La triada oscura Capítulo diez
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Capítulo diez

Capítulo diez

—Despierta…

Era una voz lejana, distorsionada… Intenté aferrarme a ella, pero se me escapaba entre los dedos como humo. Mi cuerpo no respondía y mi cabeza tampoco.

—Despierta… Por favor, despierta.

El sonido se filtraba poco a poco, atravesando una especie de niebla espesa que me envolvía por completo. Era una voz femenina, un susurro teñido de llanto.

Me dolía todo. Sentía como si mi propio cuerpo no fuera mío. Un hormigueo incómodo me recorría la espalda, los brazos y las piernas, una mezcla de entumecimiento y dolor punzante que no terminaba de irse. Intenté mover los dedos, pero tardaron en obedecer.

—Por favor… despierta…

Esa vez la voz sonó más cerca, más real.

Forcé los párpados. Pesaban como si alguien hubiera colocado piedras sobre ellos.

Insistí un poco más y la oscuridad empezó a resquebrajarse.

En el primer momento solo percibí sombras, luego formas y después, frío.

Eso fue lo primero que sentí con claridad: un frío húmedo, que se colaba bajo la piel, que me calaba hasta los huesos.

Parpadeé otra vez, pero no conseguí que mi visión se aclarase del todo.

Me di cuenta de que no llevaba las gafas.

A pesar de ello, distinguí un entorno oscuro y un techo bajo e irregular cubierto de manchas que parecían humedad.

El aire olía a moho, a encierro, a algo viejo. Tragué saliva, aunque me costaba.

—Dios mío, estás despierta…

Giré la cabeza despacio, como si cada movimiento fuera un esfuerzo enorme, y entonces la vi. A pesar de la oscuridad y de que no podía distinguir sus rasgos, supe que era ella, Erin, a apenas un par de pasos de mí. Viva.

Estaba casi desnuda y tenía las manos atadas detrás de la espalda, sujetas a la pared con algún tipo de anclaje, con los brazos tensos, forzados hacia atrás.

—Gracias a Dios… —susurró, rompiéndosele la voz—. Pensaba que no ibas a despertar…

Intenté incorporarme, pero fue un error. Un latigazo de dolor me atravesó el cuerpo y tuve que detenerme, respirando con dificultad.

—¿Dónde…? —La voz me salió rota, apenas un hilo.

—Shhh —dijo ella, con urgencia—. No hables… escucha…

Sus ojos estaban muy abiertos y aterrados. Miraban más allá de mí, hacia la oscuridad.

—Por favor… levántate… —sollozó—. Tenemos que salir de aquí… ahora…

Intenté moverme y entonces noté algo extraño en mis muñecas. Tiré de ellas por puro instinto y un dolor seco me recorrió los brazos. Las tenía atadas a la espalda. La cuerda se clavó en mi piel al tensarla, revelándome de golpe la realidad.

No estaba libre, no podía levantarme, no podía ayudar a Erin… Ni a mí misma. El pánico me subió por la garganta.

—No… —murmuré, respirando más rápido—. No, no, no…

—Tienes que intentarlo… —susurró entre lágrimas mientras negaba con la cabeza, desesperada—. Por favor…

Volví a tirar más fuerte, pero la cuerda no cedió. Solo conseguí que el dolor aumentara. El sótano pareció encogerse a mi alrededor.

—Tenemos que escapar —insistió Erin con la voz teñida de terror puro—. Él va a volver.

Sus palabras se me clavaron como cuchillos.

El pánico hizo que mi mente empezara a funcionar y los recuerdos me inundaron: la gasolinera, Luke diciendo que iba al almacén, el momento en el que le di la espalda…

Cerré los ojos un segundo, apretando los dientes.

Había sido mi culpa, había permitido que se colocara detrás, había bajado la guardia…

Había creído que controlaba la situación y ahora estaba ahí, atada en un sótano, con una chica secuestrada frente a mí y un psicópata a punto de volver.

Una oleada de vergüenza me recorrió el cuerpo, para ser sustituida de inmediato por el miedo, un miedo frío y paralizante.

Íbamos a morir allí.

El pensamiento fue claro, directo, sin adornos. Tragué saliva, notando cómo el pánico empezaba a cerrarse en torno a mi pecho, apretando, asfixiando.

No, no podía permitirme eso. No en ese momento.

Levanté la vista y miré a Erin. Estaba temblando, sollozando sin control.

Su piel estaba marcada por golpes, moratones oscuros que contrastaban con su palidez.

Había sangre seca en uno de sus muslos… y cortes.

Tres cortes que parecían profundos: uno por cada día de cautiverio.

Apreté los dientes. No íbamos a morir, no si yo podía evitarlo. Respiré hondo un par de veces y forcé a mi mente a salir de ese bucle, a dejar de mirar hacia atrás, a dejar de pensar en lo que había hecho mal. Eso ya no importaba. Lo único que importaba era salir de allí.

—Escúchame. —Levanté la cabeza y clavé los ojos en Erin.

—No… no podemos… Vamos a morir. —Negó entre lágrimas.

—¡Escúchame! —corté, más firme.

Se quedó quieta, respirando con dificultad, a golpes.

—Soy agente del FBI —dije, sosteniéndole la mirada—. ¿Vale? No vamos a morir aquí. Vamos a escapar. Te lo prometo… pero para eso necesito tu ayuda. Necesito que te tranquilices.

Erin negó con la cabeza una vez más, pero esta vez más despacio, como si intentara agarrarse a mis palabras, aunque seguía respirando demasiado rápido, demasiado cerca de dejarse llevar por la histeria.

—No puedo… —susurró—. No puedo…

—Sí puedes —insistí, manteniendo la voz firme, anclándola—. Mírame. —Esperé un par de segundos hasta que, al fin, lo hizo—. Bien, eso es. Respira despacio.

Inspiró de forma irregular y soltó el aire a trompicones, pero no apartó la mirada.

Aproveché ese momento de relativa calma para girar la cabeza y recorrer el sótano con la vista.

Conseguí distinguir un lugar oscuro y húmedo con paredes de cemento.

No había herramientas a la vista, ni muebles, ni nada que pudiéramos usar… Nada.

Apreté los dientes. Tenía que haber algo… pero no lo había. Y entonces caí en la cuenta de que mis manos no estaban atadas a la pared, solo a mi espalda. Eso significaba que podría moverme, aunque fuera lentamente y con dificultad. Levanté la vista hacia Erin otra vez.

—Escucha —dije, más rápido—. Yo no estoy atada a la pared.

—¿Qué? —Parpadeó confusa.

—Puedo moverme. No mucho, pero lo suficiente. —Sus ojos se abrieron un poco más, como si la idea empezara a llegarle—. Voy a arrastrarme hasta ti. Voy a ponerme detrás y a intentar soltarte las manos.

—¿Cómo? —preguntó, temblando.

—Con la boca. —Se quedó inmóvil, como si no entendiera—. Es nuestra única opción. En cuanto estés libre, me desatas tú a mí. ¿Entendido?

Erin dudó. El miedo seguía ahí, pero algo más empezaba a abrirse paso: una posibilidad, una esperanza… Asintió, muy despacio.

—Vale…

—No hagas ruido —añadí en un susurro tras respirar hondo—. Y, pase lo que pase, no entres en pánico.

Apreté los dientes y empecé a moverme.