La triada oscura Capítulo nueve
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Capítulo nueve

Capítulo nueve

La gasolinera apareció tras una curva suave, como si la carretera la escupiera de pronto en medio de la nada.

Reduje la velocidad mientras me aproximaba al primer surtidor.

No se veía a nadie: ni un solo coche, ni luces, ni movimiento en el interior…

Solo el edificio bajo, de madera envejecida, con un cartel descolorido que crujía al balancearse con el viento.

Las bombas de gasolina estaban alineadas frente a la tienda, silenciosas, apagadas, como si llevaran horas, o incluso días, sin usarse.

Durante un segundo, me dio la impresión de estar sola en el mundo, como si hubiera habido un apocalipsis del que no me había enterado.

Miré alrededor. La carretera, a ambos lados, se extendía vacía. No parecía haber un vehículo en varias millas a la redonda. Tampoco se escuchaba ningún sonido que no fuera el motor de mi coche y el susurro constante del viento arrastrando polvo y hojas secas por el asfalto.

Había algo en aquel lugar, algo que no tenía que ver con lo que veía sino con lo que sentía.

Noté que el pelo de la nuca se me erizaba, como si la parte más antigua de mi cerebro, la que se encargaba de sobrevivir, me estuviera advirtiendo de que sería mejor que arrancara de nuevo el coche y huyera de allí.

Apagué el motor y el silencio cayó de golpe, pesado y opresivo. Me quedé unos segundos dentro del coche, con las manos aún en el volante, observando, escuchando, esperando que algo se moviera o que alguien saliera, pero no ocurrió nada.

Mi mente me lanzó un nuevo aviso de advertencia: si me pasaba algo allí, nadie lo vería, nadie lo oiría, nadie acudiría en mi ayuda… Tragué saliva.

—No va a pasar nada —murmuré para mí misma.

Solo iba a echar un vistazo, sin identificarme, sin levantar sospechas.

Tan solo tenía que entrar, mirar y salir.

Nada más… Solté el aire despacio y abrí la puerta del coche.

El aire frío me golpeó al instante, llevándose consigo el poco calor que quedaba en el interior del vehículo.

Salí y, en cuanto mis pies tocaron el suelo, la sensación se hizo más intensa, más real, como si aquel lugar hubiera estado esperándome.

Cerré la puerta del coche y di un par de pasos hacia la gasolinera, dejando que mis ojos recorrieran el lugar con más calma.

Y entonces caí: ya había estado allí al principio de la investigación, cuando estuve rastreando la ruta de Tiffany, buscando cámaras, testigos, cualquier cosa que me indicara por dónde había pasado antes de desaparecer…

Y no había encontrado nada sospechoso ni útil.

—Vale… —murmuré mientras soltaba el aire despacio.

Eso debería tranquilizarme. Si hubiera habido algo evidente, lo habría visto en mi primera visita. Si Luke Halverson hubiera hecho algo, mis alarmas tendrían que haber saltado… o eso quería creer.

El chirrido de una puerta me sacó de mis pensamientos.

Levanté la vista. La puerta de la tienda se abrió y un hombre salió, limpiándose las manos con un trapo ennegrecido.

Sujeta a la camisa, llevaba una placa con el nombre de Luke que me confirmaba que me encontraba frente a la persona que había ido a buscar.

—Buenos días. ¿Qué necesita? —preguntó, sin demasiada amabilidad, pero sin hostilidad.

—Lleno —respondí, señalando el coche—. El depósito.

Asintió sin más y se dirigió hacia la manguera.

Me quedé quieta, observándole. Era un tipo normal, demasiado normal: de complexión media, hombros caídos, movimientos tranquilos, casi rutinarios.

Nada en su postura transmitía control ni dominio.

No vi ninguna de las señales que esperaba encontrar.

Más bien parecía un hombre que pasaría desapercibido en cualquier sitio, alguien débil, vulnerable.

Daba la impresión de ser una presa, no un cazador.

Fruncí el ceño. No encajaba. O, al menos, no como yo esperaba.

El clic de la manguera al entrar en el depósito rompió el silencio, seguido del sonido constante de la gasolina fluyendo. Desvié la mirada, recorriendo la estructura de la gasolinera. Y entonces vi una cámara en el techo, colocada en una esquina y apuntando hacia las bombas.

Me quedé mirándola durante unos segundos, hasta que el recuerdo llegó. Las últimas imágenes de Tiffany correspondían a un cruce a las afueras de Houston, varias millas más atrás… y luego nada. No había ningún registro posterior, ninguna grabación en esa gasolinera. El estómago se me tensó.

—Oye —dije, intentando que sonara casual, apoyándome ligeramente en el coche—. ¿Esa cámara funciona?

—¿Cuál? —preguntó sin levantar la vista.

—Esa. —Señalé con la barbilla.

Siguió la dirección de mi mirada y soltó una pequeña risa sin humor.

—No. Lleva meses rota.

—¿Ah, sí? —Sentí un leve cosquilleo en la nuca, un nuevo aviso de mi cerebro reptiliano insistiendo en que todo aquello le daba muy mal rollo.

—Sí —respondió, encogiéndose de hombros—. Se estropeó hace tiempo. No he tenido ocasión de arreglarla.

—¿Y la dejas ahí?

—Bueno… —Tiró del gatillo de la manguera para sacarla—. Hace el apaño. La gente la ve y se lo piensa dos veces antes de hacer tonterías.

Asentí despacio, como si me pareciera lógico, como si no acabara de encajar demasiado bien en mis sospechas. Era demasiado conveniente: una cámara que no funcionaba en el punto del recorrido donde Tiffany desapareció del mapa.

Volví a observarle de reojo. Parecía tranquilo y su comportamiento era rutinario e inofensivo, pero, aun así, sentí un leve escalofrío.

—¿Desea algo más? —ofreció mientras se frotaba las manos con su viejo trapo lleno de grasa.

—¿Tenéis Coca-Colas? —pregunté, intentando sonar lo más normal posible.

—Sí. Dentro.

Asentí y me dirigí hacia la tienda. No tuve que mirar atrás para saber que venía conmigo.

Podía sentirlo apenas un par de pasos por detrás, demasiado cerca, demasiado presente.

Notaba su mirada clavada en mi espalda, como si midiera cada uno de mis movimientos, como si evaluara algo que yo no alcanzaba a ver.

La sensación me erizó la piel. Tuve que obligarme a mantener los hombros firmes y a no acelerar el paso. Debía parecer tranquila, normal.

Al pasar junto a un pequeño almacén lateral, la puerta entreabierta llamó mi atención.

Fue solo un segundo, un vistazo rápido, pero fue suficiente.

Dentro, en la penumbra, distinguí su grúa, el vehículo con el que atendía los avisos.

No tenía nada de raro que estuviera allí, era su trabajo.

Sin embargo, mi pulso se disparó, porque, de pronto, no estaba viendo una simple grúa.

Estaba imaginando el coche de Tiffany enganchado a ella, arrastrado fuera de la carretera sin dejar rastro, sin testigos.

Luego otro coche: la furgoneta de Erin. Habría utilizado el mismo procedimiento, la misma rutina, la misma desaparición limpia… Tragué saliva. ¿Y después? ¿Dónde las llevaba? Mis ojos volvieron al interior del almacén. El espacio parecía más profundo y oscuro de lo que había percibido al principio.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Erin podía estar ahí, a apenas unos pasos, encerrada. Estaría esperando que alguien llegara para salvarla mientras yo pasaba de largo frente a la puerta.

El corazón empezó a latirme con demasiada fuerza, tanta como para temer que él pudiera escuchar su alocado galopar. Seguí caminando como si nada, obligándome a no volver la cabeza, a no delatar la corriente eléctrica que parecía recorrer todo mi cuerpo.

Tenía que comprobarlo, tenía que estar segura, pero no podía hacerlo con él detrás.

Entré en la tienda. El olor a café recalentado y productos envasados me golpeó al instante.

Cogí una cesta y empecé a moverme por los pasillos con aparente tranquilidad, como cualquier cliente más.

Cogí una Coca-Cola, un paquete de patatas, una chocolatina…

Mientras tanto, observaba, escuchaba y sentía, con todos los sentidos alerta, buscando cualquier indicio que confirmara mis sospechas.

Luke pasó detrás del mostrador y cogió una revista, hojeándola con aparente desinterés, pero no me engañaba.

No estaba relajado, no del todo. Sus movimientos eran demasiado medidos y su postura, ligeramente tensa.

Además, de vez en cuando, levantaba la vista apenas un instante…

lo justo para comprobar dónde estaba yo. Me estaba vigilando.

El cosquilleo en la nuca se intensificó. Levanté la vista y vi un cartel detrás del mostrador.

“NO SE ACEPTAN PAGOS CON TARJETA POR IMPORTE INFERIOR A 20 DÓLARES”

Me quedé mirándolo un segundo más de lo necesario.

Tiffany podía haber parado allí para comprar cualquier cosa: una bebida, un snack …

y habría tenido que pagarlo en efectivo, sin dejar ningún rastro en su tarjeta.

Otra pequeña pieza que encajaba: la cámara, el pago en efectivo, la grúa…

Demasiadas coincidencias, pero ninguna de ellas era concluyente.

No tenía nada sólido, tan solo conjeturas.

Apreté la cesta un poco más. No podía llamar a McKenna con esto, no podía montar otro operativo para equivocarme otra vez… Y tampoco podía irme, no sintiendo aquella certeza incómoda clavada en el estómago, como si estuviera justo encima de la respuesta y no la viera.

Cogí un par de cosas más, casi sin mirar, y me acerqué al mostrador.

El corazón me latía con fuerza. Tenía que hacer algo, preguntarle, provocarle…

pero ¿qué? Me detuve frente a él, dejando los productos sobre la superficie, sin saber aún cómo iba a dar el siguiente paso.

Luke dejó la revista a un lado y empezó a pasar los productos por el lector con movimientos lentos y mecánicos.

—Son ochenta y cuatro con treinta —dijo sin mirarme .

Saqué la cartera, pero mi atención se había desviado a otra cosa: detrás de él, en la pared, había una foto pequeña enmarcada.

Me incliné apenas, lo justo para verla mejor.

En ella se veía a Luke, más joven, con el pelo algo más corto y la expresión distinta, más tensa, casi contenida.

A su lado, había una mujer muy mayor apoyada en unas muletas, con una pierna escayolada.

Su gesto era duro. Tenía la mandíbula apretada y la mirada severa, casi inquisitiva.

Vestía de forma austera, oscura, como salida de otra época.

No sonreía ni parecía agradecida por los cuidados de Luke.

Imponía, incluso desde la foto. Había algo en ella rígido, opresivo.

A su lado, Luke parecía más pequeño, más encogido.

—¿Es tu madre? —pregunté, como quien no quiere la cosa.

—No. —Negó con la cabeza tras levantar la vista un segundo—. Soy huérfano. Es mi abuela.

—Ah. —Asentí, fingiendo un interés casual y volví a mirar la foto—. ¿Qué le pasó?

—Se rompió la pierna. —Señaló vagamente hacia la imagen—. Eso fue hace cinco años, el día que salió del hospital y la llevé de vuelta a casa.

Cinco años. Sentí cómo algo encajaba de golpe, como una pieza que llevaba demasiado tiempo fuera de lugar.

Cinco años, Lorraine, el primer crimen, el inicio de todo, el silencio posterior, el periodo de enfriamiento… El mundo pareció estrecharse a mi alrededor.

—Vaya… —murmuré, intentando mantener el tono—. Espero que se recuperara bien y que no le quedaran secuelas.

—Murió hace dos meses —respondió tras una pausa.

Levanté la vista. Él ya no me estaba mirando, pero su voz había cambiado y sonaba más plana, más contenida.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

El hospital y la vuelta a casa hacía cinco años y, después, nada…

Hasta ahora, hasta que ella dejó de estar.

Ella había sido el freno durante toda su vida, durante todos esos años…

y cuando había desaparecido, él había quedado libre.

El pulso se me disparó. Lo tenía. Dios mío… lo tenía.

—Son ochenta y cuatro con treinta —repitió, como si nada .

Asentí, sacando la tarjeta con dedos que ya no eran del todo firmes. Él la pasó por el datáfono y frunció el ceño.

—Perdona… no me funciona. Creo que está descargado. —Señaló hacia el almacén—. Tengo otro dentro. Ahora vuelvo.

Se dio la vuelta y desapareció por la puerta lateral. El corazón me latía con tanta fuerza que me costaba respirar. Tenía que aprovechar el momento. Saqué el móvil con manos temblorosas y marqué.

—Vamos… vamos…

Un tono. Dos.

—Grey —saludó la voz de McKenna al otro lado.

—Lo tengo —susurré, casi sin aire—. Es él. Estoy en la…

No terminé la frase. Un estallido eléctrico me atravesó la espalda y un dolor seco y brutal hizo que mi cuerpo se arqueara hacia delante. El móvil cayó al suelo. Intenté girarme hacia él, pero la oscuridad me rodeó y todo se fundió en negro.