entonces su mano volvió a deslizarse por mi pierna de forma lenta y deliberada, rozando mi piel desde la rodilla hacia arriba.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente con un espasmo, un intento de apartarme que no llegó a ninguna parte.

Sus dedos se clavaron en la cara interna de mi muslo, apretando con fuerza, obligándome a abrir más las piernas. El asco me golpeó con violencia.

El metal se posó sobre mi piel. Mantuvo el filo inmóvil durante un par de segundos, para que pudiera sentir su frío, para que el terror más profundo invadiera mi cuerpo y luego, empezó a cortar despacio, deleitándose con el movimiento, arrastrando la hoja con una precisión enfermiza, como si cada milímetro tuviera un significado.

El dolor no llegó de inmediato. Primero sentí una presión y, después, un ardor que se abría paso bajo la piel hasta convertirse en un fuego que se extendía.

Se me escapó el aire en un jadeo ahogado, el cuerpo tensándose por completo contra el suelo húmedo.

No grité. No podía. El sonido se quedó atrapado en mi garganta, convertido en un gemido roto que apenas llegó a salir.

La sangre empezó a brotar, cálida, resbalando por mi muslo, pero él no se detuvo. Siguió deslizando el cuchillo, tan despacio como le era posible. Un sollozo se me escapó sin que pudiera evitarlo. Fue bajo y ahogado, pero suficiente para que Erin lo oyera.

—No… —gimió, rompiéndose—. No, por favor…

Su voz temblaba tanto que parecía a punto de quebrarse en mil pedazos. El llanto le salió de golpe, descontrolado, como si todo el miedo contenido durante días explotara en ese instante.

Luke terminó el corte y retiró la navaja con calma, como si no hubiera sucedido nada, como si lo que acababa de hacer no le supusiera ningún placer, como si tan solo fuera una labor necesaria. Se incorporó despacio y giró la cabeza hacia Erin.

—Ahora voy a por ti, cariño —dijo, con ese tono suave que resultaba aún más perturbador—. Te toca.

Erin negó, encogiéndose contra la pared.

—No… por favor… no…

—Claro que sí —respondió él, avanzando hacia ella—. Un nuevo día… una nueva marca. —Su voz se volvió casi reverente—. “El pecado está escrito con cincel de hierro, grabado en la carne”. Voy a asegurarme de que no se borre.

Supe lo que iba a suceder antes de que ella se moviera, pero no pude hacer nada por evitarlo. Todo ocurrió en un segundo. Erin se levantó de golpe y echó a correr. Luke reaccionó al instante.

—¡Eh! —rugió mientras salía tras ella, lanzándose hacia la escalera—. ¡Vuelve aquí, maldita zorra!

Sus pasos resonaron en los escalones, rápidos, violentos. Me quedé sola en el sótano, con el eco de sus pasos alejándose escaleras arriba y sus gritos resonando en el aire. Y supe, con una certeza helada, que aquello no había hecho más que empezar.