La triada oscura Capítulo once
85%

Capítulo once

Capítulo once

El primer movimiento fue torpe y doloroso. Intenté impulsarme con las rodillas, pero el cuerpo no me respondió como esperaba. El efecto de la descarga seguía ahí, recorriéndome los músculos en forma de calambres residuales, de espasmos pequeños que me traicionaban en el peor momento.

Apreté los dientes. No había otra opción.

Me dejé caer de bruces sobre el suelo, ladeando la cabeza para no hacerme demasiado daño.

El frío me golpeó como una bofetada, un frío húmedo y pegajoso que no solo tocaba la piel, sino que la atravesaba.

El cemento estaba helado, empapado en esa humedad rancia del sótano.

En cuanto mi cuerpo entró en contacto con él, sentí cómo se me erizaba la piel de los brazos, de las piernas, de la espalda…

Fue en aquel momento cuando me di cuenta de que solo llevaba una camiseta interior y las bragas.

Nada más. Cada centímetro de mi cuerpo estaba expuesto y vulnerable.

Sentí una arcada al imaginarme a Luke desnudándome, aprovechándose de mi inconsciencia, tocando mi cuerpo sin que pudiera hacer nada por defenderme…

Tragué saliva. No era momento de pensar en eso. Tenía que moverme.

Flexioné las rodillas y empujé con ellas, intentando ganar unos centímetros. Mi pecho rozó el suelo y el contacto fue áspero y desagradable. El cemento raspaba la piel, arrastrándose contra mí con cada mínimo avance. Dolía, pero no lo suficiente como para detenerme.

—Despacio… —susurró Erin, con la voz rota, como si no estuviera segura de que aquello fuera a funcionar.

No respondí. No podía permitirme gastar aire. Volví a empujar una vez y otra y otra… Mis movimientos eran torpes e ineficaces. Cada impulso apenas me hacía avanzar unos centímetros, como si el propio suelo intentara retenerme, como si no quisiera dejarme llegar hasta ella.

El frío se metía cada vez más dentro. Sentía la humedad pegándose a mi piel, colándose bajo la ropa, haciendo que cada roce fuera más desagradable.

Mis brazos, atrapados a la espalda, no podían ayudarme.

Todo el impulso venía de las piernas, de la cadera, de pequeños movimientos de torsión que me obligaban a avanzar como un gusano, arrastrándome, retorciéndome contra el suelo.

Me sentí tan indefensa, tan expuesta… Cada segundo que pasaba, la sensación de vulnerabilidad crecía. Si él volvía en ese momento… Cerré los ojos un instante. No debía pensar en eso. Tan solo tenía que concentrarme en seguir.

Erin no apartaba la mirada de mí. La veía de reojo, con los ojos abiertos, fijos, llenos de una mezcla de miedo e incredulidad, como si no terminara de creer que fuera a conseguirlo, como si esperara que en cualquier momento me detuviera y me rindiera.

—Puedes hacerlo… —susurró, más para convencerse a sí misma que para mí.

Apreté los dientes con más fuerza. Otro empujón. El suelo me raspó la cadera. Otro. La rodilla chocó contra una irregularidad del cemento y el dolor me arrancó un jadeo ahogado.

No pares. No pares. No pares.

Seguí avanzando, arrastrándome, hasta que, por fin, estuve lo bastante cerca, apenas a unos centímetros de su espalda. Sentí su calor, su respiración temblorosa. Había llegado.

Me quedé un segundo inmóvil, recuperando el aliento, con la cara a escasos centímetros de la espalda de Erin. Notaba su respiración rápida e irregular. El miedo emanaba de ella en oleadas, como si fuera algo físico.

—Vale… —murmuré, con la voz baja, aún entrecortada—. No te muevas.

Me incorporé lo justo, buscando a ciegas con la boca y entonces encontré la cuerda, rugosa y dura. Apreté los labios contra ella y, al primer contacto, supe que no iba a ser fácil.

La sequedad era lo peor. Tenía la boca completamente seca, la lengua pesada, como si no tuviera saliva suficiente para nada.

La cuerda raspó contra mis labios, áspera, sucia, con un sabor rancio y polvoriento que me revolvió el estómago.

Sin embargo, no me detuve. Abrí un poco más la boca y traté de enganchar algún punto con los dientes.

Tiré con fuerza, pero la cuerda no cedió.

Solo conseguí que me arañara el interior del labio.

—Lo estás haciendo… —susurró Erin, temblando—. Lo estás consiguiendo…

Volví a intentarlo. Esta vez busqué un nudo y lo encontré tras varios segundos palpando a ciegas con la boca, moviendo la cabeza, rozando su piel, la cuerda, el aire frío… Lo enganché con los dientes y tiré más fuerte. Sentí cómo la cuerda se tensaba, pero no se movía.

Un dolor punzante me recorrió la mandíbula.

Solté, respiré y volví a intentarlo una y otra vez.

Cada intento era torpe, impreciso… Mis dientes resbalaban, la cuerda me raspaba los labios y la lengua.

Sentía el sabor metálico de la sangre mezclándose con el de la suciedad.

Poco a poco, algo cambió, un leve desplazamiento, mínimo pero real.

El nudo cedió apenas un milímetro y mi pulso se disparó.

—Está… —murmuré contra la cuerda—. Está cediendo…

—Por favor… —sollozó Erin—. Por favor…

Volví a tirar, esta vez con más fuerza, ignorando el dolor y la incomodidad. Enganché mejor, giré la cabeza y empujé con la mandíbula. La cuerda volvió a moverse, otro poco, otro milímetro.

—Eso es… —gimoteó Erin, entre lágrimas—. Sigue… Ya lo tenemos…

No pensaba parar, no cuando por fin estaba funcionando.

Volví a tirar más fuerte y el nudo empezó a aflojarse de verdad.

Sentí cómo perdía tensión, cómo la cuerda dejaba de estar rígida bajo mis dientes.

Un hilo de esperanza me atravesó. Solo faltaba un último esfuerzo.

Apreté los dientes con todas mis fuerzas, tiré, giré y, por fin, la cuerda cedió de golpe.

El nudo se deshizo lo suficiente y las manos de Erin se liberaron. Se le escapó un sollozo ahogado. Yo solté la cuerda, jadeando, con los labios doloridos y el corazón desbocado. Lo había conseguido.

Me quedé un segundo jadeando, con la frente casi apoyada en la espalda de Erin, intentando asimilarlo. Lo había conseguido, había funcionado, sus manos ya no estaban atadas… Pero no me dio tiempo a nada más.

Erin se incorporó de golpe. Sentí cómo su cuerpo se separaba del mío, cómo el calor desaparecía y, cuando levanté la cabeza, la vi de pie, mirándome apenas un segundo con los ojos desorbitados antes de echar a correr.

—¡Erin! —grité con el corazón dándome un vuelco.

Se lanzó hacia la puerta sin mirar atrás, torpe, tambaleándose, impulsada por el pánico puro.

—¡Erin, no! —insistí, alzando la voz—. ¡No te vayas! ¡Suéltame!

No se detuvo. Llegó hasta la puerta y tiró de ella con desesperación, pero no se abrió.

—¡No! ¡No, no, no! —sollozó, tirando otra vez—. ¡Ábrete!

—¡Erin! —volví a llamarla, más firme—. ¡Mírame!

Tardó unos segundos, pero al final se giró. Sus ojos estaban llenos de terror, de desesperación absoluta.

—No puedo… —Negó con la cabeza—. No puedo quedarme aquí… No puedo…

—Escúchame —dije, clavando la mirada en ella—. Si te vas sola, te va a coger. No conseguirás escapar así. —Bajé el tono, pero sin perder firmeza—. No en ese estado mental. Te va a alcanzar antes de que llegues arriba. Nuestra única oportunidad es hacerlo juntas.

Negó con la cabeza mientras las lágrimas resbalaban por su rostro, pero no dijo nada.

—Tienes que tranquilizarte —añadí—. Tienes que pensar.

—No puedo… —susurró con labios temblorosos.

—Sí puedes. Mírame, Erin. —Apreté los dientes y esperé, respirando despacio, dándole tiempo—. Estoy aquí. No estás sola .

Eso hizo algo. Vi un pequeño cambio en su expresión.

—Necesito que me ayudes —continué—. Si no me sueltas, ninguna de las dos va a salir de aquí.

Miró mis manos atadas, se giró de nuevo hacia la puerta y luego volvió a mirarme a mí. El conflicto le cruzó el rostro: el miedo contra la lógica.

—Confía en mí —insistí.

Se mantuvo quieta, en silencio, durante un tiempo que se me antojó eterno antes de dar el primer paso hacia mí, pero finalmente volvió a mi lado y se arrodilló detrás. Sus manos temblaban cuando empezó a tocar la cuerda.

—No sé si… —murmuró—. No sé si podré…

—Sí puedes —repetí, más suave ahora—. Haz lo mismo que yo.

Sus dedos torpes empezaron a buscar el nudo, a tirar y aflojar. Respiré hondo, aguantando, esperando… Y entonces escuché un sonido leve sobre nuestras cabezas. Un crujido, un paso.

Erin se quedó congelada. Yo tampoco podía reaccionar. Escuchamos otro paso, más claro, más cercano. Estaba bajando las escaleras.

Luke acababa de regresar.